Capitulo 6
AdriánLa puerta del aula se cierra detrás de ella y espero unos segundos antes de recoger mis cosas.
Necesito silencio.
No porque la clase haya sido agotadora. Cincuenta minutos hablando de literatura no representan ningún esfuerzo para mí, lo agotador ha sido otra cosa.
Ella.
Mila Ashford.
Salgo del aula con la carpeta bajo el brazo y atravieso el pasillo sin detenerme. Los estudiantes se apartan a mi paso, algunos todavía conversando sobre la clase, otros demasiado ocupados intentando descifrar qué clase de profesor tendrán este semestre.
No me interesa lo que piensen.
Nunca me ha interesado.
Mi despacho está al final del corredor. Introduzco la llave, entro y cierro la puerta. Silencio, mucho mejor.
Dejo la carpeta sobre el escritorio y me quito el saco. Lo cuelgo en el respaldo de la silla antes de sentarme.
La próxima clase.
Abro uno de los libros que tengo preparados y reviso las anotaciones que hice durante el fin de semana.
La estructura está clara.
Lectura.
Debate.
Análisis.
No necesito improvisar.
Nunca improviso.
La literatura puede parecer subjetiva para quienes no saben estudiarla. Para mí, incluso las interpretaciones más complejas tienen una lógica. Un texto dice algo. El trabajo consiste en descubrir qué.
Tomo una hoja y empiezo a organizar el material.
Cinco minutos.
Quizá diez.
Mi mente vuelve a desviarse.
—Mierda.
Dejo el bolígrafo sobre el escritorio.
No.
No voy a pensar en ella. No aquí y no ahora. Miro el reloj, todavía tengo tiempo antes de la siguiente reunión del departamento.
Vuelvo a concentrarme en el programa.
Unos golpes en la puerta interrumpen el silencio.
—Adelante.
La puerta se abre, y una mujer entra con una sonrisa que conozco demasiado bien.
—Profesor Blackwood.
La observo.
No recuerdo su nombre.
Eso parece molestarla durante un instante, aunque lo disimula rápidamente.
—Bienvenido a Oxford —dice—. Aunque supongo que no necesitas que te dé la bienvenida.
—No.
Sonríe.
—Cierto.
Cierra la puerta detrás de ella y se acerca al escritorio. Es profesora del departamento. Lo sé porque la he visto durante las reuniones de la universidad, aunque nunca hemos tenido una conversación que merezca ser recordada.
Lleva una blusa demasiado ajustada para una jornada de trabajo y una expresión demasiado calculada para alguien que pretende estar haciendo una visita de cortesía.
—Quería asegurarme de que estuvieras cómodo —dice.
—Estoy bien.
—Si necesitas algo, puedes contar conmigo.
Levanto la mirada del documento.
—Lo tendré en cuenta.
Ella permanece allí.
No parece tener intención de marcharse.
—He oído cosas muy buenas sobre ti.
—Eso espero.
Se ríe.
—Además, dicen que eres bastante joven para tener una posición así.
—Los rumores suelen exagerar.
—Este no.
Inclina ligeramente la cabeza.
—Aunque debo admitir que en persona eres mucho más...
Hace una pausa.
—¿Qué?
Sonríe.
—Interesante.
Vuelvo a mirar mis documentos, la indirecta es tan evidente que resulta aburrida. Nunca he entendido el encanto de las personas que necesitan anunciar sus intenciones antes de actuar.
La seducción, cuando es demasiado obvia, deja de ser seducción.
Se convierte en trámite.
—Tengo bastante trabajo —digo.
La indirecta de que quiero terminar la conversación debería ser suficiente. Ella, sin embargo, parece disfrutar del desafío.
—Podríamos tomar un café algún día.
—No tomo café con colegas.
—¿Nunca?
—No.
—Qué lástima.
—No particularmente.
Su sonrisa desaparece apenas.
Finalmente entiende.
—Bueno... supongo que nos veremos en la próxima reunión.
—Seguramente.
Sale después de eso y la puerta se cierra detrás de ella. Vuelvo a mirar el documento, mucho mejor.
Lo obvio siempre me aburre.
Tomo el bolígrafo.
Intento continuar, pero esta vez mi concentración tarda más en regresar. No por la profesora, ella no significa nada.
Mi problema es otro.
Abro el cajón inferior del escritorio y saco la carpeta con la lista de estudiantes. Necesito revisar algunos nombres para preparar las próximas clases.
Eso es todo.
Abro la carpeta y mis ojos recorren la primera página. Los primeros apellidos pasan sin ser muy memorables.
Hasta el de ella.
Ashford.
Me detengo. No debería, pero lo hago.
Mila Ashford.
La miro durante un segundo más, solo uno. Después cierro la carpeta, demasiado rápido. El golpe seco contra el escritorio resuena en el despacho y me quedo inmóvil.
Ridículo.
He tenido cientos de estudiantes. Miles, probablemente. No recuerdo los nombres de la mayoría después de terminar el semestre.
Ella no debería ser diferente.
Y, sin embargo, lo es.
No porque sea especial, me niego a concederle esa palabra. Es una estudiante inteligente, eso es todo.
Brillante, quizá.
Tiene carácter, no teme discutir y durante la clase no dudó en contradecirme delante de todos.
Eso puede ser útil académicamente.
Nada más.
Me reclino en la silla y miro hacia la ventana. Oxford se extiende frente a mí, antigua y ordenada, exactamente como debería ser.
Todo tiene un lugar. Todo tiene una estructura. Todo puede controlarse. Me gusta eso, lo necesito.
La última vez que dejé de controlar las variables de mi vida, lo perdí todo. No volverá a ocurrir, nunca.
Mi mirada cae sobre la carpeta cerrada.
Mila Ashford.
No.
Abro el libro que tengo delante y obligo a mi mente a regresar al texto. Funciona, durante unos minutos al menos.
Hasta que recuerdo su voz.
Es una interpretación literaria, profesor.La seguridad. La manera en que sostuvo mi mirada. La pequeña provocación escondida detrás de cada palabra.
Y entonces recuerdo otra voz.
Mucho más baja.
Más insegura.
Sí, señor.Cierro los ojos durante un segundo. Dos mujeres, dos contextos y dos realidades. Eso debería bastar, pero sé que no lo hace, porque son la misma persona.
Y ahora lo sé.
MielleLune.
La mujer del sábado, la que me cedió el control. La que me llevo al límite. La chica que se arrodilló frente a mí porque decidió hacerlo.
Mila Ashford.
La estudiante de mi aula.
La misma que esta mañana me miró después de que yo estableciera una frontera y tuvo el descaro de decirme que no pensaba arriesgar su futuro por un poco de sexo.
Casi sonrío.
Casi.
No lo hago.
Abro los ojos y vuelvo al trabajo porque eso es exactamente lo que debe ocurrir, nada más. Ella continuará con sus clases, yo continuaré con mi carrera y aquella noche quedará donde pertenece.
En el pasado.
Tomo el bolígrafo y empiezo a escribir las preguntas para la próxima clase.
Una.
Dos.
Tres.
La cuarta me lleva demasiado tiempo. La tacho y la reemplazo. Sigo trabajando, porque el control no consiste en no sentir nada, consiste en decidir qué hacer con aquello que sientes.
Y yo ya he decidido.
Mila Ashford es mi alumna. BlackThorne no existe cuando estoy dentro de esta universidad y cualquier cosa que haya ocurrido entre nosotros terminó el sábado.
Así debe ser y así será.
Salgo de mi última clase con la sensación de haber pasado el día entero conteniendo la respiración.
No debería ser así, ha sido un lunes normal. Clases. Reuniones. Trabajo. Nada fuera de lo habitual.
O eso quiero creer.
Mi teléfono vibra cuando llego al estacionamiento.
Oliver.
—¿Qué quieres?
—Invitarte una copa.
Abro la puerta del automóvil.
—No.
—Eso no ha sonado convincente.
—Porque no lo es.
—Entonces te espero en veinte minutos.
Cuelgo antes de que pueda discutir.
Necesito una copa.
Subo al automóvil y dejo la carpeta sobre el asiento del acompañante. Antes de arrancar, vuelvo a mirar el teléfono.
No sé por qué, pero abro el navegador. Mis dedos conocen la dirección de memoria.
El blog.
No debería entrar, lo hago de todos modos. La página tarda apenas unos segundos en cargar.
Y ahí está.
MielleLune — conectada.Me quedo mirando su nombre. No hay ningún mensaje y no espero que lo haya. Ambos sabemos quién está detrás del otro.
Ella sabe que soy BlackThorne y esta mañana fui bastante claro. Fue mi decisión, mi regla.
Cierro la página.
Arranco el automóvil, cinco minutos después vuelvo a detenerme frente a un semáforo. Mi mano busca el teléfono y abro el blog otra vez.
Sigue conectada.
Aprieto la mandíbula.
¿Qué estoy haciendo?
No hay ninguna razón para estar comprobándolo. No me ha escrito, no me ha buscado y no ha hecho absolutamente nada.
El problema claramente soy yo.
Cierro la página de nuevo y dejo el teléfono boca abajo. Esta vez será suficiente. El semáforo cambia y conduzco.
Durante varios minutos consigo mantener la atención en la carretera. Hasta que, contra toda lógica, vuelvo a pensar en ella.
En su voz.
En la forma en que me miró esta mañana.
En aquella última frase.
No tengo ninguna intención de arriesgar mi futuro por un poco de sexo.Una respuesta insolente, una respuesta inteligente y demasiado fácil de recordar. Una respuesta que merece un castigo como los que me gusta dar.
Golpeo una vez los dedos contra el volante.
No.
No voy a permitir que una mujer de veintiún años altere algo que llevo años construyendo.
Tengo cosas más importantes en las que pensar.
Mi carrera.
La empresa.
Mi venganza.
Cate.
Todo aquello por lo que he trabajado, todo aquello que todavía necesito conseguir y Mila no forma parte de ninguno de esos planes.
Nunca lo hará.
Cuando llego al bar, vuelvo a tomar el teléfono antes de bajar. No debería hacerlo, pero lo hago de todos modos.
Sigue conectada.
Me quedo observando el indicador durante unos segundos. No voy a escribir porque fui yo quien decidió terminar aquello.
Fui yo quien estableció el límite.
Y si algo he aprendido durante toda mi vida es que una regla no sirve de nada si eres el primero en romperla.
Cierro la página.
Bloqueo el teléfono.
Esta vez, definitivamente.
O eso me digo mientras, antes de guardarlo en el bolsillo, vuelvo a mirar su nombre una última vez.