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10. Sirena sentimental

Los Hermanos Moore 18+ — booknet.com · All chapters

10. Sirena sentimental

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Cuando me sostengo de algo para levantarme, ese algo se sacude, haciendo que vuelva a caer sobre el destartalado mueble y ahora se parta por el medio, como si no fuera poco, que la parte de atrás se despegó y las patas colapsaron.

El suave sollozo de Athenea paraliza mi corazón y cuando la veo desde mi posición, me levanto como un resorte solo para advertir como me parto en mil pedazos mientras ella cubre su rostro y sus hombros se mueven hacia arriba y abajo a medida que jadea.

Yo abro mi boca para decir algo, pero al mirar a un lado me doy cuenta de que nadie tiene nada más que decir, más que quedarse paralizados mientras ella niega con su cabeza y cada vez estoy más convencido de que nos echará de este lugar.

La desesperación vuelve a apoderarse de mi cuerpo y rápidamente reacciono más rápido que los demás y la vuelvo con mi cuerpo en un fuerte abrazo que la cubre. En seguida los otros se avispan y terminamos de nuevo con ella entre nosotros cuatro.

Ella sigue sollozando perdidamente y yo no sé qué diablos hacer.

—Cariño, lo sentimos mucho —la voz de Arthur flaquea ligeramente—. Te compraremos un juego de muebles más grandes y más cómodos. ¿Cómo los quieres? ¿De qué color? ¿Los quieres cubiertos de tela egipcia? Puedo conseguirlo, hasta de piel de animal, si quieres, pero por favor, deja de… llorar —él pronuncia la última palabra con un tintineo que me hace levantar mis ojos de ella para darme cuenta de que los suyos se han humedecido.

—Ese era… mi favorito —su voz se escucha congestionada—. Mi querido muebleeee —se lamenta, quitando sus manos de su rostro y bajándolas para seguir sollozando. Su rostro sonrojado repleto de lágrimas hace que mi respiración empiece a fallar. Algo que no identifico muy bien empieza a pinchar mi jodido corazón.

—Mi reina, podemos reconstruir este —Amund toma su rostro entre sus manos, ella finalmente lo mira con sus ojos brillosos—. Y lo haremos más grande para que entremos bien ¿Sí?

—¿Ahora donde veré mi serieeeeee ? —esa voz tierna causa temblores en todos nosotros.

—¿Quieres una TV más grande? Podemos conseguir todo lo que nos pidas, todo, solo… perdónanos, no fue nuestra intención —Aleksander interviene esta vez, acarician el cabello de nuestra chica. Su cuerpo entero grita que se siente tan culpable como todos. Pero nada como la que siento yo.

—Ella no se refiere a una nueva TV, ella habla de su sillón —susurro, sintiendo culpable por ser el principal precursor de esta hazaña. Pero ya llamaré y viene por él y esta misma tarde quedará como nuevo —le digo, enroscando mi mano con la suya para tirar de ella hasta donde vi los pañuelos desechables y ayudarle a limpiar su rostro.

—Nosotros recogeremos ¿Bien, Athenea? —nuestro hermano mayor informa para empezar a moverse, al igual que los otros. Ella asiente mientras permite que quite esas lágrimas de su rostro que todavía tiene un tierno puchero de tristeza capaz de desarmarme ahora mismo.

Esta mujer podría pedirnos lo que quiera y jodidamente se lo daremos, sin límites. Nunca habría un no para ella.

—Buscaré el bolso para alimentarte, en serio… yo… lo siento tanto —me disculpo de nuevo, me da pavor que me odie por ello o que en el peor de los casos ella me eché de aquí.

Si lo hace, podría volverme loco.

Me alejo de ella en contra de todos los deseos de mi corazón, mente y cuerpo para bajar en busca del bolso que dejé en el auto porque no sabríamos dónde estaría ella. Cuando ya estoy abajo, diviso el auto de los chicos y muevo mi brazo, agitándolo hacia arriba para que ellos me noten, cuando lo hacen, se bajan del auto.

—¿Debemos hacer alguna limpieza? —preguntan.

—No es convencional, pero sí. Solo que esto no lo desecharan, lo llevaran a un carpintero o como se llame para repararlo, con algunas mejoras.

—Jefe, eso es muy sádico hasta para ustedes. ¿Ahora unimos a los descuartizados? —Adann cuestiona, yo solo lo miro sin decir nada y este se recompone—. Lo siento, señor. No volveré a cuestionarlo —inquiere, su rostro pasó de color humano a pálido en cuestión de segundos. Es uno de los más jóvenes que trabaja con nosotros. No ha visto tantas cosas… aún.

Cuando llegamos al apartamento, creo que es Athenea quien me recibirá, pero se trata de Amund, quien tiene su normalmente impecable cabello, completamente desordenado.

Los hombres tras de mí asimilan mejor postura al darse cuenta de que todos estamos aquí, y cuando pasan a revisar la escena del crimen , solo se encuentran con una pila de colcha y madera que solía ser el mueble como tal.

Yo los dejo con su confusión mientras voy con Athenea, quien se encuentra tomando un té que le ofrece Arthur.

—¿Dónde está el cad…?

—Es un puto mueble —Aleksander interrumpe su palabra con dientes apretados, todavía es muy pronto que nuestra pequeña sepa de nuestro más grande negocio.

—No le digas puto a mi mueble —ella secunda con esa tierna vocecita y Aleksander traga saliva gruesamente mientras en tres pasos ya está a su lado. Sus cejas están hermosamente fruncidas, remarcando sus pecas.

—Lo siento, perdóname, no fue mi intención —jadea, todos podemos escucharlo y a pesar de que a nosotros no nos sorprende esta dócil reacción que tenemos a su lado, los chicos dejan de recoger para subir su vista hacia ella. Apenas la notan.

— Ojos en el maldito trabajo —Arthur indica, su voz retumba por todo el pequeño espacio que se ve pequeño con nosotros aquí.

—¡En mi casa no se maldice! —Athenea mira a Arthur con ojos entrecerrados, quien aprieta sus labios y cierra sus puños sobre la encimera. Su gesto avergonzado es nuevo en él.

—Yo, sí… lo siento —él baja la mirada, pero de un momento a otro, me sorprendo cuando se levanta del sillón y dando un paso hacia atrás, abre sus brazos.

—Los perdono —susurra, con sus brazos abiertos. Nosotros no sabemos qué hacer, yo temo que si malinterpretamos todo, ella pueda sentirse mal de nuevo y ahí si es verdad que prefiero pegarme un tiro a volver a escucharla así—. Bueno, si no quieren mi abrazo, lo entiendo…

Corremos, nos abalanzamos hacia ella, todos, no sé si se trata de una jodida carrera, pero todos podemos sentir un trozo de ella mientras, un poco de su tacto.

Su frente descansa en el pecho de Amund mientras su mano palmea un costado mío y la otra, a Aleksander, Arthur también aprovecha para alisar su cabello con sus dedos.

—Con una condición —ataja después y de nuevo se escucha un caos de voces que quieren hacerse notar.

—Lo quieras...—admite Amund.

—Pide por esa boca y lo tendrás… —Aleksander asegura.

—Lo que la reina pida, eso tendrá… —Arthur reafirma.

—¿Cuál es tu condición, sirena ? —le pregunto finalmente, todos respiramos sonoramente mientras gozamos demás este contacto con ella, de su cercanía y su increíble olor a coco del que Arthur tanto habló. Y cuando su rostro reluce entre nosotros, con esas mejillas más rojas de lo normal y la punta de su nariz como la del reno Rodolfo, muy sonrojada. Podría ponerme de rodillas ante ella ahora mismo. Ahora mismo y mis hermanos están en mi misma posición. Nos mira a cada uno, sus ojos grises brillantes se posan por la misma cantidad de tiempo en cada uno de nosotros y eso nos complace. Tanto que varios gruñidos emanan de nosotros.

Ella abre su boca para suspirar, llevando nuestros ojos inevitablemente a esa fuente de sonido. Están rojos e hinchados, apetecibles y… jodidamente besables.

—En realidad son dos —ella aclara, paseando su lengua por su labio, humedeciéndolos. Nosotros la tenemos rodeada a pesar de que su iniciativa de este abrazo fue de ella.

—Pídelas ahora —Amund ordena, puedo percibir como tiembla ante su voz, más como su respiración se vuelve pesada cuando ambos se miran a los ojos con una intensidad que mata.

—Sí, quiero esa TV que ofreció Alexander y dos, quiero volver a mi trabajo —ella dice con claridad, Arthur y yo reímos ante lo segundo. Podemos sentir cómo ella se tensa, por lo que me apuro en aclarar.

—Nunca fuiste despedida y tampoco lo serás, esa segunda cosa es una petición no válida porque nunca te fuiste, ahora, pide otra cosa, lo que desees… lo que desees te lo daremos …

Ella abre su boca, se prepara para hablar y lo que sucede a continuación, nos hace jadear como animales en jodido celo.