Capitulo 7
MilaLa librería olía a papel, café y madera vieja. Era uno de mis olores favoritos del mundo.
Quizá por eso me gustaba tanto trabajar aquí. O quizá porque, entre estas cuatro paredes, los libros tenían la decencia de no hacer preguntas.
No les importaba quién era yo.
No les importaba que fuera huérfana, que hubiera llegado a Oxford gracias a una beca, que mi tío creyera que estudiar Literatura era una pérdida de tiempo o que, en algún rincón de mi habitación, escondiera un blog donde escribía cosas que jamás me atrevería a contarle a nadie.
Los libros simplemente estaban aquí.
Esperando.
La librería quedaba a unas pocas calles de la universidad y era pequeña, acogedora y ligeramente caótica. Teníamos estanterías hasta el techo, una escalera de madera que chirriaba cada vez que alguien intentaba alcanzar los ejemplares de los estantes superiores y un mostrador antiguo que Clara se negaba a reemplazar porque, según ella,
las cosas buenas no necesitan ser modernas .
Clara era mi jefa y, probablemente, una de las pocas personas adultas en Oxford que no intentaba decirme qué hacer con mi vida.
Estaba en la parte trasera de la tienda, organizando unas cajas de novedades, mientras yo permanecía detrás del mostrador con el teléfono entre las manos.
Es una tarde tranquila.
Demasiado tranquila.
Y eso significaba que tenía tiempo para pensar. Error. Debería haber aprendido ya que pensar demasiado nunca terminaba bien.
Miré la pantalla de mi teléfono.
Tenía un mensaje de Juliet.
Juliet [15:30]: ¿
Sigues viva después de tu primer día con el nuevo profesor?Sonreí apenas.
No respondí.
Porque no sabía qué demonios podía decirle.
Sí, sigo viva. El hombre con el que pasé el sábado por la noche resulta ser mi profesor de Literatura y, además, decidió que lo nuestro fue un error que no piensa repetir.Definitivamente no.
Deslicé el dedo por la pantalla y abrí otra aplicación.
Mi blog, mi pequeño secreto.
Durante unos segundos me limité a observar la página principal. Después entré en el editor y apoyé los codos sobre el mostrador.
El cursor parpadeaba frente a mí.
Escribí:
Hay experiencias que deberían quedarse exactamente donde ocurrieron.Me detuve.
Borré la frase.
Demasiado dramática.
Volví a escribir.
El sábado descubrí que algunas personas pueden llevarte a lugares que ni siquiera sabías que existían.Eso sonaba mejor y también era cierto.
Recordé la habitación, las luces bajas, la sensación de estar entrando en un territorio completamente desconocido.
La voz de BlackThorne.
Su manera de hablar. De observarme. De preguntarme cosas que nadie se había atrevido a preguntarme antes.
Y, sobre todo, aquella extraña sensación de haber confiado en alguien sin saber siquiera su nombre.
Mis dedos quedaron suspendidos sobre el teclado.
Tragué saliva.
No fue miedo.Escribí.
Al menos, no del todo.Fue curiosidad. Expectativa. Una mezcla de nervios y deseo. Y quizá lo más sorprendente fue descubrir que algunas cosas que creía imposibles para mí no lo eran.Sonreí involuntariamente.
Hasta que recordé quién era él y la sonrisa desapareció.
Adrián Blackwood.
Cerré los ojos.
No.
No iba a pensar en él.
Abrí el chat y el nombre apareció en la pantalla.
BlackThorne.Sentí una presión absurda en el pecho. Había algo casi ridículo en mirar aquel nombre ahora.
Durante semanas había hablado con él detrás de una pantalla. Habíamos discutido sobre libros, personajes, deseos y fantasías. Habíamos construido una especie de intimidad extraña sin conocernos realmente.
Y luego, el sábado, lo había conocido. Había descubierto qué se sentía al estar frente a él.
Y había sido...
Intenso.
Mucho más de lo que estaba preparada para admitir. Pero ahora sabía quién era, y era nada más y nada menos que mi profesor.
El mismo hombre que había estado frente a toda la clase esta mañana hablando de literatura con una seguridad irritante.
El mismo hombre que me había mirado después de clase y había dicho, con aquella maldita frialdad, que lo que había ocurrido entre nosotros no volvería a suceder.
Solté un suspiro.
—Cretino.
—¿Has dicho algo?
Levanté la cabeza de golpe.
Clara apareció delante del mostrador con una caja entre los brazos.
—No.
Me miró con una ceja levantada.
—¿Segura?
—Completamente.
Dejó la caja sobre una mesa y me observó durante un segundo.
—Llevas diez minutos mirando el teléfono con cara de querer asesinar a alguien.
Bajé la mirada.
—Estoy cansada.
—Claro.
Su tono dejaba claro que no me creía.
Sonreí.
—¿Necesitas ayuda con eso?
—No, pero agradezco el intento de cambiar de tema.
—No estoy cambiando de tema.
—Por supuesto que no.
Se alejó antes de que pudiera responder. Volví al teléfono, el chat seguía abierto y no había ningún mensaje nuevo.
Por alguna razón, completamente incoherente eso me molestó.
¿Qué esperaba?
¿Qué me escribiera?
¿Que apareciera de repente en la pantalla con alguna de aquellas frases capaces de hacerme perder el hilo de mis pensamientos?
No.
Él había dejado claro lo que quería.
Distancia.
Límites.
Profesor y alumna.
Nada más.
Perfecto.
Podía vivir con eso. De hecho, debía hacerlo. Bloqueé el teléfono y lo desbloqueé cinco segundos después.
Abrí de nuevo el blog.
Idiota.
Yo.
No él.
Bueno... él también.
Porque podía admitir que Adrián Blackwood era atractivo. Demasiado atractivo. De esos hombres que parecían diseñados específicamente para protagonizar novelas que una debería esconder debajo de la cama.
Alto.
Elegante.
Una mirada capaz de hacerte olvidar lo que estabas diciendo.
Una voz que...
No.
Basta.
Apoyé el teléfono boca abajo sobre el mostrador. Era un cretino. Uno increíblemente sexy y deseable, pero cretino, al fin y al cabo.
Y eso era lo importante.
Que era mi profesor. Que había decidido apartarse. Que yo tenía una carrera que terminar y una vida que construir.
No podía permitirme distraerme con un hombre que, además de ser imposible, parecía empeñado en hacerme sentir que cada vez que lo tenía cerca me faltaba el aire.
Tomé una respiración profunda.
Después otra.
—Deja de pensar en él, Mila.
Me sorprendí al escucharme decirlo en voz baja.
Clara volvió a aparecer entre las estanterías.
—¿Ahora hablas sola?
—Estoy practicando.
—¿Qué cosa?
Miré los libros frente a mí.
—Ignorar a los hombres.
Clara soltó una carcajada.
—Ah. Eso sí que es una habilidad que vale la pena aprender.
Sonreí.
—Estoy trabajando en ello.
Y esta vez, cuando miré el teléfono, no abrí el blog. Lo apagué, definitivamente. Tenía que dejar de pensar en Adrián Blackwood y tenía que concentrarme en mis clases.
En mi trabajo.
En mis libros.
En mi vida.
En cualquier cosa que no fuera aquel hombre. Porque cuanto antes consiguiera sacármelo de la cabeza, mejor y estaba completamente segura de que podía hacerlo.
Completamente.
O eso intenté convencerme mientras, al otro lado del mostrador, mis ojos se desviaban hacia el teléfono apagado.
Como si esperaran que volviera a encenderse solo.
Cuando el reloj marcó la hora de cerrar, guardé el último libro que había estado revisando y me levanté del taburete.
Apagué las luces de la librería, comprobé dos veces que la puerta trasera estuviera cerrada y bajé la persiana. El pequeño sonido metálico de la cerradura siempre me producía una extraña sensación de satisfacción.
Era mío.
Bueno, no el local. Pero sí el trabajo que me permitía pagar mi parte de la vida que había elegido.
Me colgué el bolso al hombro y emprendí el camino hacia mi apartamento.
Oxford estaba precioso a esa hora. Las calles comenzaban a vaciarse mientras las luces amarillentas de los escaparates se encendían una tras otra.
Caminé con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, intentando disfrutar del aire frío y mantener mi cabeza ocupada. No pensar en Adrián, eso se había convertido, oficialmente, en mi nuevo objetivo.
A mitad de camino entré en una pequeña tienda.
No necesitaba hacer muchas cuentas, las hacía todos los días. Abrí la cartera y miré los billetes que me quedaban, suficientes para una sopa instantánea y un refresco.
Nada más.
El día de pago todavía estaba lejos.
Suspiré y escogí una sopa de fideos y una botella pequeña de refresco. Pagué y guardé las cosas en mi bolso.
No era la primera vez.
Ni probablemente sería la última.
Mi beca cubría la universidad y una parte de mis gastos, pero todo lo demás dependía de mí. El alquiler, la comida y los libros que necesitaba para las clases. El transporte cuando no podía caminar y cualquier pequeño imprevisto podía convertirse en un problema enorme.
Pero no me quejaba, porque cada cosa que pagaba con mi propio dinero era una pequeña victoria.
Cuando llegué al apartamento, dejé el bolso sobre una silla y me quité el abrigo. Lo primero fue la ducha, el agua caliente cayó sobre mi cuerpo y me permitió respirar por primera vez en todo el día.
Cerré los ojos.
Durante unos minutos no existió Oxford.
Ni la universidad.
Ni Adrián Blackwood.
Ni el maldito blog.
Solo agua caliente y silencio.
Cuando salí, me puse un pantalón cómodo y un jersey viejo. Preparé la sopa, y me senté frente a la pequeña mesa junto a la ventana. Abrí mis apuntes, aquello era lo importante.
Mi carrera.
Mi futuro.
Mi independencia.
Pasé las páginas de las notas de la clase de Literatura mientras comía lentamente. Subrayé un concepto, escribí una observación al margen y volví a leer un párrafo que no había entendido del todo durante la mañana.
Quería terminar Oxford.
Quería graduarme.
Quería conseguir un trabajo que me permitiera dejar de mirar cuánto dinero llevaba en la cartera antes de comprar una sopa.
Quería tener una vida que fuera completamente mía, porque ya había pasado demasiado tiempo dejando que otras personas decidieran por mí.
Mis padres habían muerto cuando tenía doce años.
Después, otros habían decidido dónde viviría, qué debía hacer, qué era conveniente para mí y qué no.
Oxford había sido la primera decisión verdaderamente mía y no pensaba desperdiciarla.
Mucho menos por un hombre.
Leí otra página.
Después otra.
Y otra.
Hasta que, poco a poco, las palabras comenzaron a ocupar el espacio que Adrián había estado robándome durante todo el día.
Sonreí.
Eso era.
Libros.
Estudios.
Trabajo.
Mi futuro.
Eso era lo que debía importarme.
Apoyé el bolígrafo sobre el cuaderno y respiré profundamente. No necesitaba nada más o, al menos, eso quería creer.