8: Maldita tormenta.
8: Maldita tormenta.
—Hola.
No hay buenos días. Entro a la cocina duchada y con ropa que todavía conservaba en mi armario antiguo. Ropa holgada, vieja, pero era lo que necesitaba para estar más cómoda y es lo único que me queda. Todo lo demás debería ser donado.
—Te ves fatal, cariño —dice sentada en la mesa, jugando en su Tablet el clásico Candy Crush. Me observa de arriba abajo—. Ponte hielo, deshinchará tu rostro. Apenas se puede notar si tienes abiertos o no los ojos.
Con la naturalidad que lo dice, aprieto los labios. ¿Cómo se supone que debería verme a horas de descubrir una infidelidad de parte del amor de mi vida…? No, no solo eso, además llevó a su pequeña prueba de eso a la casa. Me sirvo café, tragando saliva.
Soy demasiado sensible, supongo.
Estoy destruida, y con solo pensar que estoy en la casa de mi madre, completamente rota y sola, es aún peor.
Dejo la tetera en la cafetera y después agarro una taza, que creo que fue un cumpleaños de mamá, donde estamos ella y yo.
Salgo de la cocina, parándome frente a la ventana y bebiendo un sorbo de café. Estoy exhausta, apenas pude dormir, intentando pensar en qué fue lo que pasó, porque cada vez que lo recordaba, parecía una pesadilla.
Isaac…
Él nunca había sido esa clase de hombre. Cuando éramos solo amigos era leal, divertido, detallista. Todas sus relaciones recuerdo que acababan en buenos términos. ¿Por qué a mí? ¿Por qué embriagarse y estar con otra? ¿Será que no fui suficiente?
Ladeo la cabeza, y mis ojos quedan en uno de los retratos que están encima de una encimera, donde están las fotos importantes que mamá ha conservado.
Ahí está, sobresaliendo. Una de mi cumpleaños número doce. Él me estaba abrazando del cuello y yo intentando quitarlo. Recuerdo que ese día hacía calor y estaba todo sudado porque había corrido a mi payaso por todo el jardín.
Sollozo.
Ha roto todas las imágenes de hombre que tenía a lo largo de los años…
Es una basura.
Un inútil.
Un desgraciado.
¡Qué se muera!
¡Lo odio! ¡Lo odio con mi alma!
Vuelvo a observar hacia afuera. La lluvia sigue sin cesar, en la entrada hay un charco enorme de barro y agua marrón, el viento sigue igual de intenso.
¿Isaac papá?
¿Me mintió? Todos estos años diciéndome que no importaba si no teníamos hijos, ¿y ahora?
No puedo quedarme acá encerrada. No puedo seguir pensando en esto, llorando como si fuera a cambiar la situación. Además, es cuestión de horas que mamá comience a indagar en profundidad, y ahora no quiero decir en voz alta que su premonición fue acertada.
Que Isaac no está ni cerca de ser el esposo perfecto.
No es alguien ni siquiera digno. Es una porquería.
Maldita tormenta, también te odio.
Llego a la cafetería y, a pesar de que hay un clima fatal, hay clientes. La sorpresa estaba reflejada en el rostro de los empleados al verme entrar un día que se supone que es libre. Me encierro en la oficina, poniéndome al corriente con los correos, planeando la próxima semana, las fechas, los horarios de ellos.
Enciendo el celular y, cuando ya tiene señal, comienza a vibrar. Llamadas perdidas, mensajes de Isaac:
"¿Llegaste bien? Solo eso quiero saber, por favor, dime que llegaste bien, dulce."
"Lo siento, no quise lastimarte. Si pudiera retroceder el tiempo, te juro por mi vida que no iría a ese evento."
"Necesito explicarte todo. ¿Podemos hablar?"
"Buenos días, dulce. ¿Hablamos? Por favor, solo hablar."
Y así varios mensajes que fueron enviados hace menos de una hora. Los dejo ahí, sintiendo ese dolor apegado al pecho.
Es tan decepcionante, tan doloroso. No sé cómo explicar, porque es todo ese amor, ese amor que era de mejores amigos, de mujer que estaba orgullosa de un hombre honesto y que después se enamoró como amante. Todo ese amor está siendo aplastado por esto, por su infidelidad, por su deslealtad, y duele tanto…
Tantos años…
Apago mi celular y salgo de la oficina. No está ayudando en nada quedarme encerrada, voy a enloquecer. Durante todo lo que resta del día, decido ocupar mi mente en lo que sea. Estoy tan dolida y tengo tantas emociones trancadas en la garganta que mi animo se refleja en mi estado, nadie me habla. Solo me dispongo a ayudar con los pedidos, con la limpieza, cualquier excusa que me distrajera un rato de la realidad.
—Cassie, uno de los clientes me pidió si podía poner las noticias. ¿Puedo? —pregunta Marta, secándose las manos.
—Sí, hazlo.
No digo nada más. Ella cambia el televisor y el hombre que está sentado en la barra comiendo su pastel presta atención. Sigo limpiando la máquina de café, cambiando el filtro, lavando.
Las noticias no hablan más que de los destrozos que está haciendo la tormenta. Levanto la cabeza viendo cómo se aproxima la noche. La campana de la puerta suena al abrir y cerrar.
—Jefecita —escucho la voz gruesa de Ernesto. Me volteo para observar el lado de la cocina por la ventana que separa un área del otro—. Es una llamada telefónica importante para usted.
Mis labios se aprietan, porque tengo la ligera sospecha de quién es y no quiero.
—¿Te dijo su nombre?
—Dijo que era Nicole.
Ahora mi ceño se frunce por completo. Suelto la máquina y le pido a Emily que termine de ensamblarla. Salgo del área de servicios para ir a la cocina, donde está el teléfono pegado a la pared para que los empleados puedan estar comunicados con sus familiares.
—Hola —digo, molesta.
No estoy de humor para tolerar a nadie el día de hoy. De hecho, cuando llegue a casa de mi madre, me haré bolita mientras lloro hasta quedarme dormida, pensando en qué haré mañana, si irme de este pueblo donde solo me quedé aquel verano por Isaac, si divorciarme o si directamente ir y lanzarme hacia el puente.
—Señora Greyson.
Odio que me llame así ahora mismo.
—¿Sí?
—Es que… —suena agitada. De hecho, tengo que apretar el teléfono en el oído porque se escucha lejana, además el viento imposibilita oírla con claridad—. ¡Se lo están llevando!
—¿Qué? Habla con claridad —me quejo—. ¡Nicole! No te escucho.
—¡S-señora, la ambulancia se lo está llevando a Isaac!
No puedo evitar mirar hacia Ernesto, que parece preocupado mirando las noticias.
—¿De qué estás hablando?
—¡Hubo un accidente aquí en el bosque! Una familia quedó atrapada e Isaac acompañó a los socorristas. Parece que algo le pasó, señora Greyson. Están los policías, los bomberos y un equipo de rescate. Se lo llevaron en ambulancia porque el helicóptero…
Y corto. No necesitaba más explicación para entender lo que estaba pasando. Isaac estaba siendo trasladado al hospital de la ciudad. Salgo rápidamente de la cocina y observo las noticias. Ahí está el reportero bajo el agua dando el informe, el cartel rojo: "Guardabosque es trasladado a urgencias después de salvar a una familia" .
—¡Ernesto, cierra, yo debo irme!
—Sí, jefecita, vaya… Avísenos.
Me subo al coche desesperada y sin mirar atrás, marcho hacia el hospital. Demoraré una hora en conducir hasta allá.
No puede estar pasando, no puede ser posible esto.
¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué está pasando todo esto ahora?
Aprieto el volante, encendiendo los limpiaparabrisas, ni siquiera he guardado mi celular o mi abrigo en la angustia.
¿Es porque deseé que muriera? ¿Por eso? ¡No! En qué estoy pensando, ese hombre se pone en riesgo siempre, era cuestión de tiempo que esto ocurriera.
¿Pero por qué ahora? Golpeo el volante con fuerza, una y otra vez.
Seguro no es nada.
Sí, seguro es solo un simple rasguño, y cuando lo compruebe lo golpearé yo. Por lastimarme, por engañarme, por herirme… y por asustarme de esta forma.
¿Y ahora que volviste hacer Isaac? ¡Esté hombre me da unas emociones! Estoy peor que Cassie, está mujer de verdad no saben de hierro se va a convertir.