Capitulo 3
Mila—Vamos a hablar un poco de lo que estás dispuesta a hacer, MielleLune.
—De acuerdo.
—A partir de ahora será
sí, señor —murmura mientras empieza a caminar lentamente a mi alrededor—. O
no, señor. ¿Estamos claros?
Siento un cosquilleo recorrerme la espalda.
—Sí, señor.
—Entonces, ¿nunca has hecho esto?
—No, señor.
—Supongo que tampoco sabes cuáles son tus límites.
—No, señor.
Se detiene frente a mí.
—¿Quieres descubrirlos?
Trago saliva.
—Sí, señor.
Mi voz no suena tan firme como me gustaría y por supuesto que lo nota. Se agacha hasta quedar a mi altura y sus dedos encuentran el pañuelo de seda rojo que llevo alrededor del cuello.
Lo desata con una lentitud que hace que mi respiración se vuelva irregular.
—¿Estás segura?
Su voz baja junto a mi oído me provoca un estremecimiento.
—Sí, señor.
Se incorpora.
Se quita la chaqueta y la deja a un lado antes de arremangarse la camisa hasta los codos.
El gesto es sencillo.
No debería afectarme.
Y, sin embargo, no puedo dejar de mirarlo.
—Si nunca has hecho esto —dice—, entonces todo lo que escribes no deja de ser una fantasía.
Bajo la mirada un instante.
—Pero quiero explorarla... señor.
Él me observa en silencio.
—MielleLune, soy un sádico. ¿Sabes lo que significa?
Asiento.
—Que le gusta infligir dolor.
—Exactamente.
Su mirada no abandona la mía.
—Entonces dime qué no estarías dispuesta a permitir esta noche.
Mi mente se queda en blanco.
¿Existe una respuesta correcta para algo que nunca has experimentado?
Pienso en todo lo que he escrito durante meses. En las palabras que parecen tan fáciles cuando están en una pantalla y tan diferentes ahora que estoy aquí.
Estoy nerviosa.
Mucho más de lo que quiero admitir.
Pero sigo aquí.
Y eso también es una elección.
—Sangre —digo finalmente—. Ni cortes, ni marcas permanentes.
Él asiente.
—De acuerdo.
—Tampoco quiero que haya otras personas.
—Bien.
Hace una pausa.
—¿Límites verbales?
Mi garganta se seca.
No lo sé.
No sé qué palabras me incomodarían hasta escucharlas.
—No lo sé, señor.
Una sombra de sonrisa aparece en su boca.
—Eso también es una respuesta.
Aparto la mirada.
Mi imaginación, traicionera, empieza a hacer exactamente aquello que debería evitar.
Lo imagino demasiado cerca.
Su voz baja.
Su autoridad.
Me obligo a volver al presente.
—¿Algo más que deba saber?
—No, señor.
—Bien.
Me sostiene la mirada durante unos segundos y después me extiende la mano. La tomo, sus dedos se cierran alrededor de los míos y me ayuda a levantarme.
—Esto es una cuestión de confianza —dice—. Tú me entregas el control y yo cuido de él.
Sus palabras hacen que mi pecho se apriete.
—Nunca voy a hacer algo que no quieras —dice con seguridad—. Y en cuanto quieras parar, me lo dices.
Asiento.
—¿Tengo que buscar una palabra de seguridad? He leído que se utiliza.
—Sí. Debes tener una.
Pienso unos segundos.
¿Qué palabra debería elegir?
Miro sus manos.
Después recuerdo mi pañuelo rojo.
—Rojo.
Sus ojos bajan brevemente hacia el pañuelo que ahora descansa sobre una silla.
—¿Rojo?
—Esa será mi palabra.
—Particular elección.
—Me gusta.
Una pequeña sonrisa amenaza con aparecer en mis labios.
Entonces recuerdo algo.
—¿Vamos a decirnos nuestros nombres?
Por primera vez, su expresión cambia. Es apenas una curva fugaz en la comisura de sus labios.
—No.
—¿No?
Se acerca un paso.
—Esta noche no existen nuestros nombres.
Mi corazón golpea con fuerza.
—Entonces, ¿cómo debo llamarte?
Sus ojos azules se clavan en los míos.
—Amo.
Una palabra.
Nada más.
Y, sin embargo, siento que cambia algo en el aire.
—O señor —añade.
Trago saliva.
—Sí, señor.
Su sonrisa aparece finalmente.
Pequeña.
Controlada.
Peligrosamente segura.
—Ahora sí, MielleLune.
Y no sé por qué, pero escuchar mi nombre de usuario en su voz hace que deje de sentir que estoy interpretando una fantasía.
Por primera vez, siento que estoy a punto de descubrir quién soy cuando dejo de esconderme detrás de ella.
Me ha desnudado y ha vendado mis ojos con mi pañuelo de seda.
Estoy atada a la cama en una posición que no deja mucho a la imaginación. Cada una de mis piernas están atadas al pie de la cama y los brazos al cabecero.
La sensación de la vulnerabilidad me abruma. No puedo verlo, pero si sentirlo. Es como si los sentidos se hubieran amplificado.
Esta cerca, observándome.
Mucho.
—¿Quieres descubrir tu tolerancia al dolor? —me pregunta.
Trago saliva, observando la oscuridad y asiento.
—Sí, señor.
—Bien, empecemos entonces —dice.
Lo siento alejarse, escucho algo abrirse y sus pasos de regreso. Me estremezco cuando siento algo frio sobre la piel de mi abdomen.
Son como tiras de cuero.
Puedo darme una idea de lo que es, pero estoy demasiado consciente de lo errática que se volvió mi respiración.
—Mierda… —jadeo cuando siento un pinchazo en mis pechos que aprietan mi piel. Es frio—. Oh dios…
Jadeo cuando siento su pulgar frotar ese punto sensible que hace que mis terminaciones nerviosas se expandan por todo mi cuerpo. Nunca experimente esta sensación embriagante de dolor y placer.
Es abrumador.
Aterrador.
Y exquisito al mismo tiempo.
Me da una palmada en la entrepierna y se detiene. Mi piel se eriza en consecuencia.
Es mucho y apenas está comenzando.
¿En serio me gusta esto?
BlackThorne no habla mucho y no tengo idea de que esta pensando en este momento.
Siento el cuero frio de nuevo deslizarse por mi piel. Lo desliza por mis pechos con suavidad hasta que siento el ardor.
Fue un latigazo.
Y lo sentí en todas partes.
El ardor es instantáneo, pero no se detiene a calmarlo. Lo sigue haciendo, una y otra y otra vez.
Mi piel arde, pero no se detiene.
Tira de lo que sea que haya puesto en mis pechos y el dolor se amplifica.
—Dios…
—¿Te he dado permiso para hablar? —su voz suena lejana. Como un eco distante que se pierde por las sensaciones corporales que estoy experimentando.
Niego con la cabeza antes de que mi cabeza encuentre las palabras correctas.
—No, señor.
—Buena chica —murmura, mientras me acaricia.
Se detiene y quita lo que sea que puso en mis pechos. Respiro hondo mientras me quita las sogas de las piernas.
Siento como su mano acaricia mi entrepierna.
—Abre la boca —ordena mientras presiona el pulgar contra mis labios—. Chúpalos, quiero ver como lo haces.
Sus dedos entran en mi boca y yo juego con ellos antes de chuparlos y deslizar mi lengua.
Los mete más profundo hasta que siento una arcada que me quita la respiración. Solo entonces los retira.
Entonces, lo siento deslizarlos por mi humedad. Desliza uno de sus dedos dentro y luego otro y otro más.
Jodida mierda.
Los mueve lentamente. Adentro y afuera mientras pellizca la piel de mis pechos que siguen sensibles por aquello que los mantuvo presionados.
Me abruma tantas sensaciones juntas, porque nunca hice algo así. Tan intenso.
De pronto, se detiene.
Quita la soga de mis muñecas, el pañuelo de mis ojos y tira de mi cabello, levantándome de la cama.
Tardo un momento en acostumbrarme de nuevo a la luz. Su boca roza la mía y sus ojos azules se clavan en los míos divertidos.
Sádicos.
Únicos.
—Eres una pequeña putita necesitada —gruñe, llevando su rostro cerca de mi oído—. ¿Te has dado cuenta de eso?
No debería excitarme que hable de esa manera, pero lo hace. Siento como la humedad se desliza por mis muslos de una manera vergonzosa.
Vuelve a meter dos de sus dedos, mientras su otra mano me tiene sujeta del cuello. Me tenso por la posición y tengo que cerrar los ojos con fuerza frente a la oleada de placer que me invade.
La presión de su mano en mi cuello me marea.
Porque la respiración no llega. No de forma alarmante, sino como un estimulo que mi maldito cuerpo traidor recibe como placentero.
Puedo sentir que mis mejillas están rojas cuando él me observa y antes de que pueda procesarlo me pone de pie.
Me observa por lo que se siente una eternidad.
—Arrodíllate.
Lo hago sin dudar mucho.
Me arrodillo frente a él y espero una orden suya.
—Quítame el cinturón —dice—, y dámelo.
Mis manos tiemblan al tocar la cremallera de su pantalón. Retiro la hebilla del cinto de cuero negro y lo deslizo.
Solo entonces se lo entrego.
Es imposible no notar la dureza en su pantalón. Nunca he deseado tanto como deseo tenerla dentro mío en este momento.
—¿Puedo?
—¿Habla con propiedad putita?
—¿Puedo señor? —asiente de manera silenciosa.
Abro la cremallera de su pantalón y la tomo con mis manos. Es grande, gruesa y algunas venas sobresalen en la textura suave de su piel.
Dios.
Esto es tan caliente.
Abro la boca, y saco la lengua. La paso por su longitud lentamente, disfrutando de la experiencia, mientras que él empuja ligeramente su cadera contra mi boca.
Acaricia mi mejilla, pero luego me agarra por la nuca y empieza a embestirme la boca. Es mucho. Inhalo por la nariz y trato de relajar la garganta.
No es la primera vez que hago esto, pero nunca de esta manera tan intensa.
Su miembro se hunde hasta el fondo y mis ojos se llenan de lágrimas. Destruye mi boca con movimientos duros y profundos. Siento como se pone más duro en mi lengua y la saliva se acumula de manera grosera, deslizándose por mi cuello.
Pero entonces, se detiene.
Aprovecho para buscar aire. BlackThorne me sostiene de los brazos y me apoya contra la cama. La piel de mi pecho esta tan sensible que escuece con el simple roce de las sábanas.
Se ríe, disfrutando.
—Eres exquisita, putita —murmura, agarrándome por el cuello y arqueando mi cuerpo hacia atrás—. Pero ahora quiero sentir como se siente estar dentro tuyo.
Y eso fue mi jodida perdición.