Capitulo 9
MilaLa semana había pasado de una manera extraña.
Demasiado lenta cuando estaba frente a Adrián. Demasiado rápido cuando tenía que hacer malabares entre las clases, la librería, los apuntes y las pocas horas de sueño que conseguía arañar cada noche.
El jueves por la tarde estaba detrás del mostrador, con una taza de café barato a mi lado y el trabajo que él me había asignado abierto sobre la mesa.
Llevaba casi una hora mirándolo.
No porque fuera difícil, ese era precisamente el problema. Era demasiado interesante.
Adrián me había pedido analizar la relación entre deseo, posesión y libertad en el texto que habíamos discutido en clase. Tres conceptos que, en cualquier otro momento, me habrían parecido fascinantes.
Ahora me parecían una provocación.
Volví a leer una de las preguntas que había escrito en el margen.
¿Puede existir amor sin necesidad de poseer?
Resoplé.
—Qué pregunta tan conveniente.
—¿Estás hablando con el libro?
Levanté la cabeza.
Clara estaba colocando unos ejemplares en una de las estanterías.
—Con el profesor.
—Ah.
Su respuesta fue tan tranquila que fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
—Clara.
—Solo digo que, si estás discutiendo con un hombre que no está aquí, quizá deberías cobrarle alquiler.
Sonreí a pesar de mí misma.
—Es un trabajo.
—Entonces hazlo.
—Eso intento.
Bajé la mirada otra vez.
La verdad era que llevaba horas intentando entender por qué Adrián había escogido precisamente ese tema.
Quizá era una coincidencia.
Quizá no.
Pero cada vez que pensaba en las palabras
deseo ,
control y
libertad , mi memoria hacía algo que yo no le había pedido.
Recordaba el sábado.
Su voz.
Sus reglas.
La confianza.
La forma en que, durante unas horas, había entregado voluntariamente algo que en mi vida cotidiana defendía con uñas y dientes.
Y eso me molestaba.
Porque Adrián había conseguido convertir una discusión literaria en algo que ya no podía separar de mi propia experiencia.
Tomé el bolígrafo.
Escribí una frase.
El problema no es querer tener el control. El problema comienza cuando se olvida que el otro puede retirarlo.Me quedé observándola. Era buena y demasiado personal. La taché y volví a escribirla.
Esta vez la dejé.
El viernes llegó por fin. O, al menos, eso parecía. Había tenido la sensación de que la semana duraba un mes entero y, al mismo tiempo, había desaparecido delante de mis ojos.
Mi primera clase del día era con él.
Por supuesto.
Entré al aula unos minutos antes y ocupé mi lugar habitual. Juliet se sentó a mi lado.
—Buenos días.
—No.
—¿No qué?
—No quiero hablar.
—Todavía no he dicho nada.
—Precisamente.
Ella soltó una risa.
—Estás de mal humor.
—Tengo clase a primera hora.
—Con Blackwood.
La miré.
—No lo digas como si fuera una tragedia griega.
—No lo es.
Sonrió.
—Es más bien una novela romántica.
—Juliet.
—Está bien, está bien.
Sacó sus apuntes y cuando Adrián entró, la conversación terminó. No necesitaba mirarlo para saber que estaba allí.
Era absurdo.
Podía sentir su presencia incluso antes de escuchar su voz.
—Buenos días.
El aula respondió casi al unísono, yo mantuve los ojos sobre mi cuaderno. Esta vez no pensaba caer en la misma trampa.
No iba a buscar su mirada. No iba a provocar otra discusión. No iba a pensar en sus manos.
Ni en su voz, ni en su cuerpo desnudo, ni en nada que hubiera ocurrido antes de que se convirtiera en mi profesor.
La clase comenzó y durante casi cuarenta minutos conseguí mantener mi atención en el texto.
Hasta que Adrián dejó el libro sobre el escritorio.
—Antes de terminar, quiero hablarles de una oportunidad que ofrece el departamento este semestre.
Levanté la cabeza.
Eso sí me interesaba.
—Se seleccionará a un pequeño grupo de estudiantes para colaborar en un proyecto de investigación literaria. El trabajo estará orientado al análisis de narrativa contemporánea y sus vínculos con la representación del deseo, la identidad y las relaciones de poder.
Mi atención se concentró por completo.
—Los estudiantes seleccionados trabajarán durante varias semanas con material académico y literario. Al finalizar, podrán presentar sus conclusiones ante el departamento.
Miré a Juliet.
Ella me observaba.
—Eso es para ti —susurró.
Negué con la cabeza.
—No necesariamente.
Pero sí.
Era exactamente para mí.
Una oportunidad así podía ayudarme muchísimo. Una recomendación del departamento, experiencia de investigación, y una línea más en mi expediente.
Quizá incluso una posibilidad de conseguir una beca mejor el próximo año. Asique no podía permitirme ignorarla.
Adrián continuó explicando los requisitos.
—Necesitarán entregar una breve propuesta antes del lunes.
Empecé a tomar notas.
—La selección será estricta.
Perfecto.
Me gustaban los desafíos.
—¿Quién supervisará el proyecto? —preguntó alguien.
Adrián hizo una pausa.
—Yo.
Mi bolígrafo se detuvo.
Claro.
Porque el universo tenía un sentido del humor particularmente cruel. Juliet giró lentamente la cabeza hacia mí, yo seguí mirando al frente.
—Los estudiantes seleccionados tendrán reuniones semanales conmigo —añadió él—. Serán reuniones estrictamente académicas.
La última palabra pareció quedarse suspendida en el aire.
Académicas.No sabía si lo había dicho pensando en mí, no debía importarme. Y, sin embargo, sentí una tensión extraña en el pecho.
Cuando terminó la clase, todos comenzaron a hablar sobre el proyecto.
Yo guardé mis cosas despacio.
—Vas a hacerlo —dijo Juliet.
—Necesito pensarlo.
—No necesitas pensarlo.
—Juliet.
—Mila, llevas toda la carrera buscando oportunidades como esta.
Tenía razón.
Y eso era lo peor.
No podía dejar que Adrián Blackwood decidiera qué oportunidades podía aceptar. No podía permitir que su presencia empezara a modificar mis decisiones.
Había venido a Oxford para construir mi futuro.
No para huir de hombres, ni para evitar profesores o dejar que una atracción incómoda determinara hasta dónde podía llegar.
Salí del aula con la carpeta contra el pecho.
En el pasillo me detuve y respiré profundamente. Podía hacerlo, era un proyecto académico.
Nada más.
Yo podía separar las cosas. Podía trabajar con Adrián Blackwood sin pensar en BlackThorne, podía mirarlo como mi profesor y escuchar su voz sin recordar cómo sonaba cuando estábamos solos.
Podía mantener las distancias.
Al menos, eso esperaba.
Saqué el teléfono y abrí el correo de la universidad. La convocatoria seguía allí, leí los requisitos una vez, después otra y finalmente pulsé sobre solicitar inscripción.
Hecho.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
No era miedo.
Era anticipación.
Guardé el teléfono.
—Esto es por mi futuro —me dije.
Y era verdad.
Lo único que todavía no sabía era cuánto iba a costarme convencer a mi cuerpo de que también lo entendiera.
La cafetería estaba más llena de lo habitual.
Conseguí encontrar una mesa junto a una de las ventanas y dejé mi bandeja frente a Juliet. Ella ya había empezado a comer cuando me senté.
—Entonces —dijo, señalándome con una patata frita—. ¿Lo hiciste?
—¿Qué cosa?
—No me hagas esto.
Sonreí.
—Sí, me inscribí en el proyecto.
Juliet dejó la patata sobre el plato.
—Sabía que lo harías.
—No parece que te sorprenda.
—Porque te conozco.
Tomé mi café y bebí un sorbo.
—Es una buena oportunidad.
—Y tendrás que trabajar con Blackwood.
—Es un proyecto académico.
—Claro.
La miré por encima del vaso.
—¿Podrías dejar de hacer esa cara?
—¿Qué cara?
—Esa.
—No sé de qué hablas.
Negué con la cabeza y abrí mi cuaderno.
—Además, no tengo alternativa. Necesito la experiencia.
—Lo sé.
Durante unos segundos comimos en silencio. Hasta que alguien se detuvo junto a nuestra mesa.
—¿Mila?
Levanté la mirada.
Era Daniel, uno de los chicos de mi curso. Lo conocía de algunas clases, aunque nunca habíamos hablado demasiado.
—Hola.
—Perdona que te moleste.
—No pasa nada.
Señaló mi cuaderno.
—Escuché que te fue muy bien con el último trabajo.
—¿Eso escuchaste?
—Sí.
Sonrió un poco avergonzado.
—Y quería preguntarte si podrías ayudarme con la materia.
Juliet levantó lentamente las cejas.
La ignoré.
—¿Con qué parte?
—Con el análisis de los textos. Siento que entiendo lo que quieren decir, pero cuando tengo que escribirlo... —hizo una mueca—. Todo parece una estupidez.
Sonreí.
—No es una estupidez.
—¿Eso significa que sí?
Pensé un segundo.
Tenía poco tiempo, pero tampoco me molestaba ayudarlo.
—Podemos estudiar juntos.
Su expresión se iluminó.
—¿En serio?
—Sí, podríamos hacer una tutoría una o dos veces por semana.
—Perfecto.
Sacó rápidamente el teléfono.
—¿Te parece el martes después de clases?
—El martes puedo.
Intercambiamos los horarios y quedamos en encontrarnos en la biblioteca.
—Gracias, Mila.
—De nada.
Daniel sonrió.
—Nos vemos el martes.
—Nos vemos.
Lo vi alejarse entre las mesas.
Cuando volví a mirar a Juliet, tenía una expresión insoportable.
—No.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando demasiado fuerte.
—Está enamorado de ti.
Solté una carcajada.
—No está enamorado de mí.
—Mila.
—Nos conocemos de clase.
—Te pidió tutorías.
—Porque soy buena en la materia.
—Exactamente.
—Eso no significa nada.
Juliet dio otro mordisco a su sándwich.
—Que tú hayas hecho un voto de castidad aparentemente no significa que los hombres hayan hecho el mismo voto.
Abrí la boca.
La cerré.
—No he hecho ningún voto de castidad.
—Metafóricamente.
—Tampoco.
—Llevas semanas rechazando cualquier posibilidad de salir con alguien.
—Porque no me interesa.
—Ajá.
La miré con los ojos entrecerrados.
—No estoy buscando una relación.
—Nadie ha dicho que tengas que casarte.
—Juliet.
Ella se rio.
—Está bien, solo digo que podrías divertirte un poco.
Miró su reloj.
—Tengo que irme.
—¿Ya?
—Tengo otra clase.
Juliet terminó su sándwich, se limpió los dedos con una servilleta y se levantó.
—Entonces, antes de que te conviertas oficialmente en la estudiante más aburrida de Oxford...
—No soy aburrida.
—Este sábado salimos.
—¿A dónde?
—Copas. Un club. Música. Y hombres lindos.
Sonrió como si acabara de presentar el mejor plan del mundo.
—Nada de profesores.
La fulminé con la mirada.
—No estaba pensando en profesores.
—Perfecto.
Se colgó el bolso al hombro.
—Entonces queda decidido.
—Yo no he dicho que sí.
—Lo pensarás.
—Eso sí.
Juliet sonrió satisfecha.
—Nos vemos después.
La vi alejarse entre la gente antes de volver a guardar mis cosas.
Un club.
Copas.
Música.
Coquetear con hombres que no fueran mi profesor.
Quizá no era una idea tan terrible. Quizá necesitaba recordar que existía un mundo fuera de las aulas.
Un mundo donde los hombres podían mirarme sin que eso significara que mi vida académica estaba a punto de convertirse en un desastre.
Sonreí mientras recogía mi bolso.
—Lo pensaré.
Y, por primera vez en varios días, la idea de un sábado solo de distracción me pareció exactamente lo que necesitaba.