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4: La calma después de la tormenta.

Los secretos de mi esposo 18+ — booknet.com · All chapters

4: La calma después de la tormenta.

"Se acerca una tormenta fuerte. Lluvias intensas, granizo y un descenso brusco de temperatura. Vientos de más de 100 kilómetros por hora. La alerta rige desde la mañana del lunes hasta la madrugada del miércoles.

Se recomienda a la población evitar salir de sus casas, asegurar ventanas y puertas, y no circular por rutas ni caminos rurales. Si no es necesario, no salgan. La tormenta podría causar cortes de luz y caída de árboles. Manténganse informados por los canales oficiales…"

Lavo la taza y la pongo en el escurridor. Me seco las manos con el trapo y lo dejo sobre la encimera. Escucho un ruido a mi espalda y, al voltearme, veo que Isaac está observándome desde el marco de la puerta.

—¿Ya te vas? —pregunto.

Que tenga la fortuna de casarme con el amor de mi vida y de estar felizmente casada no significa que no existan pleitos y discrepancias. Como la situación que rodea su ambiente familiar, que parece dejarme de lado.

—Sí. Llegaré tarde. Voy a organizar con Nicole el terreno para la tormenta. Tengo que cortar ramas para que no causen incidentes en la carretera.

Lo observo, tiene el sombrero en la mano, las llaves colgando de los dedos, y esa expresión en su rostro.

—No tienes que inventar excusas para ir a tu casa —musito, cruzándome de brazos.

Se pone el sombrero. Sus ojos se clavan en los míos, fijos, sin parpadear.

—¿Qué está pasando, dulce? —cuestiona—. No tengo motivos para inventar excusas. Además, esta es mi casa, ¿o no?

Intenta acercarse, pero lo esquivo. Mis pies se mueven antes de que mi cabeza lo decida.

—Ajá. Vete, que llegarás tarde.

Subo las escaleras y, de un golpe, cierro la puerta. Me quedo de pie junto a la puerta, con la espalda apoyada contra la madera y los ojos cerrados, escuchando sus botas crujir contra el suelo, un paso, después otro, una pausa.

—Cassandra —golpea suavemente—, abre la puerta.

No respondo, muerdo el interior de mi mejilla con fuerza hasta que siento el sabor metálico de la piel, es mejor eso que el sabor amargo de las palabras que tengo atragantadas. No quiero iniciar una acalorada discusión.

—Dulce, por favor.

Escucho un suspiro, largo, cansado.

—Está bien —murmura—, vuelvo a la tarde.

Sus pasos se alejan, las botas crujen contra la madera, después contra el suelo de la entrada, después contra la puerta principal. Me dispongo a cambiarme de ropa, sé que algo está ocurriendo y no es paranoia.

Conozco lo suficiente a Isaac para saberlo.

¿Será Billy? ¿Será su madre o su hermana? ¿El trabajo? No se me ocurre por la cabeza qué podría ser. ¿Problemas con el dinero? No, si no me habría dicho, siempre hemos sido abiertos, pero él está actuando extraño. Me peino el flequillo y salgo de la casa, conduciendo en mi coche.

No me gusta estar así, aunque él también tendría que saber que, si se cierra y actúa de esta forma rara, tiene consecuencias en nosotros. Al llegar a la cafetería, voy hasta la oficina.

Hasta mi suegra ha desaparecido. Una mujer intensa, y ahora ya no está. Puede que haya problemas familiares, sí. Tomo mi celular y veo un mensaje de mi esposo. Al abrirlo, noto que es la imagen de unas flores silvestres cubriéndole la mitad del rostro y, abajo, un mensaje: "No sé qué hice mal, pero perdóname. Te amo demasiado".

—¡Ah! Eres un idiota, así no puedo enojarme —me quejo, frotándome la cara.

Salgo de mi oficina y voy hasta la cocina, donde Piry está guardando la mercadería fresca que llegó.

—Hola, jefecita —dice, y me entrega la planilla.

—¿Me preparas un especial? —le pregunto, viendo el stock de la mercadería en las hojas.

—Claro que sí. ¿Para llevar? —asiento con la cabeza.

Sé que Isaac no desayunó, así que planeo llevárselo. Pido uno de sus sándwiches favoritos, lo guardo en una bolsa de papel y salgo de la cafetería. Me dispongo a volver en menos de media hora, así que conduzco hasta el trabajo, el bosque.

Este es enorme, se extiende por la mayor parte del terreno, la carretera está llena de pinos viejos, enormes, con troncos gruesos, de vez en cuando, entre los árboles, se ven los carteles de madera que marcan los senderos, las flechas talladas a mano, los letreros que indican los lugares.

Voy por el camino despacio, con la ventanilla entreabierta, escuchando el crujido de las ruedas contra la gravilla. Cuando llego a la recepción, me bajo del coche.

Es una cabaña enorme, de madera oscura y techos a dos aguas, con un porche amplio y unas escaleras de piedra que llevan a la puerta principal. La camioneta de Isaac está estacionada junto a la oficina.

No hay nadie a la vista, solo el murmullo del viento entre los pinos.

Al entrar con la bolsa de papel, veo que no hay nadie. El mostrador de recepción está vacío, con los folletos ordenados en fila y un pequeño cartel que dice: "Vuelvo en un momento". Toco la campana y el sonido metálico retumba en el silencio de la cabaña.

Mientras espero, recorro con la mirada la pared del fondo. Hay un panel enorme con información del bosque: mapas de los senderos, horarios de las visitas guiadas, normas de seguridad.

Y ahí, en el centro, una foto del equipo. Isaac aparece al frente, con el uniforme de guardabosque verdes y el sombrero en la mano, encabezando el grupo como el guía principal, a su lado está Nicole, con una sonrisa amplia y el cabello recogido en una coleta y detrás, Geto, un hombre adulto de expresión seria.

Me quedo mirando la foto un momento más de lo necesario.

—¡Señora Greyson! —me sobresalta una voz.

Me giro. Nicole aparece por la puerta lateral, con una carpeta bajo el brazo y una taza de café humeante en la mano, tiene las mejillas sonrojadas y el cabello rubio dorado recogido en una coleta, aunque algunos mechones se le escapan.

Al verme, sus ojos verdes se abren de par en par.

—Hola, Nicole —saludo, y levanto la bolsa de papel—. Le traje el desayuno a Isaac.

—Ah, qué lindo —responde, y su sorpresa se convierte en una sonrisa amable mientras deja la carpeta y el café sobre el mostrador—. Pero no está aquí. Salió hace un rato a revisar los senderos del norte —explica, y se seca las manos en el pantalón—. Dijo que volvería antes del mediodía.

—¿Sabes por dónde anda? —pregunto, y apoyo la bolsa sobre el mostrador.

Nicole se encoge de hombros.

—Por la zona del mirador, creo —responde, y señala con la cabeza hacia la ventana, donde se ven los pinos—. ¿Quiere que lo llame por radio, señora?

—Si, por favor.

Tomando el radiotransmisor del mostrado, aprieta un botón llevándoselo a los labios.

—Base a guardabosque Grayson, base a guardabosque Grayson. ¿Me copia?

El radiotransmisor cruje. Un segundo de silencio, después, la voz de Isaac, distorsionada por la estática.

—Base, aquí Grayson. Te copio. ¿Qué pasa?

Nicole me observa de reojo, con una sonrisa.

—Tiene una visita en la recepción, señor.

Silencio al otro lado, un silencio que dura demasiado, después, la voz de Isaac otra vez, más suave:

—Dile que ya voy. Denme diez minutos.

—Copiado —responde Nicole, y cuelga el radiotransmisor con un clic—. Ya lo escuchó. Diez minutos —musita, y me guiña un ojo—. ¿Quiere un café mientras espera?

—No, gracias —me niego, y me siento en una de las sillas del porche—. Ya tomé uno.

Nicole asiente y vuelve a su carpeta, observo el extenso bosque que se alza frente a mí, de pronto siento su mirada recorriéndome, poniéndome nerviosa. Nicole me dedica una sonrisa avergonzada al percatarse que me di cuenta que estaba viéndome.

—Ahora entiendo por qué Isaac está tan enamorado —musita, y su voz suena ligera, casi admirativa—. Eres hermosa, espero verme la mitad de linda como usted a esa edad.

Suelto una risa corta, casi involuntaria, y niego con la cabeza.

—Gracias, pero no es para tanto —hago una mueca—. Además, ¿qué te hace pensar que está tan enamorado?

Nicole arquea una ceja, como si le hubiera preguntado algo obvio.

—Porque no habla de otra cosa —revela, y cierra la carpeta con un golpe suave—. En los descansos, en las reuniones, cuando estamos en los senderos. Siempre saca algún tema relacionado con usted. Que si mi esposa cocina increíble, que si mi esposa esto, que si mi esposa aquello —enumera, y rueda los ojos con una sonrisa—. Es adorable, pero a veces resulta un poco empalagoso de más.

Me quedo mirándola, sin saber si reír o sonrojarme. Siento el calor subiéndome por el cuello.

—No sabía qué hacía eso —confieso en voz baja, y juego con el borde de la bolsa de papel.

—Lo hace —insiste Nicole, y se inclina un poco hacia mí—. Créame, señora Greyson, si es para tanto… Lo que no la conocen, sienten envidia de usted.

Se endereza y vuelve a abrir la carpeta. Me quedo muda ante tal información al respecto. No sabía que Isacc me presumiera de esa manera tan efusiva.

—Bueno, si me disculpa, tengo que terminar unos informes. Avíseme si necesita algo —se despide, y se aleja hacia la oficina.

Me deja sola en el porche, con la bolsa de papel y una sonrisa que no puedo contener, y yo que hace apenas unas horas decía que ese hombre estaba cansado de mí o aburrido. Al verlo aparecer entre los pinos, camino hacia él acortando su trayecto.

—Hola —saludo, y mi voz suena avergonzada, porque esta mañana fui una cretina con él.

Isaac se detiene, con el sombrero en la mano y el chaleco de guardabosque desabrochado. Me mira con esa sonrisa suya que me desarma.

—Sabía que no podías resistirte a estas flores —anuncia, y saca de atrás un ramo de flores silvestres, pequeñas y amarillas, que muestra con orgullo.

—¿Así supiste que era yo? Tu visitante misteriosa.

—Claro, ya sé cómo conquistarte —responde, y me agarra de la cintura para atraerme hacia él. Me besa, despacio, con esa calma que me hace olvidar todo lo demás—. Te amo, dulce, no lo olvides.

Me quedo pegada a su pecho un momento, con las flores entre los dos y el corazón latiéndome demasiado rápido.

—Yo también te amo —murmuro, y escondo la cara en su cuello—. Y perdóname por esta mañana. Fui una idiota.

Se separa un poco y me busca la cara con la mirada.

—¿Qué pasa? —pregunta, y su voz suena más seria.

—No sé, es que… —hago una pausa, y juego con el borde de su chaleco—. Inseguridades mías. ¿Me dirás cualquier cambio en ti, ¿no?

—¿Respecto a qué? —insiste, y me sostiene la barbilla con un dedo para que lo mire.

—A cualquier cosa —digo haciendo una mueca—. A cómo estás, a lo que sientes. Si algo te ocurre, si estás preocupado o si estás molesto, si cambia algo, todo, Isacc.

Me observa en silencio un momento, después suspira, y su aliento me roza la frente.

—Dulce, yo te cuento todo.

—No me dijiste que fuiste a ver a Billy —le recuerdo.

Se queda quieto. Su mandíbula se tensa, apenas un instante.

—Eso no es un cambio —exclama serio—. Es solo, un asunto por fuera, que no quería que te preocuparás.

—¿Ves? —cuestiono, y me separo un poco—. Eso es lo que digo. No quiero que decidas por mí lo que me va a preocupar. Quiero saberlo, aunque me duela o me enoje, prefiero eso a quedarme con la duda.

—Está bien —sonríe suavemente y me acaricia la mejilla con el pulgar—. Te lo prometo. Cualquier cosa, te la diré.

—¿Cualquier cosa? —insisto en un susurro contra su boca.

—Cualquier cosa —repite, y esboza una sonrisa que no termina de llegarle a los ojos—. Ahora, ¿podemos desayunar? Porque me muero de hambre.

Me río, a pesar de todo, y le doy un golpe suave en el pecho.

—Está bien, aunque esto no ha terminado…

—Lo sé —me guia tomandome de la mano, hasta que un momento se detiene y gira hacía mi de nuevo—. Ya sé lo que ayudará.

Y comienza a arrastrarme hacia una cabaña. Mis ojos se abren de par en par.

—¿Estás loco? ¡Tengo que volver a trabajar y tú también! —chillo escandalizada al notar sus intenciones.

—Debo calmar a la fiera de mi esposa. Será un momento, lo haré rápido —masculla con una sonrisa pervertida en los labios—. Tus empleados me lo agradecerán.

—¡Idiota!

Es demasiado tarde. Ya estoy siendo empujada por la puerta de la cabaña, con él besándome como un demente desesperado, y después cae de rodillas ante mí.

—Perdóname, mi querida esposa —murmura, y sus manos suben por mis muslos, despacio, hasta llegar al borde de mi pantalón.

Me cubro la boca con una mano, riendo contra la palma. Esto es peligroso, excitante y emocionante a la vez. La cabaña está en silencio, solo se escucha nuestra respiración agitada y el murmullo del viento entre los pinos.

—Bueno, si me lo pides así, te perdono todo, Isaac —gimo con voz ronca.

Y él sonríe contra mi piel, satisfecho, antes de que el mundo exterior desaparezca por completo ante mis ojos.

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Ah Cassandra está como ustedes, paraonica... Si Isacc es un amor, hasta el momento no hay quejas... ¿O si? No hay nada extraño, Cassie se enoja y él va detrás... Así que.. ¿Que piensan que pasará? ¿Cuales son las teorias? ¿Los secretos?