Capitulo 8
MilaLa primera clase del día siempre me ha parecido una mala idea.
Demasiado temprano para pensar con claridad, o fingir entusiasmo y, en mi caso, definitivamente demasiado temprano para enfrentarme a Adrián Blackwood.
Entro al aula con los apuntes contra el pecho y elijo uno de los asientos de la segunda fila.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Perfecto.
O eso pensé.
Hasta que él entró.
No levanté la mirada inmediatamente y no tenía ninguna intención de hacerlo. Podía escuchar sus pasos sobre el suelo de madera. Tranquilos. Seguros. Sin ninguna prisa.
El murmullo de la clase desapareció poco a poco.
Y entonces escuché su voz.
—Buenos días.
Dos palabras.
Solo dos.
Y mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera evitarlo. Apreté los dedos alrededor del bolígrafo.
Maldita sea.
No iba a mirarlo.
No lo necesitaba.
Ya sabía cómo era.
Sabía qué aspecto tenía cuando estaba frente a mí. Sabía cómo se veía con un traje oscuro, cómo su cabello castaño caía ligeramente sobre la frente, cómo aquellos ojos azules podían hacerme sentir observada incluso cuando no me estaba mirando.
Y sabía, sobre todo, cómo sonaba su voz cuando…
Me obligué a mirar mis apuntes.
—Hoy hablaremos sobre el texto que les indiqué la clase anterior.
Pasó junto a las primeras filas y el aire pareció cambiar cuando se acercó. Era absurdo, no podía ser que una persona ocupara tanto espacio sin hacer absolutamente nada.
Pero Adrián Blackwood tenía esa presencia.
No necesitaba levantar la voz y no necesitaba imponerse. Simplemente estaba aquí y todos lo sabían.
Durante los primeros minutos nadie habló.
Él explicó algunos conceptos, escribió varias ideas en la pizarra y formuló preguntas que quedaron flotando en el silencio.
Hasta que una chica de la primera fila levantó la mano.
—¿Profesor?
—Sí, señorita Collins.
Ella sonrió.
Demasiado.
—Creo que el protagonista actúa así porque está enamorado.
Algunas personas rieron por lo bajo.
Yo no levanté la cabeza.
—¿Enamorado? —preguntó.
—Sí.
La chica jugueteó con un mechón de cabello.
—Quizá algunas personas hacen cosas irracionales cuando sienten algo demasiado fuerte.
Hubo otra risita.
Él no pareció impresionado.
—Eso explicaría muchas cosas —respondió con absoluta seriedad—. Pero no demuestra que el personaje esté enamorado.
La sonrisa de ella vaciló.
Yo tuve que contener la mía.
Cretino.
La clase continuó. Intenté concentrarme, de verdad lo intenté. Pero cada vez que él se movía por el aula, mi atención se desviaba hacia el sonido de sus pasos.
No lo miraba.
No directamente.
Pero podía sentirlo. Era como si mi cuerpo hubiera desarrollado una sensibilidad absurda hacia su presencia.
Y entonces ocurrió.
—Señorita Ashford.
Mi corazón dio un salto.
Levanté la mirada y nuestros ojos se encontraron, solo durante un segundo, pero fue suficiente.
Algo pasó entre nosotros.
Algo silencioso.
Rápido.
Peligroso.
Sus ojos se oscurecieron apenas antes de recuperar aquella expresión impasible que llevaba puesta desde que entró.
—¿Sí, profesor?
—¿Cuál cree que es la verdadera motivación del protagonista en el segundo capítulo?
Miré el texto frente a mí.
—Quiere creer que actúa por amor.
—¿Y usted no lo cree?
—No completamente.
—Explíquese.
Me incorporé un poco en la silla.
—Porque el amor no debería necesitar justificar constantemente el control sobre otra persona.
El aula quedó en silencio.
Adrián me observó.
—¿Entonces considera que el personaje no ama?
—No dije eso.
—¿Qué dijo entonces?
—Que quizá ama de la única manera que sabe hacerlo.
Su expresión cambió apenas.
—Eso es una contradicción.
—No necesariamente.
—El amor y la necesidad de controlar no son lo mismo.
—No, pero pueden existir al mismo tiempo.
Algunos estudiantes comenzaron a mirarnos, yo apenas era consciente de ellos.
—¿Y qué ocurre cuando una persona confunde ambas cosas? —preguntó él.
—Termina creyendo que proteger a alguien le da derecho a decidir por esa persona.
Hubo un silencio extraño.
Sentí que aquella conversación había dejado de ser solamente académica. No sabía si él lo sentía igual, pero algo en su mirada me decía que sí.
—¿Y si la otra persona acepta esa decisión? —preguntó.
Tragué saliva.
—Entonces deja de ser una decisión unilateral.
Sus ojos se clavaron en los míos y por un instante recordé el sábado. La habitación, su voz, las reglas y la palabra que había elegido para detenerlo.
Rojo.
Mi cuerpo recordó antes que mi cabeza.
Aparté la mirada.
—Interesante —dijo él.
—Es una cuestión de voluntad.
—La voluntad puede verse influenciada.
—También puede ser elegida.
—¿Siempre?
Levanté la cabeza otra vez.
—Cuando realmente tienes libertad, sí.
Esta vez nadie dijo nada.
Ni siquiera los estudiantes que normalmente aprovechaban cualquier oportunidad para intervenir.
Solo él y yo.
—Entonces —dijo Adrián lentamente—, ¿cree que entregar el control puede ser una forma de conservarlo?
Mi respiración se detuvo.
No podía saber si lo preguntaba por el texto, o si estaba hablando de otra cosa. Pero yo sabía y él también.
—A veces —respondí.
Su mirada bajó un instante hacia mis labios y fue tan rápido que quizá nadie más lo habría notado.
Yo sí.
Y ese pequeño gesto fue suficiente para encender algo que llevaba toda la mañana intentando apagar.
Deseo.
Puro, incómodo, imposible de ignorar.
Lo odié.
Lo odié porque no tenía ningún sentido. Él me había rechazado, había puesto límites y me había dejado claro que no volvería a tocarme sin siquiera darme la posibilidad de opinar al respecto.
Aun así, mi cuerpo parecía no haber recibido el mensaje.
Adrián carraspeó.
—Bien.
Se volvió hacia la pizarra.
—Continuemos.
La clase siguió, pero algo había cambiado.
Ya no pude concentrarme.
Cuando finalmente la clase termino, todos comenzaron a guardar sus cosas. Yo cerré mi cuaderno rápidamente.
Necesitaba salir.
Necesitaba aire.
Necesitaba recordar que aquel hombre era mi profesor y que yo tenía una vida perfectamente normal antes de conocerlo.
Me levanté.
—Ashford.
Me detuve.
Por supuesto.
Me giré.
El aula estaba casi vacía. Adrián permanecía detrás del escritorio, con una carpeta en la mano.
—Sí.
—Quédese un momento.
Esperé a que los últimos estudiantes salieran y cuando la puerta se cerró, el silencio se volvió demasiado grande.
—¿Qué ocurre?
Él tomó una hoja de la carpeta.
—Quiero que haga este trabajo adicional.
La miré.
—¿Adicional?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque su interpretación durante la clase fue interesante.
Solté una pequeña risa incrédula.
—¿Y por eso tengo que hacer trabajo extra?
—Considérelo una oportunidad.
—¿O un castigo?
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Depende de lo que haga con él.
Tomé la hoja.
Nuestros dedos estuvieron a punto de tocarse, apenas un roce. Ni siquiera llegó a ocurrir, pero los dos lo sentimos.
Retiré la mano rápidamente.
—¿Cuándo debo entregarlo?
—El viernes.
Asentí.
—Bien.
Me di la vuelta.
—Señorita Ashford.
Volví a detenerme.
Su voz había cambiado, ya no era la del profesor frente a sus alumnos. Era más baja, más personal.
Lo miré.
—No vuelva a convertir una discusión académica en algo que no es.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—Yo no fui quien hizo la pregunta.
Nos quedamos mirándonos.
Él apretó la mandíbula.
Y por primera vez desde que lo conocía, tuve la certeza de que no era la única persona intentando controlar algo.
—Puede irse —dijo finalmente.
Lo hice, salí del aula con el trabajo entre las manos y el corazón demasiado acelerado.
Idiota.
Al mediodía, me dejé caer frente a Juliet en una de las mesas de la cafetería.
—Necesito café.
—Eso no es comida.
—No he dicho que quisiera comida.
Me levanté para pedirlo y regresé unos minutos después con un vaso humeante entre las manos. Juliet miró el café y después me miró a mí.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Mila...
—Tengo que trabajar después.
—Y necesitas alimentarte.
—Sobreviviré.
Ella negó con la cabeza, pero no insistió. Sabía perfectamente que cuando mi presupuesto llegaba a cierto punto del mes, la palabra
alimentarse adquiría una definición bastante flexible.
Bebí un sorbo de café.
—Entonces —dijo Juliet, apoyando los codos sobre la mesa—. Hablemos de Blackwood.
Casi me atraganté.
—No.
—Sí.
—No hay nada que hablar.
—Por supuesto que lo hay. Desde el otro lado del aula parecía que se estaban sacando chispas.
—Estábamos hablando de un texto.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
La fulminé con la mirada.
Juliet sonrió.
—¿Y porque no te sentaste junto a mí?
—Llegue tarde —dijo con naturalidad—. Pero dime, ¿qué paso?
—Nada.
—Mila.
Suspiré.
—Es un cretino.
—¿El profesor Blackwood?
—Despótico, arrogante, insoportable...
—Pero...
La miré.
Ella levantó las cejas.
—Pero ¿qué?
—Pero uno sexy.
Solté una carcajada seca.
—No.
—Sí.
—No.
—Mila, por favor. Lo vi esta mañana, ese hombre podría entrar en una habitación y hacer que todas olvidáramos nuestro propio nombre.
—Pues que se vaya a otra habitación.
Juliet rio.
—Te molesta mucho.
—Porque es un cretino.
—Eso no explica por qué te has puesto roja.
Me llevé el vaso a los labios para ocultar mi expresión.
—Tengo calor.
—Eso no es cierto.
—Entonces tengo fiebre.
Juliet volvió a reírse.
Miré la hora en mi teléfono.
Mierda.
—Tengo que irme.
—¿Ya?
—Sí. Clara me matara si llego tarde.
Guardé el teléfono en el bolso y me levanté.
—Nos vemos esta noche.
—Y recuerda...
—No.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Te conozco.
Ella sonrió.
—Solo iba a decir que no te enamores de tu profesor.
—No hay peligro.
Mentira.
Pero no pensaba admitirlo.
Me despedí de ella y salí de la cafetería a toda prisa, tenía que llegar a la librería. Caminé rápido por los pasillos de la universidad, esquivando estudiantes, profesores y grupos que ocupaban demasiado espacio.
Miré la hora otra vez, definitivamente iba tarde. Aceleré el paso y entonces choqué con algo.
Algo duro.
Muy duro.
—Mierda.
Perdí el equilibrio, pero no llegué a caer. Una mano se cerró alrededor de mi cintura y me sostuvo con firmeza.
Mi respiración se detuvo.
Conocía aquella sensación.
Conocía aquella presencia.
Levanté lentamente la mirada.
Adrián Blackwood.
Estaba demasiado cerca, mucho más de lo que debería.
Sus ojos azules encontraron los míos y durante un instante ninguno de los dos dijo nada. Mi cuerpo recordó la cercanía del sábado antes de que mi cabeza pudiera detenerlo.
Su mano seguía en mi cintura, pero la apartó inmediatamente, como si acabara de darse cuenta.
—Tenga cuidado —dijo con aquella voz fría que parecía diseñada para mantenerme a distancia—. Procure no convertirse en un peligro para el resto de la población.
Parpadeé.
—Yo...
Pero ya se había apartado.
Pasó junto a mí sin detenerse y sin mirarme otra vez. Como si aquel pequeño momento no hubiera sido más que una molestia en su importante existencia.
Me giré para verlo alejarse por el pasillo.
—Idiota —murmuré.
Aunque mi corazón seguía latiendo demasiado rápido.
Y, por desgracia, sabía perfectamente que no era por haber corrido.