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Capitulo 5

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Capitulo 5

Mila

El despertador suena, pero lo ignoro.

Vuelve a sonar y lo golpeo.

Silencio.

Perfecto.

Cinco minutos más.

Abro los ojos de golpe.

—Mierda.

Me incorporo tan rápido que casi me mareo.

Miro el reloj.

No.

No, no, no.

He dormido demasiado.

El primer día después de las vacaciones y voy a llegar tarde. Salto de la cama y corro al baño.

La ducha dura exactamente lo necesario para dejar de parecer una persona que acaba de salir de una tumba. Me visto a toda velocidad, me cepillo el cabello mientras reviso mentalmente todo lo que necesito.

Libretas, bolígrafos, laptop, cargador. Los textos de la primera clase, mi agenda y el teléfono. Vuelvo a revisar la mochila.

Una vez.

Dos.

Perfecto.

En la cocina preparo café y lo bebo prácticamente de pie. No tengo tiempo para desayunar y mientras termino la taza, reviso el horario en el teléfono.

Primer día.

Nuevas clases, nuevos profesores. Una cantidad absurda de lecturas. Y, si tengo suerte, ninguna humillación académica antes del mediodía.

Cojo el abrigo y salgo del apartamento.

El aire de la mañana me recibe con un frío que termina de despertarme. Camino deprisa hacia Oxford intentando pensar en las clases.

No en el sábado.

No en el club.

Y definitivamente no en el hombre del traje negro.

Sobre todo, no en su voz.

Fracaso miserablemente. Aun así, consigo sobrevivir a las primeras clases entre apuntes, nuevos trabajos y fechas de entrega.

Cuando llego a la última, el aula todavía está bastante vacía. Elijo uno de nuestros lugares habituales y saco la laptop.

Estoy revisando el programa de la asignatura cuando Juliet aparece.

—Buenos días, estudiosa.

Levanto la mirada.

—Llegas tarde.

—Cinco minutos.

—Siete.

—¿Los contaste?

—Por supuesto.

Se deja caer en la silla junto a mí.

—Te tengo un rumor.

La miro.

—Eso nunca termina bien.

—La profesora Glydon se retiró este semestre.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Eso escuché.

—No puede ser.

Mi reacción sale demasiado rápido. Glydon era una de las mejores profesoras del departamento. Sus clases eran exigentes, pero conseguía que incluso los textos más aburridos parecieran importantes.

—¿Estás segura?

—Bastante.

Frunzo el ceño.

—¿Y quién la reemplaza?

Juliet se encoge de hombros.

—No tengo idea.

Después sonríe.

Esa sonrisa.

La conozco demasiado bien.

—Pero espero que sea un bombón de novela romántica.

Suelto una carcajada.

—Eres incorregible.

—Tengo prioridades.

—Tus prioridades necesitan terapia.

—Mi terapeuta opina lo mismo.

Niego con la cabeza mientras saco un bolígrafo.

—Algún día vas a sorprenderme.

—Ese día dejaré de ser divertida.

Sonrío.

Entonces mi teléfono vibra sobre la mesa, bajo la mirada. Es una notificación, nada importante, pero antes de poder desbloquear la pantalla, escucho la puerta del aula abrirse.

No presto demasiada atención.

Juliet sigue hablando a mi lado.

—Por cierto, deberíamos...

Una voz masculina interrumpe sus palabras.

—Buenos días.

Mi cuerpo se tensa.

Todo.

Absolutamente todo en mí se queda quieto.

No.

No puede ser.

Levanto lentamente la mirada. Primero veo unos zapatos negros, después el pantalón perfectamente cortado, una camisa blanca, una chaqueta oscura y finalmente su rostro.

Mi corazón se detiene durante un segundo.

No.

No.

No.

El hombre que está de pie frente a la clase no es simplemente alguien que se parece a BlackThorne.

Es BlackThorne.

El mismo cabello castaño, los mismos ojos azules, la misma mandíbula y presencia. Solo que ahora no lleva un libro negro en la mano, lleva una carpeta.

Mi respiración se atasca.

Juliet deja de hablar.

—Mila.

No puedo responder.

Él coloca sus cosas sobre el escritorio y después mira al aula. Sus ojos recorren los rostros de los estudiantes, hasta que llegan a mí.

Entonces, se detienen.

Un segundo.

Quizá menos.

Pero lo siento como si hubiera durado una eternidad. Su expresión no cambia y ni una sola parte de su rostro revela que me reconoce.

Profesional.

Frío.

Impecable.

Como si no me hubiera tenido de rodillas frente a él menos de cuarenta y ocho horas atrás.

Como si no hubiera pronunciado mi nombre de usuario con aquella voz. Como si no hubiera llevado mi copa lejos de mis manos y dicho que no podía jugar con él si no estaba completamente presente.

Como si no hubiera me hubiera tomado de una forma animal.

Como si no hubiera existido nada.

Nada.

—Soy el profesor Adrián Blackwood —dice.

El mundo se detiene.

Adrián.

Blackwood.

Mi profesor.

El hombre con el que acabo de pasar la noche. El hombre al que conocí como BlackThorne.

La sangre abandona mi rostro.

A mi lado, Juliet se inclina hacia mí.

—¿Estás bien?

No puedo apartar los ojos de él.

—Sí.

La palabra apenas sale.

Adrián toma una tiza y escribe su nombre en la pizarra.

Adrián Blackwood.

Cada letra parece una sentencia y siento que el corazón empieza a golpearme con fuerza contra las costillas.

No puede ser.

Tiene que ser una coincidencia.

Una maldita coincidencia.

Pero entonces él se gira, nuestros ojos vuelven a encontrarse y esta vez hay algo. Una mínima curva en la comisura de sus labios. Tan pequeña que podría imaginarla, pero no la imagino.

Lo sé.

Me ha reconocido.

—Antes de comenzar —dice con aquella voz grave que ahora conozco demasiado bien—, quiero dejar algo claro.

Hace una pausa.

Su mirada permanece sobre mí durante apenas un instante.

—En esta clase no existen excepciones.

Trago saliva.

—Las reglas son las mismas para todos.

Siento que mis dedos se cierran alrededor del bolígrafo.

Las mismas reglas.

Qué ironía.

Porque mientras el resto de los estudiantes solo ve a un profesor nuevo, yo veo al hombre que me miró la noche del sábado y me preguntó cuáles eran mis límites.

Y ahora está de pie frente a mí.

En Oxford.

En mi aula.

Con una pizarra detrás.

Y mi nombre real escrito en la lista de asistencia.

El profesor Blackwood empieza a pasar lista. Voy anotando cualquier cosa en mi cuaderno para mantener las manos ocupadas.

No quiero mirarlo, es una pésima idea. Porque cada vez que levanto los ojos, recuerdo al hombre del sábado.

Pero este no es BlackThorne, este es el profesor Blackwood.

—Ashford, Mila.

Mi estómago se contrae.

Levanto la mirada.

—Aquí.

Sus ojos encuentran los míos, no hay reconocimiento. O, al menos, no uno que pueda demostrar.

—Bien.

Continúa.

Una palabra.

Nada más.

Y, por alguna razón, me irrita.

Cuando termina de pasar lista, comienza la clase. Habla sobre literatura inglesa del siglo XIX con una seguridad que me obliga a prestarle atención.

Es brillante.

Eso es lo peor.

No necesita consultar apuntes. No titubea. Hace preguntas y espera respuestas como si estuviera acostumbrado a que todos supieran exactamente lo que él sabe.

En un momento, plantea una cuestión sobre el protagonista de la obra que estamos analizando.

—¿Qué creen que mueve realmente al personaje? ¿El amor o la necesidad de poseer aquello que no puede tener?

Levanto la mirada, mi corazón da un vuelco.

Heathcliff.

La conversación de semanas atrás.

BlackThorne.

Aprieto el bolígrafo entre los dedos.

—¿Señorita Ashford?

Mierda.

—Creo que confunde ambas cosas —respondo—. Puede amar a alguien y, al mismo tiempo, querer poseerlo. Una cosa no elimina necesariamente la otra.

Blackwood me observa.

—¿Y eso lo convierte en amor?

—No.

Algunas cabezas se giran hacia mí.

—Lo convierte en obsesión —añado.

Una pausa.

—Interesante.

Su tono no revela nada.

—¿Por qué?

—Porque cuando alguien necesita poseer algo para sentirse seguro, quizá no esté amando a la persona. Quizá esté intentando controlar lo que esa persona provoca en él.

Silencio.

Sus ojos permanecen sobre mí un segundo más.

—Una interpretación bastante personal.

—Es una interpretación literaria, profesor.

Algunas risas suaves recorren el aula.

Blackwood ni siquiera sonríe.

—Por supuesto.

Continúa con la clase y yo paso los siguientes minutos intentando recordar cómo respirar.

Cuando finalmente termina, todos empiezan a recoger sus cosas. Estoy guardando la laptop cuando escucho su voz.

—Señorita Ashford, quédese.

Mi cuerpo se tensa.

Juliet me mira.

—¿Todo bien?

—Sí. Ve.

Ella duda, pero finalmente sale.

La puerta se cierra y el aula queda vacía. El profesor Blackwood está detrás de su escritorio y yo permanezco junto a mi asiento.

—¿Va a decirme qué hice mal?

—No has hecho nada mal.

—Entonces...

Deja el bolígrafo sobre la mesa, se levanta y se acerca lentamente hasta mí.

—Necesito preguntarte algo.

Espero.

—¿Lo que ocurrió entre nosotros el sábado será un problema?

Niego inmediatamente.

—Necesito palabras, Mila.

La forma en que pronuncia mi nombre real consigue que algo se me revuelva por dentro.

—No, señor.

Asiente lentamente.

—Bien.

Su expresión se endurece.

—Entonces entenderás que, dadas las posiciones que ocupamos ahora, lo que ocurrió esa noche no volverá a suceder.

Lo miro.

Su tono es frío.

Demasiado frío.

Como si aquella noche hubiera sido un error que ya ha decidido archivar.

—Claro.

—Asumo que tu carrera es importante para ti —sostiene—. Porque para mí, la mía es prioridad.

—Lo es, y entiendo.

—Entonces entenderás que no voy a permitir que lo que sucedió esa noche interfiera.

Algo dentro de mí se encoge, pero no pienso dejar que lo vea.

Recojo mi mochila.

—Puede quedarse tranquilo, profesor.

Él me observa.

—No tengo ninguna intención de arriesgar mi futuro por un poco de sexo.

Sus ojos se oscurecen apenas, quizá he conseguido sorprenderlo. Bien. Me cuelgo el bolso al hombro.

—Que tenga un buen día.

Me levanto antes de que pueda responder y camino hacia la puerta. No corro y no miro atrás. Simplemente salgo del aula con la espalda recta.

Solo cuando la puerta se cierra detrás de mí permito que el aire abandone mis pulmones.

Maldito hombre.

Y lo peor es que todavía puedo escuchar su voz en mi cabeza.

Lo que ocurrió esa noche no volverá a suceder.

Perfecto.

No volverá a suceder.

Entonces, ¿por qué siento que acabo de perder algo que ni siquiera sabía que quería?