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9: El verdadero rostro de los Grayson.

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9: El verdadero rostro de los Grayson.

Mis manos sostienen mi rostro.

Estoy en la sala de espera, sola.

Soy un robot en modo automático. Llevo cuarenta minutos esperando que alguien salga por esas puertas y me diga cómo está, qué ocurre, si morirá, si no… Ya he llorado tanto que ahora no quedan más lágrimas. Sin decir que tengo la garganta seca, la boca agrietada y los ojos adoloridos.

Al escuchar gritos y barullos desesperados, suspiro. Se viene la parte más difícil de todas: tener frente a mí a esas harpías. Abro los dedos para ver entre medio de ellos. Ahí están, acercándose.

Susan ya está llorando, como si su hijo ya estuviera muerto, y detrás, con los ojos llenos de lágrimas, Mary.

—¿Te han dicho algo? ¡Dios mío! ¿Alguien se ha comunicado? —me aborda Susan, sollozando.

Me quito las manos, enderezándome. Al ver que tiene a la bebé en brazos, le quito la manta. Está durmiendo con su chupete. Quedo en silencio observando el pequeño pelo rubio, los pequeños rizos que apenas se forman y su piel…

Es igual.

Ni siquiera necesita una prueba de ADN para descartar la posibilidad de que no lo sea. La pequeña nariz, la forma regordeta, es una versión femenina de Isaac.

—¡Cassandra! —chilla Mary, frente a mí, tapando el panorama.

—No, aún no ha salido nadie —digo en voz baja.

Estoy ronca, casi afónica. Ellas comienzan a caminar y hablar entre sí. Yo solo me quedo ahí, erguida, mirando hacia un punto fijo en algún lado del hospital. Esta parte está vacía, es exclusiva para familiares de pacientes en estado crítico. La sala no es demasiado grande, pero sí lo suficiente para que no las tengas sobre mí.

—Cassandra —Susan chasquea los dedos frente a mí—. Muchacha, estoy llamándote hace un rato. ¿Solo te quedarás ahí?

Tiene el cabello suelto, algo que no es típico, y recién me doy cuenta de que no lleva nada más que pijama y chaqueta de abrigo, como si estuviera en la calidez de su hogar con… su nieta, supongo.

—Esto es tu culpa. Jamás cuidas de Isaac. Te fuiste a trabajar y tuvo que salir a esa emergencia por ti, porque no sabes cómo ser una buena mujer y esposa. Tu deber era que él permaneciera lejos de cualquier riesgo, cuidarlo, sin embargo, no te importa.

—Mamá —dice Mary detrás, interviniendo.

—Yo sabía que algo así iba a pasar. Mi hijo es demasiado bueno, es demasiado para ti —solloza.

Me quedo en silencio, solo enfrentada a ella, dejando que diga lo que quiera, porque estoy tan exhausta que no quiero discutir. No me importa. Nada me importa. Lo peor ya me pasó. Lo que llegue después solo son pequeños roces, pequeñas situaciones insignificantes.

—Toma —y sin previo aviso me da la bebé.

Por reflejo e inercia tengo que agarrarla, porque la brusquedad es tal que la bebé se queja y casi cae al suelo.

—¿Q-qué hace? —me levanto de golpe, intentando dársela. Se aleja dándome la espalda. La persigo detrás—. No, no, no…

—¿Qué no? ¡Es hija de tu esposo! Tú tienes que hacerte cargo. La desgracia de tu matrimonio no deben cargarla otros.

La persigo y casi parece que estamos jugando en círculos a la atrapada.

—Es tu hijo, ella es tu nieta, no tiene que ver conmigo —exclamo, indignada.

Se frena bruscamente.

—¿Cómo que no tiene que ver contigo? Tu esposo está ahí, gravemente, tú eres su esposa. Aun así, eso es lo que te corresponde. Así hiciste tu juramento ante Dios, en las buenas y en las malas, Cassandra. Ahora respeta ese juramento. Después decide lo que quieras, pero ahora eso es tu responsabilidad.

—Mamá tiene razón, Cassandra. Desde el momento en que te casaste con mi hermano, ya no son uno solo, se han convertido en un nosotros, así que —Mary, detrás, me observa molesta— ponle que es tu hija.

Puedo ver casi una tenue sonrisa, una gratificación en su mirada. Vuelvo a Susan, queriendo darle a la bebé, pero retrocede.

—Es una señal. La madre no quiso a esa criatura y ahora encontró una nueva…

—¡No soy su madre! ¡Y sus problemas no me importan! La dejaré aquí, no la quiero, yo… —mi voz se corta cuando una abofeteada me golpea el rostro con fuerza y sin haberlo previsto.

Quedo sorprendida, boquiabierta. Aprieto a la bebé en mis brazos porque siento que se me desliza de las manos. La mejilla comienza a arder en cuestión de segundos.

—Eres una egoísta. Tu esposo podría morir y tú acá haciendo berrinches que no te corresponden —se gira casi de forma dramática—. Vamos, Mary. Vemos si podemos averiguar algo sobre tu hermano, ya que a su "mujer" no le importa en absoluto la vida de él.

La sala queda en silencio, las veo salir y me dejan a solas con una bebé en brazos, bajo la cabeza y me inclino hacia el suelo, la dejaré aquí, si su madre biológica no la quiso, no es mi culpa…

Sus ojos se abren y quedo petrificada, son verdes, supongo que su mamá tiene ese color de ojos, es raro, exótico…

Y antes de que pueda dejarla en el suelo para abandonarla, comienza a llorar, escupiendo el chupete.

—Ay, no, no… —murmuro en pánico—, oye, no llores.

¡Nunca he cuidado un bebé! ¿Qué se supone que debo hacer? ¿No es que a las mujeres se les activa un botón de instinto? ¿Y a su madre no se le activó? La sala, que estaba en silencio, se llena de su llanto.

—Sí que eres ruidosa —me quejo, y comienzo a pensar—, ¿tienes hambre? Emmm… ¿Leche? ¿Quieres leche?

Como si fuera a responderme.

—Ahora viene tu abuela y se hará cargo de ti.

Intento moverla, he visto esto en películas y los bebés se calman, pero no parece que funcione, me muevo por toda la sala. Si Isaac no muere en esa sala, lo mataré yo mismo.

Nunca en toda mi vida me he sentido tan humillada como ahora.

—Hola —me sobresalta una voz femenina detrás, es una enfermera, me está sonriendo amablemente—, hay una sala de maternidad al final del pasillo, ahí hay cambiador y un sillón para darle de amamantar.

Debo de tener una cara de horror, porque ella retrocede.

—Y-yo lo siento, ¿d-dónde está? —me disculpo, avergonzada.

¿Para qué quisiera esa sala?

—Ven, te acompaño… —me observa tan preocupada que no me muevo—, su cabeza, es… ¿Eres primeriza?

¿La cabeza de la bebé? ¿Qué tiene? Podría decirle a esa amable mujer que ni siquiera es mi hija, sino que su papá es mi esposo, no lo hago, solo asiento con la cabeza.

—A ver, permíteme, te enseñaré… —dice, y me la acomoda, hace que mi palma mantenga su cabeza de una forma recta, aunque la bebé está llorando, ahora parece estar menos incómoda, es una pluma—. Ahora sí, ¿cuánto tiene?

No sé. Sigo a la mujer a la sala, no dice nada a mi nula respuesta, espero que no me pregunte el nombre.

—¿Unos dos meses? Es que parece que quiere sostener su cabeza, pero aún le cuesta —se ríe—, amo la etapa de bebés, son tan tiernos.

Entramos a la sala y noto que está todo ambientado, las paredes, todo parece hecho para una madre y su cría.

¿Qué estoy haciendo acá? Por instinto, camino hacia la pequeña camilla y la pongo ahí, quitándole la manta rosa de encima.

—¿Tienes pañales? Ahí abajo hay algunos, siempre hay reserva —dice y creo que nota mi torpeza, se acerca suavemente—. Si, es una etapa tierna pero también es difícil, con mi primer hijo tuve depresión posparto, me perdí la mayor parte de su año, fue difícil y hasta ahora me lamento. Nunca se habla de lo que la mujer sacrifica por un hijo ¿no? —no respondo—. ¡Lo siento! No quise hablar de más.

—No está bien… —hago una pausa—. No es mi hija, así que no tengo idea de nada.

—Perdón, lo siento, pensé que eras su madre, es que es tan hermosa como usted… —se inclina hacia la bebé—. Sí, eres la bebé más hermosa que haya visto, mírate, ese cabello… Eres preciosa —dice mientras hace una voz de bebé.

Solo me quedo viendo la escena, ella deja de llorar y mueve sus piernas, ahí noto que hay un olor raro, me asqueo. ¿Se hizo caca? Sin embargo, la enfermera comienza a cambiarla con rapidez y experiencia, se lo agradezco al salir.

—Suena como que tiene hambre —dice—, o está extrañando a su mamá o papá, cuando son tan chiquitos, si no están cerca de su figura, se ponen así.

—Gracias, Nancy.

La enfermera se va y me quedo a solas. No creo que le caiga tan bien, porque en cuestión de segundos que Nancy se va, ella vuelve a llorar. Bueno, a mí tampoco me cae bien, así que estamos dos en las mismas. Susan y Mary no aparecen, cuando crucen por esa puerta, me iré de aquí, ya no me importa la bebé, no me importa Isaac, me niego a quedarme a vivir esto, rechazo sentirme de la forma en la que estoy sintiéndome.

No puedo perder mi dignidad como ya lo hago.

—Ya basta —arrastro en voz baja, desesperada—, basta… Ya no llores.

Y antes de que pueda notarlo, alguien me la arrebata, con facilidad. Abro los ojos quedándome inmóvil, es Billy, está frente a mí.

—Dámela, yo lo haré —murmura serio—. ¿Dónde está mi hermana y mi madre?

¿Cuándo llegó? ¿Y por qué no lo sentí?

—Dijeron que fueron a ver un médico si podían ver el estado de Isaac… —digo, cubriéndome con el abrigo—. Se calló.

Estoy sorprendida, la bebé ya no llora.

—Es que la estabas sosteniendo mal —explica, es cierto, la tiene de forma vertical, moviéndola suavemente, la mano grande de Billy le sostiene la nuca—. ¿Te han dicho algo? ¿Cómo está?

Me volteo pasando las manos por el rostro. Creo que me iré sin saber nada todavía, pero no soporto que regrese Susan y Mary, todavía me está ardiendo la mejilla.

—Sigo esperando —me cruzo de brazos dándole la espalda, observando las puertas metálicas que nos separan de mi esposo.

Por fin, el silencio ha regresado. ¿Cómo pudo calmar tan rápido a la bebé? No sabía que fuera experto en bebés.

—¿Tú cómo estás? —me quedo de piedra, es la primera vez que alguien me pregunta en días cómo estoy—. Por Inna, Isaac y mi madre…

Inna, así se llama la bebé.

Al girar la cabeza, nuestros ojos se encuentran, un escalofrío me recorre el cuerpo, está observándome con sus ojos azules de forma intensa. ¿Y a este qué le ocurre? Intento buscar alguna familiaridad en él. Hace años que no lo veía, bueno, desde que regresé y me quedé en el pueblo, ni siquiera fue a nuestra boda, según Isaac estaba drogándose en otro condado.

Bueno, la vida de él se basa en eso… Trabajos esporádicos, drogas, una reputación de mala muerte. Además, no soporta a su madre, así que siempre ha intentado mantenerse lo más alejado de su casa como es posible. Físicamente es como una versión de Isaac, sin embargo, a la vez es todo lo alejado. Su cabello cortado, sus tatuajes.

—Te advertí que nuestra familia estaba podrida —dice, y suena casi cínico—. Bienvenida a la verdadera cara de los Greyson, Cass.

Esta familia le encanta ponerte incómodo, humillar a las personas a su alrededor, hacerte sentir de esta forma. Se acerca y no puedo evitar retroceder dos pasos.

—Es tuya —me da a la pequeña—. Si muere mi hermano, un regalo para ti.

—No es mía.

—Ahora sí. Es consecuencia de haberte unido a la familia. Ahora cargas con esto —se voltea—. Si algo llega a pasar, avísame, y Cass, fue un gusto volver a verte.

Mis ojos se quedan fijos en un punto, en su nuca, me quedo helada al ver una pequeña cicatriz en la parte trasera de su cuello. ¿Qué? Él desaparece, pero no el inquietante ambiente denso que dejó Billy, su oscuridad es tal que apaga el sitio con su energía de una forma sofocante y negativa. Ahora entiendo por qué Isaac siempre ha querido que nos mantengamos lejos de él y siempre ha puesto miles de carteles de advertencia alrededor.

Sin embargo, esa cicatriz ahí.

No, es una locura. Es el cansancio. La bebé está durmiendo y me siento esperando que Susan regrese, cuando ella vuelva, yo me iré, sí, me alejaré de esta familia lo más que pueda.

.

Salimos del campo de fútbol con las gradas todavía vibrantes. Corrí hacia él y me lancé a su espalda, abrazándolo por el cuello.

—¡Otro partido increíble! Cindy no dejaba de gritar tu nombre, Isaac.

Se giró con esa sonrisa suya que le iluminaba la cara, sudado y con el pelo revuelto.

—Ya sabes, así soy. El mejor en todo —se burló dándome un empujón divertido—. ¿Vamos a festejar? Te llevo en la camioneta.

—No, me iré con Sam a su casa —respondí, y noté que hizo una mueca.

Le di un golpe en la nuca, jugando.

—¡Mierda, dulce! —se quejó.

—¿Qué? —me reí, aunque al bajarle la cabeza, vi una herida cubierta con una gasa en la parte trasera de su cuello. En la nuca—. ¿Qué te pasó?

Se apartó rápido.

—Ah, nada… Solo una herida, tranquila —dijo, y comenzó a caminar hacia atrás, alejándose, sacude su mano con alegría—. Nos vemos, dulce.

Lo vi subir a la camioneta y arrancar, con la ventanilla abierta y el brazo colgando afuera, me quedo despidiéndolo con la mano todavía en el aire.

***

Toda la familia es turbia, me parece raro que Cassandra tantos años como amiga de Isaac y no lo haya notado 💔😭