LNCrawler

Inevitable

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Inevitable

A solo dos edificios de distancia de la vampira, Aslan estaba exactamente igual de despierto que ella. Se encontraba tumbado boca arriba en su enorme cama, sonriendo como un imbécil.

—Definitivamente me quiere —murmuró para sí mismo. El lobo estuvo de acuerdo en su mente y el león también—. No me quiere matar de verdad.

Ambos animales parecieron burlarse de él ante su optimismo, lo que hizo que Aslan soltara una carcajada. Enseguida, la imagen de Arlet sonrojándose en el restaurante volvió a su cabeza; era, sin discusión posible, una de las cosas más adorables que había visto en su vida.

—Mañana volveré a verla.

La simple idea hizo que una sonrisa aún más grande apareciera en su rostro. No sabía exactamente cómo ni cuándo, pero vivían en la misma calle, estudiaba a pocas cuadras de su trabajo y el destino parecía tener una obsesión enfermiza por cruzarlos. Así que sí, mañana volvería a verla. Y esta vez estaba decidido a conseguir algo más que gruñido, decidió.

—Mañana será el día —se prometió.

Cinco minutos después seguía despierto. Diez minutos después también. Quince minutos después continuaba sonriendo hacia el techo, hasta que finalmente comprendió algo que hizo que soltara una nueva carcajada: él no era el único que estaba teniendo problemas para dormir aquella noche.

(…)

Arlet estaba absolutamente convencida de que aquella mañana había tomado una decisión brillante. Evitar al híbrido: simple, eficiente y civilizado. Por primera vez desde que se había mudado a Londres, decidió utilizar uno de los automóviles que su padre le había regalado cuando se mudó a Londres. Su progenitor seguía convencido de que una princesa vampira no debía caminar por la ciudad como una persona normal. Arlet, por el contrario, adoraba caminar; su estudio estaba apenas a unas cuantas cuadras de casa y normalmente disfrutaba de aquel trayecto que le permitía observar la ciudad, tomar fotografías improvisadas y despejar la mente antes de comenzar a trabajar.

Pero aquella mañana era diferente, porque aquella mañana existía Aslan y la vampira se negaba a pasar otra hora escuchando comentarios sobre sus ojos, su cabello, sus mejillas o cualquier otra parte de su anatomía que el descarado cachorro decidiera elogiar. Así que salió del edificio, ignoró deliberadamente el vínculo que vibró suavemente en su pecho al poner un pie en la calle y caminó directamente hacia el elegante automóvil negro estacionado en su lugar asignado.

—Hoy no —se dijo antes de subir al vehículo, arrancar y conducir decidida hacia su estudio.

Durante todo el trayecto se sintió ridículamente satisfecha consigo misma. Había funcionado: no había híbrido, no había sonrisas arrogantes, no había ojos azules siguiéndola por media ciudad. No había... De pronto, el vínculo vibró en su pecho. Arlet frunció el ceño.

—No —masculló.

Estacionó frente al edificio, tomó su bolso y salió del automóvil a toda prisa. Sin embargo, en cuanto cruzó la entrada principal del estudio, se congeló por completo. Porque allí estaba él, sentado cómodamente en uno de los sofás de la recepción como si fuera el mismísimo dueño del lugar.

Aslan levantó la vista en cuanto ella apareció y sus ojos se iluminaron de inmediato. La sonrisa que cruzó su rostro fue lenta, triunfante y absolutamente insoportable.

—Buenos días, preciosa.

Arlet cerró los ojos y contó mentalmente hasta cinco. No funcionó. Cuando volvió a abrirlos, él seguía allí, sonriendo con descaro.

—No —sentenció la vampira.

—Sí.

—¿Qué haces aquí?

—Esperándote.

—¿Por qué?

—Porque ayer descubrí que eres capaz de huir.

—No estaba huyendo.

—Claro que sí.

Aslan se puso de pie con parsimonia. Mientras tanto la recepcionista, que observaba la escena desde su escritorio, parecía estar disfrutando muchísimo del espectáculo.

—Usaste el automóvil —señaló el híbrido.

—¿Y?

—Nunca usas el automóvil para venir aquí.

—¿Cómo sabes eso? —cuestionó Arlet parpadeando, desconcertada.

—Porque le pregunté a tu recepcionista.

La joven detrás del mostrador levantó una mano con timidez.

—Lo siento...

—¿Le contaste mis horarios? —le reclamó Arlet, indignada.

—Fue muy amable —se justificó la recepcionista.

—Traidora..

Aslan soltó una carcajada vibrante.

—Además, fue bastante obvio.

—¿Qué fue obvio?

—Que estabas intentando evitarme.

—No estaba intentando evitarte.

—Mentirosa.

—No me llames mentirosa.

—Entonces deja de mentir.

Arlet apretó los dientes, lo que solo sirvió para que la sonrisa del híbrido se ensanchara todavía más.

—¿Sabes qué es lo mejor? —preguntó él.

—No.

—Que aun así vine.

—Eso no es lo mejor.

—Para mí sí.

La vampira ignoró al híbrido por un momento y se giró hacia el escritorio.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí?

—Cuarenta minutos —respondió la recepcionista.

—¡¿Cuarenta minutos?! —exclamó sorprendida.

—Cuarenta y tres —corrigió Aslan.

—¿Esperaste cuarenta y tres minutos?

—Sí.

—¿Por qué?

Él la miró con fijeza, como si la respuesta fuera la cosa más evidente del mundo.

—Porque quería verte.

Y ahí estaba otra vez: aquella sinceridad desarmante. Aquella maldita honestidad que resultaba mucho más peligrosa que cualquier coqueteo elaborado. Arlet sintió que el corazón le daba un vuelco traicionero en el pecho, y Aslan, por supuesto, lo escuchó gracias a su aguzado oído. Su sonrisa se volvió sumamente satisfecha.

—Ahí está.

—¿Qué?

—Ese latido.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—Aslan.

—Arlet.

—Deja de sonreír así.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque acabas de conducir varias cuadras para evitarme y, aun así, terminaste encontrándome.

Arlet quiso discutir, quiso replicar con algo inteligente, devastador y digno de una princesa de su linaje, pero no encontró ninguna palabra. Porque, desgraciadamente, el cachorro tenía toda la razón del mundo. Y lo peor de todo era que él lo sabía perfectamente.

Aslan dio un paso hacia ella. Solo uno, pero fue suficiente para que el espacio entre ambos se redujera y ella percibiera su aroma: esa mezcla imposible a bosque húmedo, sol africano y libertad pura, pero tambien sintio el calor de su piel, ese calor tan característico de los lupinos, aunque el de él era aún más intenso, tal vez tambien por su lado felino.

—Buenos días, Inyanga (Luna).

Arlet lo fulminó con la mirada, intentando en vano ocultar el calor en sus mejillas.

—Buenos días, mestizo. —respondió finalmente y la sonrisa del híbrido se volvió absolutamente radiante. Y aquello, por alguna extraña razón, hizo que la mañana de Arlet se complicara mucho más de lo previsto.

La vampira ignoró su gesto triunfal y caminó directamente hacia los elevadores privados que conducían a los pisos superiores del edificio.

—¿Ya terminaste de acosar a mi personal? —preguntó sin girarse.

—Prefiero llamarlo socializar —replicó el Alfa Real, siguiéndola de cerca.

—Claro.

—Además, tu recepcionista es muy amable.

—Lo era hasta que decidió colaborar contigo.

Aslan soltó una carcajada y la siguió sin la menor intención de marcharse. Las puertas del elevador se abrieron con un suave sonido metálico. Arlet entró primero y Aslan se deslizó justo detrás de ella. Cuando presionó el botón correspondiente a su piso, él simplemente se quedó allí, inmóvil y de pie a su lado, como si aquello fuera perfectamente normal.

—¿Y tú qué haces? —le preguntó Arlet girando lentamente la cabeza para mirarlo.

—Entrando al elevador.

—Eso ya lo veo.

—Entonces no entiendo la pregunta. —dijo con descaro.

—¿Por qué entraste?

—Porque tú entraste.

—Aslan —advirtió ella.

—Arlet —respondió el Alfa Real, imitando su tono a la perfección.

La vampira cerró los ojos un segundo. Respiró hondo, intentando recuperar la compostura, y volvió a abrirlos. El híbrido seguía sonriendo con descarada confianza.

—¿No deberías estar en la universidad? —le preguntó ella.

—Sí.

—Entonces ve. —señaló la puerta.

—Mi primera clase empieza más tarde.

—Perfecto. Puedes ir antes y prepara tus cosas.

—O puedo desayunar contigo.

—No voy a desayunar contigo.

—Todavía no me has dicho que no.

—Acabo de hacerlo.

—No con suficiente convicción, Inyanga (Luna).

Arlet soltó un suspiro exasperado mientras las puertas se cerraban por completo y el elevador comenzaba a ascender con suavidad.

—Tengo trabajo. —declaró.

—Lo sé.

—Mucho trabajo.

—También lo sé.

—Entonces deja de insistir. —le pidió cruzándose de brazos.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque pareces de mal humor.

—No estoy de mal humor.

—Estás huyendo de mí desde que amaneció, debe ser porque estas de mal humor.

—No estaba huyendo.

—Usaste un automóvil que normalmente no utilizas.

—Eso no demuestra nada.

—Demuestra muchísimo, precios.

—Eres insoportable. —dijo la princesa rodando los ojos, irritada pero incapaz de ocultar su nerviosismo.

—Y tú eres hermosa.

—No empieces.

—Solo estaba observando, además es un hecho.

—No hables tanto.

—Bien.

Por primera vez en varios minutos, Aslan guardó silencio. Arlet arqueó una ceja, sorprendida por su repentina obediencia.

—¿Ya está?

—Sí.

—¿No vas a decir nada? —inquirió frunciendo el ceño.

—Me pediste que no hablara.

—Me sorprende que seas capaz de obedecer una orden.

—Lo hago de vez en cuando, soy un mestizo bien portado siempre… bueno casi siempre. —corrigió.

—Milagros.

—Gracias.

Ella volvió a rodar los ojos. El silencio duró aproximadamente tres segundos antes de que él volviera a la carga.

—Aunque debo decir que te ves especialmente hermosa hoy.

—Duraste menos de un minuto. —dijo antes de soltar un gemido de pura frustración.

—Lo intenté.

—Pésimamente.

—Pero lo intenté —la sonrisa de Aslan se ensanchó todavía más—. Además, creo que deberías desayunar algo dulce.

—¿Por qué?

—Porque mejoraría tu humor.

—Mi humor está perfectamente bien.

—Claro.

—Lo está.

—Si tú lo dices...

—Lo digo.

—Entonces debe ser verdad.

—¿Te estás burlando de mí? —cuestionó observándolo con sospecha.

—Jamás.

—Mentiroso.

—Solo un poco.

El elevador siguió ascendiendo y, de forma completamente injusta, Arlet descubrió que estaba empezando a disfrutar de aquella conversación absurda. Lo cual era un problema; un problema enorme. Porque si continuaba asi, eso significaba que cada día resultaría más difícil ignorar el vínculo, ignorarlo a él y dejar de lado la insidiosa sensación de comodidad que aparecía cuando estaba cerca. Y eso era peligroso, sumamente peligroso.

—Estás pensando demasiado —la voz de Aslan la sacó de golpe de su ensimismamiento.

—¿Perdón?

—Pones esa cara cuando piensas demasiado.

—No sabes qué cara pongo.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—¿Siempre haces esto?

—¿Qué cosa?

—Contradecirme.

—Solo cuando te equivocas, Inyanga (Luna).

—Entonces nunca deberías hacerlo.

—Eso ha sido muy arrogante.

—Soy una Carter.

—Supongo que eso debe explicar muchas cosas.

Arlet intentó no sonreír, pero no tuvo demasiado éxito. Aslan lo notó inmediatamente, y la expresión tan satisfecha que apareció en su rostro hizo que ella sintiera unas ganas locas de empujarlo fuera del elevador.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—Esa.

—¿La de felicidad?

—Sí.

—No puedo evitarlo.

—Inténtalo.

—Tú me haces feliz, además soy bastante guapo y sexy cuando sonrió.

La respuesta llegó tan rápida y sincera que Arlet se quedó sin palabras durante un instante. Aslan tampoco pareció darse cuenta de la magnitud de lo que acababa de admitir; lo había dicho con absoluta naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo, como si no acabara de provocar que el corazón de una vampira inmortal perdiera el ritmo por completo. Otra vez.

Los ojos azules del híbrido descendieron brevemente hacia sus labios. Fue solo un segundo, pero Arlet lo captó y el aire pareció cambiar de inmediato entre ambos, volviéndose denso, cálido y extraño. El vínculo vibró con fuerza en su pecho. Aslan dio un paso más cerca, solo uno, pero suficiente para que ella percibiera con claridad su aroma a bosque húmedo, sol africano y libertad. Todo mezclado en algo exclusivamente suyo.

—Aslan... —su voz sonó mucho más baja de lo que pretendía.

—¿Sí?

—No compliques las cosas.

Por primera vez desde que lo conocía, él no respondió con una broma. No sonrió ni intentó coquetear. Simplemente la observó con una seriedad que la desarmó.

—Creo que las cosas ya estaban complicadas antes de que yo apareciera.

Aquellas palabras la sorprendieron porque tenían toda la razón del mundo. Él no conocía su vida, su familia, su posición, las asfixiantes expectativas o los secretos que guardaba, y aun así parecía entender algo que nadie más era capaz de ver.

El suave timbre del elevador anunció que su piso estaba a punto de llegar. Ambos lo supieron y permanecieron inmóviles, observándose fijamente en un silencio suspendido, como si ninguno de los dos quisiera romper aquella burbuja. Pero la realidad regresó de golpe cuando las puertas comenzaron a deslizarse para abrirse. Arlet apartó la mirada primero, recuperando el control de sí misma.

—Tengo trabajo.

—Lo sé.

—Y tú tienes clases.

—Lo sé.

Ella salió del elevador con paso firme y caminó hacia su oficina. Aslan la siguió de inmediato, de forma tan natural como si su presencia allí fuera inevitable. El estudio aún estaba sumido en un silencio total; el personal de esa planta todavía no había llegado, dejando el piso completamente a solas para ellos dos.

Arlet abrió la puerta de su oficina privada, entró y se giró para encararlo. Se cruzó de brazos, intentando aferrarse a su última pizca de compostura profesional, aunque el calor en sus mejillas la delataba.

—¿Sigues aquí? —preguntó, fingiendo exasperación.

—Claro.

—¿Por qué?

—Porque todavía no has aceptado desayunar conmigo.

Arlet soltó un suspiro resignado, apoyando la cadera contra el borde de su escritorio de madera oscura.

—Ya te dije que no voy a desayunar contigo —sentenció ella, tratando de sonar firme—. Hablo en serio. Tengo muchísimo trabajo que hacer hoy y tú vas a llegar tarde a la universidad. Tienes que irte ya.

Aslan no respondió. No hubo réplicas rápidas, ni bromas descaradas, ni sonrisas triunfantes. En su lugar, dio un paso al frente con una determinación silenciosa que hizo que el aire de la habitación se volviera denso de inmediato.

Antes de que Arlet pudiera procesarlo, él acortó la distancia y colocó ambas manos sobre la superficie del escritorio, una a cada lado de sus caderas. La acorraló por completo contra el mueble, atrapándola en su espacio personal. El aroma a bosque y sol de África la envolvió por completo, nublándole los sentidos de una forma abrumadora.

Ella alzó la barbilla, sosteniéndole la mirada con un último e inútil rastro de orgullo real, pero las palabras se le ahogaron en la garganta al ver como los ojos azules del híbrido, pasaban al dorado y por último al rojo.

—Aslan, yo...

No hubo advertencia. Él se inclinó y la besó.

El vínculo en el pecho de Arlet estalló en una vibración ardiente que le recorrió todo el cuerpo, sintió sus ojos cambiar al escarlata, intentó resistirse durante una milésima de segundo, recordándose a sí misma quién era y por qué esto era una locura peligrosa, pero la calidez de los labios de Aslan derribó cualquier lógica. Incapaz de luchar contra la marea de sensaciones, Arlet soltó un suave suspiro y cedió. Sus manos, que antes estaban cruzadas a la defensiva, subieron lentamente por el pecho de él, buscando apoyo, aferrándose a la tela de su ropa mientras se perdía por completo en la dulzura y el fuego de aquel beso…