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CAPÍTULO 7.

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CAPÍTULO 7.

Años atrás.

Mis dedos tamborilearon sobre la mesa mientras esperaba.

—¿Aló?

Carraspeé. —¿Habla Ada? —Estaba casi seguro que así era.

—Sí.

Me dejé caer en la silla. —No sé si me recuerdes, soy Richard. Nos conocimos la semana pasada.

—¿Cómo podría olvidar tus heroicas acciones? —dijo en cambio y aunque no podía verla presentí la sonrisa en su voz.

Maldición, no me había olvidado.

Aquella noche no era mi plan hacerme el héroe, pero no estaba en mí ignorar a una damisela en apuros y ella definitivamente necesitaba mi ayuda. Estos días no había dejado de pensar en esa noche ni en esa mujer. Quise llamarla justo al día siguiente del evento, pero no quise parecer demasiado insistente. Siete días me parecieron una eternidad, sin embargo, no pretendía esperar más.

—Te llamaba para preguntarte cómo estabas —informé—. ¿Y tu auto?

—Ambos estamos muy bien. Me lo devolvieron hace dos días, ellos aseguraron que funciona perfectamente. Aun así, prefiero estar en casa más temprano por las dudas. Además, tu llamada cayó en el momento oportuno, justo pensaba en ti.

—¿Ah, sí?

—Sí. Me sentía un poco tonta porque no te pedí tu contacto, ¿cuál es tu marca favorita: Titleist, PXG u otra?

Mierda, ella sabía de buenas marcas.

—Ibas en serio con lo de reponerlo.

Entonces rio y ese sonido me envolvió. —Soy una persona de palabra.

—Yo también —aseguré—. Te dije que no te preocuparas por eso. Ya lo repuse, de hecho.

—De acuerdo, eso fue rápido.

Esta vez fue mi turno de reír. —¿Qué te parece si cenamos? Sería un mejor acuerdo para mí.

—¿Hablas en serio?

¿Cómo no? Estuve pensando en ello durante esta interminable semana.

—Muy en serio. ¿Estás libre esta noche?

Chasqueó la lengua. —Sinceramente, no. Lo lamen…

—¿Y mañana? —interrumpí.

—Sería perfecto.

—¿Te parece bien a las siete? Envíame tu dirección para buscarte.

—¿Por qué no nos encontramos en el restaurante?

—Por supuesto.

De acuerdo, eso no lo esperaba. Normalmente a las mujeres les encantaba que yo fuera por ellas y me encargara de todo. Aunque bueno, con lo ocurrido en la carretera posiblemente deseaba trasladarse por sí misma. Propuse mi restaurante favorito y ella aceptó encantada porque le encantaba la comida allí. Era evidente que Ada pertenecía al Jet set. Su auto, su insistencia por reponerme un objeto costoso y su tranquilidad al oír el sitio donde cenaríamos me indicaron que no era el tipo de mujer que se impresionaba por el dinero porque lo tenía.

¿De quién era familia? Bueno, mañana en nuestra cena podríamos conversar acerca de ello.

La noche siguiente.

Estuve en el restaurante diez minutos antes de lo acordado y poco después vi su auto detenerse.

Ada se bajó, con una sonrisa amable, le tendió su llave al muchacho que la esperaba. Se conocían porque le saludó con efusividad. Al verla avanzar bajo las luces brillantes del lugar tuve que ajustarme la corbata. Ese intercambio en la carretera no le hizo justicia a su rostro. Mierda, tenía un rostro precioso.

Ahora podía vislumbrar sus ojos de color miel, su nariz respingada y labios carnosos. Las pecas que adornaban sus mejillas esa vez fueron cuidadosamente cubiertas. Además, ya no usaba un overol sino un vestido negro largo con una abertura desde el muslo hasta sus pies. Ese diseño se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y, que el cielo me asistiera, se veía como una diosa. Justo mi tipo de mujer.

Casi como si pudiera detectar mi interés su atención se posó sobre mí. Un segundo después mis piernas avanzaron hasta quedar frente a frente.

—Hola —saludó.

—Hola, Ada —devolví—. ¿Entramos?

—Por supuesto.

El maître nos recibió con su habitual tranquilidad.

—Señorita Davenport, un honor recibirla. Señor Bradford, siempre un gusto. —Nos llevó a mi mesa predilecta justo en la esquina con más privacidad. No había demasiados comensales esta noche, quizás por eso nadie nos detuvo para charlar lo cual fue una suerte tremenda.

El mesero encargado de nuestra mesa se presentó ofreciéndonos vino. Mi acompañante se negó de inmediato e hice lo mismo, pasamos directo a ordenar la comida, ella ni siquiera miró el menú.

—Richard Bradford es un nombre con carácter. ¿Idea de tu padre? —Sus palabras tenían un dejo pícaro. El maître no tenía idea de cuán rápido nos arruinó el misterio a ambos, sobre todo porque solo existía en este círculo otro hombre con mi nombre y apellido: mi progenitor.

—Sí, deseaba perpetuar su legado. ¿Has oído de nosotros?

Levantó un hombro para luego dejarlo caer, ¿sería su piel tan suave como parecía? —Por supuesto, estuvieron en boca de todos cuando remodelaron la casa de esa estrella de cine. Vi las fotos en línea y de verdad quedó preciosa.

Mi pecho se hinchó como el de un pavorreal. Nadie sabía pero precisamente esa fue mi primera aportación para la compañía. Ese contrato nos lo disputamos con firmas más grandes, más reconocidas, pero el dueño confió solo en mi visión y el resto fue una lluvia de reseñas positivas y más contratos. Papá estaba orgulloso de ello.

—Muchas gracias —respondí con sinceridad. Un segundo después, pregunté con cautela. —Eres la hija de Frank Davenport, ¿no es así?

—Pero supongo que no habías oído de mí —completó. No sabía si podía leer la mente o simplemente hice algún gesto que me delató.

—Lo lamento.

—Oh, no pasa nada. Para serte sincera la mayoría de las personas me reconocen es cuando estoy con él. Es extraño, ¿no crees? No habernos topado antes de esto.

—No suelo asistir a eventos, quizás sea por eso. —Además, jamás me interesé por su padre; tampoco empezaría ahora, aunque su hija era un tema completamente distinto. —Dime, ¿qué haces para vivir?

Sonrió. —Tengo una floristería en el centro de la ciudad.

No era algo que esperaba de la heredera de un hombre tan rico como Midas, sin embargo, su rostro brilló ante esa declaración y solo por eso supe que vivía para cumplir su pasión.

—Eso es genial, ¿cuál es tu flor favorita?

—No le preguntas a una madre cuál es su hijo predilecto, Richard —contestó demasiado seria como para ser verdad.

Reí un poco. —De acuerdo, lo entiendo.

Así continuó la noche entre intercambios coquetos, bromas, comida deliciosa y el sentido del humor particular de mi acompañante quien no solo era hermosa sino también bastante lista. Ada no dudó ni un segundo en contarme cientos de cosas de su vida. Escuché cada una de ellas completamente absorto con su ánimo. En mi opinión la cena finalizó demasiado pronto, después del postre me demoré todo lo que pude con el café pero en un punto ya no podía alargarlo más.

Joder, esta noche no podía terminar.

Pensaba en cómo alargar un poco más esto cuando llegamos a la entrada.

—Gracias por esto —dijo—, fue muy agradable compartir esta velada contigo.

—Me divertí mucho —añadí.

Trajeron su auto, ella dio un paso adelante y antes de poder analizarlo siquiera una de mis manos se cerró en su muñeca. Se detuvo más por el contacto que por la presión del mismo.

—¿Qué…?

—Deberíamos hacerlo de nuevo —solté aferrándome a toda mi dignidad para no pedirle más tiempo ahora mismo.

Parpadeó. —¿Una cena?

—U otra cosa, acepto sugerencias.

—¡Oh!

—¿Te gustaría? ¿Estás disponible? —Y con ello dejé escapar la pregunta que me reprimí toda la noche. Disponible , libre , soltera . En ningún momento dijo nada acerca de un compromiso con alguna otra persona, eso me dio más pie a proponer esto.

La dejé ir cuando retrocedió.

—Yo… no lo sé.

Una de mis cejas se arqueó. —¿Cómo es eso?

—Pues otra cosa por hacer, no soy exactamente el alma de la fiesta.

—Tú dame tu tiempo y yo planearé todo lo demás, ¿de acuerdo? —Pasó casi un minuto entero antes de que por fin asintiera. Solté entonces el aire que había retenido. —Avísame cuando estés en tu casa, ¿de acuerdo? —Le sugerí a acompañarla en mi auto pero se negó.

—Sí, claro.

Media hora después recibí su mensaje.

Entonces así iniciaron nuestras conversaciones, todos los días sin importar la hora Ada y yo hablábamos de cualquier cosa que se nos ocurriera. Así pude conocer más de su día a día, de sus afectos, de sus aficiones. Me enviaba foto de sus flores nacientes o su nueva adquisición en carteras lo cual descubrí era su colección favorita. Incluso un día me envió una imagen de un vestido que le envió su mejor amigo de la infancia. Fue un verdadero intercambio porque yo también le conté demasiadas cosas: mis planes, mis estrategias y aspiraciones.

Cuando volvimos a vernos estaba incluso más hermosa que la primera vez y nuestros encuentros se convirtieron en una constante: al cine, a bailar, a la playa. Cualquier sitio era genial siempre y cuando estuviéramos hablando o bromeando y, principalmente, coqueteando. Ella no tenía idea de cuánto me encantaba su sonrisa o la manera en la que se peinaba el cabello con los dedos.

En un punto se volvió insoportable no poder tocarla como deseaba, entonces cuando la dejaba en su casa me incliné para besarla. Ella se apartó.

—¿Qué… estás haciendo? —cuestionó con los ojos abiertos.

Ladeé la cabeza poniendo las manos en la pared a cada lado de su cabeza dejándola atrapada.

—Quiero besarte.

No éramos unos jovenzuelos, no disfrazaría esto.

Ahora fueron sus labios los que se abrieron en señal clara de impacto.

—Pero ¿por qué?

Mi ceño se frunció.

—No entiendo esa pregunta.

Parpadeó. —Pues no soy precisamente tu estilo de mujer. Por eso no entiendo esto.

—Espera, espera, espera. ¿Estilo de mujer? ¿De dónde sacas eso? —Ella había roto con todos los patrones de mi historial, pero eso no tenía manera de saberlo principalmente porque eso no era importante. Justo ahora, en este momento me gustaba ella .

—No se debe ser muy inteligente para llegar a esa conclusión.

—Ada —llamé cuando desvió la mirada con las mejillas sonrojadas como si sintiera vergüenza de hablar conmigo, ¿era en serio? Esta mujer me enviaba fotos hasta del desastre en su habitación cuando no encontraba la cartera ideal para ponerse, creí que la timidez nos había abandonado hacía rato. —¿Todas estas semanas, qué creíste que hacíamos?

Se lamió el labio inferior distrayéndome momentáneamente.

—¿Forjar una bonita amistad?

Solté una risa seca, pobre e inocente Ada.

—Yo no quiero tu amistad —declaré sin rodeos, no podía aceptarla a estas alturas cuando deseaba poseerla más de lo que anhelaba ver un nuevo día. —Y si fueras honesta contigo misma admitirías que tampoco quieres la mía. Me gustas, me atraes como mujer.

—Pero no diste indicios de nada antes de ahora y yo pensé…

—¿Que era estúpido? —interrumpí—. Porque habría que ser idiota para estar cerca de ti todo este tiempo y no volverse loco de deseo. Déjame demostrártelo.

Su cabeza se alzó. —¿Cómo?

Tomé su nuca y la atraje hacia mis brazos e inclinándome sobre sus labios para tocarlos por primera vez. Le mostraría a Ada Davenport porque entre nosotros era imposible que existiera algo tan platónico como una amistad.

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Otro vistazo a cómo inició todo esto.

Estos capítulos me parecen super necesarios para mostrarles cómo era Richard y lo que sentía por Ada.