Sonrisa
La comida llegó humeante, llenando la mesa con el aroma intenso de las especias y el pan naan recién horneado. Durante unos segundos, Arlet agradeció silenciosamente la interrupción. Necesitaba una distracción. Necesitaba dejar de pensar en la forma en que aquellos ojos azules parecían atravesarla sin esfuerzo y, sobre todo, necesitaba dejar de reaccionar a cada palabra de aquel hombre como una adolescente.
Aslan, por supuesto, parecía perfectamente relajado.
—Tengo una pregunta importante —anunció mientras tomaba un pedazo de naan.
—¿Solo una? —inquirió Arlet levantando una ceja.
—Por ahora. ¿Siempre eres tan hermosa o es un privilegio exclusivo de las cenas no románticas?
—¿Te alimentas de molestar a los demás? —le preguntó la vampira cerrando los ojos un instante.
—No. Me alimento de comida india y de tus miradas asesinas.
—Entonces deberías estar satisfecho. Te he dado bastantes.
—Mmm. Es verdad. Pero todavía no he conseguido una segunda sonrisa.
Arlet se llevó una cucharada de arroz a la boca, negándose a mirarlo.
—No tendrás otra. —dijo un poco después.
—La tendré.
—No.
—Sí.
—No.
—Yo veo que discutir contigo es una actividad recreativa. —dijo con una sonrisa descarada y ella resopló.
—Tú conviertes cualquier cosa en una actividad recreativa.
—La vida es más divertida así.
Arlet lo observó por encima de su copa. No había arrogancia vacía en él. Ni máscaras. Era auténticamente así. Alegre. Escandalosamente optimista. Irritantemente sincero y eso la desconcertaba.
Porque estaba acostumbrada a la falsedad, a los vampiros que medían cada palabra, a los hombres que la adulaban por ser hermosa, por ser rica o por pertenecer a una familia poderosa.
Aslan no sabía nada de ella. No sabía quién era su padre. No tenía idea de que estaba cenando con la hija del Rey de los Vampiros. Y, aun así, la miraba como si fuera la mujer más fascinante que había visto en su vida.
—¿Por qué sonríes sola? —preguntó él de pronto.
—¡No estoy sonriendo! —exclamó, casi se atragantó.
—Claro que sí. Una pequeña sonrisa. Aquí —señaló la comisura de sus propios labios—. Apenas un milímetro, pero existe.
—Deja de observarme tanto.
—Imposible.
—¿Por qué?
—Porque me gustas. —declaró encogiéndose de hombros.
La sencillez con la que lo dijo hizo que Arlet bajara lentamente el tenedor. No había doble intención. Ni dramatismo. Solo una verdad dicha con absoluta naturalidad.
—No me conoces —murmuró.
—Estoy trabajando en eso.
—¿Y si cuando me conozcas de verdad dejas de decir esas cosas?
—Entonces tendré un problema terrible.
—¿Cuál?
—Que me gustarás todavía más. —le regaló un guiño
—¿Es que no te cansas? —cuestionó mirándolo con auténtico fastidio.
—No.
—¿Nunca?
—No.
—¿Ni un poco?
—Preciosa, llevo menos de dos días en Londres, encontré a la mujer más hermosa del planeta, que además es mi compañera, y no solo eso, sino que resulta que vivimos prácticamente en la misma calle y además es gruñona. Estoy viviendo mi mejor momento.
—Deja de decir esas cosas. —le pidió la vampiresa sintiendo el calor subir por sus mejillas otra vez.
—¿Cuáles?
—Todas.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque son verdad.
—Definitivamente tienes un problema. —Arlet negó con la cabeza.
—Sí.
—¿Lo admites?
—Claro.
—¿Y cuál es?
—Tú. —declaró Aslan y la contempló con una sonrisa tranquila.
La respuesta fue tan rápida que Arlet terminó soltando una pequeña risa antes de poder detenerse. Los ojos del híbrido se abrieron de par en par.
—¡Ahí está!
—¿Qué?
—¡La segunda sonrisa!
Arlet se congeló. Y Aslan sonrió como si acabara de ganar la lotería.
—Dios, fue incluso más bonita que la primera.
—No ha pasado nada.
—Ha pasado todo.
—Solo me reí.
—Te reíste conmigo.
—Fue un accidente.
—El mejor accidente de mi vida.
—Eres ridículo.
—Y tú eres adorable cuando te rindes durante dos segundos.
—No me estoy rindiendo.
—Por supuesto que no —asintió solemnemente—. Solo estás cenando conmigo, riéndote conmigo y sonrojándote cada diez minutos.
Arlet abrió la boca para responder, pero terminó cerrándola. Porque el muy desgraciado tenía razón. Y aquello era peligroso. Muy peligroso, pero, por primera vez en mucho tiempo, mientras el ruido del restaurante llenaba el ambiente y las luces cálidas iluminaban el rostro sonriente del híbrido, Arlet Carter descubrió algo aún más aterrador que el vínculo.
Se estaba divirtiendo.
Y eso, definitivamente, era mucho peor. Porque una parte de ella empezaba a esperar aquellos momentos. Y una parte mucho más imprudente comenzaba a preguntarse cómo sería volver a verlo al día siguiente.
Mientras tanto, al otro lado de la mesa, Aslan la observaba con una expresión tan feliz y satisfecha que parecía un hombre que acababa de recibir el mejor regalo de toda su vida y, para ser honestos, así era exactamente como se sentía.
La cena terminó entre risas contenidas, miradas esquivas y un número escandaloso de veces en las que Aslan había conseguido sonrojarla sin el menor esfuerzo. Algo que, según él, era uno de sus talentos naturales.
Cuando la camarera se acercó con la cuenta, Arlet inmediatamente extendió la mano.
—La mitad es mía.
Pero el híbrido fue más rápido. Sacó la tarjeta y se la entregó a la joven con una sonrisa encantadora.
—Yo invito.
—Aslan. —dijo con tono de advertencia la vampira frunciendo el ceño, mientras la camarera se alejaba.
—¿Sí, preciosa?
—No.
—¿No?
—No vas a pagar.
—Demasiado tarde.
—No es una cita.
—Nunca dije que lo fuera.
—Lo insinuaste todo el tiempo.
—Eso es distinto.
—No voy a dejar que pagues por mí. —declaró.
—Soy todo un caballero. —dijo Aslan apoyando un brazo sobre la mesa y sonrió con tranquilidad.
—Eres un cachorro.
—Eso también —admitió con una sonrisa—. Un cachorro ardiente y con mucha energía, debo añadir.
—¡¿Qué?! —Arlet se atragantó con el agua.
—¿Qué? Solo describí mis cualidades.
—¡Nadie quería saber eso!
—No pareces disgustada.
—¡Me sonrojé porque eres un descarado! —exclamó indignada.
—Y yo me siento profundamente satisfecho con ese resultado.
La sonrisa victoriosa del híbrido hizo que Arlet apartara la mirada, sintiendo nuevamente el calor subir por sus mejillas.
—Eres imposible.
—Y tú eres preciosa cuando te pones roja.
—Voy a arrojarte al Támesis.
—Pero primero dejarás que pague.
La camarera regresó con la tarjeta y Aslan agradeció con una sonrisa tan brillante que la joven prácticamente olvidó respirar. Arlet, por supuesto, lo notó.
—Deja de sonreír así. —le ordenó.
—¿Así cómo?
—Así.
—¿Encantadoramente?
—Insufriblemente. —lo corrigió.
—Son sinónimos.
—No lo son.
—Para mí sí.
—No sé por qué sigo aquí. —dijo Arlet antes de solar un suspiro dramático.
—Porque te gusto.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Definitivamente sí.
Arlet decidió ignorarlo por su propia cordura.
Poco después salieron del restaurante. La noche londinense estaba fresca y la humedad habitual impregnaba las calles. Las luces de los escaparates se reflejaban sobre el pavimento mojado, mientras algunos peatones caminaban apresurados de regreso a casa.
Arlet respiró profundamente el aire frío, intentando apaciguar el calor que Aslan seguía provocando en ella.
—Gracias por la cena. —dijo y Aslan sonrió de inmediato.
—De nada, preciosa.
—Y espero no volver a verte.
—Mentirosa. —sonrió con descaro.
—Lo digo en serio.
—Y yo te contradigo en serio.
—Buenas noches, Aslan. —se despidió.
—Buenas noches, Inyanga (luna).
Arlet dio media vuelta y comenzó a caminar con paso elegante y decidido. Tres segundos después, escuchó pasos detrás de ella. Se detuvo en seco.
—No.
—¿No qué? —preguntó Aslan inocentemente.
—Deja de seguirme.
—No te sigo.
—¡Claro que me sigues! —lo señaló con la mano y el ceño fruncido.
—Voy a mi casa.
—¡Yo también!
—Qué coincidencia.
—¡No es una coincidencia!
—Sí lo es.
Arlet reanudó la marcha. Los pasos continuaron detrás de ella. Se detuvo de nuevo.
—Aslan.
—¿Sí?
—Deja de caminar detrás de mí.
—No estoy caminando detrás de ti.
—¡Te estoy viendo!
—Porque vamos en la misma dirección.
—¡Eso es seguirme!
—No, eso es urbanismo.
—Voy a perder la cordura. —murmuró la vampiresa cerrando los ojos.
—No, vas a llegar a tu edificio.
—Sin ti.
—Conmigo. Al menos hasta tu edificio.
—No pienso acostumbrarme a esto.
—Una pena, porque yo sí pienso acostumbrarme a verte todos los días.
Arlet siguió caminando con expresión mortificada. Cruzaron la esquina y entonces ella se detuvo tan bruscamente que Aslan casi chocó contra su espalda.
—¿Qué pasa? —preguntó e híbrido alzó las cejas.
—No… —dijo Arlet girando lentamente la cabeza.
Aslan siguió la dirección de su mirada y sonrió de oreja a oreja. Porque justo enfrente estaban ambos edificios. El elegante rascacielos donde vivía Arlet y, a apenas tres portales de distancia, el edificio moderno donde se encontraba su penthouse. Los ojos azules del híbrido brillaron con auténtica felicidad.
—¡Vecina! —exclamó con una sonrisa enorme—. Mira eso. El destino tiene un sentido del humor maravilloso.
—No. —dijo Arlet de inmediato.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No puede ser.
—Claro que puede.
—¡Esto es una pesadilla! —exclamó apretándose el puente de la nariz.
—Para mí es una fantasía. —dijo con descaro.
—¡Aslan!
—¿Sí, preciosa? —inquirió con una gran sonrisa.
—No sonrías así.
—¿Así cómo?
—¡Así!
—No puedo evitarlo. Resulta que mi hermosa compañera de cenas no románticas vive a tres edificios de mí.
—Esto es horrible.
—Esto es perfecto.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Arlet entró inmediatamente en el vestíbulo de su edificio sin mirar atrás. Y, por supuesto, tres segundos después, la voz divertida del híbrido llegó desde la calle, colándose por las puertas de cristal.
—¡Hasta mañana, Inyanga!
La vampiresa se quedó inmóvil dentro del ascensor privado. Y cuando las puertas de metal se cerraron, apoyó la frente contra el espejo y cerró los ojos.
—Dios… vive a tres edificios…
Pero, para su absoluto horror, una pequeña y suave sonrisa apareció en sus labios, eso era solo por el vinculo que tenía decidió, pero ella podía con eso, se aseguró, unos minutos despues ya estaba en su piso, cerró la puerta de su penthouse con más fuerza de la necesaria y apoyó la espalda contra la madera, cerrando los ojos durante un instante. Silencio, por fin.
O al menos eso esperaba, porque el vínculo seguía allí. Suave. Constante. Terriblemente presente. Soltó un suspiro largo y dejó el bolso sobre una consola de cristal junto a la entrada. El elegante penthouse se encontraba completamente a oscuras, salvo por las luces de Londres que se filtraban a través de los enormes ventanales. Siempre le había gustado llegar a casa y encontrarla vacía. La tranquilidad era una vieja amiga. El silencio la ayudaba a pensar.
Aquella noche, sin embargo, sus pensamientos eran el problema.
—Qué desastre… —murmuró, quitándose los tacones.
Caminó descalza sobre el suelo de madera, encendiendo las luces tenues del salón mientras se soltaba lentamente el cabello. El reflejo en uno de los ventanales la hizo detenerse. Estaba sonriendo.
—No. —dijo abriendo los ojos con horror, la sonrisa desapareció de inmediato— No, no, no.
Se acercó al cristal como si estuviera contemplando a una desconocida.
—No estoy sonriendo por ese cachorro insoportable.
Pero el recuerdo de Aslan inclinándose sobre la mesa, sonriendo satisfecho cada vez que lograba hacerla sonrojar, regresó sin permiso. «Soy un cachorro caliente y potente». Arlet cerró los ojos.
—¡Dioses! —se cubrió la cara con ambas manos—. ¿Quién dice algo así?
Y peor aún. ¿Por qué demonios se había puesto roja otra vez? Nunca. En treinta años. Jamás. Ni un humano, ni un vampiro, ni nadie había logrado semejante cosa. Ella ni siquiera sabía que podía sonrojarse.
—Es ridículo.
Pero el recuerdo de la sonrisa triunfal de Aslan al verla ruborizarse le arrancó otra media sonrisa involuntaria.
—No. —La borró inmediatamente—. Definitivamente no.
Se dirigió a la cocina y abrió el refrigerador. Sacó una botella de agua mineral y bebió directamente de ella, intentando calmar aquella extraña mezcla de irritación y felicidad que se había instalado dentro de su pecho.
Y eso era lo peor. La felicidad, porque aquel lazo no solo la irritaba. También la reconfortaba. La hacía sentir acompañada. Completa. Segura. Aquella sensación era nueva. Extraña y casi aterradora.
—La abuela Fátima tenía razón —susurró, apoyándose en la isla de mármol—. Odio cuando tiene razón.
Porque siempre se había burlado de las historias sobre destinados. Las había considerado cuentos románticos para criaturas demasiado sentimentales.
Pero ahora... Ahora comprendía por qué nadie escapaba de aquello. No era una cadena. Era una sensación. Una presencia. Como saber que, en alguna parte de la ciudad, existía alguien que pensaba en ti exactamente igual que tú pensabas en él.
Y eso era aterrador. Muy aterrador.
Porque no conocía realmente a Aslan. Solo sabía que era joven. Terriblemente guapo. Descarado. Molesto. Arrogante. Divertido. Insoportablemente encantador. Y un coqueto sin remedio.
—Y tiene un ego gigantesco. —dijo entre dientes y el vínculo vibró suavemente— Ni se te ocurra sentir orgullo por eso.
Como si el lazo pudiera entenderla, una extraña calidez se extendió por su pecho.
Y entonces se congeló, porque una sensación completamente ajena apareció al otro lado del vínculo. Alegría. Una alegría profunda. Sincera. Cálida. Y venía de él.
—¿Está… feliz? —murmuró quedándose inmóvil.
La sensación era inconfundible. Era como si Aslan estuviera sonriendo en algún lugar. Y de alguna manera, ella podía sentirlo.
Aquello era demasiado.
—No, no, no. Esto es absurdo. —bebió otro trago de agua—. Definitivamente tengo que ver a la abuela Fatima.
Se dirigió hacia su habitación y se dejó caer sobre la enorme cama. Pero apenas apoyó la cabeza sobre la almohada, otra vez apareció aquella voz grave en su memoria.
«Buenas noches, vecina».—Maldito cachorro. —se cubrió la cara con una almohada.
La imagen de sus ojos. Su sonrisa. La manera en que la miraba. La ternura con la que había dicho que solo quería conocerla. La forma en que había esperado pacientemente sus negativas. Todo volvió como una avalancha. Y, para horror de la princesa de los vampiros, una pequeña sonrisa apareció otra vez.
—Esto es una pesadilla.
Sin embargo, mientras apagaba la lámpara de noche y contemplaba las luces de Londres a través del ventanal, sus dedos rozaron inconscientemente el lugar donde el vínculo vibraba suavemente.
Y por primera vez desde que habia llegado a Londres muchos años atrás, dejando a su familia en Italia, Arlet Carter no se sintió sola, porque muy cerca de allí, a apenas una calle de distancia, otro idiota sonreía exactamente por la misma razón…