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Capitulo 2

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Capitulo 2

Mila

Me miro en el espejo por última vez.

El vestido rojo cae sobre mi cuerpo con una sencillez que me gusta. No es demasiado corto ni demasiado ajustado, pero tiene la clase de color que hace imposible pasar completamente desapercibida.

Mi cabello termina justo debajo de la mandíbula y unas ligeras ondas suavizan el corte. El maquillaje es sutil, piel limpia, pestañas definidas y apenas un toque de color en los labios.

Me pongo el tapado negro sobre los hombros y termino de acomodar el pañuelo de seda rojo alrededor de mi cuello.

Parpadeo.

Por un instante, la mujer del espejo parece alguien más. Más segura, más adulta y mucho más atrevida.

—Es solo una noche —murmuro.

Aunque mi voz no suena demasiado convencida.

El sábado se ha pasado demasiado rápido. Esta mañana desayuné con Juliet y, por supuesto, terminé contándole todo.

No absolutamente todo.

Hay ciertas cosas que todavía no soy capaz de decir en voz alta. Pero sí le conté sobre BlackThorne, sobre el club y sobre la invitación.

Juliet me miró durante varios segundos antes de soltar:

—Definitivamente estás loca.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Después pasamos buena parte del desayuno hablando del comienzo de clases del lunes, organizando horarios, lecturas y todas las cosas que inevitablemente terminaremos dejando para el último momento.

Ahora estoy aquí.

Sola.

Con un vestido rojo, a punto de tomar un taxi para encontrarme con un hombre al que solo conozco por un nombre de usuario.

Excelente toma de decisiones, Mila.

Respiro profundamente, es momento de salir.

El taxi me deja frente al club poco después de las diez. Desde afuera, no parece un lugar especialmente llamativo.

Una fachada elegante, oscura, con una puerta negra custodiada por un hombre vestido con traje.

No hay carteles, no hay luces extravagantes, no hay que anuncie lo que ocurre detrás de esas paredes.

Le digo mi nombre al hombre de la entrada.

Él consulta una lista.

—¿MielleLune?

Mi estómago da un pequeño vuelco.

Asiento.

—Está en la lista.

Por supuesto que lo está. BlackThorne dejó mi nombre, bueno mi otro nombre. Entro y durante los primeros segundos simplemente observo.

Es exactamente lo contrario de lo que imaginaba, porque no hay nada vulgar y nada desordenado.

El lugar parece más un club privado de lujo que otra cosa.

Luz tenue, sofás de terciopelo, mesas pequeñas. Una barra de mármol oscuro y personas vestidas con elegancia conversando tranquilamente.

Algunas parejas están juntas de una manera que deja poco espacio para la imaginación, pero incluso eso parece formar parte de una especie de código silencioso.

Aquí todo parece tener reglas y, de alguna manera, eso me tranquiliza. Camino hasta la barra.

—Un gin tonic, por favor.

El barman asiente y mientras prepara mi bebida, continúo observando.

Hay personas que llevan collares, otras, pulseras. Algunos parecen completamente normales, y quizá ese sea precisamente el propósito. Nadie necesita explicar qué hace aquí, nadie mira demasiado y nadie parece juzgar.

Recibo mi copa, la sostengo entre los dedos y doy un primer sorbo. Frío, amargo, perfecto.

Y entonces lo siento.

Un perfume.

Amaderado.

Oscuro.

Llega antes que la voz.

—MielleLune.

Todo mi cuerpo se tensa, dejo la copa sobre la barra, me giro y durante un segundo olvido cómo respirar.

Dios.

Si los griegos realmente hubieran existido como los imaginamos, probablemente habrían creado a un hombre así.

Es alto.

Mucho más de lo que esperaba.

El cabello castaño está ligeramente despeinado, como si hubiera pasado una mano por él antes de entrar.

Sus ojos son azules.

Demasiado azules.

Tiene hombros anchos, un cuerpo definido y esa clase de presencia que no necesita llamar la atención para conseguirla.

Lleva un traje negro impecable, sin corbata y en la mano izquierda sostiene un libro de tapa dura completamente negro.

Mi corazón da un golpe.

El libro.

No sé por qué, pero verlo hace que todo resulte más real.

—BlackThorne —susurro.

Una pequeña sonrisa aparece en su boca.

—Sí.

Su voz es exactamente como la imaginaba.

Grave.

Segura.

Mucho más peligrosa fuera de una pantalla.

Me observa durante unos segundos, no de una manera que me haga sentir incómoda, sino de una manera que me hace ser demasiado consciente de mí misma.

—¿Has llegado bien?

Asiento.

—Sí.

—Bien.

Mira mi copa.

Después vuelve a mirarme a los ojos.

—¿Es tu primer trago?

—Si.

—También tu primera vez aquí.

No es una pregunta.

—Sí.

Algo cambia en su expresión, no sé qué. Quizá satisfacción, quizá curiosidad. Se gira hacia el barman.

—Whisky.

Mientras espera, vuelve a mirarme.

—¿Estás nerviosa?

Mi primera reacción es mentir.

—No.

Una ceja se eleva.

Maldita sea.

—Un poco.

—Es normal.

El barman coloca su vaso frente a él. BlackThorne lo toma, pero no bebe, en cambio, extiende una mano hacia mi copa.

La toma.

Parpadeo.

—¿Qué haces?

La aparta de mí.

—No puedes beber.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué?

Sus ojos permanecen sobre los míos.

—Porque si decides jugar conmigo, necesito que estés completamente presente y, además, es una regla del club —dice con seguridad—. Los sumisos tienen prohibido el alcohol antes de un encuentro.

Siento un calor extraño subir por mi cuello.

No sé qué decir, bueno en realidad, no sé qué hacer. Hemos hablado durante semanas, hemos escrito sobre límites, confianza, reglas. Pero una cosa era leer sus palabras en una pantalla, otra completamente distinta es tenerlo delante, escuchar su voz y ver cómo me mira.

Sentir que cada palabra parece tener un peso diferente cuando sale de su boca.

—¿Y si no quiero jugar? —pregunto finalmente.

Su expresión no cambia.

—Entonces terminamos el trago y te acompaño hasta la puerta.

Así de sencillo.

Miro mi copa en su mano y después a él. No sé por qué eso me tranquiliza. Quizá porque, por primera vez desde que entré, recuerdo que sigo teniendo elección.

Puedo marcharme.

Puedo quedarme.

Puedo cambiar de opinión.

Y, sin embargo, cuando extiende la mano y le devuelve la copa vacía al barman, no protesto.

Solo asiento.

—Está bien.

Sus ojos se detienen un instante sobre mi rostro.

—Bien.

Una sola palabra, pero algo dentro de mí se estremece. No es miedo, tampoco sé si es deseo.

Es algo nuevo.

Algo que todavía no sé nombrar.

Y mientras BlackThorne se coloca a mi lado, con aquel libro negro todavía en la mano izquierda, comprendo que mi decisión de venir aquí quizá no tenga absolutamente nada que ver con escribir.

Quizá esta noche voy a descubrir algo sobre mí que ningún personaje de mis novelas podría haberme enseñado.

Estamos frente a una puerta negra y mi corazón late demasiado rápido. Podría marcharme, la idea aparece, clara, en mi cabeza, pero no lo hago.

Me quedo.

BlackThorne abre la puerta y se hace a un lado para dejarme pasar primero, lo hago. Dentro, la habitación es completamente diferente al resto del club.

Los tonos negros dominan las paredes, interrumpidos por detalles rojos y dorados que le dan una elegancia casi teatral. La iluminación es tenue, cuidadosamente colocada y nada parece estar allí por casualidad.

Escucho la puerta cerrarse detrás de mí y me giro. BlackThorne permanece apoyado contra ella durante unos segundos, observándome. Ya no parece el hombre de los mensajes, o quizá sí.

Quizá esta es la versión real.

—Antes de continuar —dice—, necesito saber algo.

Asiento.

—¿Eres sumisa?

Trago saliva.

—No lo sé.

Él inclina ligeramente la cabeza.

—¿Masoquista?

Niego.

—¿Te gusta llegar al límite del dolor?

Mi respiración se vuelve más lenta.

—Nunca he experimentado nada de esto.

Lo admito finalmente.

—No sé realmente qué me gusta.

BlackThorne no parece sorprendido.

Solo asiente.

—Entonces no vamos a asumir nada.

Hay algo en esas palabras que consigue tranquilizarme. Camina hacia mí despacio, pero no invade mi espacio.

Se detiene a una distancia prudente y mantiene los ojos sobre los míos.

—Aquí no tienes que demostrarme nada, MielleLune.

El apodo vuelve a sonar diferente en su voz.

Más íntimo.

Más real.

—Si algo no quieres, lo dices.

Asiento.

—¿Entendido?

—Sí.

Me sostiene la mirada unos segundos más.

Entonces señala el espacio frente a él.

—Arrodíllate.

Mi cuerpo se queda inmóvil.

Lo miro.

Él no repite la orden, no hace falta.

Algo dentro de mí lucha contra ella, porque toda mi vida he odiado que me digan qué hacer y, sin embargo, ahora soy yo quien ha elegido estar aquí.

Yo elegí entrar en esta habitación.

Yo elegí quedarme.

Yo elegí jugar.

Así que bajo lentamente hasta quedar de rodillas. El silencio parece hacerse más profundo. BlackThorne me observa y no hay burla en sus ojos.

Solo una atención absoluta que me hace sentir expuesta de una manera que no tiene nada que ver con mi vestido.

—Sumisa natural —murmura.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda.

—No estoy segura de eso.

Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.

—Lo eres.

Se agacha ligeramente para quedar más cerca de mi altura.

—Pero vamos a descubrir hasta donde puedes llegar.

Mi corazón vuelve a acelerarse.

—¿Qué?

Sus ojos permanecen sobre los míos.

—Y vamos a ver cuáles son tus límites.

No sé qué va a ocurrir después y, por primera vez en mucho tiempo, esa incertidumbre no me provoca ganas de escapar.

Me provoca curiosidad.

Quizá demasiada.

Porque esta mujer arrodillada frente a él no se parece a la Mila que conozco.

Y, sin embargo, sospecho que podría ser la parte de mí que llevo años intentando esconder.