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CAPÍTULO 8.

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CAPÍTULO 8.

Ada .

El dolor en mis lumbares me despertó en medio de la noche. Tenía rato intentando encontrar una postura más cómoda, pero era imposible, de mis labios escapó un gemido dolorido cuando me giré de medio lado. Un movimiento justo en frente me paralizó; alguien estaba sentado en la silla junto a la ventana, podía notar su silueta con la escasa luz.

¿Qué rayos?

Encendí la lámpara. De haber sido un ladrón, me habría sorprendido menos; Richard estaba allí completamente dormido. Usaba su pijama y aunque esa silla no era la más confortable del mundo él se había acomodado.

¿Acaso esto era un sueño? Era lo más probable, porque no había razón por la cual estuviera aquí durmiendo en un lugar tan incómodo. Sin embargo, la molestia en mi espalda baja me hizo recordar qué podía no estar imaginándolo. Entonces, la pregunta se volvía mucho más extraña: ¿qué carajo hacía aquí?

Presa de una rabia desmedida quité la almohada debajo de mi cabeza y la lancé hacia él con todas mis fuerzas. Al menos yo podía presumir de una buena puntería.

El primer impacto lo despertó, mientras el segundo lo aturdió.

—¡Joder, Ada, soy yo! —siseó cuando el despertador impactó justo en su rodilla derecha.

Oh, pero yo lo sabía.

—Fuera de aquí o te lanzaré la lámpara —informé tomándola en mis manos. —Irá directo a tu frente.

Se dejó caer en la silla ignorando mis palabras. Un segundo después maldijo al oír como el aparato se rompía en cientos de pedazos. Apunté muy cerca de su rostro para asustarlo, pero tampoco buscaba lastimarlo, sería terrible si lo mataba y luego terminaba en la cárcel por su culpa.

De nuevo todo quedó a oscuras. La habitación se llenó del sonido de mi respiración agitada.

—Agradece que no te partí la cabeza —espeté.

—Gracias, eso fue un dulce detalle de tu parte —respondió lentamente antes de moverse por la habitación a encender las luces.

Imbécil.

—¿Qué haces aquí?

Cerré los ojos, esperando su frase representativa: «porque esta es mi casa.» Maldición, me había prometido a mí misma no alentarlo a recordarme eso nunca más.

—Te traje la cena —contestó, en cambio.

—¿Eh? —Lo miré. Él tenía las manos en su cintura con su atención fija en mí. —Ya cené.

—¿Aquí?

Parpadeé. —Sí.

—Mentirosa.

Apreté los labios.

—Tú también —respondí y se tensó—. Estabas dormido, no trayendo la cena —aclaré.

Carraspeó.

—Vine por eso, me senté un momento a ver si despertabas y luego me dormí. ¿Creíste que era un ladrón o algo así?

—No, en realidad. Te vi allí tan tranquilo y no pude refrenar el impulso de hacerte daño —revelé sin culpa. —¿Te gusta mi sinceridad?

Ladeó la cabeza.

—Es refrescante, sí.

Me sentía agitada, fuera de lugar y de alguna extraña manera quería hacerle sentir eso a él también. Me molestaba lo tranquilo que se veía, ¿cómo demonios podía detenerse ante mí con esa calma, como si no me hubiera destrozado el corazón?

«Con la misma que tú te presentaste al altar a costa de su desesperación», habló la vocecita molesta dentro de mi mente. Pues en eso sí éramos almas gemelas.

—No tengo apetito —avisé.

Él salió de la habitación sin decir nada. Me dejé caer en la cama con un jadeo cuando la punzada en mi espalda baja arremetió nuevamente. Richard dejó las luces encendidas, me cubrí los ojos con el antebrazo, realmente no tenía disposición para levantarme y apagarlas. Segundos después, la puerta se abrió. Santo cielo, en serio quería molestarme.

Lo busqué con la mirada, venía con una escoba en la mano. Rápidamente barrió los pedazos esparcidos por todo el suelo, luego los guardó en una bolsa. La dejó a un lado mientras se sentaba en la silla como si nada, nuestras miradas se encontraron y yo aparté la mía.

—Diane se siente un poco desconcertada.

Respiré profundo. —¿Y eso por qué?

—Porque desde hace varios días no cenas en esta casa y tú, más que nadie, debes saber cuánto se esfuerza ella por complacer tus gustos.

Chasqueé la lengua. —¿Ella te dijo todo eso?

—No con esas palabras, por supuesto.

—Hablaré con ella mañana.

—¿Y qué le dirás?

Entonces no pude seguir ignorando su presencia frente a mí. Me giré en la cama a pesar del dolor.

—Estoy ocupada. Ella no debe preocuparse por mí porque sí he cenado.

Él asintió. —Muy bien.

—¿Eso era todo?

—Sí.

Suspiré. —Excelente. Ahora, ¿puedes irte? Para serte honesta no tengo ganas de verte.

De camino a la salida, Richard dejó las almohadas que le tiré al borde de la cama. Un segundo después la habitación quedó a oscuras. Con los dedos tanteé hasta encontrarlas y las acomodé a mi alrededor intentando no pensar en esa extraña conversación y aún más extraña presencia del hombre a estas horas de la noche.

—Le dije a Diane que me quedaría hasta tarde en la floristería —susurré abrazando a una de mis almohadas. No entendía su desconcierto, pero no pude pensar demasiado en ello porque mis ojos se cerraron lentamente llevándome de nuevo a los brazos de Morfeo.

Al día siguiente, en mi mesita de noche ya no estaba la cena, pero sí unos analgésicos y un vaso de agua. ¿Richard entró de nuevo durante la noche? O tal vez fue el ama de llaves… sí, eso tenía más sentido.

Al día siguiente.

Connor entró en mi tienda con su habitual desparpajo.

—Hola, chérie.

Sonreí.

—¡Hola! ¿Qué te trae por aquí? —Levantó una bolsa en sus manos y de inmediato reconocí el logo. Chillé emocionada. —¡Oh! ¿Eso es para mí?

Rodó los ojos. —¿Para quién más si no?

Corrí hacia él y justo cuando estaba a punto de tocar la bolsa la levantó por encima de su cabeza.

Arqueé las cejas. —¿Qué?

—No tocarás a una de mis creaciones con las manos llenas de tierra, Ada —frenó con fingido desdén.

Entrecerré los ojos. —¿No puedo?

—¡No!

—¿Y cómo pretendes que haga para saludarte?

—¿A qué te refieres con…? —Lo abracé como lo hacía cuando éramos más jóvenes. Era algo que hacía para molestarlo un poco porque siempre había sido estirado con el tema de la tierra y sus prendas. —¡Mocosa insufrible! —Le escuché soltar, aun así, sus brazos me rodearon. —Voy a cobrarte la tintorería —bromeó.

—¡Hecho!

Un segundo después nos separamos. Él dejó el obsequio en el mostrador antes de empezar a sacudir su elegante ropa. De hecho, no lo toqué con mis manos precisamente para no ensuciar su ropa; tenía razón, estaban sucias.

Con una mirada detalló todo el lugar.

—Es más impresionante que la última vez.

—Es verdad —murmuré orgullosa.

—Y por lo visto tienes un pedido enorme —notó.

—Oh, sí. He centrado mi atención en ello por varios días. No ha sido fácil, pero el pago será bueno.

—¿Tienes tiempo? Me gustaría invitarte a almorzar.

—¿Bromeas? Después de este regalo yo te invitaré a ti —dije. Fui al baño a lavarme y cambiarme de ropa. Cuando salí quince minutos después Connor estaba sentado mirando su móvil. Lo guardó apenas reparó en mi presencia y sonrió. —¿Nos vamos? —pregunté recibiendo un asentimiento.

Nos llevó a un restaurante de comida italiana, su favorita. Con él era como si los años no transcurrieran en absoluto, podíamos hablar por horas de cualquier tema sin problemas. Esta vez, su vida en el extranjero monopolizó por completo la charla. Ver el mundo desde su perspectiva era algo fascinante; sabía que mi amigo era alguien importante en la industria de la moda, por supuesto, pero escucharle de su día a día con modelos, figuras icónicas y vida lujosa de primera mano era como un sueño.

—Todavía me quedan objetivos por alcanzar, ¿entiendes? —murmuró cuando lo felicité. —No he llegado ni al diez por ciento de lo planeado, pero voy por ello.

—Estoy muy orgullosa de ti, ¿lo sabes?

Su mano cubrió la mía. —Claro que sí, chérie. Yo también me siento así por ti.

Mis mejillas se llenaron de color. —No soy tan impresionante como tú.

—Sí, lo eres. Mira que dedicarte a una floristería; yo no lo haría por nada del mundo.

Me reí.

—Nunca le diste la oportunidad a cultivarlas.

—Yo prefiero admirarlas de lejos.

Así siguió nuestra comida y amena charla. Después de tantos días de incertidumbre y tristeza por mi vida, esta era la primera vez que realmente sentía un respiro. A veces, solo se necesitaba compartir un momento agradable para retomar las fuerzas. Para complacerme, Connor pidió mi postre favorito. Me pidió tomarnos una selfie antes de irnos.

El camino de regreso se mantuvo en un agradable silencio, sin darnos cuenta duramos casi dos horas en nuestro almuerzo. Se estacionó frente a mi tienda pero no hizo ademán de bajarse, eso indicaba que quería hablar de algo.

Lo miré.

—¿Sucede algo?

Su mirada azulada me encontró. —No quise preguntarte nada allá, pero en serio me gustaría saber cómo van las cosas.

Por supuesto, él jamás ignoraría algo que me estuviera molestando.

Suspiré.

—Es difícil —acepté—. Sobre todo, porque ahora que no quiero verlo, lo veo mucho más.

Frunció el ceño.

—¿Disculpa?

Hice una mueca. —Es raro, ¿cierto? Pero así lo percibo. Antes, no me eran suficiente nuestros encuentros. Estas últimas semanas ha estado más en casa, quiere hablar mucho más y odio eso porque me siento descontrolada; anoche, por ejemplo, se quedó dormido en una silla de nuestra habitación y lo desperté lanzándole todo lo que tenía a mano —revelé aun aturdida.

Él apretó los labios. —¿Y acertaste?

—No con un objeto contundente. Luego de eso se tomó el tiempo de sentarse a hablar un poco. Se comporta tan tranquilo, como si nada hubiera pasado y me molesta muchísimo. Es decir, ¿ni siquiera le interesó herirme? Tener consciencia de eso es… triste.

Mi amigo apretó la mandíbula.

—Esa noche, cuando nos vio, estaba celoso —confesó.

Arrugué la frente. —Claro que no.

—Ada, sé perfectamente cómo luce un tipo a punto de golpearme.

Me dejé caer en el asiento, reservándome la discusión de aquella noche. —No son celos. Es orgullo. Seguramente teme una venganza por mi parte.

Un segundo y luego: —¿Y no te gustaría?

Parpadeé. —¿Qué cosa?

Sonrió, tenso. —Vengarte, Ada.

Mis ojos se aguaron.

—Entonces nunca terminará esto. No. Quiero el divorcio. Esto será lo mejor para todos.

Él se inclinó para quedar más cerca de mí.

—De acuerdo. Haz lo que creas mejor, pero no olvides que estoy disponible para ti. ¿Está bien? Cualquier cosa que necesites, no dudes en pedirla.

—Gracias, Connor.

Puso la mano en mi nuca y me dio un beso en la mejilla… demasiado cerca de mis labios.

Carraspeé antes de abrir la puerta y salir del auto. Por alguna razón, me sentí sofocada.

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¿Cómo creen ustedes que Connor quería ayudarla a "vengarse"? jajaja