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1. El inicio

Los Hermanos Moore 18+ — booknet.com · All chapters

1. El inicio

🌸 🌸 Athenea 🌸 🌸

Aliso los pliegues de mi falda por quinta vez o al menos eso creo. Los nervios se sienten en cada gramo de mi cuerpo mientras me concentro en calmar los temblores que me recorren. Me veo por el reflejo que proyecta el vidrio de cristal y todo está en orden. Mi camisa está perfectamente acomodada dentro de mi elegante falda llena de pliegues que me llega hasta la mitad de las pantorrillas. Es de color azul cielo, mi favorito. Mis sandalias de tacón con tiras finas, de la altura perfecta para no hacerme ver vulgar, hacen el contraste perfecto con mi atuendo que termina con una coleta baja, sin ningún rastro de pelitos rebeldes. Asiento mientras apruebo mentalmente mi aspecto.

He escuchado cosas terribles de ellos. Sé que son cuatro hermanos, cada uno especializado en una área pilar de la empresa. También me comentaron que son despiadados y que fuertes rumores de negocios sucios, sin querer ser tan dramática para decir —mafia—, porque sé que eso no existe , los rodean.

Pero… ya estarían tras las rejas, ¿no?

Y eso no es único. Despiadados, déspotas, crueles y jodidamente malhumorados. Un largo listado de asistentes que han pasado por este puesto y sé que no han durado más que dos semanas.

Tomo una profunda respiración porque Dios sabe que no puedo permitirme perder este trabajo. Tengo una renta costosa que pagar y servicios que cubrir, ya mis ahorros están que mueren tras una larga temporada de desempleo donde nadie, literalmente nadie , estuvo interesado en contratarme.

Pero tengo la meta personal de no permitir que mis jefes me intimiden y a pesar de que creo que estoy empezando terriblemente mal —los temblores de mi cuerpo lo confirman— no dejaré que se den cuenta.

Los stalkeé en sus redes sociales, al menos a tres de ellos. Porque el hermano mayor, Amund, no tiene ninguna red social activa y lo único que pude ver es sus escasas fotos en imágenes de Google.

Aleksander, Arthur y Aksel, por otra parte, si tenían una red social donde creo que pude ver un poco mejor los gustos de cada uno, amantes de los lujos, es lo único que encontré en común entre los hermanos.

Y que son guapos, todos y cada uno de ellos tienen una belleza capaz de hacer que cualquiera se ahogue entre la propia humedad que ellos podrían causar entre las piernas de las féminas.

Pero yo seré la excepción. Seré tan profesional que no miraré ni por un momento esos hermosos rostros y esos cuerpos de gran altura que joder, sí que son altos. Como torres. En las fotos se veía, hay una en específico que logré encontrar en el Instagram de Aksel, el menor de los hermanos, donde ellos cuatro salen. Tres sonrientes y uno tan serio, pero no por eso la foto quedó mal, realmente era… un estímulo visual ver todos esos contrastes entre ellos.

Sacudo mi cabeza, lo menos que quiero es hacerme ideas con ellos, estoy aquí para demostrarles que mi nombre no caerá en esa lista interminable de asistentes que no logran seguirles los pasos, porque yo, a pesar de que mi metro sesenta y cuatro, puedo correr rápido.

Y es una promesa que me hice anoche, mientras sentía los mismos nervios que siento ahora, no babearé sobre sus bellos rostros.

No lo haré.

Vuelvo a chequear mi vestimenta y cuando el timbre del ascensor suena y observo que la pantalla refleja el número del piso donde estoy yo, juro que puedo vomitar. Mi ansiedad social no me ayuda en este momento y lo peor es que no entiendo qué me pasa.

¿Es que estos meses sin trabajo me quitaron mi profesionalidad?

¿O es que la idea de que ellos sean unos terroríficos de mierda me paraliza por completo? Si me gritan, lloro. Las puertas se abren y tengo que tragar saliva cuando giro mi cabeza con una sonrisa hacia ellos.

Si pudiera describir lo primero que noto cuando sus caros y relucientes zapatos tocan la superficie fuera del ascensor, podría decir que es poder. Ellos charlan entre ellos, con sus carcajadas leves de millonarios que hacen que retroceda por un momento y algo dentro de mí se alegra al darme cuenta de que no se han percatado de mi presencia.

Gracias, Dios.

Sin embargo, esa parte de mí, educada y por no decir estúpida, me orilla a saludar.

—Buenos días —me expreso con cortesía, haciendo que se detengan y esas miradas, fuertes y jodidamente intensas, por no decir embriagadoramente hermosas y de colores tan diferentes, se detienen en mí.

Muevo mis hombros sutilmente para centrarme y les brindo mi mejor sonrisa. Ellos me escrutan de arriba hacia abajo, sin una pizca de vergüenza y decoro.

Extiendo mi mano hacia ellos, con la intención de presentarme.

—Mucho gusto, soy Athenea y seré su nueva asistente, así que nos veremos mucho por acá —trato de bromear y no funciona. Lo único que sé, es que observan en silencio y cuando un carraspeo desde algún lugar de la habitación rompe el tenso momento, los cuatro, a su vez, extienden sus manos hacia mí y mencionan sus nombres al mismo tiempo, una sonrisa se me escapa al no entender nada. Sus voces son tan gruesas y golpearon mi odio, causando un sonido incomprendible.

—Perdónanos —el acento en la voz de quien sé, es Amund, es marcado… un acento nórdico que resuena con fuerza, Dios ayúdame —. Mi nombre es Amund —tiende su tatuada mano hacia mí y yo la tomo para estrecharla con decisión—. Y estos con mis hermanos Arthur, Aksel y Aleksander—los señala con la cabeza y suelto su fuerte agarre para tomar las de ellos, uno por uno.

—No fuimos informados de que tendríamos nueva asistente —la voz de Aksel, parecida a la de su hermano mayor, hace acto de presencia. Sus ojos, color miel muy claro, son impresionantes de cerca.

—¿Será porque no duran más de tres semanas antes de ser despedidas? —Arthur interrumpe con ligero humor, yo me río suavemente producto de los nervios.

Si en las fotos se veían grandes, acá frente a mí se ven inmensos. Les llego a todos, sin excepción, unos cinco dedos abajo del hombro.

—Estoy encantada de trabajar para ustedes, espero no formar parte del grupo de las tres semanas —atajo y sus carcajadas explotan. Risa de millonarios, la gente no se equivoca.

No sé por qué, yo lo dije en serio.

—Athenea —la voz de Aleksander, ronca y misteriosa, hace acto de presencia y cuando mis ojos lo detallan, sosteniendo mi mano, aun después de que ya sacudimos nuestras palmas por el saludo, una ola de vergüenza me golpea.

—Dios, lo siento —trato de soltarme de su agarre, pero este no me suelta y no es que me apriete fuerte, su agarre es gentil—. Sé reconocer a un buen empleado cuando lo veo, y sin dudas no serás una más del montón —nada más terminar de decirlo, suelta mi mano, y tomando la delantera, se marcha. Sus hermanos lo siguen y yo siento que me desinflo de todo el aire que tenía contenido dentro de mí. Tengo que tragar saliva y tomar asiento porque creo que mis piernas terminaron temblando peor y temo que me pueda desplomar en el suelo. Cierro mis ojos, tratando de entender por qué ellos me afectaron tanto.

Y cómo huelen, Dios… estoy segura de que cada uno de ellos debe tener un olor diferente, un perfume tan o más costoso de lo que pago en renta y servicios. Y es que se percibía y la mezcla de todos ellos no era desagradable en lo absoluto. Muy al contrario.

Cubro mi rostro con mis palmas y sacudo mi cabeza para centrarme, ellos fueron amables y sin dudas, nada parecido a esos cuentos de terror que me dijeron cuando firmé el contrato de trabajo.

Ellos no son despiadados , sus voces fueron pacíficas, salvo la de Arthur, que soltó una broma… pero, aun así, no los percibí despectivos. Suspiro fuerte y vuelvo a levantarme, lista para tomar mi agenda e ir a por ellos, seré profesional, no quiero ser la una de las otras asistentes que seguro babeaban por ellos. Yo no… yo necesito este trabajo de verdad. Y lo conservaré, así tenga que ponerme una venda en los ojos para no fijarme en el atractivo de los cuatro hermanos multimillonarios.