9. Verdadero desastre
🌸🌸ATHENEA🌸🌸Vuelvo a sorber mi nariz mientras como helado de chocolate. De paso, estoy en ese capÃtulo de Grey’s Anatomy, donde O’malley muere.
Un sollozo me abandona más fuerte cuando Meredith corre con escándalo y grita que es él. Lloro más fuerte, por eso, por mi despido, por mi irremediable fracaso y mi poco decoro al decirle lo que le dije al señor Arthur ayer.
Me enrollo en mi sabana, cubriéndome del frÃo mientras las lágrimas calientes siguen deslizándose por mis mejillas.
Esta mañana fui temprano a recoger mis cosas, lo menos que querÃa era toparme con ellos y a pesar de que esperaba recibir la carta de despido en algún momento, jamás imaginé que ya estarÃa puesta en mi escritorio, esperándome.
Todas sus asistentes duraban menos de tres semanas y luego estoy yo,
que no duré ni dos dÃas.Mi respiración entrecortada me hace incorporarme para tratar de convencerme de que debo respirar para poder volver a ser persona.
El timbre suena y sé que es la sopa de fideos que pedà a un restaurante chino. Nada mejor que una sopa caliente para curar el alma. ¿No?
Mi madre me las hacÃa cuando era niña y cada vez que consumo una, se siente como una curita en mi corazón. Ellos fallecieron trágicamente en un accidente hace cinco años y siempre los recuerdo con todo el amor con el que nos criaron a mà y a mi hermana mayor.
Me pongo mis pantuflas y sigo envuelta en mi sábana mientras siento que el corazón se me aprieta en cada paso que doy. No sé qué es más grande, si el sentimiento de fracaso o la humillación que siento al saber que me despidieron por no medir mis palabras ante el señor Arthur.
Aprieto mi boca y con la mirada gacha para que no vea mi rostro hinchado, abro la puerta para recibir mi sopita caliente, pero rápidamente puedo darme cuenta de que no es solo un par de piernas, son cuatro pares de piernas muy largas cubiertas de pantalones finos.
Subo mi rostro tan rápido que creo que mi cuello truena y cuando esos cuatro pares de ojos se posan en los mÃos y me examinan con ¿Angustia? Desmedida, un puchero se marca en mis labios, mi vista se empaña y me abrazo más fuerte a mà misma. Ni siquiera puedo cerrar la puerta porque rápidamente me veo rodeada por ellos.
Sus manos me toman, y me aprietan contra sus pechos desde diferentes ángulos. Sus grandes cuerpos me cubren, como si me estuvieran protegiendo, pero consolando al mismo tiempo, porque ellos mismos son los causantes de que tenga mi corazón partido.
Y esté desempleadaNo me concentró en averiguar quién es cada quien, solo sé, que sigo llorando como una idiota. Primero ellos y luego O’malley y ahora de nuevo ellos.
—S…se mu…murió —jadeo, mi respiración se priva entre palabras y puedo sentir cómo se tensan a mi alrededor.
—¿Quién se murió, cariño? —la voz de Aksel me roza los labios y puedo instruir que es a él a quien tengo de frente.
Como puedo saco mi mano del cÃrculo apretado en el que me envolvieron y señalo a la televisión. Ellos observan la escena en pausa y sus gestos se relajan visiblemente.
—Fu…fue O’malley —sollozo.
—Oh, cariño —yo me acurruco en el pecho de Aksel, lo rodeo con mis brazos y sigo jadeando por las lágrimas.
—¡Y me despidieron! —me separo de su cuerpo y en consecuencia, de todos ellos. Con la poca dignidad que me queda y aun con mi labio temblando, puedo verlos con mayor claridad y lo impecable de sus vestimentas no se compara ni en media a las pintas que me cargo ahora mismo. Mi manta me protege de enseñarles el peor pijama y más desgastado trozo de tela que podrán ver en su vida.
Limpio mis mejillas y sus ojos, tan diferentes, pero igual de seductores me observan con brillo e intriga. Sus mejillas están sonrojadas, pero más se le nota a Aksel, quien no tiene ni un poco de barba que cubra sus facciones.
—Athenea, no… nosotros no te despedimos —suelta Arthur, quien se acerca un paso a mà y toma mi mano entre las suyas, yo trago saliva confundida.
—¿Entonces co-cómo explican la carta de despido? —pregunto, todos ellos empiezan a hablar de un solo golpe.
—Fue una confusión… —Amund ataja.
—Todos pensaron que estabas despedida… —le sigue Aksel.
—Nosotros no autorizamos ningún despido, menos te dejarÃamos ir a ti… —asegura Arthur.
—Pero le haremos pagar esto, cariño, te hizo llorar y eso es imperdonable… —promete Aleksander.
Todos hablan al mismo tiempo y yo niego confundida, sin saber qué escuchar primero o tener claro en primera instancia, lo que quieren decir.
—¡Uno a la vez! —chillo, todos se callan de golpe mientras me miran con grandes ojos de cachorros—. Siéntense en el mueble —miro sus tamaños y el de mi pequeño sofá—. Como puedan —les aclaro, dándome media vuelta para desaparecer a mi habitación y ponerme presentable.
Decido soltar mi cabello y dejar que mis ondulaciones caigan, me pongo unos simples pantalones de yoga de color amarillo, unas medias largas de los Simpson y una sudadera negra de Nirvana. Esta es mi casa y me visto como quiera, ellos han decidido venir y sin avisar. Compruebo mi aspecto muy normal y voy con ellos.
Que me esperan sentados donde los dejé, allÃ, apretados y visiblemente incómodos. Me poso delante de ellos y nada me prepara para la manera en la que me observan.
Intensos .
Sus ojos barren mi cuerpo al mismo tiempo y yo tengo que calmar a mi corazón y tomar una profunda respiración.
—
Te ves hermosa —brama Arthur, luego aprieta su boca y se calla cuando observa que poso mis manos en jarras sobre mi cintura y lo miro, fijando mi vista en él.
Traidor .
—Gracias —objeto tratando de que su mirada y esas palabras de halago no me afecten—. Ahora, ¿me quieren explicar? Sinceramente, no entiendo nada —nos señalo a todos y aprieto mi mandÃbula cuando mis palabras tiemblan. Es evidente que esta situación, sumado a lo que veÃa en la TV, me ha puesto sensible a los extremos.
Amund aclara su garganta y mi, ante el silencio ensordecedor, mi estómago suena, pidiendo comida. La vergüenza me sobrepasa, esto no me puede estar jodidamente pasando.
—Te hice comida y te la llevé en un envase térmico, debe seguir caliente, se supone que te lo darÃa cuando te viéramos en el escritorio pero no estabas… —Aksel dice y a pesar de que trato de contener la sorpresa, no puedo.
—
Y tampoco estaba tu cactus —Amund punza, transmitiendo en sus ojos que se encuentra tan dolido como el resto de sus hermanos y como yo.
Y,
mierda… ¿Por qué ellos son tan jodidamente dulces conmigo? ¿Qué es esto que siento en mi cuerpo?
Todo se sienta tan raro, pero también tan nuevo.
—¿Por qué no me das esa comida y hablamos mejor? —le digo finalmente, con una suave sonrisa. Él hace el amago de levantarse rápido, pero a causa de los apretados que están, termina rebotando con fuerza en su lugar, haciendo que el pobre mueble ceda y las patas se revienten. Yo grito al ver a mi única segunda y cómoda cama hecha polvo. Mientras ellos están en el suelo, levantándose de la accidentada caÃda.
Yo cubro mi rostro y sin siquiera esperar, las lágrimas vuelven por mÃ.
O’malley, el despido y ahora mi querido mueble. ¿Qué otra cosa podrÃa salir mal hoy?