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4. Tartamudo

Los Hermanos Moore 18+ — booknet.com · All chapters

4. Tartamudo

🔥🔥 ALEKSANDER 🔥🔥

En mi cabeza se repite una y otra vez, casi, por no decir completamente y de manera obsesiva, esa imagen de ella mordiendo ese puto bolígrafo de mierda. Sentada ahí frente a los cuatro, leyendo con concentración su agenda sin darse cuenta de que la observábamos a escondidas mientras leía y cuando percibíamos que ya pararía por momentos, volvíamos la vista nuestras agendas.

No sé qué anotaban mis hermanos.

Pero yo solo tenĂ­a un montĂłn de garabatos y frases sin sentido. O miento, una sola lo tenĂ­a.

“Athenea es hermosa” Paso mi dedo sobre ella y sonrío. No sé qué ocurre conmigo, pero tampoco estoy dispuesto a tomarme el tiempo de cuestionarlo.

Ella me hizo sentir cosas que jamás pensé que eran para mí. Luego la vi ahí, de pie y carraspeando, para que la notáramos y mira que sí lo hicimos. Sin mucho esfuerzo logró lo que tanto han intentado conmigo: Impresionarme.

Se impuso sobre nosotros de una manera tan insignificante.

¿Qué es eso de que usualmente escuchamos la agenda todos juntos? Eso era una puta mentira. Sencillamente, todos queríamos tener lo mismo de ella, mismo tiempo, mismas palabras… un jodido deleite audiovisual.

—La llevaré a la reunión conmigo —les digo a mis hermanos, estos mueven sus cabezas para mirarme con rapidez, traspasándome y haciendo que me tense.

—Soy el director principal, su lugar es conmigo —Amund se sobrepone, levantándose de su asiento para hacer valer su jerarquía de hermano mayor.

—Siguiendo a la lógica y para su mayor comodidad, ella debería estar a mi lado en la reunión de marketing para presentarla a los trabajadores —opina nuestro hermano menor, Aksel. Una risa seca brota de mí.

—Esto es fácil de resolver —susurra Arthur—. Yo no tengo reuniones, pero sí una cantidad de correos que debo revisar que obligatoriamente debe ser con alguien al lado si quiero terminar hoy, y ella me parece la compañera perfecta —todos nos reímos ante su razonamiento absurdo.

—¿Planeas explotarla? ¿Planeas tenerla de esclava respondiendo tus jodidos correos? —Amund salta con una mueca de desagrado—. Ubícate, ella es nuestra asistente, no tu asistente.

—Antes permitíamos que nuestras asistentes respondieran nuestros interminables correos —hablo, carraspeando para tratar de calmar las aguas—. Pero lógicamente, ya que todos nos vamos por la maldita tangente, ella no es cualquier asistente —trago saliva cuando lo admito—. No es cualquier mujer, ella tiene algo jodidamente especial —inquiero, pasando las manos por mi cabello cuando me doy cuenta.

Todos estamos embobados por ella.

—Tú —señalo a Amund—. ¿No se supone que eres el mayor y el que mejor piensa las cosas? ¿Qué solución das? Porque la quiero jodidamente a mi lado, pero necesito que sea por medios justos —le digo. Este posa sus manos dentro de sus bolsillos.

—Precisamente porque soy el mayor, ustedes deberían respetar mi palabra —se señala, notablemente ofendido ante su negativa.

—Nunca te llevas a tus asistentes, jodido hipócrita —Aksel susurra entre dientes, una carcajada se escapa de mis labios mientras Arthur nos observa el silencio.

Él es de pocas palabras. Su cabello largo y su amor por los caballos y animales de campo deberían decirlo todo, el jodido es, como literalmente, el llanero solitario. Desde esta mañana nunca había hablado tanto en un día.

—Si me escucharan un momento, antes de pensar que quiero esclavizar a nuestra asistente, podrían dejar de verse como animales territoriales mirando quien mea más lejos —agrega, mosqueado ante nuestra actitud. Sin decir palabras le hago señas para que hable mientras me recuesto del escritorio y mis hermanos se unen a mí mientras él se prepara para hablar.

—Una competencia sana —susurra, en mi cabeza entran muchas posibilidades. Creo que Amund dirá un rotundo no, pero me sorprendo cuando lo escucho hablar.

—¿Y qué es tu definición de competencia sana? —pregunta, la seriedad de su rostro muestra que toma en serio la propuesta.

—Algo sencillo —empieza a pasearse por la habitación.

—Puede ser que todos la llamemos al mismo tiempo y veamos a quien le responde primero —Aksel propone y enseguida niego.

—Esa es una idea de mierda —le corto rápidamente—. Tomará la llamada de Amund, es su jefe principal —acaricio mi barbilla.

—Espero sus propuestas, no escucho nada factible, y si en los próximos veinte segundos no dicen nada, me la llevaré conmigo por derecho —Amund, ese zorro astuto, se alza de hombros y se va hasta el bar para beber algo—. Tú mismo lo dijiste, Aleksander. Soy su jefe inmediato —se regodea y yo le saco el dedo del medio, él ríe ante ello.

Él nunca ríe.

—Pensaba en algo más entre nosotros sin involucrar a Athenea —después de mil años, Arthur dice—. El clásico juego del que saque la tira más larga —dice simple.

—Perfecto, yo corto los papeles —estoy por marcharme a la soledad de mi oficina para conseguir lo que necesito, cuando la mano de Aksel me detiene. Lo miro con duda y cuando me señala que Arthur tiene las tijeras en mano, yo no puedo creer.

—¿Acaso creen que haré trampa? —me ofendo y le arrebato las cosas a Rapunzel para empezar a cortar las tiras.

Siempre le decimos así cada vez que queremos ofenderlo. Arthur tiene una paz infinita y casi nunca responde a nuestras provocaciones. Pero él tampoco es un santo.

—Solo que es mejor que lo hagamos ahora mismo —él murmura—. Chispita —murmura bajo para alejarse, todos mis hermanos se ríen y yo hago una mueca mientras termino y desecho la basura en su lugar.

—No pienso, ni por un momento, responder a tus provocaciones, Rapunzel —me burlo y me poso delante de todos con los papeles dentro de mi puño.

Sin siquiera planearlo, todos se abalanzan a tomar su papel y en segundos ya sabemos quién estará con ella.

—Ja. Ja. Ja. —Arthur, con una sonrisa más grande que la del gato con botas, sacude su papel por el aire con gesto de triunfo y a pesar de que siento la decepción de que no la podré tener a mi lado como hubiese deseado, me río para negar con la cabeza.

—¿Se dan cuenta lo que esa mujer nos puso a hacer? —cuestiono—. ¿Qué se supone que haremos con esto? —nos señalo con gesto tenso, mis hermanos se alzan de hombros.

—No lo sé, pero no me molesta averiguarlo —dice Amund.

—A mí tampoco —secunda Aksel.

—A mí mucho menos —Arthur ataja y finalmente lo comprendo. Y lo que comprendo me da miedo, pero no por mí, sino por ella y lo que sea que vaya a pensar.

—En la cena con nuestros padres —dice nuestro hermano mayor—. Ella irá con nosotros a esa cena y todos podremos compartir con esa frescura que emana esa misteriosa mujer —zanja y conforme con eso, me levanto de un salto.

No puedo esperar que llegue la noche.

🔥🔥🔥

Salgo de la oficina compartida y lo primero que me topo es con Athenea, que se encuentra hablando con alguien por el manos libres mientras teclea con furia sobre el teclado de su laptop.

Me poso delante de su escritorio y con mis manos dentro de mis bolsillos, espero pacientemente que termine de hablar. Ella me nota y aunque se desconcentra por un momento, recupera su seguridad con una naturaleza impresionante.

—Dígame, señor Moore —su voz casi me dobla las rodillas y tengo que presionar mi mandíbula para preguntarme cómo es que esto es jodidamente posible.

La manera en la que me dijo señor, lo pequeña y frágil que se ve desde mi posición .

—Yo… eh… c-creo que… —titubeo. Aprieto mis labios y cierro mis ojos por un momento—. Lo siento, tengo migrañas muy fuertes —miento, mientras me toco la frente como parte de mi teatro. La vergüenza me domina.

No podría ser más patético.

—Por favor, siéntese —ella se levanta con premura para llevar a uno de los sillones. Cuando su mano rodea mi bíceps, muchas cosas me recorren.

Cosas extremas. Cosas que nunca, en mis treinta y cinco años, había sentido.