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5. Mentira blanca

Los Hermanos Moore 18+ — booknet.com · All chapters

5. Mentira blanca

🌸🌸ATHENEA🌸🌸

Corro a buscarle un pequeño vaso con agua a Aleksander, que está completamente pálido y desparramado en la silla que lo dejé. Toco rápidamente la puerta de la oficina y cuando esta se abre —automáticamente—, entro directo al dispensador de agua. El taconeo rápido de mis tacones atrae la atención del resto de los hombres, quienes me miran por sus portátiles, exigiendo una explicación de manera tácita. Aksel y Arthur sacan medio cuerpo de sus despachos mientras miran cómo lleno el vaso, observando como de lento es ese jodido dispensador.

—¿Athenea? — mi nombre en esa voz, cristo . La voz del señor Amund es nórdica y potente. Tengo que recordarme que hay un hombre con una crisis migrañosa fuera de este lugar. Puedo escuchar el tono que exige una explicación y yo suspiro para empezar a hablar.

—Bien —les digo incorporándome, preparada para ir de vuelta con Aleksander—. Su hermano está afuera, casi desmayado, volvieron sus crisis migrañosas —les comento con la preocupación carcomiéndome.

Esperé muchas cosas en mi primer día de trabajo, el tener que atender a un hombre con fuertes migrañas no estaba en la lista. Pero es mi jefe y me recuerdo que es tan guapo que sería una pena no ayudarle.

Sus caras de confusión son épicas y yo tengo que repetirles con voz fuerte: —Les estoy diciendo que el señor Aleksander se encuentra muy mal en los sillones de afuera ¡Su migraña volvió! —chillo, determinada a salir de allí o si no se me muere.

Mis pasos se mueven hacia la puerta y cuando ya estoy llegando al sillón para encontrármelo acostado con sus manos, presionando su sien, me agacho para quedar más cerca de su rostro.

—Hola —susurro lentamente, sé que las migrañas pueden intensificarse con los sonidos. Mi hermana sufría de ellas—. Pondré una de mis manos para que pueda levantar su cabeza y beber agua ligeramente. ¿Bien? —le hablo con tacto, dibujando una sonrisa que él observa con sus ojos completamente fijos en ella.

—Aja —solo responde y bebé del agua que le ofrezco, pero algo sale mal y se termina ahogando, actúo rápidamente y dejo el vaso a un lado, haciendo que se siente y yo me poso a su lado. Alzo la vista para encontrarme a Amund, Arthur y Aleksander, alzo una ceja hacia ellos mientras le acaricio la espalda con consolación. No puedo creer que miren a su hermano con gesto de burla. Cuando mi hermana tenía estos dolores, no me burlaba de ella, solo la ayudaba.

—Mi hermana mayor sufre de migrañas —les cuento, hablando bajo para no causarle molestias a Aleksander. Quien inclina el rostro con una mueca.

—¿Y eran terribles? —cuestiona Arthur, tomando asiento en el sillón del frente, con sus codos apoyados sobre sus rodillas para ver más de cerca al afectado.

—Dios, lo eran —silbo al recordar cómo se ponía y cubro mi boca al darme cuenta que de seguro le afectó—. ¡Dios, lo siento tanto! —Aleksander toma mi mano mientras la aprieta en una tensa negación que no importa.

—Athenea, ¿por qué no bajas a enfermería? —Amund me pide, yo me levanto de un salto, de acuerdo.

—¿Tenemos enfermeras aquí? —pregunto, sonrojándome al darme cuenta de que tal vez no use las formalidades requeridas, me preparo mentalmente para una respuesta sarcástica, pero para mi completa sorpresa, sonríe tranquilizadoramente. ¿Notaría que me di cuenta de mi error?

—Si no quieres caminar puedo ir yo, esos tacones deben… —empiezo a negar para cortar sus palabras, nunca, jamás, dejaré que mi jefe haga las cosas que él mismo me pidió que hiciera, no si quiero conservar este trabajo.

—No, qué va… ¡Yo puedo! —le digo moviendo mis manos al aire, mostrándoles que puedo ser tan diligente como ninguna otra.

—Decía que esos tacones deben cansarte, en serio, yo puedo ir —se ofrece insistente, tomándome gentilmente de ambos brazos con una mirada serena.

No se ve molesto, o tal vez es una prueba.

Trato de ignorar que sus grandes manos arropan mis brazos con totalidad y su rostro, que nunca había visto así de cerca, es… joder, es supremamente apuesto. Todos ellos parecen unos jodidos adonis. Trago saliva y vuelvo a mis cabales al darme cuenta de que tal vez me quede viendo de más esos labios llenos, rodeados de una barba muy ligera.

Es tan guapo.

—Yo… yo puedo —vuelvo a decir, ahora y sorprendiéndome, enrosca su brazo junto al mío, empujándome con su gran cuerpo hacia el ascensor.

Las palabras mueren en mi boca y simplemente lo sigo, digo… ¿ Quién soy yo para negarme ? Y huele realmente bien, sumando lo pequeña que me siento a su lado. El hombre en gigante y de repente, el gran ascensor se advierte como la caja más diminuta del mundo y su cuerpo, pegado al mío, transmite un calor que hace que un suspiro tembloroso se escape de mis labios, de repente, muy resecos.

—¿Te encuentras bien? —su aliento mentolado choca contra el costado de mi mejilla y hago un esfuerzo garrafal por no mirarlo, si lo hago, pueden ocurrir cosas que no están dentro de mi control. Me limito a asentir con una sonrisa—. Me gusta que me miren cuando hago una pregunta, Athenea —maneja mi cuerpo como le apetece y me posa frente a él. Sus grandes manos rodean mi rostro y sus ojos evalúan cada rasgo de mi rostro con suma atención.

—Creo que hace mucho calor —se escapa de mis labios aquel pensamiento mientras mi corazón palpita a un ritmo tan rápido que creo que puede causarme un ataque cardiaco. ¿Qué me pasa? La manera en la que sus ojos están sobre mis labios me hace casi estirarlos para pedirle un beso.

—Ya falta poco para llegar —me tranquiliza con sus dedos acariciando mis mejillas en movimientos circulares. Cuando la bocina del elevador nos indica que llegamos, las puertas se abren y él tarda en soltarme para volver a su posición inicial, a mi lado, enroscando su brazo con el mío para caminar hacia la enfermería.

Siento la presión de muchos ojos observarnos, seguidos de bocas abiertas por la impresión, que mueren cuando Amund posa su mirada sobre cada uno de ellos.

El poder que destila con cada paso me inunda y, enderezando mis hombros, camino a su par, disfrutando tal vez un poco, ese fuerte bíceps que rodea mi flacucho brazo.

Llegamos a enfermería y pido por una especialista para inyectarle un analgésico a Aleksander, escucho la leve risa de Amund, tan gruesa que hizo que varios —incluyéndome— detuviéramos por un momento lo que hacíamos.

Esa parte llena de pensamientos intrusivos me hace preguntarme qué más tiene grueso, además de claro, ese gran cuerpo y su voz orgásmica.

Volvemos de nuevo con Aleksander y Amund me suelta, yo corro hacia él para cerciorarme de cómo están sus ojos. Sigue en la misma posición que lo deje, solo que esta vez tiene un cojín encima de su rostro.

—Al menos la migraña no está tan fuerte, no tiene los ojos rojos —susurro más para mí que para él, quien se queda supremamente quieto para que lo revise—. Pero debemos prevenir, la enfermera ya viene para inyectarte algo, será en la… pompis —le explico con una sonrisa tranquilizadora que muere cuando el pánico se dibuja en sus facciones y sus ojos se abren, mostrándose más azules que nunca. Se incorpora en el sillón tan rápido que este cruje ante el brusco movimiento.

—Ya me siento mucho mejor —puedo percibir el pánico en su voz y la ternura me inunda.

—Señor Aleksander, déjeme cuidar de usted —mi voz suave parece tener efecto en él, porque se sienta de nuevo mientras tira de mí a su lado. Alza al mismo cojín que tenía hace minutos y nos cubre de la vista de sus hermanos. ¿Por qué mi corazón reacciona como lo hizo en el ascensor con Amund? Me concentro en asentir cuando, con su mano libre, toma la mía.

—Ya me siento mejor —afirma de nuevo, su voz no es ni la sombra de lo que era al principio, esta es más aguda y nerviosa—. Le tengo pánico a las agujas —susurra finalmente—. Y mis hermanos los saben, por eso se ríen así —les acusa y yo los miro sacando mi cabeza hacia un lado para mirarlos carcajearse sin ocasionar ruido. Cuando se dan cuenta de que los observo, se ponen serios y firmes como si se trataran de niños traviesos.

¿De verdad son todo lo que me advirtió la gente? No lo parecen. Lo único en lo que han acertado es que parecen unos demonios sensuales con esos trajes jodidamente hechos a la medida.

—Aleksander, debes inyectarte, luego no puedes ni ver luz del día cuando te atacan esas terribles migrañas —Arthur dice, acercándose a nosotros.

—Tu hermano tiene razón —cuando termino de decirlo, las puertas del ascensor se abren y la enfermera sale de este con una especie de cajita donde transporta lo necesario para ayudarlo.

—Yo iré con Aleksander, Aksel y Arthur quédense con Athenea —estos asienten y cuando Aleksander se pone de pie con mucho pesar, me rodean y hacen una especie de sandwich conmigo.

Es oficial, puedo morir hoy. Es el doble de intensidad el tenerlos a mi lado así.