3. Poniendo orden
🌸🌸Athenea🌸🌸Cierro la puerta detrás de mĂ y suelto todo el aire que tenĂa contenido en mis pobres pulmones, me sentĂa sin oxĂgeno y todo empeorĂł cuando los sentĂ detrás de mĂ. Es decir, imposible que no me diera cuenta.
Sus fuertes pisadas y respiraciones se sentĂan tan cerca que hubiera jurado que estaban pegados a mĂ, pero cuando me di vuelta, para mi decepciĂłn, estaban a una distancia prudente.
Profesional.
Tomo la bandeja con los cafĂ©s y comprobando la temperatura para que no llegue frĂo a sus manos, vuelvo de nuevo dentro. Maldigo al darme cuenta de que no podrĂ© abrir la puerta, pero esta se abre y la sonrisa de Aleksander me hace corresponderle ligeramente.
—Lo siento —me disculpo y este le resta importancia moviendo su mano al aire.
—Fue un placer —dice, cuando dejo el café sobre el escritorio y cada uno toma su bebestible correspondiente, dejo de respirar por microsegundos. Amund se paró de su escritorio para llegar a mi lado y hacerlo, era más fácil extender la mano. ¿No?
Estoy convencida de que le era más facil aquello.
El oxĂgeno se vuelve a ir de la habitaciĂłn, puedo sentir la brisa que generan sus movimientos y cristo. ÂżPor quĂ© demonios son tan altos? Me siento lo más parecido a una pequeña hormiga.
—¿No bebes café? —Aksel me pregunta y yo cruzo mis brazos por mi espalda para asentir.
—SĂ, pero solo en las mañanas. Luego en las noches me da insomnio —le aclaro y este se acerca un poco más.
—¿No quieres del mĂo? —lo ofrece, mis ojos caen en los suyos y sigo pensando que ese color es fascinante, esa sonrisa tierna acompañada de su perfilado rostro con esa piel aceitunada y sin rastros de barba otorga un toque dulce. Pero luego su mandĂbula fuerte le da ese contraste entre ángel y demonio perfecto. Y la manera en la cual esa camisa color negro se pega a su piel con elegancia clásica y…
—¿Athenea? —insiste y yo doy un respingo para carraspear, me he perdido por un momento y es verdaderamente vergonzoso. Mis mejillas se encienden sin control.
Trágame tierra. Literalmente lo he analizado ahĂ, frente al resto de mis jefes. ¡Él es mi jefe, por el amor de Dios!—Gra… Gracias, pero lo prefiero sin azĂşcar y este ya tiene —me esfuerzo por no volver a quedarme pegada, lo menos que quiero es que noten que pueden ser capaces de afectarme. ÂżAcaso esto se trata de una prueba para ver si serĂ© buena asistente? Si es asĂ, ya empecĂ© mal, pero puedo reponerlo, puedo mostrarme profesional, a partir de…
—Toma del mĂo —dos voces, mismas palabras. Jodidamente mis ojos quieren salirse de mi rostro cuando Amund y Arthur tienden su humeante cafĂ© ante mĂ. Tragar saliva nunca habĂa sido tan difĂcil y respirar, nunca se me habĂa olvidado hasta este momento. La mano tatuada de Amund me hace temblar y luego está Arthur, que tiene anillos de oro que le hacen ver tan o más poderoso de lo que ya es.
Abro la boca para mirarlos, a todos, con posturas de poder que supongo, son normales en ellos, me detengo en Aleksander, quien bebe de su café y me mira a través de la tasa, sus ojos color azul cielo exponen una sonrisa oculta o contenida y trago saliva.
No puedo quedar en estúpido delante de ellos, y lo suficientemente educada para no negar un segundo ofrecimiento a mis jefes, me escurro entre ellos hacia el bar y me robo un vaso desechable. Sin decir palabras quito el café de sus manos y me sirvo un poco de cada uno dentro de este.
—Muchas gracias —bebo un poco y sus radiantes sonrisas se marcan en sus facciones—. Ahora, si me disculpan nuevamente, irĂ© a por mi agenda para explicarles el orden del dĂa —susurro y sin dejarles tiempo de decir algo más, me encamino a la salida y cierro la puerta negra detrás de mĂ, me apoyo de ella por un momento en busca de valentĂa.
Y jodido profesionalismo. ¿Qué es eso de babear frente a varios hombres?
Uno es aceptable… ÂżPero cuatro? ÂżY hermanos? Me irĂ© directo al infierno. Chillo, corriendo ligeramente hacia mi agenda y bebiendo el resto de mi cafĂ© como si se tratara de un trago de alcohol. Necesito el valor para volver allĂ. DeberĂ© sentarme con cada uno de ellos por separado y nada me tiene más ansiosa.
ÂżQuĂ© diablos ocurriĂł allĂ adentro? Mi corazĂłn golpea contra mi pecho como si quisiera salirse, pero no me permito esta pequeña crisis. Me vuelvo a ver por el reflejo del vidrio y comprobándome impecable, aprieto mi agenda y golpeteo nuevamente la puerta con mis nudillos. ÂżEs necesario cuando dije que volverĂa? No lo sĂ©. Pero llegados a este punto, necesito ganar todo el tiempo del mundo.
El cual es nada porque la puerta se abre sola.Me preparo mentalmente para hablar con ellos dentro del espacio generoso, pero reducido —en mi mente—, de sus oficinas. Sin embargo, trastabillo por el suelo y tengo que parpadear cuando los veo a los cuatro, sentados como jodidos niños buenos detrás del escritorio de Amund. Que cabe resaltar, es grande, pero con ellos cuatro detrás, se ve realmente pequeño.
Se rĂen y charlan entre ellos. ÂżYa dije que parecen sacados de una revista de modelos? Porque cada uno es tan guapo. Y de esta manera, cristo… ÂżLos de recursos humanos de verdad sabrán que ellos son asĂ? Creo que se equivocaron al decirme que eran unos ogros. Ellos se ven genuinamente amables.
—PensĂ© que leerĂa sus agendas en privado —se me escapa el pensamiento y lo digo en voz alta, pero disimulo tomando asiento frente a ellos. Sus pesadas miradas caen en mĂ, puedo sentirlo a pesar de que no los miro. Abro mi agenda y paso las páginas para dar con mis anotaciones.
—Hoy nos apetece escucharla juntos, además, Amund necesita aprobar lo que haremos todos —ataja Arthur y a pesar de que mis cejas denotan mi confusiĂłn, porque estas reuniones están aprobadas desde hace una semana, evito que se me note y con mi mejor y más profesional sonrisa, empiezo a recordarles punto por punto su agenda del dĂa.
Ellos me escuchan con atenciĂłn, asintiendo ante mis palabras y anotando cada uno en su agenda particular. Por momentos me quedo mirando cĂłmo sus manos se mueven con la pluma.
Y me pregunto cĂłmo algo tan sencillo como escribir luzca tan varonil en ellos. Se mueven coordinados, como si estuviese previamente practicado, pero no lo creo. Muerdo la punta de mi bolĂgrafo descuidadamente, dejándoles tiempo para que terminen de escribir. Tampoco quiero ser intensa.
—¿Athenea? —escucho a los lejos. Dios, sus dedos son realmente gruesos. Los de todos. Y largos.
Sus manos son gigantes, como ellos.
—¿Athenea? —escucho de nuevo, pero me concentro en morder la punta de mi bolĂgrafo y notar como cada bolĂgrafo es diferente. Uno color oro para Aksel, como el de sus ojos.
El de Arthur es una mezcla de colores verdes, azul con motes marrones.
El de Aleksander es azul cielo.
Y el de Amund es tan oscuro como esos orbes profundos, que dicen tanto, pero a la vez nada. Me sorprendo al notar que el color de sus bolĂgrafos representa el color de sus ojos. Y doy un salto, pero no al descubrir ese interesante dato… sino porque me miran. Jodidamente, me observan con algo marcado en sus facciones que no logro descifrar. Un grito quiere salir de mi boca, soy… ÂżQuĂ© mierda está pasando conmigo? Al paso que voy, no durarĂ© siquiera tres semanas.