Capitulo 4
MilaAgarra mis manos y vuelve a atarlas detrás de mi espalda con el pañuelo rojo. Me muerdo el labio inferior sin saber que será lo próximo que hará.
Entonces siento un latigazo en el culo.
Una vez.
Y otra.
Y otra.
El ardor del cuero es insoportable.
—¿Es tolerables esto?
—Si… —jadeo buscando que el aire entre y salga con normalidad.
Un nuevo latigazo.
—Si, señor…
Estoy goteando por la necesidad de correrme y soy consciente de ello. La sobrecarga de estimulación que estoy recibiendo me hacen sentir mareada y atontada.
Entonces me doy cuenta de que está usando el cinturón que me hizo sacarle y que lo estampa con fuerza en la piel de mi culo y de mis muslos.
Mis ojos se humedecen y cuando se detiene, estoy temblando. No solo por el ardor y el dolor sino por lo cerca que estuve de correrme.
Joder, debería estar asustada.
—Vas a correrte conmigo dentro tuyo.
Dios.
Si.
—Si, señor.
—Qué putita tan obediente —susurra, pasando sus dedos por mi columna vertebral.
Se aleja unos pasos, escucho un cierre abrirse y algo romperse.
Vuelve a ponerse detrás mío y me acaricia.
—Mis marcas en tu piel son como una obra de arte —gime mientras me embiste de una sola estocada—. Pero necesito más. ¿Puedes hacerlo? ¿O dirás rojo?
—Puedo… puedo hacerlo, señor —jadeo cuando vuelve a golpear mi piel con el cinturón. Entonces lo hace con su mano y lo intercala.
Me embiste.
Un latigazo.
Me embiste.
Una palmada.
Es un ritmo preciso. Controlado. Y me hace sentir mareada y abombada mientras me lleva al orgasmo.
Mis piernas tiemblan y si no fuera porque su cuerpo esta sobre el mío probablemente ya me hubiera caído.
—Por favor... —le ruego—. Por favor, señor. ¿Puedo correrme?
—Aún no —me da un jalón en el cabello y me agarra del cuello mientras me embiste con fuerza.
Ya no se si grito o suplico. No estoy segura de nada, solo sé que quiero dejarme ir.
No se cuánto tiempo pasa, ya no soy consciente de nada.
Pero en el momento en que lleva su mano a mi entrepierna y me estimula mientras me embiste como si fuera un salvaje me corro con una fuerza que me deja completamente vacía y blanda.
Liviana.
Como si estuviera flotando.
Estoy recostada sobre las sábanas, todavía intentando ordenar mis pensamientos. BlackThorne se ha asegurado de cubrirme antes de empezar a vestirse. Ahora está de espaldas a mí, poniéndose la camisa.
Y entonces lo veo.
Un tatuaje recorre parte de su espalda. Es una figura oscura, poderosa: un cuervo con las alas extendidas, atravesado por una corona de espinas. Hay algo intimidante en él, algo que parece pertenecerle.
No pregunto.
Cuando termina de abotonarse la camisa, se acerca a mí.
—¿Cómo estás?
Su voz ya no tiene aquella autoridad de antes.
Ahora es más tranquila, casi cálida.
—Bien —respondo.
Me observa unos segundos, como si necesitara comprobar que estoy diciendo la verdad.
Después toma un vaso de agua y me lo acerca.
—Bebe.
Obedezco.
El agua me devuelve un poco al mundo real. Cuando termino, deja el vaso sobre la mesa y recoge mi vestido.
—Ven.
Me incorporo lentamente.
Él me ayuda a vestirme con una delicadeza que no esperaba. Acomoda la tela sobre mis hombros y después recoge mi pañuelo rojo del respaldo de la silla.
Por alguna razón, ese gesto me conmueve más de lo que debería.
—¿Segura de que estás bien?
Asiento.
—Sí, señor.
Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.
—Bien.
Toma su chaqueta.
—Voy a llevarte a casa.
Lo miro.
—¿No puedo tomar un taxi?
—Podrías.
Se acerca y me sostiene la mirada.
—Pero voy a llevarte yo.
No discuto.
Quizá porque todavía no quiero que esta noche termine. O quizá porque, por primera vez, descubrir que alguien puede tener tanto control y, al mismo tiempo, saber exactamente cuándo dejarlo de lado me resulta mucho más perturbador que cualquier otra cosa que haya ocurrido esta noche.
Me pongo de pie.
BlackThorne abre la puerta y antes de salir, miro una última vez el tatuaje que desaparece bajo su camisa y tengo la sensación de que algún día voy a preguntarle qué significa.
Salimos del club sin decir demasiado.
El aire de la noche me recibe con una frescura que agradezco. Después de tantas horas dentro, necesito respirar.
BlackThorne camina a mi lado, tranquilo, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Yo, en cambio, siento que todavía estoy intentando comprenderlo.
Al llegar al automóvil, se adelanta y me abre la puerta.
—Sube.
Obedezco y cuando se acomoda detrás del volante, me mira.
—Necesito la dirección.
Se la doy y arranca.
Durante los primeros minutos ninguno de los dos habla. Observo las luces de la ciudad deslizarse por la ventana mientras intento encontrar alguna explicación para todo lo que siento.
No estoy arrepentida.
Eso es lo primero que sé.
Lo segundo es que definitivamente no soy la misma mujer que entró al club unas horas atrás.
—¿Estás bien?
Su voz rompe el silencio.
Lo miro.
—Sí.
—¿Segura?
—Sí, señor.
Una sonrisa apenas perceptible aparece en su rostro.
—Bien.
Sus manos permanecen firmes sobre el volante.
—¿Qué piensas de tu primera experiencia?
La pregunta me toma desprevenida.
Miro nuevamente por la ventana.
—Que fue diferente a todo lo que imaginaba.
—¿Para bien o para mal?
Sonrío.
—Para bien.
Él guarda silencio.
—Aunque todavía no sé exactamente qué pensar.
—No tienes que saberlo esta noche.
Sus palabras me sorprenden.
—¿No?
—No. A veces es mejor dejar que una experiencia se asiente antes de decidir qué significa.
Lo observo de reojo, hay algo extraño en él.
En el club parecía imposible de ignorar. Dominante. Seguro. Como si cada movimiento estuviera calculado. Ahora simplemente conduce y eso, de alguna manera, lo hace todavía más interesante.
El resto del trayecto transcurre en silencio.
Cuando finalmente llegamos, estaciona frente a mi edificio. Antes de que pueda abrir la puerta, él ya está bajando del automóvil.
Rodea el vehículo y me abre.
—Gracias.
Extiende una mano y la tomo. Salgo, cierro la puerta y caminamos juntos hasta la entrada del edificio.
Me detengo frente a la puerta y me giro hacia él. Por un instante ninguno dice nada y sinceramente tampoco sé qué se supone que debería hacer ahora.
¿Despedirme?
¿Agradecerle?
¿Decirle que volvería a hacerlo?
Todo parece demasiado íntimo para dos desconocidos.
—Gracias por esta noche —digo finalmente.
Sus ojos permanecen sobre los míos.
—Gracias a ti.
Siento una pequeña presión en el pecho.
—¿Hablaremos?
—A través del blog.
Asiento.
Claro.
MielleLune y BlackThorne.
No Mila y él.
Quizá sea mejor así.
Doy un paso hacia la puerta.
—Buenas noches, señor.
Esta vez la sonrisa que aparece en su rostro es clara.
—Buenas noches, MielleLune.
Abro la puerta y antes de entrar, me giro una última vez.
Él sigue allí, esperando y por un instante tengo la absurda sensación de que ninguno de los dos quiere ser el primero en marcharse.
Finalmente entro, la puerta se cierra detrás de mí, apoyo la espalda contra ella y cierro los ojos.
Mi corazón todavía late demasiado rápido. No sé qué acaba de empezar, pero lo que sí sé es que no quiero que termine aquí.
Cierro la puerta del baño y apoyo las manos sobre el lavabo.
Necesito unos segundos.
Abro la ducha y dejo que el agua caliente comience a llenar el pequeño espacio de vapor. Después me quito la ropa lentamente, casi como si hacerlo demasiado rápido pudiera convertir esta noche en algo menos real.
Cuando quedo frente al espejo, bajo la mirada hacia mi cuerpo. Las marcas están ahí y las recorro suavemente con las yemas de los dedos.
No puedo creerlo.
De verdad no puedo creer lo que acabo de hacer. Una parte de mí todavía espera despertar y descubrir que todo fue una fantasía más, como las que escribo escondida detrás de una pantalla.
Pero no.
Sucedió.
Y lo verdaderamente desconcertante no es haberlo hecho. Es que me gustó. Todo y cada parte de ello.
La confianza, la sensación de dejar de pensar por unos momentos. Su voz. La forma en que conseguía que cada palabra pareciera tener un significado distinto cuando la decía él.
Cierro los ojos y, como si mi mente necesitara torturarme un poco más, aparece otra certeza.
Quiero repetirlo.
—Dios mío...
Niego con la cabeza, esto es una locura. Una absoluta locura. Asique me meto bajo el agua caliente antes de poder seguir pensando.
El chorro golpea mis hombros y poco a poco siento cómo los músculos de mi cuerpo empiezan a relajarse.
Intento concentrarme en cualquier otra cosa.
En las clases del lunes. En Juliet. En mi novela. En cualquier cosa que no tenga ojos azules, un traje negro y una voz capaz de hacerme olvidar hasta mi propio nombre.
Cuando termino, me pongo el pijama y me meto en la cama.
Apago la luz.
La habitación queda en penumbra y debería dormir, porque es tarde y mañana tengo cosas que hacer. Pero cinco minutos después vuelvo a encender la laptop.
Solo un momento.
Abro el blog.
La conversación con BlackThorne sigue allí. Me quedo mirando nuestro último intercambio y una sonrisa aparece sin que pueda evitarlo.
Vuelven a mi cabeza pequeños fragmentos de la noche. Su presencia, su seguridad. La manera en que me miraba y pienso, inevitablemente, en qué podría ocurrir si volviera a decirle que sí.
Cierro la laptop de golpe.
No.
Definitivamente no voy a hacer esto. Tengo que dormir, tengo que dejar de pensar en ese hombre.
Apago las luces y me acomodo entre las sábanas.
Cierro los ojos y durante unos segundos, funciona. Hasta que una última idea aparece en mi cabeza.
BlackThorne.Sonrío contra la almohada.
Esto va a ser un problema.