7. El camino de la vergüenza
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ATHENEA 🌸🌸
Mi boca se abre tanto que creo que puedo fracturarme la mandíbula y la vergüenza me inunda de manera inmediata. No puede ser que mis pensamientos se hayan escapado de esa manera y en voz alta, solo para hacerlo más increíble. Debe pensar que soy una fácil, que quiero de alguna manera seducirlos cuando la verdad es que ni yo entiendo esto, que me ataja cuando los veo.
Me levanto de la silla temblorosa, sabiendo que debo salir de aquí lo más pronto posible. Así como encontré este trabajo, puedo hallar otro, estoy convencida de ello.
—Dios… en serio lo siento tanto, discúlpeme, señor Arthur —ruego tocando mi frente, preparándome para la huida. Encierro mi tablet entre mi pecho y cuando estoy por dar el primer paso lejos de él, su intensidad y sus impresionantes ojos de cuatro colores —
Azules, moteados de verde con un color miel y uno marrón rodeando el iris, uno primero que el otro—, su fuerte mano me rodea y tira tan fuerte de mí que termino pegada a su duro pecho. Mi frente queda pegada a su gran y muy duro torso. Sus manos rodean mi cintura y miles de mariposas mezcladas con la confusión me dominan con presteza. ¿Por qué huele mejor aquí desde este lugar?
Su fuerte respiración se siente en oleajes que caen sobre mi cabeza y su pecho truena cuando las palabras empiezan a salir de su boca.
—¿Por qué quieres irte? —esa voz, aunque gruesa y devastadoramente varonil, deja entrever una comprensión que me deja impresionada.
Me tomo un tiempo para responder, ese en el cual, casi me derrito al sentir sus dedos acariciar con armonía, el costado de mi antebrazo. Me tomo la libertad de colocar mis manos a sus costados solo para sentir que en serio es duro y firme, y si me van a despedir o me voy, al menos abre sentido los músculos muy
fuertotes de dos de estos hombres.
—He traspasado los límites de la profesionalidad con usted —mi voz suena tan pequeña que me da hasta vergüenza, pero no lo puedo evitar.
—¿A quién demonios le interesan
los límites de la profesionalidad cuando nosotros también nos sentimos de esa manera cada vez que la vemos? —mi cabeza sale del escondite que improvisé por su agarre y lo miro. Mechones de su largo cabello caen hacia el frente, haciéndolo ver más guapo de lo normal.
Advierto que mi boca se seca y como si hubiesen inyectado adrenalina directa en mi corazón, puedo sentirme luchar para llevar aire en mis pulmones, y luego, cuando arrastra la parte delantera de sus dedos ásperos y varoniles en mi mejilla, brindado una bondadosa caricia que hace que perciba que mis bragas acaban de ser asesinadas.
—¿Di…dijo
nosotros ? —balbuceo a duras penas.
Creo que escuché completamente mal.
—¿Por qué no empezamos a trabajar? —entona con una bonita sonrisa que llega a sus ojos y me suelta lentamente, dejando la estela del toque de sus manos a medida que se aleja y hace que, con suaves movimientos, tome asiento en mi silla.
Trabajamos en completo silencio, a veces comunicándonos entre nosotros, pero más de una vez lo veo mirándome a través de su portátil con ojos atentos y, perdí la cuenta en la que él me cachó a mí haciéndolo.
¿Cómo logré aquello? No lo sé, pero… maldita sea, estoy segura de que escuché mal. ¿Cómo todos ellos pueden sentir lo mismo que yo? ¿Es acaso posible?
Debo estar soñando.Las horas pasan a la velocidad de un rayo de luz y cuando finalmente terminamos, puedo convencerme de que sobreviví a la fuerza que emana de él.
—¿Cómo te sientes? —esboza su pregunta y de reojo veo cómo entran los demás en la oficina, los tres, impecablemente trajeados, me miran a través del cristal y una vez que el aura que emiten es más fuerte que yo, desvío mis ojos para encontrarme a Arthur, también en lo mismo. Sus ojos brillan cuáles estrellas, otra cualidad hermosa que destaca en él. Además de su largo cabello, su barba y sus pocas palabras que son capaces de dejarme sin habla sin el más mínimo esfuerzo.
—Creo que bien y me duele un poco el cuello —le confieso, este sube sus orbes hasta donde aprieto repetidamente sobre mis hombros, un destello de preocupación inunda sus facciones.
—¿Quieres ir a descansar en casa?
Su pregunta me hace tragar grueso, eso suena a despido. Trato de maquillar el fracaso que me atesta y asiento, con una sonrisa suave.
—¿Puede mantener en secreto lo que ocurrió? —le pregunto, cuando sostengo la barandilla para salir, sin siquiera girarme a verlo, si lo hago, me da pavor suplicar que reconsidere su decisión y no me despida.
Al principio pensaba no volver, pero su forma de actuar me dejó en claro que no había problemas, luego está esto.
—Por supuesto, no tienes nada de lo que sentirte avergonzada o preocupada —profesa y así como lo escucho, salgo rápidamente de ese lugar.
Ninguno de ellos me llama, así que lo agradezco, no considero pertinente siquiera comunicarle algo al señor Amund, ya este debe estar notificado. Tomo mis cosas y a una velocidad vertiginosa, llamo al ascensor para desaparecer de este lugar.
La humillación que siento se triplica,
y mira que pensé que había llegado a mi tope , cuando las puertas se abren y todas las miradas caen sobre mí. Los murmullos empiezan, sin exagerar, como esas malas películas donde alguien hace el recorrido de la vergüenza. Antes de poner un pie fuera de la caja de cristal, tomo un fuerte respiro y me delimito a salir con la frente en alto. Sin mirar a nadie más allá de la salida.
Notifico mi salida, dejando la huella y cuando ya el Uber me deja en la entrada de mi edificio, que subo hasta mi piso y me adentro a mi pequeño y humilde hogar, es me permito llorar. Mis hombros se mueven con fuerza y me repito… ¿
Cómo es que tengo tanta mala suerte ? El fracaso me golpea en fuertes oleajes y la única pregunta que se repite en mi cabeza, como si se tratara de un puto mantra, es… ¿
Por qué ellos me hicieron sentir así ? Y es esa que vengo anunciando desde que lo vi esta mañana.
Tomo una larga ducha, y poniéndome mi pijama más cómoda y desgastada, me acurruco en el mueble de mi sala mientras las lágrimas vuelven a empañar mis ojos.
Este día no pudo haber terminado peor.
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ARTHUR 🔥🔥
Empiezo a redactar la carta que quiero enviar al proveedor de nuestro Vodka en Tokio cuando, tres cuerpos, entran a mi oficina con la duda marcada en sus facciones.
—¿Athenea se fue a preparar para la cena con nuestros padres? —Aksel cuestiona y Amund asiente hacia su pregunta, yo niego con la cabeza para volver la vista hacia lo que hacía.
—¿No? —cierran mi laptop, ocasionando que me sobresalte.
—¿Qué demonios, Amund? ¡No la había guardado! —me quejo, él gruñe con la mandíbula tensionada.
—¿No? —yo suelto un suspiro—. ¿Por qué se fue? ¿Acaso no quedamos en que
los cuatro pasaríamos tiempo con ella?
—A ella le dolía mucho el cuello y… pasaron cosas, no quería que se sintiera peor, su carita se veía agotada, así que le ofrecí que se fuera a casa, ustedes habrían hecho lo mismo —les explico con lógica y ellos esperan que diga algo más. Dios, ¿por qué a la gente le gusta escuchar a otros hablar?
—Detesto que cada vez que hablamos, tengamos que sacarte las palabras con cucharilla —sisea Aksel rabioso.
—Yo también —se queja Aleksander.
—Pensamos exactamente igual, ¿qué diablos son esas cosas que pasaron? —Amund los apoya. Yo me levanto, pensando si debo romper mi promesa con ella y contarles lo que me dijo. Si no lo hago, es como si los estuviera engañando y si solo yo sintiera esto estuviera bien, pero… joder, todos nos sentimos atraídos por ellas como polillas a la luz.
Me giro para observar sus impacientes seres y les cuento exactamente lo que ella me dijo, relatándoles, incluso, lo suave que es su cabello, ese olor a coco que expide su cuerpo y lo pequeña y delicada que es su cintura.
Sus rostros son una mezcla entre sorpresa, deseo y alivio.
—Se dan cuenta de que ella debe ser nuestra, ¿verdad? —Aksel lo dice en voz alta por primera vez y a pesar de que pensaba qué idea podría causarme conflictos, nada se sintió mejor que escucharla y proyectarme a ella con nosotros. Con los cuatro.
Observo si hay disconformidad en los rostros de mis ojos hermanos y cuando el consentimiento explota, el sentimiento de posesividad se activa con furia en mi corazón, y puedo darme cuenta de que en ellos también.
Ella debe ser nuestra y mañana mismo se lo haremos saber.