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14. ¿Cielo o infierno?

Los Hermanos Moore 18+ — booknet.com · All chapters

14. ¿Cielo o infierno?

🌸🌸ATHENEA🌸🌸

¿Cómo puedo distinguir entre lo que es real y lo que no lo es? Mi boca solo puede permanecer abierta mientras suspiro al sentir un montón de caricias sensuales en cada esquina de mi cuerpo. Arthur y Aksel besan mis piernas como si solo hubiesen nacido para ello, la barba de mi pelilargo raspa mi piel, haciéndome chillar y retorcerme, pero me sostiene con tal fuerza que creo que no causó verdaderamente ningún movimiento.

Puedo sentir sus dedos, masajear la piel de mi pantorrilla en movimientos circulares y delicados que solo puede envían fuertes contracciones a mi zona íntima. Aprieto mis muslos con fuerza, gimiendo silenciosamente en el proceso, pero mirar a Aksel, que besa mi tobillo como si fuese mi boca y la sola imagen me hace gemir con fuerza, todo repercute en mi centro y la desesperación empieza a crecer dentro de mí, quiero tocarlos, sentirlos, pero Aleksander tiene mis manos, repartiendo besos que bajan hasta mis brazos con devoción. Un gemido hondo se me escapa cuando siento la áspera mano de Arthur subir por mi rodilla, luego llegar al centro de mis muslos.

No debería ser, no debería permitirlo, pero solo puedo chillar, gemir y retorcerme cuando sus manos abren mis piernas, cabellos rebeldes se escapan de su moño, haciéndolo ver jodidamente más sensual de lo que normalmente es. Negarme a esto es inútil y cuando lee en mis ojos la aprobación, entierra su cara en mis muslos y me muerde, yo grito, cerrando mis ojos fuertemente para volver a abrirlos y dar con la mirada de Amund, que está complemente concentrado en mi rostro y en lo que muestro en él.

Todo empeora cuando Aksel ataca mi otro muslo e imita a Arthur, solo que una versión más arrebata y descontrolada, estoy empezando a creer que puedo morir con ellos dos entre mis piernas.

En mi mente solo se repite una cosa: estoy ardiendo , me duele mi intimidad de una manera que nunca había experimentado y el hecho de tener a cuatro hombres dispuestos para mí solo lo hace mejor.

—Cristo, ángel, si pudieras ver lo hermosa que te ves sucumbiendo al pequeño placer que te estamos dando… ¿Crees que deberías sentirte insegura cuando tienes a cuatro hombres rindiéndote devoción? —su voz, gruesa y potente, con ese fuerte acento nórdico, realza, haciendo que el resto de los chicos gruña de aprobación. De un momento a otro, se sienta a mi lado y quitando mi cabello con paciencia de mi cuello, hunde su rostro en él.

Reparte besos que me hacen gemir vergonzosamente, me retuerzo aún más al tenerlo así, el placer se cuadriplica al tenerlos a todo en alguna parte de mi cuerpo al mismo jodido tiempo, sus grandes tamaños, la manera en la que sus toscas manos tocan mi piel y lo pequeña y diminuta que me siento entre ellos cuatro.

—Nosotros entendemos que puede llegar a ser difícil… —Aleksander susurra, el olor mentolado y ese acento, no tan marcado como el de Amund, causa que muerda mi labio, recordando la desesperación que siento por no poder sentirlos. Ellos me hacen desear cosas que no son correctas, ni por asomo. Lo que siento por ellos cuatro sobrepasa los límites de la normalidad.

Poniendo a prueba los limites de mi cordura.

—Pensar que queremos tomarte como nuestra y que sientas ese miedo es completamente humano, nena —Arthur habla y yo todavía no logro comprender cómo es que ellos están tan compaginados. Sabiendo lo que quieren decir y transmitir al unísono—. Hasta nosotros tenemos miedo, pero no porque no estemos seguros de lo que queremos para todos.

Sus palabras susurradas me mantienen en una especie de trance, pero a su vez, estoy plenamente consienten de lo que dicen, solo que el efecto que tienen sus besos en mi cuerpo me genera hormigueos de placer en cada esquina.

De un momento a otro, mientras Amund se besa mi cuello por completo, deslizándose desde el contorno de mi mandíbula hasta mis clavículas, me doy cuenta de que Aleksander baja mis manos con un movimiento lento, sensual y fluido. Cuando creo que podré tocarlos, él posa mis manos sobre mis senos, con las suyas sobre las mías, cuidando de no tocar esa parte de mí.

—¿Puedo tocarte aquí? —él aprieta sus manos y por consecuencia, la mía también lo hace.

—¡Mierda, A…Aleksander! —gimo fuerte. Sintiendo mi corazón latir con más fuerza al darme cuenta de que pide mi consentimiento.

No sabe que puedo dejar que me hagan lo que quieran y jamás me negaría, así de zorra me vuelven.

—Responde, nena —siento su nariz bordear el lóbulo de mi oreja, que termina mordiendo y succionando.

Yo no me siento capaz de responder en voz alta, creo que estoy en riesgo de perder mi voz, por lo que asiento y creo que no estaba para nada preparada con respecto a lo que sentiría.

Cuando su mano se desliza por el escote de mi camisa con descaro, el contraste de su tacto tibio con el de mi piel que hecha fuego y con una lentitud torturante, doy con sus increíbles ojos azules.

—Por favor, hazlo ya —le suplico con un hilo de voz, fuera de todos mis cabales, solo necesitando tomar todo lo que estos hombres tengan por ofrecer.

—Nunca dejo que me digan lo que tengo que hacer, pero cuando se trata de ti… complacerte es mi placer por completo, no encuentro satisfacción en otra cosa ahora mismo, que en hacerte sentir que explotas de ansias —él relata, cuando sus dedos aprietan mis pezones, abro mis labios ante sus ojos y se me escapa un gemido lastimero cuando hace una especie de pinzas y empieza a pellizcarlos de esa manera. Eso que está haciendo, la forma en la que Arthur, Amund y Aksel me están dejando muy claro a besos que no debo sentirme inferior, me orilla a un punto sin retorno que termina por construirse cuando retuerce mis sensibles bultitos y me golpea, se derrama desde mi vientre hasta mis piernas, chillo, gimo y grito, olvidando el significado de la palabra decoro y vergüenza.

Clavo mis uñas en las manos de Amund mientras que mi otra mano se aferra al sillón con fuerza, mis hombres se encargan de seguirme acariciando. Me pica la punta de los pies a causa del fuerte orgasmo y cada parte de mi cuerpo apenas reacciona ante la cantidad de placer que acabo de experimentar. ¿Acabo de tener un orgasmo solo con besos y algunas caricias?

Amund en mi cuello…

Aksel y Arthur mis piernas y entrepierna…

Aleksander tan atrevido, jodidamente osado y provocador, jugando con mis manos, brazos y luego, sorpresivamente, dando el tiro de gracia.

—Como te decía Arthur, Sirena… tenemos miedo también. ¿Sabes cuál es la diferencia? —su dedo se posa sobre mi pulso acelerado—. Que sabemos qué gente de nuestra calaña no merece juntarse con ángeles… es un desafío a la naturaleza que nos quieras y es probable que merezcas a mejores hombres y por supuesto, si fuésemos buenos, te dejaríamos en paz, pero ahí radica la diferencia, dulce Athenea, no somos buenos y en este cuento, nuestro cuento , la princesa se queda con los malos.

Mi corazón explota.

—Y deseamos de todo corazón que nos aceptes, aunque aun si no lo haces, n o hay manera de que te escapes de nosotros… ¿Entiendes, ángel? -Amund sentencia y en vez de asustarme, solo me hace sentir más enferma por ellos.

Yo no respondo, sabiendo que solo tengo una única necesidad, y es sentir sus labios sobre los míos y no tardo nada en buscarlos.

Empiezo por Arthur, quien sigue arrodillado en el suelo, al igual que Aksel, quien recibe mis caricias en su cabello. Cuando me separo de este, voy con mi pequeño Aksel y me siento sobre sus piernas, gimo hondo cuando su gran bulto presiona mi delicado centro.

Uno mi boca a la suya y…

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