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Huracán

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Huracán

El mundo pareció detenerse. No hubo explosiones ni fuegos artificiales; no hizo falta. Bastó el contacto de sus labios para que todo lo demás desapareciera. Arlet sintió cómo el tiempo dejaba de existir durante un instante imposible de medir. El aire se volvió demasiado cálido para una vampira acostumbrada al frío, demasiado denso para alguien que siempre había tenido el control absoluto de sí misma. Los labios de Aslan eran cálidos, insoportablemente cálidos y suaves, nada que ver con la imagen que ella había construido de él desde que apareció en su vida como un torbellino de sonrisas descaradas, bromas constantes y una testarudez que desafiaba cualquier lógica.

Él no la estaba besando con prisa, ni con desesperación, ni con arrogancia. La besaba como si llevara años esperando aquel momento; como si, desde el instante en que sus miradas se cruzaron aquella noche lluviosa, hubiera sabido que tarde o temprano acabaría allí. Arlet sintió el pecho estremecerse mientras el vínculo rugía dentro de ambos. Su parte orgullosa le gritaba que se apartara, que aquello era una locura. Él era un híbrido y ella la heredera de uno de los linajes más antiguos del mundo sobrenatural; pero otra parte, una mucho más antigua, profunda y primitiva, le suplicaba exactamente lo contrario: Quédate. Solo un poco más.

Sin darse cuenta, terminó aferrándose con más fuerza a la camisa de Aslan. Él sintió el pequeño gesto y sonrió apenas contra sus labios. No profundizó el beso ni intentó ir más allá; simplemente permaneció allí, dándole todo el tiempo del mundo para decidir. Fue ese detalle el que terminó de romper las defensas de Arlet. Porque él podría haber aprovechado su desconcierto, podría haber sido impulsivo, pero no lo hizo. La estaba dejando elegir. Y ella... ella eligió no apartarse durante unos segundos más.

Cuando finalmente separaron los labios, ninguno habló. Sus respiraciones eran muy diferentes: la de él seguía siendo cálida y profunda; la de ella, en cambio, estaba completamente desordenada. Aslan permanecía muy cerca, tan cerca que sus frentes casi se tocaban. Sus ojos azules habían recuperado el color habitual, aunque seguían brillando con una felicidad difícil de ocultar. Arlet evitó mirarlo, no porque quisiera, sino porque sabía que, si lo hacía, perdería el poco orgullo que todavía conservaba.

—Buenos días... —murmuró el Alfa Rea con una sonrisa pequeña.

Ella tardó varios segundos en reaccionar.

—No... —su voz salió apenas como un susurro. Se aclaró la garganta—. No vuelvas a hacer eso.

—¿Besarte? —inquirió Aslan inclinando ligeramente la cabeza.

—Sí. —respondió levantó por fin la mirada.

—¿Porque no te gustó?

Arlet abrió la boca con la intención de responder inmediatamente. Quiso decir «exacto», quiso decir «fue un error», quiso decir cualquier cosa que pusiera distancia entre ambos. Pero las palabras no aparecieron, porque ambos sabían la verdad, y Aslan podía oír perfectamente cómo el corazón de la vampira seguía latiendo con una fuerza completamente impropia de ella.

—Mentirosa... —murmuró el híbrido sonriendo con infinita ternura.

—No soy una mentirosa. —lo contradijo antes de apretar los labios.

—Acabas de besarme como si llevaras años queriendo hacerlo.

—¡Eso no pasó! —exclamó mientras sus mejillas adquirieron un tono carmesí tan intenso que, por un instante, olvidó incluso avergonzarse de ello.

—Pasó.

—No.

—Sí.

—¡No!

—Hasta me sujetaste de la camisa.

Arlet soltó inmediatamente la tela, como si acabara de darse cuenta de que seguía aferrada a ella.

—Tú empezaste. —lo señaló con un dedo acusador.

—Cierto.

—¡Lo admites! —exclamó epujandolo.

—Claro.

—¡Eres un descarado!

—También.

—¡Un imprudente!

—Probablemente.

—¡Un cachorro insoportable!

—Ese ya me lo habías dicho. —dijo Aslan sonriendo todavía más.

Ella respiró hondo una, dos, tres veces, rodeando el escritorio necesitaba recuperar el control, porque estaba completamente convencida de que, si permanecía cinco minutos más en aquella oficina, terminaría haciendo otra estupidez.

—Se acabó.

—¿El qué?

—Esto.

—¿Qué es "esto"?

—¡Nosotros!

—¿Hay un nosotros? —preguntó arqueando una ceja, el alfa Real con mucho iteres.

—¡No! —dijo Arlet abriendo mucho los ojos.

—Ah... —Aslan fingió pensarlo unos segundos—. Qué pena. Yo ya estaba empezando a ilusionarme.

Ella soltó un gemido de frustración.

—¿Cómo puedes seguir bromeando?

—Porque estoy muy feliz.

—¿Después de que tengo ganas de arrancarte la cabeza desde que te conocí?

—Sí.

—¿Después de todas las veces que te dije que te fueras?

—También.

—¿Después de que intenté evitarte usando el automóvil?

—Especialmente después de eso.

—No tienes remedio. —negó con la cabeza.

—No.

—Eres imposible.

—Un poquito.

Arlet caminó hasta la puerta de la oficina y la abrió de golpe. Se hizo a un lado.

—Fuera. —señaló con la mano y Aslan no se movió.

—¿Es una invitación para desayunar?

—Es una orden para que desaparezcas.

—No es lo mismo.

—Para mí sí.

Él soltó una carcajada. Era una risa limpia, luminosa, tan contagiosa que, durante una fracción de segundo, Arlet sintió deseos de sonreír otra vez. Se negó rotundamente.

Aslan caminó por fin hacia la puerta. Cuando pasó junto a ella, se detuvo apenas un instante. No intentó volver a besarla ni la tocó; solo inclinó ligeramente la cabeza para que únicamente ella pudiera escucharlo.

—Gracias.

—¿Por qué? —Arlet parpadeó.

—Porque no huiste. —dijo mirándola directamente a los ojos. Después salió de la oficina con la misma tranquilidad con la que había entrado.

Arlet permaneció inmóvil varios segundos. Esperó hasta dejar de escuchar sus pasos por el pasillo y, solo entonces, dejó caer lentamente la espalda contra la puerta cerrada. Se llevó dos dedos a los labios; todavía podía sentir el calor del beso. Y eso era precisamente lo que más miedo le daba. Porque por primera vez desde que alguien la besaba... no estaba segura de querer olvidarlo.

Mientras ella intentaba, sin éxito, recuperar la cordura en su oficina, la puerta del elevador se abrió con un suave sonido metálico en la planta baja. Aslan salió del cubículo silbando distraídamente.

No recordaba haber estado nunca de tan buen humor. Ni siquiera cuando había ganado el campeonato de combate, ni la primera vez que cambió de forma frente a toda su familia. Nada, absolutamente nada, se comparaba con lo que acababa de ocurrir en el piso de arriba. Se llevó inconscientemente dos dedos a los labios y sonrió para sí mismo.

—Definitivamente sabe mejor de lo que imaginé... —en su interior, su parte leonina soltó un rugido de pura satisfacción, mientras que su mitad lobuna prácticamente movía la cola de alegría— Sí, sí... ya sé. Yo también estoy enamorado —les respondió mentalmente a sus bestias.

Avanzó unos pasos por el amplio vestíbulo del edificio con una sonrisa imposible de borrar, cuando una voz femenina lo sacó de sus pensamientos.

—Buenos días...

Aslan levantó la vista. Frente a él se había detenido una mujer de aproximadamente la misma edad que Arlet. Tenía el cabello oscuro hasta los hombros, unas enormes gafas de sol apoyadas sobre la cabeza y un vaso de café en cada mano. La mujer lo observó en silencio durante unos segundos. Miró el elevador del que él acababa de salir, luego volvió a clavar sus ojos en él y una lenta y divertida sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro.

—Ah...

—¿Ah? —repitió Aslan arqueando una ceja.

—Así que eres tú.

—¿Nos conocemos? —inquirió intrigado, notando que tambien era una vampira.

—Todavía no —ella extendió la mano libre—. Soy Oriana.

—Aslan —respondió, estrechándola con naturalidad.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? —preguntó el híbrido frunciendo ligeramente el ceño.

Oriana sonrió como una niña que acaba de descubrir un secreto enorme.

—Claro.

—¿Cómo?

—Porque Arlet lleva dos días fingiendo que no existes. —respondió y Aslan soltó una carcajada limpia.

—Eso suena muy propio de ella.

—También lleva dos días hablando de ti sin darse cuenta de que lo hace.

Él parpadeó, sintiendo que su pulso se aceleraba de pura curiosidad.

—¿En serio?

—Es fascinante —Oriana comenzó a rodearlo lentamente, observándolo de arriba abajo como si fuera una pieza de museo—. Así que este es el famoso cachorro.

—¿Famoso? —inquirió el Alfa Real girando sobre sí mismo para no perderla de vista.

—Muchísimo.

—No tenía idea.

—Créeme —Oriana dio otro sorbo a su café—. Has revolucionado completamente el estudio. La recepcionista está enamorada de tu sonrisa; la maquillista dice que pareces salido de una campaña de perfume; el fotógrafo de moda quiere convencerte de modelar para él... Y Arlet... —hizo una pausa dramática— está completamente desesperada.

Aslan sonrió con un orgullo absolutamente descarado.

—¿Desesperada?

—Contigo.

—Qué bonito suena eso. —suspiró de forma dramática y Oriana soltó una risa ligera.

—No te emociones tanto. Ella insiste en que quiere estrangularte.

—Eso también me lo ha dicho.

—¿Varias veces?

—Sí.

—¿Y con bastante creatividad?

—También.

—Pero nunca habla de otra cosa. Ayer dijo doce veces la palabra "cachorro". —Oriana lo señaló con un dedo acusador.

—Me gusta ese apodo.

—Y dieciocho veces dijo "es insoportable".

—Eso también me gusta.

—Y cuatro veces aseguró que iba a matarte.

—Va bajando el promedio —bromeó él.

Oriana soltó una carcajada sonora.

—Tú definitivamente tienes un problema.

—Estoy enamorado.

—Eso ya lo había deducido.

—Muchísimo. —declaró sonriendo sin el menor intento de ocultarlo, sus ojos brillando con honestidad.

—Vaya... —Oriana dejó escapar un pequeño silbido, gratamente sorprendida— No esperaba que lo admitieras tan rápido.

—¿Para qué mentir?

—Buen punto.

La mujer lo observó con más atención. De pronto, entrecerró los ojos lentamente, enfocándose en un detalle.

—Espera...

—¿Qué? —Aslan la miró, curioso.

—Tienes labial. —señaló un punto en su piel.

—¿Qué?

—Justo... —ella se acercó un poco—. Ahí.

Aslan levantó una mano, tocándose el cuello.

—¿Aquí?

—No. Más arriba. Un poquito más... No, a la izquierda.

Él siguió buscando a tientas, completamente confundido. Oriana terminó soltando una carcajada franca.

—Eres un desastre.

Sacó un pequeño espejo de su bolso y se lo entregó. Aslan miró su reflejo en el cristal y entonces lo vio: una tenue marca rojiza, apenas perceptible. No era la forma de un beso directo; era simplemente el roce del labial de Arlet cuando ella había girado ligeramente el rostro durante el beso. Pero allí estaba, inconfundible.

Los ojos de Aslan se abrieron de par en par, y luego una sonrisa gigantesca y radiante se extendió por su rostro.

—Oh...

Oriana comenzó a reír todavía más.

—¡No puede ser! ¡Sí la besaste!

—Bueno... —admitió él con tono pícaro—, ella me besó un poquito también.

—¡No inventes!

—Es verdad.

Oriana negó con la cabeza entre risas.

—Voy a disfrutar muchísimo molestándola.

—No demasiado. —dijo deteniéndola con suavidad. La vampira dejó de reír al instante. Aunque el tono del híbrido seguía siendo amable, había una firmeza y una sinceridad absolutas en su mirada— No quiero que la hagas sentir incómoda.

Oriana lo observó con atención, guardando el espejo. Aquella respuesta no era la de un universitario fanfarrón; él podría haber presumido, contado detalles o alimentado su ego. Sin embargo, priorizaba la comodidad de ella.

—No pienso jugar con ella —continuó Aslan con tranquilidad—. Sé que está asustada.

Oriana sintió que su propia sonrisa cambiaba, volviéndose mucho más cálida y genuina.

—Así que de verdad te importa.

—Muchísimo.

—¿Aunque apenas la conoces?

Aslan negó lentamente con la cabeza, mirando un punto indefinido.

—Siento como si la hubiera estado buscando toda la vida.

Oriana permaneció unos segundos en silencio, conmovida por la intensidad de sus palabras. Después sonrió con ternura.

—Ahora entiendo por qué está tan confundida.

—¿Por qué?

—Porque ella nunca ha conocido a alguien como tú.

—¿Eso es bueno?

Oriana soltó una pequeña risa.

—Todavía no lo sé —lo estudió unos segundos más—. Pero sí sé una cosa.

—¿Cuál?

—Si llegas a romperle el corazón... —declaró y Aslan ladeó la cabeza, esperando. Oriana sonrió dulcemente, aunque sus ojos transmitían una advertencia real— Te juro que entierro tu cuerpo en algún bosque de Escocia y nadie volverá a encontrarte.

Aslan rompió a reír con ganas.

—Me agradas.

—No era un chiste.

—Lo sé.

—Hablo completamente en serio.

—Y yo también. —asintió con solemnidad.

—¿También qué? —Oriana arqueó una ceja.

—También hablo en serio cuando digo que jamás le haría daño, es mi Luna.

La mujer sostuvo su mirada durante unos largos segundos. Su trabajo la había enseñado a leer a las personas: mentiras, nervios, inseguridades... lo detectaba todo. Pero en aquellos profundos ojos azules no encontró absolutamente nada de eso. Solo una sinceridad casi desconcertante. Finalmente, sonrió de verdad.

—Bienvenido al caos, cachorro.

—Gracias. —Aslan sonrió, divertido.

—Te va a hacer sufrir muchísimo.

—Ya lo está haciendo.

—Y va a negarte que le gustas durante meses.

—Lo sé.

—¿Y aun así vas a seguir insistiendo?

La sonrisa del Alfa Real se volvió tranquila, segura y eterna.

—Toda la vida, si hace falta.

Oriana soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza.

—Madre mía... Pobre Arlet. No tiene la menor idea del huracán que acaba de entrar en su vida…