Capitulo 10
AdriánHabía aceptado salir con Oliver por una razón muy sencilla, necesitaba una noche en la que mi cabeza no estuviera ocupada por una estudiante.
Una estudiante de veintiún años.
El problema era que, desde el lunes cuando descubrí quien era, parecía imposible pensar en cualquier otra cosa.
—Estás demasiado callado.
La voz de Oliver me sacó de mis pensamientos.
Levanté la copa y bebí un trago.
—Estoy escuchándote.
—No, estás pensando.
—Es una acusación bastante grave.
Oliver soltó una carcajada.
—Te conozco desde hace demasiado tiempo.
Estábamos sentados en una de las zonas privadas del club, lejos de la pista. Había música, luces bajas y suficientes personas alrededor como para que nadie prestara demasiada atención a nadie.
Justo lo que necesitaba.
Una noche normal.
Sin libros.
Sin universidad.
Sin Mila en mi cabeza.
—Entonces —dijo Oliver—, ¿cómo está resultando tu primera semana como profesor?
—Bien.
—¿Solo bien?
—Es trabajo.
—Y tú odias admitir cuando algo te interesa.
Lo miré.
—No me interesa nada.
—Claro.
Negué con la cabeza y volví a beber.
La conversación derivó hacia negocios, Londres, algunos asuntos de la editorial y una inversión que Oliver estaba considerando. Durante un rato conseguí concentrarme.
Hasta que dos mujeres se acercaron.
Una de ellas apoyó una mano sobre el hombro de Oliver.
—¿Están solos?
Oliver sonrió.
—Hasta ahora.
La otra se sentó junto a mí sin pedir permiso.
—Eso puede arreglarse.
La observé apenas.
Era hermosa.
Rubia, elegante, segura de sí misma.
—Supongo que sí.
Ella sonrió.
Comenzó a hablarme, no recuerdo exactamente de qué. Porque, unos segundos después, dejó de importarme.
No por ella.
Por lo que acababa de ver al otro lado de la sala.
Mila.
Mi cuerpo la reconoció antes que mi mente. Estaba con una mujer que supuse que era Juliet Fairchild, su compañera de clase.
Y estaba riéndose.
No sonriendo.
Riéndose de verdad.
La cabeza ligeramente hacia atrás, los ojos brillantes, una mano sosteniendo su copa mientras la otra se movía al ritmo de la música.
No parecía la estudiante que se sentaba frente a mí con los apuntes perfectamente ordenados y tampoco parecía la mujer que me había desafiado aquella mañana en clase.
Parecía exactamente lo que era.
Una mujer de veintiún años disfrutando de su viernes por la noche y yo no podía dejar de mirarla.
—¿Estas escuchando?
La mujer a mi lado tocó mi brazo.
La ignoré.
Mila llevaba un vestido negro, sencillo, elegante y demasiado peligroso. Le quedaba pecaminosamente bien.
Su cabello corto tenía movimiento mientras bailaba, alejándose ligeramente de su rostro cada vez que giraba la cabeza. Y sus labios...
Maldita sea.
Sus labios estaban pintados de rojo.
Los mismos labios que había visto formar palabras capaces de desafiarme. Los mismos que había tenido demasiado cerca.
Los mismos que mi memoria se empeñaba en recordarme en ciertas partes de mi cuerpo.
Aparté la mirada, solo durante un segundo y cuando volví a buscarla, seguía ahí. Un pecado con piernas.
Piernas que ya había tocado.
Recordé la curva de su cintura bajo mi mano, la suavidad de su piel en mis manos. El modo en que su cuerpo había reaccionado ante mí.
La forma en que se deshizo debajo de mí.
Cerré la mandíbula.
No.
No iba a pensar en eso.
—¿Todo bien? —preguntó la mujer.
—Perfectamente.
—No parece.
Finalmente la miré.
—Estoy bien.
Ella sonrió y se acercó un poco más, demasiado.
Su perfume me resultó indiferente y su proximidad también. Porque podía sentir la presencia de Mila al otro lado del local como si hubiera una cuerda invisible tirando de mí.
Era ridículo.
Había cientos de mujeres aquí y yo estaba obsesionado con la única que no podía tocar.
—¿Quieres bailar? —preguntó la mujer.
—No.
La respuesta salió demasiado rápida.
Ella pareció sorprendida.
—¿Seguro?
—Sí.
Oliver me lanzó una mirada divertida desde el otro lado. Sabía que algo había cambiado, por supuesto que lo sabía.
—Voy por otra copa —dije.
Me levanté.
Necesitaba alejarme.
Caminé hacia la barra sin volver la cabeza, funcionó durante exactamente treinta segundos.
Después escuché una risa detrás de mí.
Su risa.
Me detuve, no debería haberlo hecho, pero miré. Mila seguía bailando, había cerrado los ojos y movía el cuerpo con la música, completamente ajena a mí.
Libre.
Sin saber que yo estaba observándola y esa imagen me golpeó de una manera que no esperaba.
Porque no quería verla sometida, no en este momento. Quería verla así, libre. Quizá por eso me resultó todavía más difícil apartarme.
Yo había pasado toda mi vida intentando controlar cada variable.
Cada persona.
Cada resultado.
Y ella parecía tener la capacidad absurda de hacerme olvidar mis propias reglas simplemente respirando en la misma habitación.
No.
Me obligué a girarme.
Ella era mi alumna y yo era su profesor. Había establecido un límite y no había sido una sugerencia, había sido una decisión.
Y las decisiones no significaban nada si uno las abandonaba cuando empezaban a resultar incómodas.
Pedí otra copa.
No miré hacia atrás.
Durante los siguientes minutos hablé con Oliver y esas mujeres de cualquier cosa que no fuera ella.
Lo intenté, de verdad. Pero mi atención continuaba regresando al mismo punto. Hasta que la vi separarse de Juliet.
Mila caminó hacia uno de los pasillos laterales. Quizá necesitaba aire, quizá iba al baño, no importaba.
No debía importarme.
Bebí otro trago y me quedé donde estaba. No iba a seguirla, no iba a acercarme y mucho menos iba a tocarla. Porque podía desearla hasta perder la razón y aun así mantener una regla.
Eso era lo que significaba tener control, eso era lo que había aprendido durante toda mi vida. Y, sin embargo, cuando Mila desapareció detrás del pasillo, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo.
La necesidad de ir detrás de ella.
Apreté la copa entre los dedos.
No.
Me quedé exactamente dónde estaba, aunque una parte de mí ya estuviera desesperada por hacerlo.
Fracase, horriblemente, porque no debería haberla seguido. Ni siquiera estaba seguro de haberlo decidido.
Un instante estaba en el área vip y, al siguiente, caminaba por el pasillo que conducía a los baños, con la mandíbula apretada y una certeza incómoda creciendo dentro de mí.
No iba a buscarla.
Solo necesitaba alejarme del ruido.
Eso me repetí.
Hasta que doblé la esquina.
Y choqué con ella.
—Mierda.
Mila retrocedió un paso, instintivamente, extendí una mano para sujetarla del brazo.
Nuestros ojos se encontraron.
Otra vez.
De cerca.
Demasiado cerca.
El alcohol había encendido sus mejillas y hacía que sus ojos parecieran todavía más brillantes. El vestido negro se ajustaba a su cuerpo de una manera que mi cerebro decidió registrar con una precisión que no necesitaba.
—Profesor —murmuró.
No había nadie alrededor.
—Señorita Ashford.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—¿Qué hace aquí? ¿Acaso viene a vigilar que sus alumnas se comporten bien, profesor?
La ironía en su voz me golpeó.
—Usted parece estar haciendo un excelente trabajo comportándose mal sin mi ayuda.
Su sonrisa se ensanchó.
—¿Eso cree?
—Creo que debería volver con su amiga.
—¿Por qué?
—Porque es lo correcto.
Ella dio un paso hacia mí.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Y desde cuándo le importa tanto lo correcto?
—Desde que soy su profesor.
—Ah.
Otro paso.
Ahora apenas había espacio entre nosotros.
—Entonces no soy Mila aquí —susurró—. Podemos volver a fingir que soy MielleLune.
No respondí, porque algo en sus palabras eran ciertas.
La verdad era que en este momento no veía a una alumna, veía a la mujer que había conocido aquella noche.
A MielleLune.
A la mujer que se había entregado a mí y eso era precisamente lo que hacía que aquello fuera tan peligroso.
—Aléjese —dije.
Mi voz salió más grave de lo que pretendía.
Ella no se movió.
—¿Quieres que me aleje?
La pregunta fue suave.
Directa.
No había miedo en sus ojos.
Solo desafío.
Y elección.
—Sí.
Mentí.
Ella debió saberlo, porque en lugar de obedecer, levantó lentamente una mano y la apoyó sobre mi pecho.
Sentí el contacto como una descarga.
—Entonces haz que me vaya, BlackThorne.
La miré.
Podría haber dado un paso atrás, debí hacerlo, pero permanecí inmóvil. Mila se puso de puntillas y me besó.
Fue apenas un instante.
Un contacto breve que debería haber terminado allí.
No terminó.
Mi mano se cerró en su cabello, guiando su rostro hacia el mío, mientras la otra encontraba su cuello con firmeza. No para obligarla, sino para sostenerla cuando ella misma se acercó más.
Y entonces dejé de pensar.
La besé.
Con toda la frustración de una semana entera, con todo lo que había intentado negar. Con toda la rabia que me producía desear a una mujer que no podía permitirme tocar.
Mila gime contra mis labios y ese sonido me atraviesa como una bala. Sé que debería soltarla, que esto está mal.
Ella es demasiado suave, demasiado buena para alguien como yo.
Y, sin embargo, aquí estoy, tocándola y besándola. Respirando su aliento como si fuera oxígeno.
Debería alejarme antes de romperla. Porque sé quién soy, yo no me vinculo y no me enamoro.
Yo domino.
Yo someto.
Y cuando todo termina, me voy. No soy un príncipe azul, soy la tormenta después del cuento.
Y Mila...
Mila es demasiado perfecta, demasiado fuera de mi alcance. Pero me acerco más, hasta arder… hasta quemarme.
Y no puedo parar.
Muerdo sus labios con hambre, deleitándome en su sabor como un condenado que prueba el paraíso por primera vez.
Ella jadea contra mi boca, buscando aire, o quizá buscando lo mismo que yo. Perderse, aunque solo sea por un instante.
Y durante unos segundos no existe Oxford, las reglas, la universidad ni mi maldita promesa.
Solo ella.
Hasta que recupero la razón y me aparto. Respiro una vez, y luego otra. Mila me mira con los labios entreabiertos.
Yo sigo sosteniendo su nuca.
La suelto inmediatamente.
—Esto no cambia nada.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Entonces ¿por qué me besaste?
No tuve respuesta.
Porque cualquier respuesta sería una confesión.
Que la deseaba. Que llevaba toda la semana intentando expulsarla de mi cabeza. Que había visto a otros hombres mirarla esta noche y había sentido algo que no tenía ningún derecho a sentir.
Que ella había conseguido hacerme olvidar quién era.
Quién era yo.
Quién era ella.
—No debería haber ocurrido —dije finalmente.
Mila sostuvo mi mirada.
—Pero ocurrió.
Sí.
Había ocurrido.
Y lo peor no era haberla besado.
Lo peor era que, por primera vez en mucho tiempo, había descubierto exactamente dónde terminaba mi control.
Y su nombre era Mila Ashford.