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Silenció Ruidoso

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Silenció Ruidoso

Oriana esperó apenas unos segundos después de que Aslan saliera del edificio antes de mirar el elevador. La sonrisa seguía instalada en su rostro, radiante y divertida.

—Pobre Arlet... —murmuró para sí misma, con un deje de compasión burlona—. No tiene ninguna oportunidad.

Entró al ascensor sosteniendo con cuidado los dos vasos de café y pulsó el botón del piso del estudio fotográfico. Durante el trayecto, no pudo evitar reír sola entre las cuatro paredes de metal.

—Es un cachorro insoportable... —repitió las palabras de su mejor amiga— Sí, claro.

Las puertas se abrieron con un suave carraspeo metálico. Al salir, comprobó que todo seguía relativamente tranquilo en el estudio. Algunos asistentes comenzaban a llegar con cámaras al hombro, varios estilistas transportaban percheros repletos de ropa y un par de maquilladoras conversaban junto a una mesa de luz mientras ordenaban brochas y cosméticos para la sesión del día. Varias personas la saludaron al verla pasar.

—Buenos días, Ori.

—Hola. ¿Trajiste café?

—Como siempre —respondió, dedicándoles una sonrisa radiante mientras caminaba directamente hacia la oficina privada de Arlet.

Se detuvo frente a la puerta y golpeó dos veces con los nudillos. Solo obtuvo silencio por respuesta, lo que hizo que frunciera ligeramente el ceño.

—¿Arlet? —insistió. Nada. Despacio, empujó la puerta apenas unos centímetros para asomar la cabeza—¿Puedo...?

La escena que encontró la obligó a morderse el labio inferior con fuerza para no soltar una carcajada ahí mismo. Arlet estaba completamente inmóvil frente al gran ventanal, como si se hubiera convertido en una de las estatuas de su propio jardín. Tenía una mano presionada contra los labios y la mirada perdida en el vacío, con una expresión de absoluto desconcierto, como si estuviera cuestionándose cada una de las decisiones que había tomado a lo largo de su existencia.

—Buenos días —saludó Oriana con una inocencia exagerada que rozaba lo teatral.

Arlet dio un pequeño respingo. Retiró de inmediato la mano de la boca y carraspeó, tratando de recuperar en un segundo su habitual compostura aristocrática.

—Buenos días. —respondió el saludó.

Oriana entró despacio, cerró la puerta a sus espaldas con el pie y depositó uno de los cafés sobre el escritorio.

—Te traje esto. —dijo extendiendo el vaso hacia ella.

—Gracias. —tomó el vaso.

Se instaló un silencio denso entre las dos. Arlet evitaba mirarla a los ojos, concentrada de repente en un punto inexistente de la pared, mientras Oriana se cruzaba de brazos, observándola con una ceja alzada.

—¿No vas a contarme? —preguntó finalmente Oriana.

—¿Contarte qué? —replicó la vampira, fingiendo demencia.

—Lo que acaba de pasar aquí.

—No pasó nada.

—Ajá.

—Nada, Oriana.

—Claro.

—Absolutamente nada. —declaró con tono frio y Oriana asintió con una seriedad cómica.

—Entonces... —se acercó lentamente, rodeando el escritorio hasta quedar frente a ella. Con un dedo perfectamente manicurado, señaló el rostro de su amiga—. ¿Por qué todavía tienes el labial corrido?

Arlet se congeló. Los ojos se le abrieron de par en par, perdiendo toda la frialdad que tanto le costaba mantener. Instintivamente, buscó con la mirada el pequeño espejo de plata que estaba en el primer cajón de su escritorio. Lo tomó con dedos ligeramente temblorosos y, al mirarse, descubrió que, efectivamente, el color carmín de sus labios estaba difuminado en las comisuras.

—No... —murmuró cerrando los ojos, derrotada.

—Sí.

—No...

—Sí, querida.

—Lo odio. —dejó escapar un gemido de frustración y apoyó los codos en la mesa.

—No es verdad.

—Sí, lo odio.

—No odias eso para nada.

—Lo odio muchísimo, de verdad.

—Pues yo diría que besa bastante bien. —dijo Oriana sonriendo con una malicia encantadora.

El comentario casi hace que a Arlet se le resbale el espejo de las manos. Giró la cabeza hacia ella con una lentitud que pretendía ser amenazante.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque acabo de conocerlo —respondió su mejor amiga encogiéndose de hombros.

El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto y pesado.

—¿Qué acabas de decir? —susurró la princesa vampira.

—Que conocí a Aslan.

—¿Dónde? —los ojos de Arlet se abrieron aún más, si es que eso era posible.

—Abajo.

—¿Hablaron?

—Claro.

—¿Mucho?

—Un ratito.

Arlet sintió que una oleada de pánico, una sensación cálida y sumamente incómoda para alguien de su especie comenzaba a instalarse en su pecho.

—¿Qué... qué te dijo?

Oriana se dejó caer con elegancia en uno de los sillones de cuero frente al escritorio, acomodándose como si estuviera a punto de presenciar la mejor función del año.

—Muchas cosas.

—Oriana...

—Es muy simpático.

—Oriana, hablo en serio.

—Muy educado, además. —le guiño el ojo con picardía.

—¡Oriana!

—¿Qué?

Arlet respiró hondo, intentando apaciguar el ritmo desbocado de sus latidos.

—¿De qué hablaron? —preguntó intentando recuperar el control.

La sonrisa de Oriana regresó con toda su fuerza protectora y divertida.

—Pues... —se cruzó de piernas, apoyando la barbilla en la mano—. Descubrí que llevas dos días enteros hablando de él.

—¿Qué? —inquirió parpadeando, desconcertada.

—Sí.

—Eso no es verdad.

—Es completamente verdad.

—No hablo de él.

—Hablas muchísimo de él.

—No.

—Sí.

—No, Oriana. —contradijo con solemnidad.

—Que sí.

—Te estás inventando cosas. —dijo la vampira cruzando los brazos sobre el pecho, adoptando una postura defensiva.

—¿Quieres que te recuerde algunas de tus frases recientes? —ofreció Oriana con tono cantarín. Arlet prefirió guardar un silencio prudente, pero su amiga no necesitó su permiso para continuar—: Ese cachorro me saca de quicio». —silencio por parte de la princesa—. No entiendo por qué sigue apareciendo. —más silencio—. ¿Quién se cree que es? —silencio absoluto—. Es insoportable. —Oriana levantó un dedo para rematar— Y mi favorita: Voy a matarlo. Esa última la dijiste al menos cuatro veces.

Arlet abrió la boca para defenderse, pero no encontró ningún argumento sólido. La volvió a cerrar y suspiró de manera prolongada.

—Bueno...

—Ajá.

—Tal vez...

—Ajá.

—Lo mencioné un par de veces.

—Unas cuarenta.

—¡Exagerada!

—Treinta y ocho, para ser exactos.

—No puedo creer esto. —dijo Arlet dejando caer la frente sobre la superficie de madera del escritorio, rindiéndose por completo.

—Yo sí —dijo Oriana, tomando tranquilamente un sorbo de su café—. Además...

—¿Qué? —levantó la vista, entrecerrando los ojos con desconfianza.

—Ahora entiendo perfectamente por qué estás tan confundida.

—No estoy confundida.

—Claro que lo estás.

—No lo estoy.

—Entonces explícame por qué estás roja.

—No estoy roja —replicó Arlet, frunciendo el ceño.

—Cariño... —Oriana señaló sus propias mejillas con un gesto divertido—. Pareces una cereza madura.

Arlet se llevó las manos al rostro de inmediato. Su piel, usualmente gélida como el mármol, estaba caliente. Muchísimo.

—Esto no tiene ningún sentido...

—Creo que lo tiene todo.

—Los vampiros no nos sonrojamos, Oriana. Es biológicamente imposible.

—Pues felicidades, acabas de romper las leyes de la naturaleza por él. —dijo sonriendo con malicia, escuchó a su amiga gemir entonces agrego— Aunque podríamos decir que es porque tu madre es humana.

—Qué vergüenza... —gimió volviendo a esconder el rostro entre las manos, sintiendo el calor extenderse hasta la punta de sus orejas.

Oriana la miró y su expresión maliciosa se suavizó, transformándose en una mueca de enorme ternura. Era la primera vez que veía a su mejor amiga perder por completo el control. La princesa elegante, la heredera impecable, la mujer que siempre tenía una respuesta fría y perfecta para cada situación... Estaba completamente desarmada por culpa de un hibrido universitario y descarado.

Y, sorprendentemente, aquello la hacía verse mucho más viva. Más humana.

—¿Sabes cuál fue mi parte favorita de la conversación? —preguntó Oriana con voz más suave.

—No quiero saberlo. —dijo separando ligeramente los dedos para mirarla con un solo ojo, desconfiada.

—Te va a tocar saberlo de todos modos.

—Oriana, por favor...

—Cuando le advertí que iba a molestarte por lo del beso...

—¿Le dijiste qué? —preguntó sintiendo como se le encogió el estómago.

—Nada importante.

—¡Oriana!

—Escúchame —pidió, interrumpiéndola con un gesto serio—. Él me pidió que no lo hiciera. —le contó y la princesa contuvo el aliento un instante.

—¿Qué?

—Me pidió que no te molestara. Me dijo que no quería que te sintieras incómoda o presionada por lo que había pasado.

La oficina quedó sumida en un silencio muy distinto al de antes; uno más cálido, casi reverente. Oriana dejó lentamente su vaso de café sobre el escritorio, asegurándose de que Arlet asimilara cada palabra.

—Podría haber presumido de lo que hizo —continuó Oriana—. Podría haber actuado como un idiota arrogante delante de mí para dárselas de conquistador. Pero no lo hizo.

Arlet permaneció inmóvil, procesando la revelación. En su mente, los recuerdos del encuentro de hacía unos minutos cobraron una nueva perspectiva. Recordó la calidez de los labios de Aslan, la delicadeza con la que había esperado a que ella correspondiera el gesto, asegurándose de que fuera mutuo. Recordó que no había intentado forzar nada más, ni había buscado un segundo beso para alimentar su ego. Simplemente se había marchado con un susurro. No una exigencia. No una promesa vacía. Solo un agradecimiento sincero.

—Es un buen hombre... ¿verdad? —preguntó Oriana con una dulzura inusual.

Arlet tardó varios segundos en responder. Desvió la mirada hacia la gran ventana de su oficina, observando cómo los rayos dorados del sol bañaban los tejados de Londres. Luego, bajó la vista hacia su café y, casi sin darse cuenta, una sonrisa pequeñísima y sumamente suave curvó sus labios. Fue un gesto tan efímero que apenas existió, pero Oriana, que la conocía mejor que nadie, lo capturó al vuelo.

—Ay, Arlet...

—No digas nada —advirtió la vampira al instante, recuperando su máscara de seriedad, aunque sus ojos seguían brillando.

—No he dicho nada.

—Ni se te ocurra empezar.

—No iba a hacerlo.

—Te conozco, Oriana.

—Y yo a ti, mi princesa.

Oriana se puso de pie, tomó nuevamente su vaso de café y caminó con paso ligero hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se detuvo y se volvió una última vez sobre sus talones.

—Por cierto...

Arlet suspiró, sabiendo perfectamente que la tregua había terminado.

—¿Qué?

La chispa traviesa en los ojos de Oriana regresó con toda su fuerza.

—Tu compañero Aslan esta para morirse, y es absolutamente encantador.

Arlet abrió mucho los ojos, escandalizada por el término.

—¿Mi qué?

—Tu compañero.

—No es mi compañero.

—Claro que sí.

—Que no.

—Que sí.

—¡No!

—Por favor, si ya hasta se besan en horario laboral.

—¡¡Oriana!!

La sonora carcajada de su mejor amiga resonó con eco por todo el lugar, pero antes de escapar, se recordó porque estaba allí.

—Casi se me olvida, hoy es cumpleaños de Edward iremos a bailar asi que prepárate….

—Pero…

—No hay un pero que valga, nos vemos en la noche, te mando un mensaje con la información, solo puedes cancelar si me dices que va a hacer tuyo a ese cachorro sexy.

—¡Oriana! —volvió a gritar con la cara tan roja como una cereza madura.

De nuevo su amiga se rio mientras escapaba a paso veloz, justo antes de que Arlet pudiera lanzarle el pesado tintero de bronce que descansaba sobre su escritorio. Y por primera vez en muchos, muchos años, el aire de aquella oficina moderna no se sintió frío, sino lleno de una calidez que prometía cambiarlo todo.

(…)

El resto de la mañana transcurrió con una tranquilidad engañosa. Aslan apenas pudo concentrarse en las clases. El profesor llevaba casi veinte minutos explicando un complejo proceso mientras llenaba la pizarra de fórmulas y diagramas, pero su mente estaba muy lejos de allí. Los estudiantes tomaban apuntes con rapidez, algunos fotografiaban las diapositivas y otros debatían en voz baja; Aslan, en cambio, sonreía solo. Tenía el bolígrafo entre los dedos, el cuaderno abierto y una única palabra escrita en toda la página: Arlet. Debajo, había dibujado un corazón, luego otro y, finalmente, una flecha.

—Estoy preocupado por ti.

La voz a su lado lo sacó abruptamente de sus pensamientos. Aslan giró la cabeza para encontrarse con el chico pelirrojo y pecoso sentado junto a él. Era Liam, a quien había conocido apenas el primer día de clases, y que ahora observaba el cuaderno con una expresión sumamente divertida.

—¿Qué? —preguntó Aslan.

—Creo que acabas de enamorarte. —señaló Liam el cuaderno.

Aslan bajó la vista hacia la hoja, contemplando sus garabatos. Sin inmutarse, arrancó la página con total tranquilidad.

—Sí —admitió con una sonrisa franca.

—Ni siquiera intentaste negarlo —Liam soltó una carcajada.

—¿Para qué?

—Normalmente la gente dice cosas como no sé de qué hablas o es solo una amiga.

—Sería mentir.

El pelirrojo volvió a reír, llamando la atención de la chica que se sentaba al otro lado. Zoe, una joven de rizos oscuros que compartía varias materias con ellos se inclinó sobre la mesa para unirse a la conversación.

—¿Qué pasa? —quiso saber ella.

—Está enamorado —informó Liam.

—Muchísimo —corrigió Aslan con absoluta naturalidad. Zoe abrió los ojos de par en par.

—¿Así de rápido?

—Sí.

—¿Cuánto llevan saliendo?

—No salimos. —respondió el híbrido.

—¿Entonces...?

—Ella todavía no lo acepta.

Los dos estudiantes intercambiaron una mirada de desconcierto.

—¿Te rechazó? —preguntó Liam con cautela.

—Constantemente —respondió Aslan—. Casi todos los días. También dice que quiere matarme.

—Creo que... eso no suena muy prometedor —opinó con timidez Zoe quien parpadeó varias veces, procesando la información.

—En realidad vamos mejorando —aseguró él.

—¿Perdón?

—Hoy me besó. —dijo con una sonrisa en los labios que no pudo ocultar.

Liam dejó caer el bolígrafo sobre el pupitre con un golpe seco.

—¡¿Qué?!

—Bueno... —Aslan sonrió al recordar el dulce tacto de sus labios— Yo la besé primero.

—¡Eso cambia completamente la historia! —exclamó Liam.

—Después ella siguió besándome.

Zoe y Liam se le quedaron mirando en absoluto silencio durante unos segundos.

—Creo que necesitas contar la historia desde el principio —sentenció Zoe, cruzándose de brazos.

Aslan abrió la boca, dispuesto a complacerlos, pero una voz firme interrumpió el cuchicheo:

—Señor Khumalo.

Los tres levantaron la cabeza de golpe. El profesor los observaba desde el frente del aula con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Le importaría compartir con todos nosotros qué proceso evolutivo resulta tan interesante?

Toda la clase volvió la vista hacia ellos, el pelirrojo sin perder la compostura, sonrió con educación.

—Lo siento, profesor.

—Presten atención, los tres.

—Sí, señor. —dijeron al mismo tiempo el trio.

Apenas cinco segundos después, Liam empujó discretamente un trozo de papel sobre el pupitre: «Luego me cuentas todo» . Aslan tomó su bolígrafo y escribió debajo con rapidez: «Con mucho gusto» .

Las clases terminaron poco después del mediodía. Los estudiantes comenzaron a desalojar el edificio en pequeños grupos, ansiosos por el fin de semana. Aslan caminaba hacia la salida cuando una voz conocida lo detuvo.

—¡Aslan!

Al volverse, vio a Liam corriendo en su dirección, acompañado por Zoe y otros tres compañeros con los que había coincidido durante esos días.

—¿Qué ocurre? —preguntó Aslan, deteniéndose.

—Esta noche vamos a salir —anunció Liam, recuperando el aliento, era un humano, que tenía aroma asi, que seguramente era compañero de algun ser sobrenatural, pero por supuesto el Alfa Real no dijo nada.

—¿Salir?

—Sí, es la primera semana de universidad —explicó Zoe que era una Kitsune— Estamos organizando una pequeña celebración para conocernos mejor.

—Nada elegante —añadió Ethan, un chico alto que sin duda era otro Hombre Lobo— Solo iremos a un pub cerca del campus. ¿Te animas?

Aslan dudó unos segundos. Su primer impulso fue pensar en Arlet. Podría pasar por su estudio, esperarla, caminar con ella hasta su casa o invitarla otra vez a cenar. Sonrió sin darse cuenta, pero de inmediato descartó la idea. No. Quizá debía darle un poco de espacio. Había sido un día demasiado intenso para ella: el beso, la conversación, todo.

Además, una pequeña sonrisa traviesa apareció en su rostro. Tal vez si no aparecía durante unas horas, ella lo echaría un poquito de menos. La idea hizo que tanto el lobo como el león ronronearan satisfechos en el fondo de su mente.

—¿En qué piensas? —preguntó Liam, interrumpiendo su debate mental.

—En una estrategia.

—Eso sonó peligrosísimo.

—No tanto —sonrió Aslan, antes de asentir—. Está bien, me apunto.

Los rostros de sus nuevos compañeros se iluminaron.

—¡Perfecto! Nos vemos a las ocho. No llegues tarde. —No lo haré.

Intercambiaron números de teléfono rápidamente y, poco a poco, cada uno tomó un camino diferente. Aslan caminó tranquilamente bajo el dosel de árboles del campus mientras sacaba el móvil del bolsillo. Buscó un contacto guardado y presionó el botón de llamada: Connor .

La comunicación tardó apenas unos segundos en establecerse a través del océano.

—¡Hermano! —contestó la voz al otro lado medio adormilado, pero sin perder el entusiasmo—. ¿Cómo va Londres?

—Bien.

—Esa respuesta tan corta significa que pasó algo —sentenció Connor al instante.

—Puede ser.

—Te conozco demasiado, suéltalo.

Aslan soltó una pequeña risa, deteniéndose junto a un banco de piedra.

—La besé.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto. Luego, un estruendo casi sordo perforó el auricular:

—¡¿Qué?! ¡¿Ya la besaste?!

—Sí.

—¡Llevas apenas unos días allí!

—Más o menos.

—¡Eso fue rapidísimo!

—No tanto —replicó Aslan, divertido.

—¡Claro que sí! —Connor estalló en una carcajada tan limpia y ruidosa que apenas le permitía hablar—¿Y bien? ¡¿Qué pasó?! Cuéntame.

Aslan levantó la vista hacia el cielo de Londres, donde las nubes se movían despacio. La calidez del recuerdo seguía viva en su pecho.

—Me besó de vuelta.

Connor guardó silencio de nuevo, pero esta vez fue un silencio cargado de asombro. Cuando volvió a hablar, su tono jovial había desaparecido, reemplazado por una seriedad sincera.

—Entonces... es ella.

Aslan no necesitó que aclarara el concepto. Para su especie, no hacían falta demasiadas explicaciones cuando el lazo despertaba.

—Sí.

—¿Y ahora qué? ¿Qué vas a hacer? ¿vas a reclamarla?

Aslan reanudó la marcha, caminando despacio sobre el sendero de hojas secas.

—Ahora voy a darle un poco de espacio. Creo que la estoy asustando un poco.

—Un poco, dice... —Connor soltó una risita burlona.

—No quiero presionarla —continuó Aslan, ignorando el tono de su hermano—. Esta noche unos compañeros nuevos me invitaron a salir a un pub. Creo que aceptaré.

—¿Para distraerte?

—Y para dejar que me extrañe un poquito.

Al otro lado del Atlántico, Connor estalló en carcajadas.

—¡Eres terrible! —exclamó entre risas.

—No tanto.

—Estás manipulando la situación con premeditación y alevosía.

—Estoy siendo estratégico, que es muy diferente.

—Es exactamente lo mismo —se burló su amigo. Aslan negó con la cabeza, sonriendo.

—No voy a desaparecer. Solo quiero que tenga tiempo para pensar.

Connor permaneció unos segundos en silencio antes de comentar.

—¿Sabes? Creo que es la primera vez en mi vida que te escucho tan... paciente.

Aslan meditó la respuesta, sintiendo el latido constante y profundo en su interior.

—Porque vale la pena, es mi Luna.

Podía sentir la sonrisa de Connor incluso a través de la línea.

—Me alegra verte así, hermano.

—A mí también.

Después de despedirse y colgar, Aslan guardó el celular en el bolsillo de la chaqueta. No muy lejos de allí, el viento londinense mecía suavemente las copas de los árboles, arrastrando consigo la promesa de la tarde. Sin que pudiera evitarlo, el vínculo volvió a vibrar con suavidad en el centro de su pecho. Cerró los ojos un instante, saboreando la conexión.

—Te dejaré descansar unas horas, Inyanga... —susurró para sí, abriendo los ojos de nuevo— Pero solo unas horas.

Tenía el firme presentimiento de que, mientras él intentara distraerse con la algarabía de sus nuevos compañeros, en algún rincón de la ciudad, Arlet Carter estaría descubriendo que el silencio también podía hacer muchísimo ruido…