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6. Ella me inunda

Los Hermanos Moore 18+ — booknet.com · All chapters

6. Ella me inunda

🔥🔥ARTHUR🔥🔥

A pesar de que el olor del perfume de mis hermanos rebosa en el aire, puedo percibir el aroma a coco que desprende de ella. Aksel y yo estamos sentados a su lado y yo tengo que carraspear para empezar a hablar. Nunca he sido un hombre de muchas palabras y en este momento lo lamento tanto.

Nunca antes me había importado destacar en mis habilidades de comunicación y mis hermanos no han insistido en ello, tampoco es que les afecte, cada uno se adapta la personalidad de cada quien.

—Creo que iré a ver cómo va Aleksander —Aksel me guiña un ojo y yo lo agradezco. Cuando se levanta, no sin antes estrechar la mano de Athenea con cuidado, vuelvo a carraspear para obtener sus ojos sobre mí.

En solo horas que lleva trabajando aquí, me di cuenta de que me encanta que me mire, esos ojos grises me resultan la cosa más fascinante que he visto en mi vida.

—¿Esperabas que tu primer día fuera así? —es la primera pregunta que se me ocurre y a pesar de que es una mierda, haría cualquier cosa estúpida solo para escuchar su voz, mientras le hablo, me tomo mi tiempo para memorizar la forma que esas pecas crean en su rostro.

Se concentran sobre sus pómulos y corren hacia su delicada y pequeña nariz. Esta mujer exuda una elegancia tremenda.

—Bueno, no —comenta, una risa fresca se escapa de sus labios y latidos desenfrenados rápidamente se desbocan en mi pecho—. Pero hay que… estar preparados para todo —ella susurra, pero nunca me mira.

¿Por qué no me mira? ¿Le resulto desagradable? La sola idea de que sea eso, me altera y sin siquiera planearlo, yo, el hombre que no se lleva bien con otras personas porque no me interesa convivir con otros además de mis hermanos y mis caballos, estiro mi mano para posarla sobre la suya y el estremecimiento recorre su pequeño cuerpo, puedo notarlo, yo me controlo y no permito que se note, pero Dios…

—Creo que eres la más apta y eficiente hasta ahora —le susurro, el calor que emana su pequeña mano y lo pequeña que se ve, ligada a la mía, hace un contraste maravilloso. Sus ojos finalmente me observan, con agradecimiento plasmado en ellos, pero también confusión, luego sus hombros caen y su ceño se apaga ligeramente.

Me altero. Me pongo en alerta, pero evoco esa paciencia que me caracteriza.

—Gracias… ¿Y si lo daño luego? —ella cuestiona su verdadero temor y me encuentro negando firmemente, solo la observo, queriendo meterme tan dentro de su piel como sea posible.

¿Por qué me siento de esta manera tan rápido? ¿Como si ella hubiese sido mi alma destinada de las vidas pasadas? Creo en el amor a primera vista, pero nunca lo había experimentado, hasta ahora.

—Aquí, entre tú y yo —le hablo susurrado, señalándolos a ambos—. Ni por mil cosas que hagas mal, dejarás de estar aquí —hago un círculo con mi dedo, dandole a entender que se puede adueñar rapidamente de todo este maldito edificio—. Ahora, voy a necesitar que mi eficiente secretaría me ayude a responder algunos correos… ¿Te parece? —le pregunto, una radiante sonrisa — que me gusta muchísimo más que esa mueca de angustia —, aparece en su rostro.

—Por… por supuesto —titubea ligeramente, mi mano sigue aferrada a la suya, y cuando la puerta de la oficina principal se abre, hace el amago de soltarme, pero gentilmente entrelazo nuestros dedos para que no pueda soltarme.

Me cercioro en cada momento de no lastimarla.

La enfermera sale primero, mirando hacia donde estamos y aunque se impresiona y lo primero que ve es nuestras manos unidas, rápidamente quita su atención de nosotros cuando giro levemente mi cabeza hacia ella con una clara advertencia que sabe interpretar muy bien.

Mis hermanos vienen más atrás con un Aleksander cojeando y tan rojo que reprimo una carcajada mientras me levanto, trayendo conmigo a Athenea.

—Athenea me ayudará a revisar mis correos y responderlos. Se supone que cada uno ya tiene cosas que hacer y saben muy bien cómo hacerlas sin necesidad de que ellas se los repita ¿Correcto? —los miro, una sonrisa casi imperceptible, se dibuja en los rostros de cada uno de ellos y asintiendo con diligencia sospechosa, asienten.

—¿Cómo se encuentra, señor Aleksander? —su vocecita retumba, los ojos de todos ya no están sobre mí, sino sobre ella y me incluyo.

Es majestuosa.

Puedo notar el momento perfecto en sus pequeñas orejas se tornan rojas al sentir toda la atención de nosotros cuatro sobre ella. Incluso su agarre en mi mano, flaquea.

—Me… me encuentro bien —objeta Aleksander, tartamudeando ante ella como nunca lo ha hecho ni siquiera en los momentos de vida o muerte y una carcajada me abandona.

—¡Eso es genial! —asiente con aprobación mientras le otorga otra bonita sonrisa que, creo, lo pone pálido. ¿Qué le pasa al anti romance de mi hermano?

—Debería ir a casa —recomienda al darse cuenta—, yo podría cancelar todas sus reuniones, estoy segura de que puedo programarlas para mañana —su voz dulce es un maldito elixir de vida, es tan linda cuando se preocupa por ese puto mentiroso.

—Créele, él ya se siente mejor —Aksel le guiña un ojo, y el farsante asiente.

—Bien, nosotros los dejaremos trabajar, ya vamos de salida —Amund ofrece la entrada de la oficina y sin más palabras, me dirijo a ella, pero Athenea quiere soltar mi mano por alguna extraña razón que no comprendo.

Su tacto es impresionante y me gusta, me da esa misma sensación de calma que ocasiona el silencio. Solo que, aunque me contradiga, si puedo escucharla hablar y eclipsar el silencio, sería feliz toda mi vida.

Ella me mira, y gira su cabeza hacia mí, que la miro con confusión.

—¿Por qué quieres soltarme? —una sonrisa que dibuja dos hoyuelos en sus mejillas se remarca y con voz suave me dice;

—Debo buscar mi tablet para organizarnos mejor… ¿Me acompañas? —a pesar de que el escritorio está a pocos metros, asiento con emoción.

« Podría acompañarte al mismo infierno si me lo pides », pienso.

Cuando ella toma lo que necesito, yo se lo quito de sus manos para que no tenga que cargar nada y ella abre la puerta por nosotros.

Por primera vez hago el intento de soltar su mano para acomodarnos en mi escritorio y su agarre se aprieta en torno al mío. Pasa menos de un segundo cuando se da cuenta de aquello y me suelta, bramando risitas nerviosas, yo no quiero que se sienta avergonzada, por lo que finjo que no me di cuenta y así mismo salgo de mi oficina y voy en busca de la silla de Amund para que se sienta más cómoda, esa es grande y tiene capacidades ergonómicas para que ella no se incomode en ningún momento. Su bienestar se ha convertido en mi prioridad. Y obvio me siento jodidamente ganador. Entro empujando la silla con una sonrisa que ella observa y luego corresponde.

—Te traje esta, es más cómoda —le informo.

—No me gustaría que el señor Amund se moleste… siento que…

—Créeme, no le molestará —me imagino su rostro cuando le diga que ella se sentó en su silla.

—Solo no quiero tomarme atribuciones, en serio necesito este empleo —asegura mientras hago que ocupe la silla y luego, me voy a la mía y la arrastro hasta que nuestras rodillas se rozan, el impulso de sentir si ese cabello es tan suave como se ve por esa cola de caballo, puede más que yo.

Estiro mi mano para sentir su hebra y luego, al darme cuenta de que me mira temblorosa, sonrío y delineo con mi dedo el camino de su mandíbula delicada.

—Se-señor Arthur —sisea mi nombre, yo siento que la saliva se atasca en mi garganta.

—Dime, Athenea —exijo saber, nunca en mi vida había deseado tanto escuchar palabras.

—¿Por qué m—me siento así? —su voz entrecortada y la confusión que muestra, la hace ver ta pérdida que me duele el corazón. Nosotros podemos ayudar a que ella se encuentre. Con nosotros.

—¿Cómo? —insisto. Necesito que lo diga.

— Como si no hubiese aire suficiente cada vez que alguno de ustedes aparece frente a mí —revela y tan rápido como lo hizo, cubre su boca mientras sus ojos se abren con pavor.

Parece que habló en voz alta.