11. Valentia y atrevimiento
🌸🌸ATHENEA🌸🌸Conseguir una TV más grande que la mĂa, que es de 42”,
cosa que para ser yo sola no está mal , fue más fácil de lo que pensé. La culpa que se refleja en los ojos de estos cuatro mastodontes cargados de sensualidad y posesividad, pero no entre ellos, sino entre los dos extraños que entraron a mi casa para llevarse mi mueble, hace que respire profundo para no cometer un acto de locura.
Sin embargo, cuando Amund abre su sensual boca para decirme que mi segunda petición no es válida porque nunca fui despedida, una sed tremenda y un suspiro de locura me llega de repente, se ven tan dispuestos a darme lo que quiero que…
ÂżQuĂ© harĂan si pido un beso de cada uno? Pienso en aquella posibilidad, pero luego entro en razĂłn. No se los voy a pedir… este impulso es incluso más fuerte que mi propia lĂłgica.
Me alzo de puntas y enredo mis dedos detrás del cuello de Amund con esfuerzo, pero lo logro y él, que se mira confundido, termina por soltar un gruñido casi animal cuando uno mis labios a los suyos.
No sĂ© cĂłmo explicar el calor que recorre mi cuerpo, es como si un volcán hiciera erupciĂłn y yo me estuviese bañando en la lava, los gemidos de los otros hombres llega a mis oĂdos, causando que punzadas de placer recorran cada esquina de mi ser. Me concentro en el hombre que sostiene mis caderas con fuerza y en menos de un segundo sus labios ya se mueven sobre los mĂos, suaves, pero duros y dominantes, tanto que chillo cuando muerde mi labio en un arrebato que me deja con la boca abierta, jadeante.
Me separo lentamente y es solo cuestiĂłn de segundos cuando ya me vuelvo una avariciosa y tiro a Arthur hacia mĂ, mi mano se enreda en su corbata y lo bajo hacia mi altura, agradezco tanto que parezca un muñeco que puedo mover a mi antojo porque, desconociendo esta faceta de mĂ, sumo mi boca a la suya, sintiendo como su barba raspa la delicada piel de mi rostro mientras sus labios bailan con los mĂos en la más deliciosa, pero generosa danza que hace que mi corazĂłn salte de gozo. Me separo nuevamente y observo a Aleksander y a Aksel, trago saliva cuando es la mano del primero, quien me empuja a besar a su hermano menor, y su tacto, a diferencia de Arthur, es suave. Su rostro, limpio de todo vello facial, toca el mĂo al mismo tiempo que sus labios, me vuelvo nada cuando me toma por el cuello, saborear sus labios gruesos y bien formados deberĂa catalogarse, junto a la boca de sus otros hermano, como el postre mas exclusivo, Aksel me hace gemir a medida que me aprieta contra su cuerpo. Escucho las respiraciones forzadas detrás de mĂ y gruñidos parecidos a los de animales furiosos, sus bocas braman y solo cuando me separan de Ă©l, puedo sentir el beso más agresivo que he experimentado en mi vida, Aleksander toma mi boca y hunde su lengua dentro, empuña mi cabello, haciĂ©ndome soltar un grito que hace que me separe de su contacto y gima en busca de aire, es cuando Ă©l besa mi cuello unas tres veces más antes de soltarme.
Yo me alejo solo un paso mientras respiro forzadamente, y todavĂa vestida de una valentĂa increĂble, los miro a todos, sus labios están rojos y sus mejillas muy sonrojadas.
Me doy el placer bajar la mirada y recorrer sus cuerpos, solo para apretar mis piernas y rogarle a Dios piedad, cuando logro divisar los grandes bultos que saltan predominantes hacia el frente.
Sus cuerpos se mueven de arriba hacia abajo, señal de sus respiraciones agitadas y yo me siento tan pequeña rodeada por ellos, pero más deseada que nunca. Me gusta la manera contundente en la sus ojos me observan como si fuese lo único que desean, su diosa.
De esta manera solo se ven más grandes de lo que realmente son, más peligrosos de lo que muchos me han advertido. Muerdo mi labio, y decido solo responder a mi instinto más bajo, extiendo mis manos y toco el pecho de Aksel y Amund, con la punta de mis dedos delineo sus contornos y cuando Amund, quien me observa con intensos ojos marrones más oscuros de lo normal, toma mi mano y deposita un suave beso en la punta de mis dedos que se siente como si un invernadero completo de mariposas se hubiese revuelto en mi estómago y tuvieran su propia fiesta privada allà mismo, luego está Aksel que besa el dorso de mi mano con una delicadeza que me saca una ligera sonrisa.
Luego me voy con Aleksander y Arthur, este último me ve con una sonrisa que solo resalta esos diversos colores de sus llamativos ojos y termina besando mi mejilla, causándome cosquillas con su barba y haciendo que una carcajada se me escape.
—No terminamos de entender cĂłmo es que eres capaz de hacer que te queramos para nosotros al mismo tiempo —Aleksander susurra en mi oĂdo, rodeándome para luego girarme hacia Ă©l. Deposita un beso en mi frente con tal delicadeza, nada parecida a la manera pasional en la que tomĂł mi boca. Yo siento que necesito aire y vuelvo a boquear, sintiendo que fácilmente puedo morir mirando esos ojos de un azul pálido completamente hipnotizantes.
—Sin egoĂsmo, sin celos… ni posesividad de por medio, solo para nosotros cuatro —jadeo, sin creer a ciencia cierta lo que me están diciendo. Trato de distinguir en sus rostros alguna pizca de broma, sin embargo, solo puedo verlos anhelantes por mĂ, como yo lo estoy por ellos.
Tan rápido… ¿Cómo es esto? Ni… ni yo lo comprendo. Abro mi boca para hablar, pero la vuelvo a cerrar al observar sus rostros. La seriedad, cristo, la manera en la que sus facciones se ven tan letales que duele, la forma en la que me miran como si fuese su presa, la única a la que quieren clavarle los dientes.
—Nunca, Athenea… jamás una mujer nos habĂa tenido interesados al mismo tiempo y luego apareciste con tu perfecto peinado y ese rostro impecable, con esa voz exquisita, ordenando nuestra agenda y diciendo cĂłmo debemos trabajar cada quien y lo que tenemos que hacer… ÂżQuĂ© demonios nos hiciste? ÂżAcaso usaste tus poderes de sirena para encantar a estos humildes pescadores? —Aksel irrumpe.
—Yo sigo tratando de comprender por quĂ© es que detesto que los demás hablen mientras de ti, podrĂa ser capaz de escucharte parlotear todo el jodido dĂa, completo, Athenea,
lo digo jodidamente en serio —Arthur agrega, yo trago saliva, cristo bendito, lo que ellos me hacen sentir no tiene ni siquier una definiciĂłn en especĂfico.
Son cuatro hombres que, segĂşn lo que me dicen y la manera en la que me aprecian con sus miradas, me quieren solo para ellos al mismo tiempo.
—¿De…? —mi lengua se enreda, por lo que tengo que tragar saliva—. ¿De qué tamaño será mi nueva TV? —mi voz suena agitada y trato de ocultarlo, asà como poso mis dedos sobre mis labios para calmar el latigazo de ardor que apenas me golpea. Pero es el ardor más exquisito que he sentido en mi vida.
Puedo escuchar sus risas de millonarios, rodear mi pequeño apartamento que solo se siente más pequeño con sus grandes cuerpos aquĂ, pero jodidamente acogedor. Me miran entre la ternura, el deseo y la diversiĂłn.
—No solo te daremos una TV más grande para que veas tu serie, tendrás un jodido cine solo para ti —el susurro seguro de Aleksander me hace salivar y en consecuencia, tragar fuerte.
En serio sus voces parecen de otro jodido mundo.—¿Có-cómo?
—Ahora eres nuestra, sirena —demanda Amund con firmeza—. Y ser nuestra conlleva muchas cosas, pero por lo pronto, esto también es nuevo para nosotros, pero debes saber que asà como eres nuestra, nosotros somos tuyos…
—Y no hay promesa más grande que esa —Arthur pacta y acto seguido, un jadeo me abandona cuando se arrodillan ante mĂ.
Sin flaquear ni un segundo.