CAPÍTULO 4.
La cena transcurrió sin más incidentes, por el resto de la noche me mantuve a su lado como el accesorio perfecto. Asentí cuando debía, sonreí en el momento que se esperaba y ni siquiera me molesté en opinar en asuntos que no eran de mi incumbencia, como por ejemplo, el hecho de que la empresa de mi marido hubiera vuelto a posicionarse entre las mejores del mercado en tan solo dos años bajo su dominio.
Siempre me pareció impresionante su dedicación y jamás dudé en que conseguiría rescatarla de ese abismo. Aun así, en este preciso momento me era imposible separar una cosa de la otra. Porque el presidente de Bradford Construcciones era el mismo hombre del cual deseaba alejarme con todas mis fuerzas.
Prácticamente arrebató de mis manos la copa de champán.
—Es hora de irnos —dijo tan pronto como un hombre del cual ni recordaba el nombre se despidió.
—¿Qué?
Aflojó el nudo de su corbata delante de todos, eso fue más impresionante que su declaración. Él siempre se mantenía elegante donde estuviera.
—Nos vamos.
—¿Tan temprano?
—Nuestro objetivo eran los dueños del hotel, ya creamos conexión con ellos.
Sí, eso fue evidente.
Richard alegó que tendría una reunión bastante temprano mañana y por ello nos marcharíamos. A punto estuve de decirle que se fuera mientras me quedaba festejando, sin embargo, tenía demasiado sueño. Los últimos días no dormí nada; entre lágrimas y alcohol poco pude descansar. Aunque no deseaba particularmente estar en su casa sí me sentía sumamente agotada. Busqué con la mirada a mi amigo, este se ubicaba en el fondo del salón, se despidió con una inclinación de cabeza.
El viaje fue silencioso de nuevo. Al entrar creí que él se iría a su oficina como generalmente hacía, después de dejar su abrigo en el pechero me sorprendió verle en el centro de la estancia, tenía las manos apoyadas en la cintura, simplemente esperando.
Ni siquiera me importaba lo que tenía para decir.
Lo rodeé para ir a la habitación.
—¿En dónde está tu anillo? —cuestionó.
Me detuve. —¿Por qué?
—No lo vi esta noche.
—Eso es porque lo boté.
Una pausa y luego: —¿Qué dijiste?
Giré sobre mis pies para enfrentarlo.
—Esa tarde apenas salí de aquí conduje por largas horas, en un punto lo miré y pensé: este anillo, como este matrimonio no significan nada y lo lancé por la ventana —murmuré con más tranquilidad de la que realmente sentía.
Transcurrieron unos cuantos segundos durante los cuales pensé en todos los reclamos que me haría, principalmente por el precio exorbitante de esa alhaja.
—Eso no borra nada —espetó.
—Pero quita un peso de encima, ¿no te parece? Deberías hacer lo mismo. —Bajé la mirada hacia la alianza de oro en su mano. Ese día él también lo portaba, ni siquiera tuvo la decencia de quitárselo para acariciar a otra mujer. —Especialmente cuando te acuestes con tus zorras.
Se cruzó de brazos.
—¿Y tú te lo quitaste por eso? ¿Para coquetear libremente con ese tipejo?
Al principio no entendí y al hacerlo una risa histérica se escapó de mis labios.
—¡Oh!
Ladeó la cabeza. —¿Soy muy gracioso?
—Divertidísimo. —Caramba, me encantaría decirle que Connor era mi amante. Pero sus actitudes me mostraron a él no le importaba nada de mí y si está interrogando tanto es por una sola razón. —No te preocupes, no te dejaré en vergüenza delante de nuestros conocidos. Cuando vaya por mi próxima conquista tendré al menos la delicadeza de ser una mujer libre.
Su mirada se oscureció.
—Entonces él es tu próximo objetivo.
Me encogí de hombros como si no me afectara en nada su conclusión.
—El mundo está repleto de hombres, ¿por qué no?
Arrugó la frente, él no podía creer mis palabras ni yo tampoco. En este punto no podía entenderme a mí misma pero me sentía tan rota… seguramente eran los pocos pedazos que me quedaban intentando hacerle frente a esta situación.
Tragó grueso como si estuviera deliberando cómo proceder.
—Estás intentando enloquecerme, ¿no es así?
Negué con la cabeza.
No, yo solamente quería desapegarme de una vez por todas.
—Mi abogado te llamará mañana, espero estés más dispuesto. —Intenté seguir mi camino pero él me tomó de la muñeca y su contacto cortó toda calma que creí tejer ante su presencia. —¡No te atrevas a tocarme! —grité sorprendiéndolo.
Sus cejas se alzaron al igual que sus manos.
—Solo quiero hablar, no iba a hacerte daño.
No físicamente, él no era de esos.
—No tengo nada que conversar contigo. Mi vida, mi vestimenta y mis conocidos son cosa mía. No permitiré otra de estas escenas.
Apretó la mandíbula.
—Haré una jodida escena cada vez que me dé la gana si veo a un idiota toqueteando a mi mujer —espetó con voz tensa.
Bufé.
—Yo no soy tu mujer. —Richard ni siquiera me besó en dos años, ese título no me correspondía. —Te dejaré en paz como siempre has querido —zanjé dándome la vuelta. Esta vez no hizo ademán de retenerme.
Subí las escaleras. Cielos, yo las amaba. Eran como las de un castillo: grandes, espaciosas, lujosas. De hecho, yo adoraba esta casa en general. Era mi hogar de ensueño.
Llegué a la cima y entonces le oí.
—Escúchame con atención Ada: si te toca mientras lleves mi apellido, lo mataré —advirtió.
Eso ni siquiera merecía una respuesta de mi parte.
Era un desgraciado.
Una semana después.La campana sonó cuando alguien entró a mi establecimiento, estaba finalizando con la última planta, era el momento justo para que Edwina llegara por su encargo.
—¡Hola! —saludó animada como siempre, ella derrochaba alegría por cada poro. —Espero no ser inoportuna —murmuró echando un vistazo al lugar. Siempre hacía eso, aunque en realidad esta vez sí había cambiado mucho. Me enorgullecía mi espacio; tanto afuera como adentro se exhibían distintos tipos de flores y plantas. Pagué para pintar las paredes de exhibición de verde oscuro para resaltar el color natural de todas mis chicas.
Asintió como si aprobara la nueva decoración.
—¿Bromeas? Es el momento justo, hasta para eso eres de mis mejores clientes —respondí—. Bienvenida y por favor aprecia esto.
Señalé las quince plantas de
pachira aquatica perfectamente presentadas.
—¡Oh! Son más bonitas de lo que vi en internet —comentó admirándolas.
—En las macetas dejé tarjetas con indicaciones claras y precisas acerca de su cuidado.
—Las identificaste como te pedí, ¿cierto? —Asentí. —Es bueno eso, así aumentan las posibilidades de más clientes para ti.
—Gracias. Me sorprendió un poco el encargo, aunque son maravillosos es poco habitual para ustedes obsequiarlos.
Ella sonrió. —Los clientes de esta tarde son bastante particulares, se firmará un contrato importante y el jefe dijo que este será un detalle inolvidable para ellos. ¿Son esas?
—Se les conoce como la planta de la fortuna o árbol del dinero; es bien recibido para quienes desean llamar la prosperidad y buenas ventas en los negocios.
—Oh, sí. El jefe también dijo algo de la unión de fuerzas y solidez en los lazos o algo así.
Reí un poco. —Sí, es por el tronco trenzado.
—¡Oh, eso! Pues bueno, deséanos mucha suerte para esta tarde. Otra cosa, tengo un encargo nuevo, pero esta vez es muchísimo más.
—¿Qué tanto más? —cuestioné con curiosidad.
Me extendió una hoja con el pedido. ¡Santo cielo!
—¿Tienes la fecha?
—Sí, en dos semanas. —Arrugué la frente, esto era demasiado. —Por supuesto sabemos que la orden es grande. Se hará una reunión para agasajar a nuestra plantilla por tan arduo esfuerzo durante estos largos meses, se les dará ramos junto a una bonificación.
—Eso es excelente.
—Entonces, ¿qué dices?
Parpadeé. —Espero el presupuesto sea elevado porque esto...
Una de las esquinas de su boca se elevó. —Por supuesto.
—Quizás esta vez sea mejor que yo las lleve en la furgoneta, ¿puedes dejarme la dirección para…?
—¡No! —negó con vehemencia.
Retrocedí un poco.
Se sonrojó un poco. —Lo lamento. Quise decir, no gracias. Es que… verás, estos ratos son los únicos que me permiten salir de la oficina a tomar aire. —Desvió la mirada. —Si saben que tú las puedes llevar perderé ese privilegio. Por favor, Ada, no me dejes perderlo.
Oh.
—Está bien —cedí intentando con todas mis fuerzas no reír, parecía una chiquilla.
—Perfecto. Te enviaré más detalles por mensaje y no dudes en preguntar cualquier cosa.
Tomó los pequeños árboles y se los llevó. Una vez estuve segura que se había ido me dejé caer en mi asiento. Este pedido era muchísimo para mí sola, prepararlo me llevaría demasiado. Aunque, tal como estaban las cosas era mejor dormir aquí que en casa.
Finalmente este era el único lugar que podía llamar mío.
Una hora después de la hora de salida estaba sentada frente a mi tienda con una canasta llena de rosas de distintos colores, les quedaba nada para marchitarse y me tomé la tarea de obsequiarlas a las personas que caminaban por la calle. Unas las aceptaban sonrientes, otras la rechazaban sin más y unas pocas se ofrecieron a pagármelas así fuese un precio muy bajo. No lo acepté. Quería pensar que esta era mi buena obra del día; quizás alguien podía pasar y estar agotado, abrumado o tal vez con muchas preocupaciones y el detalle le alegraría así fuera un segundo la vida.
Aún me quedaban algunas rosas blancas, me negaba a botarlas, tal vez en el camino podía encontrar a alguien que pudiera apreciarlas. Las envolví en papel y justo cuando terminé de cerrar oí el sonido de la puerta de un auto justo detrás de mí.
—¡Oh, no! Por favor, por favor, ¿puede atenderme?
Por su voz parecía un hombre bastante joven y al verlo me di cuenta de por qué llegó aquí tan tarde. Su ropa estaba gastada, sus manos un poco manchadas, en tanto su expresión era de derrota pura. Recién salía del trabajo.
—Lo lamento, ya cerramos —avisé.
Su expresión de por sí alicaída se tornó miserable.
—Por favor, ¿puede ayudarme? Le pagaré el doble por un ramo de lirios o… el triple, sí. —Rebuscó en sus pantalones con desesperación como si quisiera mostrarme que realmente valía la pena el esfuerzo. Al ver su auto viejo y a él pude suponer que debía tener cosas más importantes que pagar. —Por favor —repitió.
Chaqueé la lengua.
—¿Por qué no pasas mañana? Te preparé un ramo especial y no te cobraré de más.
Negó con la cabeza. —Debe ser hoy. No puedo esperar, se lo ruego señorita, es importante.
Ay, cielos.
—¿Problemas con tu chica? ¿Una metida de pata? —bromeé.
—¿Qué? No. Son para mi madre, ella está en el hospital y hoy es mi única noche libre. Quería llevarle sus flores favoritas pero tuve que esperar al chico que tomaría mi turno y todo está cerrado. —Se pasó las manos por la cabeza casi con desesperación. —Ella sonríe cuando me ve cruzar la puerta con sus lirios y…
Maldición.
—Está bien —acepté rindiéndome.
No podía negarme más al oír algo así. No cuando desearía tener a mi madre viva y conmigo.
—Muchísimas gracias. Me echaron de todas las floristerías a las que fui porque creyeron que fui a mendigar, pero tengo para pagar. ¡Lo juro! —Me mostró el dinero.
Al ver su dignidad, a pesar de haber sido rechazado antes, supe que había tomado la decisión correcta.
Además, para mi mala fortuna jamás he podido resistirme a un hombre amable.
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NECESITO sus opiniones en esta escena de celos tan absurda... ¿o quizás si tiene razón? ¿Qué les parece Connor?