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CAPÍTULO 9.

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CAPÍTULO 9.

Apenas cerré la puerta pude oír una risita femenina que provenía de la oficina de Richard.

Como aquella vez, sentí mi cuerpo paralizarse por completo. Esto debía ser una maldita broma. Sin embargo, en esta ocasión ni siquiera hice ademán de acercarme a ese lugar porque de hacerlo saldríamos en todos los periódicos en unas horas. Mis manos se convirtieron en puños y con la espalda muy recta fui directamente hacia la escalera.

«No mires, maldición. ¡No mires allí!»

—¡Ada, cariño! —llamó una mujer a mi espalda y me detuve abruptamente. —¿No piensas saludarme?

Oh, cielos.

Giré sobre mis pies para encontrarme con la dueña de esa risa. Y no pude estar más equivocada. Sin esperar por mi reacción que, de hecho, fue muy lenta. Greta se acercó a mí para abrazarme; su aroma dulce y familiar golpeó directamente todas esas horribles emociones que se estaban gestando en mi interior. La mujer más amable que había conocido en la vida era quien estaba aquí, visitando a su hijo.

Casi por inercia le devolví el abrazo.

—Oh, lo siento. No te reconocí —revelé todavía perturbada.

A su espalda pude ver a Richard salir de su oficina, se apoyó en el marco con los brazos cruzados. Me miraba fijamente como si supiera exactamente lo que pasaba por mi cabeza. Parpadeé intentando controlar todo esto que sentía: rabia, vergüenza, dolor y alivio.

—Estaba a punto de golpear a mi hijo —avisó.

«Yo también.»

Tragué grueso. —¿Por qué?

—Vine a llevarlos a cenar, y me encontré con la noticia de que estabas en la floristería. Justo íbamos a buscarte por la hora. Por todos los cielos, mi niña. No me digas que te contagió esa adicción al trabajo —bromeó.

Sonreí sin poder evitarlo.

—No exactamente. Este es un pedido enorme y por eso he estado tan ocupada.

Ella acarició mis brazos. —Sí, luces un poco agotada. ¿Por qué no dejas que tu querida suegra te consienta esta noche? Iremos al lugar que quieras, ¿está bien?

Greta siempre fue así: agradable, respetuosa, muy atenta pero insistente. De hecho, su actitud solía recordarme a su hijo. No ahora, por supuesto, pero del hombre que conocí y del que me enamoré perdidamente. Joder, yo extrañaba demasiado esa versión de él.

Carraspeé. —Me gustaría darme una ducha primero —informé.

Sin importarle la tardanza o la hora, ella asintió emocionada. —Por supuesto, aquí te esperamos.

—De acuerdo.

Abracé en mi pecho la bolsa con el regalo de Connor y giré para subir las escaleras. Momentos después ya debajo de la ducha pude soltar las lágrimas que estuve conteniendo durante toda nuestra conversación. ¿En esto se había convertido mi vida, en un continuo terror por llegar a casa y encontrarlo con otra? Ni siquiera fui capaz de reconocer a mi propia suegra, era una locura.

Quince minutos después bajé las escaleras, ellos me esperaban en la sala mientras charlaban y bebían del bourbon favorito de mi esposo. Él me tendió un vaso y aunque no me encantaba, la tomé en un segundo. Esta sería una velada larga porque para mi suegra, nosotros éramos un matrimonio perfecto.

Nos dirigimos al auto. Richard, como siempre, abrió la puerta del copiloto. Su mirada me buscó.

—Siéntate al lado de tu hijo, Greta —dije sorprendiéndolo.

Ella me lanzó una expresión confusa. —¿Por qué?

Levanté un hombro y luego lo dejé caer, intenté parecer lo más relajada posible.

—Pues, eres su madre. ¿No te gustaría ir con él? La mayoría del tiempo yo me siento allí.

—No —respondió él sin explicar más—. Este es tu lugar, Ada.

No tenía lugar en su corazón, ni en su vida, ni en sus planes. ¿En serio creía que estar a su lado en un asiento era importante? Bueno, quizás como yo estaba fingiendo para no alertar a su madre. Qué buen papel hacía.

Simulé una risita.

—Cariño, en serio no me importa. —Mi voz aunque pretendía ser juguetona fue más firme de lo planeado.

Él apretó la mandíbula un segundo antes de fingir una sonrisa. —Está bien. Mamá, sube —instó.

Ella apretó mi hombro. —Eres una dulzura.

Abrí la puerta detrás del copiloto y me subí al auto. El trayecto ni siquiera fue largo; fuimos hablando de cómo estaba ella. Recién regresaba de un crucero que duró ocho meses. En serio a esa mujer le encantaba estar en todos lados menos en su casa y no podría juzgarla, toda su vida se dedicó enteramente a su familia. A los hombres Bradford jamás les faltó una comida caliente o alguien que los ayudara mientras ella estuvo allí. Después de la debacle que no solo hundió la empresa sino también su matrimonio, Greta cuidó de su esposo hasta su fallecimiento y después de eso inició su verdadera aventura. También dijo que nos trajo detalles de ese crucero.

Richard ni siquiera preguntó dónde deseaba ir. Simplemente asumió que iríamos a mi restaurante favorito y minutos después, allí estábamos. Me mordí la lengua para no reclamarle por ello, además, finalmente no había un sitio que me gustara más. Ese idiota.

Se sentó al lado de su madre quien nos lanzó una mirada antes de parpadear, sin embargo, no dijo nada. Ordenamos, yo me decidí por una ensalada ya que en el almuerzo comí bastante. Por su parte, ellos ordenaron carne y pollo.

—¿Cómo está tu padre, cariño? —preguntó ella por cortesía.

—Excelente, ya sabe. En lo suyo, negocios y todo eso. La última vez que hablamos por teléfono me dijo que iría a Escocia.

—¡Oh! Es un lugar precioso —informó—. Fui con el padre de Richard cuando éramos unos jovencitos. El paisaje te deja sin aliento y las runas… son espectaculares.

—Sinceramente no creo que mi padre vaya a disfrutar de eso. Sin embargo, acabas de despertar mi interés. Lo que sé de ese país es por las novelas y posiblemente no le hagan justicia.

Ella rio. —Oh, ojalá puedas visitarlo alguna vez. —Se giró hacia su hijo. —¿Lo escuchaste? Tu esposa no debería quedarse con las ganas de conocer algún lugar.

—Sí, mamá.

Ella golpeó su brazo de manera juguetona. En tanto, el mesero nos trajo las bebidas.

—Es idéntico a Richard —murmuró con melancolía recordando a su esposo—. No solo físicamente sino en esa obsesión por el trabajo. La vida es más que eso y pasa demasiado rápido. —Entonces me miró. —Siempre le digo que no espere hasta estar como yo de anciana y agotada para empezar a disfrutarla.

—¿Anciana y agotada? Pero si estás espectacular. Nos sobrevivirás —alenté con sinceridad. Esa mujer era impresionante.

Le lancé un guiño mientras bebía de mi merengada.

Ella suspiró.

—¿Sabes qué me daría más emoción? Un nieto —soltó y yo me ahogué.

En un segundo, mi esposo estuvo a mi lado mientras yo tosía incontrolablemente. ¿Qué demonios? Él dio unas palmadas en mi espalda, yo levanté la mano pidiendo que se detuviera.

—¿Es en serio, mamá? —preguntó con voz tensa.

La mujer me pasó unas servilletas, su expresión era de vergüenza. —Era un comentario. No quería…

—Oh, no. Tranquila —frené aun tosiendo—. Lo sé, es solo que me tomó de sorpresa. Nosotros no...

—Todavía no está en nuestro planes —finalizó él.

Quería decirle que era un hijo de perra, pero sería mentira porque esa mujer era demasiado buena para ser su progenitora. Me limpié el rostro intentando quitarle hierro al asunto. Entonces, cuando la comida llegó cambiamos radicalmente de tema. Y por suerte, el resto de la noche fue mucho más tranquila.

Regresamos a casa, de nuevo me senté en la parte de atrás. Greta preguntó si podía quedarse con nosotros; ambos respondimos que sí al unísono pero realmente mi palabra no valía en esa casa. Ella se quedaría en la habitación de invitados, me abrazó antes de desearme buenas noches.

Richard me siguió a la alcoba.

—¿Qué haces? —cuestioné al verle quitarse la camisa.

—Me quedaré aquí hoy.

—¿Es necesario?

Apretó los labios. —Ya mi madre sospecha algo, tu actitud de esta noche la descolocó.

Me senté en la cama.

—¿Y cuál es el problema? Sería mejor decirle de una vez que nos divorciaremos.

—No —espetó.

Ladeé la cabeza. —Debería hablar con ella mañana y contarle exactamente la razón de nuestra separación, ¿no te parece?

Se desabrochó los pantalones dejándolos caer al piso. Aparté la mirada para no reparar en su cuerpo.

—¿Le darás ese disgusto?

Rodé los ojos. —Se disgustará de todas maneras, antes o después.

—Pues bien, hazlo —aceptó—. Díselo, sin embargo. Cuando no consigas lo que quieres no tendrás cara para enfrentarla.

Él me estaba hartando. Real e inequívocamente; la presión de estos días, su continua negativa, lo que sentí esta noche al entrar y escucharlo con otra así fuera su familiar. Todo eso me pasaba factura, todo me quebraba más a cada segundo. Esta noche estaba siendo demasiado dura de sobrevivir.

Entonces, solo por desear ganar la discusión y no porque lo sintiera realmente, solté: —Oh, cariño. Yo siempre consigo lo que quiero, que estemos ambos aquí lo demuestra.

Sus cejas se arquearon y sus ojos brillaron peligrosamente.

¿Fui asertiva? No, en absoluto. Pero presenciar su cruda molestia alegró a mi parte más herida.

Esperé cualquier respuesta menos la que me ofreció. —Iré a ducharme.

Con un portazo cerró la puerta del cuarto de baño. Y fue ese sonido el que me hizo soltar una bocanada de aire. Joder, debería controlarme más en las próximas conversaciones. Porque, si ya era difícil así, no me imaginaba una batalla campal.

Rato después, él salió, ya yo estaba acostada envuelta en las sábanas. No encendió las luces para cambiarse y le oí rebuscar en su closet.

Luego, a mi lado la cama se hundió sobresaltándome. ¿Planeaba dormir aquí?

—¿Qué estás…?

—Voy a dormir, esposa —interrumpió con firmeza—. Deberías hacer lo mismo.

Me giré en la cama. Él se acomodaba tan tranquilo y tan campante en una cama que no había tocado en todo nuestro matrimonio.

—Te vi cómodo en la silla ayer —argumenté.

—Aquí estaré mejor.

—Entonces, yo…

—Ya basta por esta noche —frenó—. Descansa.

¿Cómo podría? Con él a mi lado era prácticamente una tarea titánica. Me sentía alerta a cualquier movimiento. No podía pensar en algo que no fuera tenerlo a mi lado. Todo quedó en absoluto silencio por horas interminables y finalmente me dormí. Fue un sueño bastante inquieto, la verdad.

Desperté temprano en la mañana sola de nuevo en la cama, cuando puse una mano en su lado de la cama, este se sentía frío, como si se hubiera ido hacía rato. Entonces, vi algo brillando en mi dedo.

Un anillo.

Mi anillo de boda.

Aquel que dije haber tirado cuando realmente lo vendí en una casa de empeños la misma noche que lo descubrí con otra.

Maldición.

¿Acaso enloqueció?