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2: Nido de viboras.

Los secretos de mi esposo 18+ — booknet.com · All chapters

2: Nido de viboras.

Al bajar del coche, mis ojos se detienen en las dos personas que están en la puerta. Ha sido un día demasiado largo, no estoy para esto.

—Llevamos un rato largo esperando —dice Susan con los brazos cruzados, observándome de arriba abajo—. ¿Sabes lo peligroso que es estar así, expuesta?

Busco las llaves en mi cartera.

—Lo siento —me disculpo—. Tuve una ausencia y tuve que hacer de reemplazo.

—Es una vergüenza que, siendo la encargada de ese lugar, tengas que hacer de camarera. Deberías exigir más, Cassy —murmura Mary, mi cuñada.

Me abro paso con la llave en la mano. De solo pensar que todavía me queda cocinar, me dan ganas de correr a la colina más cercana y tirarme.

—Tendrías que darnos una copia de la llave. No podemos esperarte siempre.

Es muy tarde para tantas quejas. Me quito los zapatos y, abriendo la puerta, busco las zapatillas que descansan ahí. Ellas no hacen lo mismo. Cuelgo mi bolso y saco el celular. Hay un mensaje de Isaac: le falta medio recorrido por terminar y regresa.

—¿Quieren algo de beber? Siéntanse como en su casa —digo soltándome el cabello.

—Lo haremos. Mientras tanto, dejaré este canasto. ¿Tienes algo preparado para mi hijo? Hoy tuvo un largo día —escucho que dice entrando en la cocina, y Mary se sienta en el sofá, cruzándose de brazos—. Más vale preparar la cena, mi pobre niño…

Un suspiro largo se escapa de mis labios mientras subo hasta la habitación. Al llegar, me pongo ropa y me siento en el borde de la cama, agarrando coraje para afrontar lo que queda de noche.

Desde abajo, las voces de Susan y Mary suben como un murmullo constante. No distingo las palabras, pero sé que deben estar hablando de mí. Me levanto, respiro hondo y bajo las escaleras.

En la cocina, Susan ya ha tomado posesión del espacio. Abre armarios, revisa la heladera, saca cosas y las deja sobre la mesada como si estuviera en su propia casa. Mary sigue sentada en el sofá, con el celular en la mano, sin ofrecerse a ayudar.

—¿No tenías pensado cocinar nada? —pregunta Susan sin voltear—. Mi hijo llega cansado, hambriento, y tú no tienes nada listo.

—Hay conejo, haré un estofado —exclamo exhausta—. No tengo carne descongelada.

Se queda mirándome con seriedad.

—Cassandra, llevas dos años casada. ¿Todavía no aprendiste a organizarte? —se queja con cierto asombro—. Mi hijo trabaja todo el día y tú le harás estofado con conejo.

Saco las verduras del cesto y me dispongo a cortarlas, previamente lavándolas. No respondo porque será para discusión, y la última vez, Isaac tuvo que escuchar dos horas de sermón.

—Bueno, él lo cazó. Acá no se desperdicia ningún espécimen. Si tiene alguna queja, puede dársela cuando regrese.

Cálmate, respiro. Puedo sentir su mirada penetrándome en la espalda, puedo asegurar que está sepultándome en el jardín ya.

—Hoy fue un día largo para él, se merece algo más decente.

El aceite ya está caliente y he echado las verduras en su respectivo orden.

—Su hijo come mi comida hace años y nunca se quejó.

—Claro que no, los hombres no se quejan —dice, y escucho que está guardando unos huevos—. Pero después, cuando las abandonan, ellos quedan como los malos de la historia, ¿no? ¿Qué hicieron esas mujeres por sus esposos? Nada…

Mary, desde el sofá, suelta una risita breve. No levanta la vista del celular. Es su forma de participar sin participar directamente, de estar en el bando de su madre sin ensuciarse las manos. Muerdo mi lengua.

—Deberías haberte cambiado, estar más apropiada. Un lindo vestido estaría bien para la ocasión, arreglarte un poco ese cabello, podrías maquillarte…

¿Hasta cuándo seguirá? Mi cerebro se apaga y me dispongo a cocinar. Si esto sigue así, explotaré y adiós a la cena familiar del fin de semana. Después de un rato, interviniendo hasta en la preparación, se marcha para sentarse al lado de su hija.

Y por fin tengo un poco de paz.

Aunque eso dura poco, porque la cena está pronta y estamos sentadas en la mesa, esperando a Isaac. También estoy agotada, tuve que hacer trabajo que no me correspondía y hoy los clientes estaban más densos de lo habitual, hasta el punto de que uno de los tantos camioneros que se paró a comer algo se propasó conmigo.

Por eso, cuando la puerta se abre, respiro. Isaac ingresa y se saca las botas y el sombrero. También se veía agotado. Sus ojos se detienen en la mesa, donde está su madre.

—Hola, hijito —musita con una sonrisa.

—Mamá, ¿todavía sigues aquí? Es tarde ya —se queja—. Mary.

Se acerca a mí y me da un beso en los labios con un "hola, dulce".

—Ven, siéntate, te voy a servir —digo levantándome.

—No, no, después como. Necesito un baño —mira a su madre—. Mamá.

Su madre abre los ojos al oír su voz firme. Sabe que él la está echando.

—Estamos cansados, así que la visita posponla para otro día, ¿sí?

—Apenas llegas y ya quieres que nos vayamos —exclama consternada su hermana, levantándose—. ¿No somos bienvenidas? Tendrías que haberlo dicho.

—Sí lo son, pero no un día que trabajamos los dos… ¿Llamo a Billy?

Billy es el hermano mayor, son tres con Isaac.

—Sí.

Su madre no está feliz porque su hijo apenas había llegado a la casa y ya las había despedido, y sabía que estaba recriminando cuando se tardó en la puerta más de lo habitual, hasta que, con un golpe, el silencio me llenó.

—Lo siento, intenté terminar lo más rápido posible, pero las preguntas al final —se sienta y me arrastra consigo a su regazo—. ¿Nos damos un baño?

—¿Tienes hambre? —pregunto enterrando mi dedo en sus rizos.

—No mucha, pero sé que te tomaste el tiempo, así que me baño y comemos juntos. ¿Te parece? —me da besitos en la mejilla.

Huele a árboles, a rocío, a bosque. A él. Estoy tan cansada que no tengo ni ganas de moverme. Me acurruco en él, escondiendo el rostro en su cuello. Creo que me quedo dormida, porque al despertar está con su camiseta de dormir, yo en ropa interior y abrazados. Su cuerpo desprende tanto calor que me sofoca. Me separo de él un poco y me volteo con un ligero dolor de cabeza.

Han pasado solo tres horas.

¿Puede que esté por enfermarme? Salgo de la cama, buscando entre la ropa que está sin doblar al costado, en una silla, y bajo. El suelo está frío. Voy por el botiquín y saco un par de píldoras.

Al mirar, veo el estofado frío y lo pongo en el fuego. La mesa sigue servida, como si hubiéramos cenado.

—¿Dulce? —la voz de Isaac me sobresalta. Al girarme, lo veo rascándose la barba con molestia—. ¿Qué haces despierta?

—Me dio un dolor de cabeza y también hambre —hago una ligera mueca.

Me gusta esto: los dos, el silencio de nuestro hogar, nada de personas criticando. Creo que, por este motivo, porque ambos estamos en un punto donde la convivencia se asentó, donde cada uno aprendió los hábitos del otro, es que temo tanto quedar embarazada. Sin decir que tener a Susan y Mary encima no lo soportaría. Pero… un bebé ahora, sí, arruinaría esto.

—¿Por qué no me despertaste?

—Dormías.

—Y tú también —responde—. Iba a despertarte para comer, pero te vi tan tranquila que no quise. Pensé que necesitabas dormir más que cenar.

Sonrío.

—Ahora necesito más comer que dormir —se acerca por detrás de mí y pone su mano en mi trasero—. Qué raro.

Apoya su boca en mi hombro.

—Me encanta, lo sabes… —me da un fuerte estrujón que me hace quejarme levemente de dolor—. Comemos y después podemos hacer cositas traviesas.

Revuelvo el estofado.

—No sé —finjo desinterés—. Puede que esté muy cansada.

—Oh, tú te encargaste de la cena, así que yo me encargo de ti… Ni tendrás que abrir las piernas, lo haré por ti —y me da una nalgada.

—¡Isaac!

Mi suegra, si nos viera ahora, se espantaría. Tirados en la sala, él en el suelo apoyado en la mesa ratonera y yo en el sofá comiendo, mientras miramos una serie de crimen. Isaac ya va por el segundo plato. Quisiera mandarle una foto y decirle que está bien alimentado, que no debería preocuparse tanto.

—Eso es bueno, ¿no? Digo, Billy regresando a la casa y estando supervisado por tu madre y tu hermana —ya estoy tan satisfecha que inclino el cuenco hacia la mesa.

—Mmmm —termina de masticar y va por el conejo—. Siempre se vuelve loco estando allí, y lo entiendo, pero no le queda más opción. No tiene dinero y no puede rentar ningún lugar en su estado. Además, nadie confía en él, sin decir que temen que vuelva a recaer.

¿Por qué siento que esta conversación tiene un sentido más profundo? Tomo la lata de Coca-Cola y bebo suavemente. Las burbujas explotan en mi boca.

—¿Te ha pedido trabajo?

Deja el hueso a un lado y se limpia los labios con una de las servilletas.

—No —dice con el ceño fruncido—. Mi trabajo es peligroso para él y el puesto administrativo está ocupado. Es pequeña la empresa, con tres somos suficientes, ya lo ha dicho Ronald.

Él inclina la cabeza y me observa, después de mi silencio.

—¡Es que me da pena! Nadie se merece vivir el calvario que es estar cerca de tu hermana y tu madre. ¡Ya lo dije! De verdad, obviamente si fuera él, también… —me quedo callada porque sonaba mejor en mi cabeza que en voz alta.

—Yo no quiero verme arrastrado por sus cosas, dulce —me frota las rodillas.

—Lo sé… —hago una pausa—. Puede que haya trabajo en la tienda. Hablaré con los encargados de la sucursal, porque últimamente, con la temporada, nos hemos visto abarrotados.

Se levanta del suelo y recoge ambos platos, comienza a moverse para la cocina.

—No hagas eso, no lo quiero cerca de ti. No involucremos a Billy con nosotros —dice con dureza.

Termino mi lata y la aplasto para llevarla a la basura. Ahí está, lavando.

—¿Por qué? —pregunto con el ceño fruncido.

Se queda en silencio.

—Porque tiene la capacidad de arruinarlo todo. Lo ayudaré tranquilo, pero no voy a dejar que ingrese acá. Ya destruyó la vida de mi madre, arruinó la vida de mi hermana, y no planeo que haga lo mismo con la mía.

—Creí que estaba todo bien entre ustedes —susurro en voz baja, sorprendida.

No sabía que hubiera un conflicto entre ellos. Observo su espalda ancha frunciendo el ceño. Pensé que su lazo era más estrecho que el que tiene con Mary.

—¿Vamos a dormir? —pregunta de golpe, y asiento con la cabeza. No quiere decirme. Está bien, en algún momento lo hará. Al voltearse, noto que tiene las manos mojadas y una sonrisa sádica se dibuja en su rostro. Mis ojos se abren abruptamente. ¿Por qué tengo la ligera sospecha de dónde se las va a secar?—. Ven, dulce.

—¡Te mato! ¡Te mato, Isaac, si me tocas con esas manos! —lo amenazo, y en un santiamén, estoy corriendo con su voz detrás.

Soy como un corzuelo corriendo de un cazador.

—¡No me lleves los dientes! —chillo cuando me atrapa y me estampa contra su cuerpo.

—He tenido mi boca en cada…

—Cállate —le doy un golpe y me cuelgo de su cuello—. Señor Grayson, le he dicho que es demasiado guapo —suspiro enamorada.

—Siempre… —otro golpe—. Mi esposa, mi esposa, no me dejas terminar, joder. Ella siempre me lo dice.

Me empuja a la cama. Caigo sobre el colchón con un rebote suave y él se inclina sobre mí, apoyando las manos a los lados de mi cabeza. El peso de su cuerpo me hunde un poco, su aliento me roza la cara. Mi corazón comienza a latir tan rápido y en poco estoy retorciéndome debajo de él.

—¿Y ahora qué? —pregunto embobada.

—Ahora te callas —responde bruscamente y me besa.

El beso empieza lento, casi tierno, pero pronto se vuelve otra cosa. Sus manos me recorren la cintura, la cadera, el borde de la camiseta, enredo los dedos en el cabello y tiro un poco, solo para oírlo gruñir.

Le gusta, si, siempre le ha gustado.

—Dulce —murmura contra mi boca—. Te he extrañado todo el día.

—Nos vimos esta mañana.

—¿Y? Te extraños siempre.

Me quita la camiseta con paciencia y después baja por mi cuello, por el pecho, por el vientre, cierro los ojos y me dejo llevar. Por un momento solo estamos él y yo, y el calor de su cuerpo sobre el mío, con el amor desbordándose y con la pasión de dos amantes uniéndose en vida.

Después, cuando todo termina, nos quedamos tumbados uno sobre el otro, mirando la oscuridad. La habitación está a oscuras y solo se escucha nuestra respiración, que poco a poco vuelve a la calma. Mi piel contra la suya.

—La semana que viene tengo que ir a la ciudad. Ahí aprovecharé y traeré algunas cosas que necesites —musita.

Escucho el latido de su corazón.

—¿Otra vez te reunirás con Ronald? —pregunto deslizando mis dedos por el vello de su vientre—. ¿Por qué nunca puede venir?

—Es un hombre de ciudad. Esos mueren si pisan tierra —se burla—. Volveré en la noche, no tienes que preocuparte. Siempre te he dicho…

—Tú siempre regresarás a mí —termino su trillada frase de amor.

Sí, tan trillada, pero me hace feliz, porque es un recordatorio de que, a pesar del tiempo, habíamos logrado estar juntos, que pasamos tantas etapas los dos y que, cuando fue el momento de separarnos, el destino volvió a unirnos, como si estuviéramos hechos el uno para el otro.

Porque así es el amor, cuando es de verdad, siempre encuentra el camino de vuelta.

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Ah que pesada la suegra, Dioooos mio... Pero amamos que él la haya echado de primera, la vio y dijo, andate de acá vieja pesada y amamos esta historia empalagosa de amooooor ¿o no? Isaac es perfectooooo