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Capitulo 1

Lecciones Privadas 18+ — booknet.com · All chapters

Capitulo 1

Mila

Siempre he pensado que los finales son más fáciles de escribir que los comienzos.

En los finales, todo está decidido. Alguien muere, alguien se marcha, alguien se enamora demasiado tarde y, después de trescientas páginas de sufrimiento perfectamente innecesario, por fin descubre lo que tenía delante desde el principio.

Los comienzos son diferentes.

Los comienzos exigen promesas.

Y yo no soy demasiado buena haciendo promesas.

—Vamos, Mila —murmuro frente a la pantalla—. Solo una frase.

El cursor parpadea.

Una vez.

Dos.

Tres.

Como si se estuviera burlando de mí.

Tengo las piernas cruzadas sobre el sofá y la laptop apoyada sobre ellas. Llevo casi cuarenta minutos en la misma posición, con el cabello recogido de cualquier manera y una taza de café frío sobre la mesa pequeña.

No debería estar tomando café a esta hora.

Tampoco debería estar escribiendo.

Y definitivamente no debería llevar media hora mirando una pantalla en blanco mientras mi protagonista espera que yo decida si va a matar al hombre que acaba de secuestrarla o besarlo.

El problema es que ambas opciones me parecen demasiado obvias.

Frunzo el ceño.

Vuelvo a leer las dos líneas que he conseguido escribir.

Él nunca había permitido que una mujer entrara en su territorio. Hasta que ella apareció en su puerta cubierta de sangre.

Eso es todo.

Dos miserables líneas.

Dos.

Para alguien que pretende convertirse en escritora algún día, resulta bastante humillante.

Apoyo la cabeza contra el respaldo del sofá y cierro los ojos.

Mi novela necesita un protagonista peligroso. Un hombre con dinero, poder y suficientes enemigos como para justificar que duerma con un arma debajo de la almohada.

Un capo de la mafia, básicamente.

Oscuro. Controlador. Moralmente cuestionable.

Perfecto.

El tipo de hombre que jamás recomendaría a una amiga. El tipo de hombre que, probablemente, recomendaría a mis lectoras.

Sonrío apenas.

Eso es lo maravilloso de escribir ficción.

Puedo inventar hombres horribles y hacer que parezcan irresistibles. Puedo hacer que una mujer corra hacia el peligro sabiendo perfectamente que debería estar huyendo.

Y puedo escribir cosas que jamás diría en voz alta, cosas que ni siquiera admitiría que me interesan.

La pantalla vuelve a quedarse en silencio.

—Está bien.

Cierro la laptop.

—Por hoy has sufrido suficiente.

Dejo el ordenador sobre la mesa y me incorporo. El apartamento está en silencio y me gusta así.

Porque no siempre fue de esta manera.

Durante años, el silencio significaba que alguien estaba enfadado. Ahora significa que estoy sola y hay una diferencia enorme en eso.

Camino hasta el baño y abro la ducha. Mientras espero a que el agua alcance una temperatura soportable, me miro en el espejo.

Veintiún años.

Cabello castaño despeinado.

Ojeras.

Una camiseta demasiado grande.

Y una expresión que probablemente dice que llevo demasiado tiempo encerrada con personajes ficticios.

—Patético —me digo.

Pero sonrío.

Me quito la ropa y entro bajo el agua. El calor me golpea los hombros y dejo escapar un suspiro.

Necesito despejar la cabeza, porque es mi último fin de semana antes de que las clases comiencen de nuevo.

Y con eso, vendrán los ensayos, las lecturas que estudiar, los exámenes. Y una novela que lleva dos líneas y medio de vida.

Mi existencia, en resumen, está perfectamente organizada.

Cuando termino, me pongo unos pantalones cortos y una camiseta limpia. Me seco el cabello de manera superficial y voy a la cocina.

Abro la nevera y la miro.

La nevera me mira a mí.

Tenemos un acuerdo tácito, yo no le pido demasiado y ella no me ofrece demasiado.

—¿Qué tenemos?

Un tomate.

Un poco de queso.

Huevos.

Un paquete de rúcula.

Y media botella de vino que probablemente debería guardar para una ocasión especial.

La ocasión especial es que tengo hambre.

Preparo algo sencillo, una ensalada con tomate, rúcula y queso, acompañada de una porción de papas pequeña.

No necesito más.

Mientras cocino, abro la ventana. El aire caliente entra de inmediato, demasiado caliente. Oxford puede ser preciosa, pero en días como este parece empeñada en recordarme que las ciudades antiguas también pueden convertirse en hornos.

Llevo el plato hasta el balcón.

Es pequeño.

Ridículamente pequeño.

Hay espacio apenas para una mesa de dos y una silla que encontré en una tienda de segunda mano y que estuvo a punto de matarme tres veces mientras intentaba subirla por las escaleras.

Pero es mío.

Todo esto es mío.

La mesa.

La silla.

El sofá.

La cocina diminuta.

Los libros apilados en lugares donde no deberían estar y las plantas que sobreviven por pura compasión. Incluso la lámpara horrible que Juliet insiste en que debería tirar, yo la conservo.

Porque la elegí.

Y quizá eso sea lo que más me gusta de este lugar, que nadie puede decirme qué hacer con él. Nadie puede entrar y decidir qué debo leer, qué debo estudiar, dónde debo sentarme o cuánto tiempo puedo pasar escribiendo.

Nadie puede decirme que estoy desperdiciando mi vida o recordarme que debería estar agradecida.

Aquí no tengo que agradecerle nada a nadie.

Apoyo los pies sobre la pequeña baranda y pincho un trozo de tomate con el tenedor. El cielo empieza a teñirse de naranja sobre los tejados.

Me gusta observarlo desde aquí.

A veces pienso que Oxford fue la primera decisión que tomé realmente por mí misma.

La beca.

La solicitud.

La mudanza.

La universidad.

Todo.

No fue fácil.

Pero cada vez que cierro la puerta de este apartamento y escucho el clic de la cerradura, siento algo parecido a la paz.

Libertad.

Una palabra que todavía me resulta extraña. Como una prenda nueva que aún no sé si me queda bien.

Muerdo el tomate y miro hacia las ventanas de los edificios vecinos. Algunas están abiertas, en otras, las luces empiezan a encenderse.

Hay voces a lo lejos. Un perro ladra, alguien ríe. La vida sigue y por primera vez siento que la mía también me pertenece.

Dejo el tenedor sobre el plato, entonces pienso en mi novela.

En mi protagonista, en el hombre que todavía no sé cómo hacer respirar. Quizá no necesito decidir hoy cómo termina su historia. Quizá ni siquiera necesito saber cómo empieza.

Tal vez solo necesito descubrir qué es capaz de hacer cuando la mujer que jamás debería haber conocido aparece delante de él.

Sonrío.

La idea llega despacio.

Casi tímida.

Me inclino hacia delante.

—Eso podría funcionar.

Estoy a punto de levantarme y volver al sofá, pero mi teléfono vibra. Una vez, después otra.

Miro la pantalla.

Juliet.

Por supuesto.

Abro el mensaje.

Juliet [20:30]: Tenemos que hablar.

Frunzo el ceño.

Otro mensaje aparece inmediatamente.

Juliet [20:30]: Y no acepto un estoy ocupada.

Suspiro.

Con Juliet, esas palabras casi siempre significan problemas. Y, por alguna razón, una pequeña parte de mí empieza a sospechar que esta vez no será diferente.

Después de intercambiar un par de mensajes más con mi mejor amiga, finalmente consigo arrancarle una promesa.

Desayunaremos juntas mañana.

Sin excusas y sin que ninguna de las dos pueda cancelar. Cierro el chat antes de que pueda agregar alguna condición absurda y dejo el teléfono sobre la mesa.

Recojo mi plato del balcón y entro en la cocina. Lavo todo mientras mi cabeza vuelve, inevitablemente, a la novela.

Quizá debería hacer que él no la deje entrar, quizá eso sería más propio de un hombre que se supone que tiene enemigos en cada esquina.

Seco el plato, lo guardo y regreso al sofá. La laptop sigue donde la dejé y la abro. El documento aparece en pantalla.

Dos líneas.

Mi gran obra maestra.

—Vamos.

Escribo una tercera. La borro y escribo otra, también la borro. Estoy a punto de cerrar el documento cuando aparece una notificación en la esquina inferior derecha.

Mi blog.

El pequeño rincón de internet que nadie relaciona conmigo. Mi secreto. Ese en donde por las noches, cuando nadie mira, escribo sobre algo completamente diferente.

Encuentros.

Dominación.

Sumisión.

Fantasías.

Historias que muchas veces nacen de libros, pero que últimamente también intento comprender desde un lugar más personal.

Hace casi un mes que hablo con el mismo hombre.

Su usuario es BlackThorne.

Nunca me dijo su nombre, yo tampoco le di el mío solo me conoce como MielleLune , pero desde nuestra primera conversación hubo algo.

No sé cómo llamarlo.

Química, supongo.

Tiene una manera de escribir que me desconcierta. Sus mensajes son precisos, seguros y crudos, sin necesidad de demasiadas palabras.

Pero hay algo más.

Le gusta la literatura.

Hemos hablado durante horas sobre novelas, autores y personajes. Una noche discutimos sobre Heathcliff: él defendía que era un hombre enamorado; yo, que era incapaz de aceptar que no podía poseer lo que quería.

No llegamos a un acuerdo.

Quizá por eso me gusta hablar con él. Nunca intenta impresionarme, simplemente parece saber exactamente qué decir.

Hace unas semanas acordamos conocernos, pero la cita nunca llegó a concretarse. Después volvimos a hablar como si nada hubiera ocurrido.

Abro el mensaje.

BlackThorne: ¿ Estas libre el sábado?

Mi pulgar permanece suspendido sobre el teclado.

MielleLune: Depende.

La respuesta llega casi inmediatamente.

BlackThorne: Quiero invitarte a un club.

Me incorporo ligeramente.

MielleLune: ¿Qué clase de club?

Tarda unos segundos.

BlackThorne: Uno donde las personas saben exactamente a qué van.

Otro mensaje.

BlackThorne: Es seguro. Hay normas y se respetan.

Miro la pantalla y vuelvo a leerlo.

MielleLune: ¿Y tú irías?

Tres puntos aparecen.

Desaparecen.

Vuelven a aparecer.

BlackThorne: Te estoy invitando.

Una sonrisa pequeña aparece en mis labios. Maldita sea, no debería estar considerando esto.

No lo conozco y nunca he estado en ese club, pero tengo veintiún años y no voy a tenerlos para siempre. Si voy a escribir sobre estas cosas, quizá debería dejar de vivir únicamente detrás de una pantalla.

No tengo que hacer nada que no quiera. Solo conocer el lugar, conocerlo a él y experimentar.

Mis dedos se mueven antes de que pueda arrepentirme.

MielleLune: Está bien.

La respuesta tarda un poco más esta vez.

BlackThorne: Sábado. Diez de la noche.

Después llega la dirección y la guardo.

MielleLune: ¿Cómo vamos a reconocernos?

Su respuesta me hace sonreír.

BlackThorne: Llevaré un libro.

Frunzo el ceño.

MielleLune: Eso es muy poco específico.

BlackThorne: Uno negro. Tapa dura. Siempre en mi mano izquierda.

Me río suavemente.

MielleLune: ¿Qué se supone que debo llevar? ¿Algo especifico o dejo vagar a mi imaginación?

BlackThorne: Lleva algo rojo.

Miro mi armario mentalmente, tengo demasiadas cosas rojas.

BlackThorne: Lo que quieras.

Una pausa.

Entonces aparece otro mensaje.

BlackThorne: Y si cambias de opinión, y no vienes, sin explicaciones luego.

Me quedo mirando esas palabras. No sé por qué, pero son precisamente ellas las que terminan de convencerme.

Cierro la conversación y apoyo la cabeza contra el sofá. El sábado parece demasiado lejos y, al mismo tiempo, peligrosamente cerca.

Miro mi novela.

Dos líneas.

Quizá mi protagonista no sea la única a punto de cruzar una puerta.