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Vecina

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Vecina

Cuando Arlet reaccionó salió inmediatamente, como si la sola idea de permanecer un segundo más encerrada con aquel Alfa Real fuera demasiado peligrosa. Aslan, por supuesto, la siguió a paso ligero.

—¿A dónde vamos? —preguntó él alegremente.

—No “vamos” a ninguna parte —replicó Arlet sin detenerse—. Yo voy a cenar y tú te vas a tu casa.

—¿Y si casualmente mi casa está en la misma dirección?

—No lo está.

—Todavía no lo sabes.

—No me interesa saberlo —sentenció la vampira, acelerando el paso.

—Qué mujer tan desconfiada —murmuró Aslan, divertido.

Arlet caminó con paso decidido, esquivando a los pocos transeúntes que paseaban a esa hora. Justo cuando iba a cruzar la primera avenida, se detuvo en seco al notar que el híbrido la observaba con una sonrisa descarada que no auguraba nada bueno. Se giró hacia él, cruzándose de brazos.

—¿Qué? —inquirió ella, molesta.

—Nada.

—¿Qué?

—Es que eres aún más sexy de lo que imaginaba —admitió el Alfa Real sin un ápice de vergüenza.

—¿Caminando por la calle?

—Por la forma en que pisas el asfalto. Parece que estás a punto de declarar una guerra a la ciudad.

—¿Sabes qué? Voy a seguir sola.

—Perfecto.

—¿Perfecto? —Arlet entornó los ojos, sospechando de su repentina docilidad.

—Sí. Yo también voy de camino a casa.

—Entonces, adiós.

—Nos vemos en el restaurante de la esquina.

La vampira giró lentamente la cabeza, fulminándolo con la mirada.

—¿Qué restaurante?

—Ese de ahí adelante —señaló con un gesto de la barbilla hacia un local de grandes cristaleras y luces cálidas—. Pensaba invitarte. Al fin y al cabo, vivimos en la misma calle.

Arlet se quedó de piedra.

—¿Qué dijiste? —preguntó unos segundos después.

—Que vivimos en la misma calle. Mi apartamento está a tres edificios del tuyo ¿No lo sabías, vecina?

—¡Eso es acoso!

—No, eso es coincidencia inmobiliaria. Y una excelente oportunidad para una cita improvisada.

—¡No es una cita!

—Claro, claro —ironizó el hibrido—. Una cena entre dos vecinos destinados que discuten sin parar. Nada romántico.

Arlet se llevó una mano a la frente, exhalando un suspiro de frustración que se perdió en el aire de la noche.

—¿Quién te crio? —inquirió mirándolo con si quisiera matarlo.

—Mi madre, principalmente. Y mis abuelos ayudaron bastante a empeorarme.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Ves? Ya estamos conociéndonos.

—No quiero conocerte.

—Mentirosa.

La vampira lo ignoró, reanudó la marcha y cruzó la calle a toda prisa, decidida a dejarlo atrás y refugiarse en la seguridad de su edificio. Sin embargo, antes de que pudiera avanzar más de media cuadra, Aslan se adelantó con un movimiento ágil y felino, interponiéndose en su camino y obligándola a detenerse.

—¿Arlet? —la llamó con suavidad.

—¿Qué?

—No huyas.

Ella levantó la vista, dispuesta a replicar, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Algo en la expresión del híbrido había cambiado por completo; seguía sonriendo, sí, pero una ternura inesperada suavizaba la intensidad de sus ojos azules, que ahora brillaban con un matiz cálido bajo la luz pública.

—No voy a hacerte daño —dijo Aslan. Su voz era ahora suave, desarmadamente sincera—. No voy a obligarte a nada. Solo quiero estar contigo. Conocerte. Hacerte reír, aunque pongas esa cara de querer asesinarme. Eso es todo.

Arlet apartó la mirada de inmediato, pues aquellas palabras le resultaban mucho más peligrosas que cualquiera de sus atrevidos coqueteos. Se sentía expuesta en medio de la acera, desarmada por su honestidad.

—No me conoces —susurró, contemplando las luces del tráfico a lo lejos.

—Lo sé.

—No sabes quién soy.

—Todavía.

—No sabes lo complicada que puede ser mi vida.

—Entonces la descubriré poco a poco.

—¿Y si no me gusta compartirla?

Aslan sonrió con suavidad, dando un pequeño paso hacia ella sin llegar a invadir su espacio, con una paciencia infinita.

—Entonces me quedaré a la puerta y esperaré a que me dejes entrar.

El corazón de Arlet dio un vuelco, y eso la aterrorizó profundamente. Ningún hombre le había hablado así jamás: ni humanos, ni vampiros, ni nadie de su entorno. Siempre había sido la princesa, la heredera, la fotógrafa famosa, la mujer hermosa e intocable a la que todos querían impresionar o utilizar. Pero él... Él la miraba como si solo fuera Arlet, como si eso bastara para justificar su insistencia.

Por primera vez desde que lo había conocido, la idea de su cercanía no la hizo querer escapar. Lo cual, para su propia cordura, representaba un problema enorme.

—Eres muy joven para ser tan terco —murmuró finalmente, rompiendo el silencio mientras reanudaba el paso a un ritmo mucho más lento, permitiéndole caminar a su lado.

—¿Andas diciendo que soy un niño? —bromeó, recuperando su tono jovial—. ¿Y tú eres muy hermosa para ser tan gruñona?

—Eso no fue una respuesta.

—Es que me distraes.

Arlet sintió calor en las mejillas. Otra vez. Agradeció internamente la penumbra de la calle.

—Deja de decir esas cosas.

La sonrisa de Aslan se ensanchó al notar la ligera vacilación en su voz.

—¿Porque te hacen sonrojar?

—¡Porque son absurdas!

—¿Entonces por qué tu corazón acaba de acelerarse? Te aseguro que mi oído capta perfectamente esos latidos.

—¡Cállate!

—¿Porque tengo razón?

—¡Aslan!

—Está bien, está bien —aceptó él, levantando las manos mientras reía de buena gana—. Pero voy a seguir intentándolo.

—No deberías.

—Demasiado tarde. —Se inclinó un poco más hacia ella, mostrando unos ojos dorados rebosantes de aquella insoportable pero magnética alegría que era parte de él, pero sobre todo de su parte animal—. Porque, Arlet...

—¿Qué?

—Nunca en mi vida había estado tan feliz de que una mujer quiera matarme.

Y, para absoluto horror de la princesa de los vampiros, Arlet Carter terminó sonriendo. Fue solo un atisbo, apenas una fracción de segundo en la penumbra de la avenida, pero Aslan lo captó al instante con su agudeza visual de híbrido. La expresión de felicidad pura que iluminó el rostro de él fue tan genuina, hermosa y descarada que Arlet supo de inmediato que acababa de cometer un error terrible, le había regalado una sonrisa. Y sabía perfectamente que aquel cachorro impertinente iba a vivir de ella durante el resto del siglo.

La vampira recuperó rápidamente la compostura, aclarándose la garganta con fingida severidad en un intento por disimular su desliz. El estómago le dio un leve vuelco, recordándole que no había probado bocado en toda la tarde. Miró de reojo las luces del local que él había señalado minutos atrás y tomó una decisión rápida, apuntando con el dedo hacia el ventanal.

—Está bien —cedió—. Iré a cenar. Y será en ese restaurante de ahí.

—Vaya, ¡qué increíble coincidencia! —Aslan parpadeó, fingiendo una enorme e inocente sorpresa que no se creía ni él.

—Es exactamente eso: una coincidencia —recalcó Arlet con voz firme, clavándole una mirada cargada de advertencia—. Y no una cita.

—Muy bien, concedido —bromeó el Alfa Real, dándole espacio para que reanudara la marcha mientras se colocaba a su lado—. Una “no cita” formal en toda regla. Me encantan las “no citas”. —hizo comillas con las manos.

Caminaron juntos la corta distancia que los separaba de la entrada. A medida que se aproximaban, el aire fresco de la noche londinense comenzó a impregnarse de una deliciosa mezcla de especias, curry y comino. Resultó ser un acogedor restaurante de comida india, uno de esos rincones tan comunes y queridos en Londres, donde el aroma a cardamomo y pan naan recién horneado siempre era el mejor refugio contra la persistente humedad de la ciudad.

Al cruzar la puerta, una pequeña campana de latón tintineó sobre sus cabezas. La atmósfera interior era cálida y animada, decorada con tapices de tonos rojizos y lámparas de bronce que proyectaban un brillo místico sobre las mesas de madera oscura.

Una camarera joven, vestida con un uniforme impecable, se acercó de inmediato con un par de menús bajo el brazo y una sonrisa de bienvenida.

—Buenas noches. ¿Mesa para dos? —preguntó, paseando la mirada de la imponente presencia de Arlet al porte felino de Aslan, que la dejo sin aliento, no sabía cuál de los dos era más bello.

Antes de que Arlet pudiera siquiera abrir la boca para exigir mesas separadas o aclarar con orgullo que cada quien pagaría lo suyo, Aslan se adelantó con una naturalidad pasmosa.

—Sí, por favor —respondió el híbrido, regalándole a la empleada una de sus sonrisas más magnéticas—. Una mesa en un rincón que sea tranquilo.

Arlet se limitó a rodar los ojos con fastidio, exhalando un suspiro de resignación que solo sirvió para divertir aún más a su acompañante. Sabía que armar una escena en la entrada solo la haría quedar en ridículo, de modo que optó por mantener un silencio digno mientras seguían a la camarera por el animado pasillo.

Al final, y muy a pesar de todas sus barreras defensivas, terminó sentándose justo frente a él, separada únicamente por una pequeña mesa a la luz de las velas.

La parpadeante llama de la vela enjaulada en un candelabro de hierro proyectaba sombras danzarinas sobre las facciones de Aslan, dotándolas de una calidez casi irreal. Arlet abrió el menú con un movimiento seco, parapetándose detrás de la gran carta de cartón texturizado en un intento desesperado por ganar distancia física y mental. Sin embargo, por encima del borde del menú, descubrió que los ojos dorados del híbrido ya la estaban acechando, fijos en ella con una intensidad que la hacía sentir ridículamente expuesta.

—¿Vas a esconderte ahí toda la noche o me vas a sugerir algo rico? —preguntó Aslan, apoyando los codos en la mesa y sosteniendo su barbilla con una mano—. He oído que los vampiros tienen un gusto exquisitamente refinado para... bueno, para todo.

—Lo tenemos —replicó ella sin bajar la carta—. Lo que no tenemos es paciencia infinita para los cachorros impertinentes. Te sugiero el pollo tikka masala si no toleras el picante, o un vindaloo si de verdad eres tan valiente como pretendes aparentar.

Aslan soltó una risita baja que vibró agradablemente en el pecho de la vampiresa. Con un movimiento suave, él extendió la mano y dio un ligero toque con la punta del dedo al borde de la carta de Arlet, empujándola apenas unos centímetros hacia abajo. Lo justo para que sus miradas volvieran a cruzarse sin barreras.

—Soy un híbrido, preciosa. La unión de la última Alfa leona y un Alfa Real, asi que mis sentidos toleran cualquier fuego —aseguró con un brillo pícaro en la mirada—. Incluso el que desprendes tú cuando estás enojada. Pediremos el vindaloo. Y abundante pan naan con ajo, si es que no eres alérgica al ajo.

—Por favor. —gruño por lo bajo al escuchar lo del ajo.

La camarera regresó en el momento preciso para tomar la orden. Mientras Aslan interactuaba con la joven con esa innata cordialidad suya que resultaba insultantemente encantadora, Arlet aprovechó para observarlo en detalle. Había una soltura en sus hombros, una falta total de pretensión que contrastaba de manera drástica con los hipócritas vampiros de su círculo social. A pesar de su imponente físico y de la letalidad que intuía oculta bajo su piel de lobo, Aslan emanaba una energía acogedora, casi luminosa. Cuando la camarera se retiró, él volvió a concentrar toda su atención en ella.

—¿Por qué me miras así? —inquirió Aslan, entornando los ojos con una sonrisa de suficiencia— ¿Estás planeando mi asesinato o finalmente te estás dando cuenta de lo guapo que soy a la luz de las velas?

—Estoy calculando cuánta fuerza necesitaría para lanzarte a través de esa cristalera —replicó la vampira de inmediato, intentando mantener la voz lo más gélida posible. Sin embargo, sintió una traicionera oleada de calor subiendo por su cuello—. No te halagues tanto.

—Vaya. —musitó y se inclinó un poco más sobre la mesa, acortando la distancia entre ambos. El aroma de su aroma una mezcla de bosque lluvioso y el aroma caliente del sol africano invadió los sentidos de la vampiresa—. Para querer arrojarme por una ventana, tienes las mejillas increíblemente rosadas, mi querida vecina.

Arlet contuvo el aliento, maldiciendo internamente la rapidez con la que su fisiología reaccionaba ante él. Para ocultarlo, tomó rápidamente la copa de agua que la camarera acababa de servir y le dio un sorbo largo, desviando la mirada hacia los tapices rojizos de la pared.

—Hace calor aquí dentro. Es por los hornos de tandoor —mintió sin parpadear, aunque sabía perfectamente que la temperatura del local era más bien templada.

—Claro, los hornos —coincidió Aslan, su voz destilando una ironía deliciosa—. Totalmente comprensible. No tiene nada que ver con el hecho de que estemos a solas, cenando juntos y que yo sea absolutamente irresistible.

—Eres insoportable —corrigió, aunque por primera vez, el tono de su reproche carecía de verdadera mordacidad. Volvió a dejar la copa sobre la mesa, obligándose a sostenerle la mirada—. ¿Siempre eres tan descarado con todo el mundo?

La expresión de Aslan se suavizó ligeramente. La chispa burlona de sus ojos dio paso a un matiz más profundo, casi íntimo, que hizo que a Arlet le flaquearan las defensas por un instante.

—Solo con las mujeres que me importan —respondió él, con una honestidad tan directa que la desarmó por completo—. Y, sobre todo, con aquellas que intentan levantar muros tan altos que se olvidan de lo bien que se siente dejar que alguien los salte.

El corazón de Arlet dio un vuelco repentino, un latido desbocado que resonó con fuerza en el silencio de su propio pecho. Sabiendo que el agudo oído del híbrido captaría perfectamente su turbación, apretó los labios y miró hacia abajo, incapaz de sostener la intensidad de su mirada azul. Sintió un cosquilleo en las manos y jugueteó nerviosamente con los cubiertos, odiando y amando al mismo tiempo la desconcertante vulnerabilidad que él lograba provocarle con solo un puñado de palabras sinceras.

Aslan contempló su reacción con una ternura infinita. En lugar de burlarse del descontrol de sus latidos, estiró la mano sobre la madera oscura de la mesa, dejando sus dedos a apenas un par de centímetros de los de ella, ofreciéndole su presencia sin llegar a forzar un contacto físico que sabía que la asustaría.

—Oye —susurró, atrayendo de nuevo sus ojos—. No te lo digo para molestarte. Bueno, tal vez un poco sí, porque te ves preciosa cuando te sonrojas y te enfadas... Pero sobre todo te lo digo porque me gustas. Así de simple. Sin filtros.

Arlet sintió que las mejillas le quemaban de verdad ahora. Intentó fruncir el ceño para recuperar el control, pero la comisura de sus labios tembló, amenazando con delatar la sonrisa que pugnaba por salir.

—Deberías venir con una etiqueta de advertencia, cachorro —murmuró, girando la cabeza para ocultar la media sonrisa que finalmente se le escapó.

—Demasiado tarde, Inyanga (Luna). —rio Aslan, relajándose de nuevo en su silla cuando la camarera apareció cargando las humeantes fuentes de comida india, inundando la mesa con el embriagador aroma de las especias—. El peligro ya está sentado a tu mesa. Y me temo que no tengo intenciones de marcharme…

***Hola espero que este bien, me di cuenta de que me equivoque y publique el capítulo del miércoles, el martes, espero que lo hayan disfrutado y les esté gustando la historia, intentare la prima semana actualizar un capítulo más de los tres de la semana, espero lograrlo, lindo fin de semana, nos leemos pronto. Luna Minage.