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CAPÍTULO 6.

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CAPÍTULO 6.

Presente.

Richard.

Vi las fotos una y otra vez, aun así no podía encontrarle sentido a esto.

—¿Estás segura de que este es su amigo Connor? —cuestioné sorprendido.

Diane asintió.

—Absolutamente señor. Se conocen de toda la vida. —Ella lo sabía perfectamente porque trabajó más de veinte años para la familia Davenport, cuando mi suegro insistió en que la contratara para mi casa no me encantó la idea, sinceramente creí que lo hacía para vigilarme. No obstante, en este tiempo aprendí que la lealtad de la mujer estaba con quien pagara mejor y ese era yo.

Mi mano se apretó sobre el móvil donde tenía la imagen del tipo que estuvo coqueteando abiertamente con mi esposa. Había capturado este momento justo antes de interrumpir su amena charla.

Esa noche ya estaba de malhumor, pero ver a ese imbécil tocarla encendió una furia abrumadora. No me equivoqué al consultar primero con Diane por si lo conocía.

Tiempo atrás, cuando Ada me habló de su amigo diseñador de modas francamente me imaginé a un hombre delgado, debilucho y con un gusto específico. Al ser honesto conmigo mismo, ella jamás dijo que él no fuera heterosexual , simplemente yo llegué a esa suposición por pura estupidez. Además, tampoco me interesó preguntar demasiado acerca de su persona porque vivía lejos, ellos se convirtieron en una especie de amigos por distancia y su vínculo no me importaba en absoluto.

Hasta ahora.

La manera en la que la cubrió con su propio cuerpo cuando ella se inclinó para buscar una copa, su mirada atenta y su toque aparentemente amistoso podían engañarla, pero a mí no. El tipo se sentía atraído por ella. Su manera de responderme al interrumpirlos me lo confirmó.

¿Ese imbécil en serio creía que iba a tener una oportunidad con ella? Estaba loco.

—¿Señor?

—¿Sí? —respondí por instinto.

La mujer carraspeó.

—La señora está preparando todo para irse. Llenó dos maletas con su ropa esta mañana.

Mis dedos tamborilearon sobre el escritorio. Sí, eso también lo esperé.

—Deshazlas. Si hace una escena por eso le dices que hable conmigo. —La mujer apretó la mandíbula, era la primera vez que mostraba algún tipo de gesto ante un mandato mío. —¿Hay algún problema, Diane?

—No.

—Eso pensé, gracias por la información, serás recompensada por ello —dije, despachándola. Pero ella no se fue. Me recosté en la silla esperando su próxima aportación.

Suspiró luciendo como si estuviera debatiendo entre decirlo o no.

—Por mucho tiempo creímos que… ella se daría cuenta de sus verdaderos sentimientos. —Mis hombros se tensaron. La anciana hizo una mueca antes de mirarme fijamente. —Pero la señora es ciega a veces. Aunque ahora sufra por sus acciones, quizás este reencuentro con el señor Connor sea bueno para su futuro porque entonces…

—Entonces, ¿qué? —presioné cuando guardó silencio.

—Estará por fin con alguien que sí sepa amarla —soltó.

Tomó toda mi fuerza de voluntad mantenerme quieto mientras la anciana prácticamente huyó de la oficina. Con intención o no acababa de darme la respuesta a la pregunta que no me atreví a formular. ¿Ese tipo tenía sentimientos por Ada? Demonios, sí.

Una hora después, paseaba por la habitación de un lado a otro. ¿Dónde carajo se había metido esta vez? Refrené el impulso de llamarla porque no tenía ni idea qué decirle, nunca antes la había interrogado por sus salidas y si empezaba ahora tendríamos una discusión.

Cuando escuché girar el pomo me detuve abruptamente, un segundo después ella entraba quitándose el abrigo. Oí perfectamente su jadeo cuando me vio de pie entre la oscuridad, no pasó demasiado antes de que encendiera las luces.

—¿Ahora planeas provocarme un infarto? —escupió las palabras con saña.

—No —respondí.

Me ignoró mientras continuaba quitándose la ropa.

Sus movimientos eran fluidos como si no fuera la primera vez. ¿En serio me había perdido de esto? La observé fijamente hasta que pasó al cuarto de baño cerrando la puerta detrás de sí. El sonido de la ducha no se hizo esperar y poco después se amortiguó. Debajo debía estar ella. Me llevé las manos a la nuca intentando no imaginarme esa escena. Por eso precisamente no me gustaba venir aquí; mi imaginación y mis recuerdos se mezclaban en un festival animado cada vez que pisaba este lugar.

Abrí la puerta de su lado del clóset. Estaba abarrotado otra vez, empujé un poco más la puerta para observar su colección de bolsos de diseñador. Aquí estaba uno de los orgullos de ella, amaba sus carteras más que cualquier otra cosa. Sin embargo, un espacio en el centro estaba vacío, esto era nuevo. ¿En dónde estaba el que yo le regalé?

Debí pasar varios segundos buscando porque el agua de la ducha cesó, cerré justo cuando la puerta se abrió de nuevo. Estaba envuelta en una toalla mientras que con otra secaba el excedente de agua de su cabello oscuro.

Pausó su andar al verme aquí.

—No es seguro pasear de noche por allí sola, lo sabes. —Yo no planeaba iniciar la conversación con eso, pero esa idea también estaba en mi mente.

Abrió la puerta del closet de un tirón, si no la hubiera estado observando con tanta atención me habría perdido la tensión que cubrió sus hombros al darse cuenta que todo estaba de nuevo en su lugar. Sin embargo, continuó como si nada y debía concederle esa actuación.

Tomó un pijama de seda junto con una crema corporal.

Mi boca se secó.

—Estaba ocupada —dijo finalmente.

—¿Haciendo qué?

No podía estar más tranquila que yo en esta situación. Esto no era habitual entre nosotros, no solíamos hablar con ella semidesnuda y yo a punto de perder la puta cabeza pensando en qué y con quién había estado.

Llenó sus manos con crema antes de empezar a pasarla por sus brazos, cuello y piernas.

—Te hice una pregunta —insistí.

—¿Cuál era? —devolvió poniéndose el camisón por encima y solo dejó caer la toalla cuando todas sus partes estuvieron cubiertas.

—¿Con quién demonios estabas?

Su mirada miel me enfrentó. —Esa no fue.

Crucé mis brazos. Joder, tenía razón. Pero sus movimientos me tenían demasiado distraído para ser coherente, así pues, solo me quedó aventurar. —Me permití reformular.

Dejó la toalla a un lado buscando un cepillo para su cabello.

—¿A qué estás jugando? —masculló.

—Nunca juego.

Rodó los ojos. —Lo haces conmigo. ¿Desde cuándo te importa dónde o con quién estoy? Esta conversación sobre mi ubicación es inútil.

—Nos conocimos precisamente porque unos tipos casi te atacaron y solo Dios sabe sus planes. Entonces, permíteme disentir en eso.

Chasqueó la lengua.

—Tienes razón, debí regresar a casa mucho antes esa noche —analizó casi con pesar. Mis manos se apretaron. Nunca creí escuchar esas palabras por parte de ella. —¿Hablaste con mi abogado hoy?

Sí, y era otro tema que me tenía fastidiado.

—Solo por curiosidad, ¿cómo lo conociste? No es exactamente del bufete predilecto de tu padre.

Se encogió de hombros.

—No se necesita ser graduado en la mejor universidad del país para tramitar un divorcio sencillo.

Di un paso hacia ella.

—Con tu apellido y el mío “ sencillo ” no es la palabra que usaría.

—¿Qué le dijiste, Richard? —insistió.

—Que se fuera a la mierda —confesé con perverso placer.

No pareció sorprenderse. —¿Cuánto tiempo tendrás esta actitud?

—Podría hacerte la misma pregunta.

Entonces toda su fachada se tambaleó.

—Crees que estamos en igualdad de condiciones pero no es así.

—Tú siempre vas un paso delante de mí, ¿no es así, cariño ? —Se enderezó. —Pero siempre estaré dispuesto a alcanzarte. No te molestes en hacer las maletas de nuevo, quizás te canses.

Se apartó de mí para buscar una sábana y una almohada, un segundo después dejó la habitación. Un lugar que siempre había amado, en el cual siempre dijo sentirse cómoda.

Al sentir la punzada en el pecho me golpeé allí con fuerza.

—No seas idiota. —Me dije. —Ella no te tuvo consideración alguna. No te atrevas a sentirte mal. Además, esto durará poco.

Maldición.

Bajé a la oficina evitando conscientemente seguirla a la habitación de invitados. Busqué mi móvil para llamar a Evan, mi primo. Él respondió al primer tono.

—¿Sí?

—¿Qué has averiguado?

Le tomó un segundo procesar mis palabras. —Me enviaste la información hace menos de una hora, ¿es en serio? ¿Crees que no tengo una vida?

—Una vida que yo financio —recordé—, entonces lo menos que espero de ti es un informe completo en menos de una puta hora. Supuestamente eras un genio, ¿no es así?

Él rio nada afectado por mi ataque. —No te erices, Rich. Puedo adelantarte algo, ¿eso te funciona?

—Dispara.

—Aunque primero me gustaría saber algo.

Sentí una puntada en la cabeza. Joder, iba a matarlo.

—¿Qué quieres? —gruñí.

—Llevas años quejándote de lo mal que te sientes por haber sido obligado al matrimonio. ¿Por qué te importa con quién se relaciona ahora? Eso sería lo mejor para todos, ¿no es así? Te soltará más rápido si se enamora de otro hombre.

¿Amor?

—¿Qué te hace pensar eso? —prácticamente grité.

Hubo una pausa y luego preguntó: —Rich, ¿tú de verdad quieres divorciarte?

—¡Por supuesto! —contesté de inmediato. —Es solo…

—¿Qué cosa? Tienes todas las condiciones dadas y pareces incluso más furioso que cuando te casaste.

Me llevé las manos a las sienes.

—Deja de intentar psicoanalizarme y dame la información, ¡ya!

Lanzó un suspiro.

—Bien, Connor Hayes es un diseñador bastante reconocido en las pasarelas italianas. Se mudó hace diez años allá para estudiar y ha destacado por su innovación en el mundo de la moda. Nació y creció cerca de donde tu esposa lo hizo. Pude encontrarlo en sus redes sociales y tiene cientos de fotos antiguas con ella. En la que te estoy enviando decía en la descripción y cito textualmente: «Mi musa».

La imagen era de ellos dos mucho más jóvenes, estaban abrazados y sonrientes.

Apreté la mandíbula.

—¿Qué más?

—Volvió al país hace poco. Dijo en una entrevista que buscaría los orígenes de su pasión para nueva inspiración. ¿Crees que por eso la esté buscando, para inspirarse?

No. Eso sería sencillo.

Él quería más: la deseaba a ella.

Maldito idiota.

—Sigue indagando. Quiero saberlo todo.

—¿Para qué?

Ni yo tenía idea.