Prólogo
Londres siempre olía a lluvia, humo y secretos.
A Arlet le gustaba eso.
Le gustaba la niebla cubriendo las calles antiguas, las luces reflejadas sobre el pavimento mojado y la sensación de anonimato que la ciudad le ofrecía incluso siendo quien era. Londres jamás hacía preguntas; solo observaba en silencio. Para alguien que necesitaba esconderse de su propio apellido, aquello era el único respiro posible.
A sus treinta años, una edad ridículamente joven para los estándares de la nobleza vampírica, Arlet llevaba sobre los hombros el peso de una herencia capaz de iniciar guerras. Hija del Rey de los Vampiros y de una humana, había crecido atrapada entre dos mundos que nunca terminaban de aceptarse por completo.
De su padre heredó aquellos ojos azul cristalino, tan claros que parecían fragmentos de hielo bajo las farolas. De su madre obtuvo el cabello negro como una noche sin luna y una humanidad que muchos dentro de su mundo aún consideraban una debilidad.
Quizás por eso había elegido la fotografía.
Detrás de una cámara nadie esperaba perfección, obediencia o la frialdad que debía poseer la hija del Rey de los Vampiros. En la fotografía solo existía el arte.
Y Arlet era extraordinaria en ello.
Aquella noche regresaba caminando después de una reunión con sus amigas cerca de University College London. La lluvia caía fina sobre las calles vacías mientras acomodaba la cámara dentro de su bolso de cuero.
Entonces el aire cambió.
No fue un sonido.
Ni un movimiento.
Fue un aroma imposible.
El fresco húmedo de un bosque después de la tormenta se mezcló con algo cálido, salvaje y peligroso. Como tierra caliente bajo el sol africano o un depredador oculto entre la hierba alta esperando el momento exacto para atacar.
Arlet se detuvo en seco.
Sus colmillos presionaron dolorosamente contra sus encías.
Y entonces lo vio.
Apoyado bajo uno de los arcos de piedra del campus, un desconocido la observaba como si llevara toda la noche esperándola.
Era demasiado alto, con el cabello rapado y una chaqueta de cuero empapada por la lluvia. Pero lo que la dejó sin aliento fueron sus ojos: cambiaron de azul a oro fundido y luego a escarlata en una sola mirada.
No era un lobo.
No del todo.
Había algo más pesado en él, algo más antiguo que despertó el instinto de supervivencia de Arlet de inmediato.
El desconocido sonrió lentamente y luego su voz grave atravesó el silencio como una caricia peligrosa.
—Vaya… Londres sí sabe cómo recibir a alguien.
Arlet entrecerró los ojos, sintiendo la vibración de su propio poder bajo la piel.
—¿Quién eres? —preguntó. No había miedo en su voz, solo una advertencia tensa.
Él inclinó apenas la cabeza, estudiándola sin el menor rastro de respeto.
Y eso fue lo primero que la irritó.
Nadie la miraba así; no cuando reconocían la letalidad que emanaba.
—Aslan —respondió con tranquilidad—. Estudiante nuevo.
Dio un paso hacia ella y Arlet sintió el cambio en la presión atmosférica.
Era un poder crudo e indomable.
—Deberías controlar la manera en que te acercas a alguien en estas calles —dijo con frialdad—. Especialmente si no sabes con quién estás tratando.
Una sonrisa ladeada apareció en los labios de Aslan.
—Sé perfectamente con quién trato —dio otro paso, acortando la distancia—. Hueles a sangre antigua y a algo… prohibido. Eres una vampira, ¿verdad?
Arlet cruzó los brazos, ocultando el ligero temblor de sus dedos. Odiaba que él pudiera leerla tan fácilmente.
—Y tú eres un insolente que no debería estar aquí.
Lejos de molestarse, él soltó una risa baja y oscura.
Entonces ocurrió.
El mundo pareció tensarse entre ambos, como si una cuerda invisible hubiera sido estirada hasta romperse.
El aire abandonó los pulmones de Arlet y su corazón, ese órgano que apenas recordaba que tenía, dio un golpe brutal contra sus costillas.
Destinado.
No.
Eso era imposible.
Ella jamás había esperado tenerlo. Jamás lo había necesitado.
Y, aun así, su cuerpo entero reaccionaba a él. A su aroma. A la forma en que sus ojos parecían verla de verdad, más allá de la máscara de frialdad.
Aslan la observó en silencio y su sonrisa se volvió algo más profundo, casi cómplice.
—Ah… ya entiendo esa mirada.
Arlet retrocedió un paso, sintiéndose expuesta.
—Lo que sea que creas que está pasando, olvídalo.
—Complicado hacer eso cuando prácticamente puedo escuchar cómo se acelera tu pulso desde aquí, preciosa.
—Eres un descarado mestizo —espetó ella, tratando de recuperar el control.
—Y tú eres hermosa cuando intentas parecer peligrosa.
Aslan se acercó hasta invadir su espacio personal. El calor que irradiaba era antinatural, abrasador, completamente opuesto al frío elegante de los vampiros.
Se inclinó hacia su oído y Arlet tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no cerrar los ojos.
—Tengo por delante cuatro años en esta universidad —murmuró—. Tiempo suficiente para hacer que dejes de mirarme como si quisieras matarme.
Arlet levantó el rostro con orgullo, recuperando su compostura.
—No te confundas. Sí quiero matarte.
La sonrisa de Aslan se volvió puramente depredadora.
—Sí… pero también quieres... —la miró de arriba abajo con descaro absoluto— Que vuelva a acercarme.
Y eso fue lo más aterrador de todo.
Porque tenía razón.
Arlet permaneció inmóvil mientras él se alejaba bajo la lluvia, desapareciendo entre las sombras del campus.
Se quedó allí, odiando que el aroma salvaje de aquel híbrido siguiera impregnado en su ropa.
Y odiando todavía más que, por primera vez en treinta años, una parte de ella quisiera correr detrás de él...
SAGA DESCENDIENTES#1 Mi Luna Roja#2 Mi Luna Blanca#3 Mi Luna AzulEstas tres historias dentro de la Saga Descendientes estan disponibles gratis, las siguientes estarán en venta.