7: Él regresó.
7: Él regresó.
Grito de emoción al escuchar el ruido de un motor. Las velas siguen derritiéndose y la manta sale volando, hasta me estaba durmiendo. Son las tres y quince de la madrugada. ¡Volvió! Es lo que importa. Me quedo parada en la sala viendo la puerta de la entrada, la puerta se abre y todo el temor desaparece en ese instante.
Gracias a Dios.
—¡Ah, por fin! —digo, llevándome la mano al corazón—. ¡No tienes idea de lo preocupada que estaba! ¡Estaba muriendo, Isaac!
Se quita las botas cerrando la puerta.
—Sí, tuve una urgencia y tardé mucho más de lo que quería, dulce. Perdón.
Mis ojos quedan fijos en él. Está solo con una camiseta fina de mangas largas, el sombrero colgando, las botas en la entrada y su campera impensable en el brazo.
—Sí, y del trabajo no fue —nos miramos—. Te llamé un montón, ya ni recuerdo cuántas veces. Te fuiste ayer por la tarde. ¿Dónde estabas? ¡Ni siquiera hay luz! Y mira la tormenta. ¿En qué estabas pensando al irte? ¡Loco!
Un quejido me deja inmóvil y me hace cerrar la boca. Por el fuego de la chimenea y de las velas que iluminan alrededor, observo su rostro. Está tan serio que me pone la piel de gallina. Nunca lo he visto con esa seriedad. Bueno, en el funeral de su padre, pero ¿hace cuánto tiempo fue eso?
—Tenemos que hablar —dice en voz baja.
Me acerco a él y observo su brazo.
—No me digas que traes un animal salvaje ahí, porque tú sabes que le tengo terror a cualquier animal de esos del bosque. Tú me prometiste que jamás…
—No es un animal, Cassandra —me interrumpe.
Cassandra. Me acaba de llamar por mi nombre.
—¿Por qué tan serio? ¿Qué pasa?
Siento de pronto que toda nuestra casa, que era cálida, se volvió tan fría que no puedo evitar temblar. Me acerco un paso más y quito la chaqueta. Mis ojos se abren abruptamente. La chaqueta pesada cae entre el denso silencio.
—¡Un bebé! Oh, Dios. ¿Abandonaron un bebé? —digo sorprendida, con las manos en la cabeza—. ¿Quién es tan cruel para dejar un bebé con esta tormenta? Isaac, no puede ser…
La observo. Es pequeña, unos meses calculo. Tiene abundante cabello dorado y rulos, además lleva un chupete rosado. No parece húmeda. Mis ojos se mueven hacia el bolso que está colgando del hombro de mi esposo, no me había percatado de eso.
Me enderezo, mirándolo a los ojos, confundida.
—¿La encontraste con sus cosas? —pregunto, y señalo el bolso.
Isaac no responde. Me rodea y, tomando la manta, suavemente hace un nido en la alfombra para acostarla. La coloca con tanta delicadeza que mi pecho se aprieta. Ahora está calentita y segura.
Deja el bolso de bebé en el sillón.
No estoy entendiendo nada.
¿La vendrán a buscar mañana? ¿Cuidaremos un bebé? Entro en pánico. No conozco nada de ellos, nunca he visto uno tan cerca, ni siquiera sé cambiar un pañal.
—¿Cuándo vendrán por ella? Dios, Isaac, qué inhumano que hayan dejado un bebé tirado así —él se detiene en la cocina y yo voy detrás. Le toco la espalda—. Estaba tan asustada. Llamé a Nicole porque no tenía noticias de ti, y tú salvando a esa bebé…
—Es mi hija, dulce.
Acaricio su espalda. Está rígido, cada músculo contraído.
—¿Qué dijiste? —pregunto, deteniendo mis movimientos—. Te dije que no hablaras entre dientes…
—¡Es mi hija!
Se voltea y nuestras miradas se encuentran. No sé qué pasa, pero en ese instante las luces se encienden. Creo que no estoy respirando. ¿Q-qué dijo?
—¿T-tu hija? ¿Escuché bien? ¿A-acabas de decir que es…?
—Déjame explicarte —dice.
Retrocedo dos pasos.
—¿La adoptaste y no me dijiste? —la voz me está temblando.
No solo la voz: cada centímetro de mi cuerpo. Hay un sudor frío recorriéndome, no puedo respirar.
¿Qué es esta sensación?
—Es mi hija biológica.
Mi mundo se hace añicos con solo esas cuatro palabras.
Quedo inmóvil.
—Lo siento. Fue la noche en la que le dimos la despedida a Michael en la cabaña. Me embriagué de más. Solo fue un desliz, solo fue un instante, una vez… ¿Dulce? ¡Di algo! Lo siento, lo he arruinado todo.
—Es una pesadilla —susurro para mí—. Debo de estar en una pesadilla —salgo de la cocina, sosteniéndome de las paredes.
—¿Dulce?
—Por eso hay luz. Porque estoy soñando. Un mal sueño —mascullo, y necesito salir hacia afuera, necesito que el agua me moje el rostro y así despertar—. Mi Isaac nunca haría algo así.
¡Despierta! Despierta, Cassie, despierta…
Abro abruptamente la puerta y el viento, que revolotea furioso, empuja la lluvia fina hacia mi rostro, empapándome. Parpadeo, está fría. El viento está helado. Lo estoy sintiendo. Parpadeo. Lo estoy sintiendo. Me volteo para ver el cuerpo enorme de mi esposo.
—No —mis ojos se llenan de lágrimas—. ¿Qué hiciste?
Él intenta acercarse, pero niego con la cabeza, en shock, no puedo moverme, estoy paralizada.
—Te amo, te juro…
—¡No Isaac! ¿Qué hiciste? Dios —me cubro la boca sollozando—. No puede estar pasando esto, no es cierto.
Mi esposo, no… Él no.
—No fue nada, no lo fue. Solo un momento, ni siquiera lo recuerdo ¡Yo no lo recuerdo! Cass… Amor, Dulce…
—¡No fue nada! ¡No fue nada y traes a tu hija acá…! Dios, nosotros nunca quisimos un bebé. ¡Nunca! —lloro, cerrando la puerta y cubriéndome la cara.
Mi corazón se está partiendo en mil pedazos justo ahora. Las imágenes de Isaac con otra mujer me bombardean la cabeza. Todo este tiempo, las mentiras, todo este tiempo actuando como si me amara.
—Dul…
—¡No me llames así! Te acostaste con otra. Tú no solo me engañaste, sino que además tienes una hija. ¿Y dices que no fue nada? ¡Lo fue! —lo empujo sollozando, mi voz sale entrecortada—. ¡Confié en ti! ¡Confié cada segundo de mi vida en ti! Lo arruinaste, nos arruinaste —chillo, golpeando su pecho con fuerza—. ¡Te odio! ¡Te odio!
Y subo mi mano para darle una bofetada.
—Nunca imaginé que fueras a hacerme algo así.
—Lo sé —dice con voz ronca—. Solo no quería perderte. Tenía tanto miedo a perderte…
—¿¡Y cómo pudiste acostarte con otra mujer!? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no lo hiciste…? —me seco las lágrimas. Él está cabizbajo, mirándome serio—. No había secretos entre nosotros. Éramos uno para el otro, ¿o no? ¿Era todo mentira? ¡Mentiras y mentiras! ¿Quién eres? ¡Quién demonios eres! ¡Porque mi Isaac nunca me lastimaría! ¡Nunca!
Me levanto del suelo, debilitada. Estoy agotada, tanto física como emocionalmente. Me limpio con rabia las lágrimas, siento que podría morir en cualquier instante, mis piernas parecen gelatinas, incapaz de sostenerse con fuerza.
Es una pesadilla… Una película de terror.
—La abandonó yo no podía hacer…
—No me importa —digo dandole la espalda sosteniéndome de la pared—. Quédate tu y tu hija acá.
—Sé que imperdonable, pero no puedes irte… —me agarra del brazo, me suelto bruscamente del agarre, como si su toque me diera asco, si, porqué esas manos que eran exclusivamente para mi o pensaba, estuvieron en el cuerpo de otra mujer.
—No vuelvas a tocarme —digo herida, las lágrimas siguen bajando—. Ya no eres nadie, así que no digas que tengo que hacer.
Su rostro se descompone, camino hasta el perchero con las piernas sin fuerza y tomo mi abrigo.
—Cassandra, por favor —suplica—. No te vayas, no me dejes, eres el amor de mi vida.
Tomo mi cartera del sofá. Busco las llaves en el bolsillo.
—Te amo —insiste, y da un paso hacia mí—. Te juro que te amo. No he amado a nadie más. Nunca. Lo de esa noche no significó nada. Nada. Eres mi vida entera. Perdóname.
Y como si fuera una muestra de que no fue nada, ella llora. La bebé que tuvo con una mujer que no fui yo. Los dos nos observamos. Parece mentira cómo alguien puede convertirse en un completo extraño en pocas horas. Una lágrima silenciosa baja por mi mejilla.
Mi gran amor …
—S-solo déjame… No puedo con esto —sollozo, rota.
Paso por su lado y, de pronto, mi temor a las tormentas se vuelve insignificante. Cierro la puerta a mi espalda, llorando. Un quejido ahogado se rompe en mi garganta, pero no se escucha. Voy hasta mi coche y me subo. Me quedo unos segundos viendo a través del vidrio cómo nuestro hogar parece lejano.
Conduzco por la carretera con los ojos humedecidos, solo mirando al frente, recordando el rostro de la pequeña: sus rizos dorados, su piel blanca. Sollozo. Las ruedas patinan en el pavimento, pero no me importa. Solo sigo por la ruta familiar hasta que llego a mi destino. Me quedo observando las luces apagadas.
Me bajo para tocar la puerta con fuerza, frenética. Estoy empapada, el agua chorrea por mi cabello y por toda mi ropa, se desliza por mi rostro, mezclándose con las lágrimas.
—¡Mamá! —grito con la voz ronca, ya casi afónica—. ¡Mamá!
La luz del recibidor se enciende. En cuestión de segundos, la puerta frente a mí se abre. Estoy temblando, tengo frío y creo que voy a morir acá. Mamá abre los ojos al verme.
—Hija, pasa… —entro y me quedo parada en la entrada, con la alfombra debajo para que absorba el agua y no empapar todo—. Toma. ¿Cómo pudiste conducir bajo esta tormenta?
No tengo fuerzas para hablar, así que me pongo la toalla en la cabeza, ella no dice nada. Solo me toma del brazo y me guía hasta el sofá, ese sofá viejo donde me sentaba de niña a ver la televisión.
Me siento, empapada, temblando, con la toalla chorreando sobre mis hombros. Desaparece un momento y vuelve con ropa seca. Una camiseta, un pantalón de algodón, calcetines gruesos.
—Ponte esto —dice, y me lo deja sobre las rodillas—. Voy a prepararte un té.
Me quedo sentada, sin moverme, intentando procesar todo lo que está pasando, sin poder caer todavía en la realidad.
Isaac, ¿qué fue lo que hiciste…? ¿Qué nos hiciste?
😭😭😭😭
Lloro con esta escena de Cassie... Como pudo Isaac de verdad 💔 💔