Estrategia
El resto del día transcurrió sorprendentemente normal lo cual Arlet agradeció, pasó horas revisando fotografías, aprobando campañas publicitarias, corrigiendo la iluminación de una sesión y atendiendo varias reuniones con clientes. Habitualmente, cuando se sumergía en el trabajo, conseguía olvidarse de todo lo demás; su estudio era su refugio. Detrás de una cámara o frente a una pantalla de edición, el mundo simplemente dejaba de existir. Pero ese día no.
Cada cierto tiempo, su mirada se escapaba de forma inevitable hacia la puerta de cristal de su oficina. Nada. En otra ocasión, creyó escuchar unas carcajadas en el pasillo y su corazón dio un pequeño vuelco, pero al asomarse descubrió que solo era uno de los maquillistas bromeando con una modelo. Frunció ligeramente el ceño, intentando recuperar la concentración.
—¿Todo bien? —preguntó uno de sus asistentes al verla tan distraída.
—Perfectamente —mintió.
El vínculo permanecía extrañamente silencioso, pero podía sentirlo; era como un hilo cálido en algún rincón de su pecho, una presencia constante que le recordaba que Aslan seguía allí, en la ciudad, simplemente lejos de ella. Era extraño, muy extraño. Desde que aquel cachorro había irrumpido en su vida, parecía incapaz de mantenerse alejado de ella por más de unas pocas horas.
Cuando el reloj marcó las siete de la tarde, Arlet cerró finalmente la carpeta que estaba revisando.
—Bien... terminamos por hoy.
Algunos empleados ya se habían marchado hacía rato, pero varios seguían en el set organizando el equipo para la sesión del día siguiente.
—Buenas noches, jefa.
—Hasta mañana.
—Que descanses.
—Hasta mañana. Descansen. —respondió a cada despedida con una leve sonrisa de cortesía.
Oriana ya le había hablado para recordarle que no podía faltar esa noche, asi que con su bolso en mano caminó hacia los elevadores. Durante el trayecto, una idea cruzó inevitablemente su mente:
Seguro está abajo . Resopló para sus adentros. Era exactamente el tipo de cosa que él haría: esperarla durante horas únicamente para invitarla a cenar otra vez, preguntarle si había pensado en él o soltar alguna barbaridad capaz de hacerla sonrojar delante de todo el personal. Negó lentamente con la cabeza, esbozando una mueca de resignación.
—Qué cachorro tan desesperante... —murmuró mientras las puertas del elevador se abrieron y entró sola. Durante el descenso, apoyó la espalda contra la pared metálica y, sin darse cuenta, sonrió apenas— Seguro dirá alguna tontería... —susurró para sí misma.
Imaginó su sonrisa descarada y recreó en su mente su tono de voz burlón:
«Buenas noches, preciosa» ,
«¿Me extrañaste?» ,
«¿Ya aceptaste desayunar conmigo?» . Rodó los ojos, divertida y exasperada a la vez.
—Cachorro idiota...
El elevador emitió el suave pitido que anunciaba la planta baja y las puertas comenzaron a abrirse. Arlet levantó la vista, preparándose mentalmente para encontrar aquellos ojos azules que tanto la descolocaban.
Las puertas terminaron de deslizarse. La recepción estaba completamente vacía. No había un híbrido gigantesco ocupando uno de los sofás, ni sonrisas cómplices, ni bromas impertinentes. Ni siquiera la recepcionista parecía esperar un espectáculo. Arlet permaneció inmóvil unos segundos dentro del elevador, mirando, buscando una silueta que no estaba allí. Nada.
La sensación de ausencia fue tan inesperada que tardó un instante en reaccionar. Finalmente, salió del cubículo de metal.
—Qué raro... —murmuró, sin saber muy bien por qué lo decía en voz alta.
Atravesó el vestíbulo lentamente e incluso miró de reojo hacia la cafetería situada frente al edificio. Vacía. Suspiró, tratando de convencerse a sí misma de que no pasaba nada malo.
—Debe estar en la universidad.
Aquella explicación era completamente lógica. Y, aun así, algo dentro de ella se sintió extrañamente decepcionado.
Condujo hasta su edificio atravesando las calles iluminadas por el atardecer londinense. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse mientras el tráfico aumentaba poco a poco. Normalmente disfrutaba de aquellos trayectos, pero ese día apenas prestó atención al paisaje; varias veces descubrió su mirada desviándose hacia los espejos retrovisores, como si esperara ver una motocicleta siguiéndola, un enorme todoterreno o, simplemente, a un híbrido corriendo detrás de su automóvil con esa absurda energía inagotable que parecía tener. Nada.
Cuando llegó al estacionamiento subterráneo de su edificio, estacionó con la elegancia y precisión de siempre. Apagó el motor y el silencio la envolvió de inmediato. Tomó su bolso, salió del vehículo y, casi sin darse cuenta, miró a ambos lados del estacionamiento. Las columnas de concreto permanecían frías e inmóviles. No había nadie; ni un solo rastro de él.
—¿Qué estoy haciendo? —frunció ligeramente el entrecejo y se reprendió mentalmente.
¿Desde cuándo esperaba encontrar a Aslan escondido detrás de un automóvil? Era ridículo, completamente ridículo. Cerró el coche con el llavero inteligente y caminó hacia los elevadores privados del edificio. Mientras esperaba, volvió a mirar a su alrededor. Nada. Las puertas se abrieron, subió y, a medida que el ascensor ascendía hacia el penthouse, una extraña sensación de vacío comenzó a instalarse en su pecho. No era tristeza ni preocupación; era silencio. Un silencio que llevaba apenas unas horas existiendo y que, sin embargo, ya le resultaba demasiado ajeno.
Al entrar en su apartamento, dejó las llaves sobre la consola de mármol del vestíbulo. El lugar estaba impecable, como siempre: amplio, elegante, silencioso... demasiado silencioso. Caminó descalzándose mientras avanzaba hacia su habitación.
Aquella noche festejaban a Edward era su cumpleaños, aún seguía festejándolos a pesar de tener más de cien años como vampiro, abrió el enorme vestidor. Decenas de vestidos perfectamente ordenados ocupaban las paredes y, después de unos minutos de indecisión, eligió uno negro elegante, sencillo y sofisticado. Tomó un baño rápido solo para quitarse la pesades del día.
Mientras comenzaba a arreglarse frente al espejo, su mente volvió a traicionarla, trayendo de vuelta la calidez de su voz:
«Te ves especialmente hermosa hoy» ,
«Tú me haces feliz» ,
«Buenos días, Inyanga» .
Recordó el beso y sintió un súbito calor en las mejillas.
—No... —se llevó una mano a los labios, como si todavía pudiera sentir la presión de los suyos—. Concéntrate.
Tomó un cepillo y comenzó a arreglar su cabello. Pero entonces, el vínculo vibró muy suavemente, como el latido distante de otro corazón.
Arlet detuvo el movimiento del cepillo y cerró los ojos. Allí estaba. No era una sensación intensa ni dolorosa; simplemente lo sentía, como si supiera que él estaba bien, que estaba riendo o disfrutando de algo en ese preciso instante. Abrió lentamente los ojos, observando su propio reflejo.
—¿Dónde estás...? —la pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla, y el silencio del apartamento fue la única respuesta. Permaneció inmóvil frente al espejo durante largos segundos— Esto es absurdo. —negó con la cabeza con evidente frustración.
Continuó maquillándose con gestos decididos. Cinco minutos después, volvió a mirar inconscientemente hacia la entrada del penthouse, como si esperara escuchar el timbre, como si deseara que Aslan apareciera con esa sonrisa insoportable diciendo que no había podido resistirse a verla una vez más. Pero el timbre nunca sonó cómo iba a aparecer, si no sabía en que penthouse vivía, suspiró y terminó de arreglarse para salir al bar donde se reuniría con sus amigos.
(…)Al otro lado de la ciudad, Aslan apagó su laptop después de investigar sobre los Cartes, ahora sabia más sobre la familia de su compañera dentro del mundo humano, aunque tal vez debería investigar más sobre su linaje sobrenatural, seguro en los archivos de la familia real lupina habia algo de información, siempre debes conocer a su enemigo y aunque en ese momento habia acuerdos de paz entre las dos especies, aun seguían siendo enemigos naturales.
Sonrió pensando que era sexy que su compañera fuera una enemiga, todo se volvía mucho más interesante, aunque él jamás le haría daño, sino todo lo contrario solo quería cuidar de ella.
Salió del despacho y el silencio le resultó extraño, aquella tarde el apartamento se sentía demasiado silencioso, y su lobo no tardó en soltar un gemido de inconformidad.
—Ya lo sé... —murmuró mientras caminaba a la cocina.
El león tampoco estaba conforme. Ambas bestias llevaban protestando desde el mediodía: no habían vuelto a verla, no habían vuelto a olerla, no habían vuelto a escuchar los acelerados latidos de aquella vampira testaruda que, sin proponérselo, había conseguido alterar por completo el equilibrio de sus tres naturalezas.
—Es solo un día —dijo para sí, abriendo el refrigerador y sacando una botella de agua.
El lobo resopló y el león respondió con un rugido mental que sonó exactamente igual a un «eres un idiota». Él soltó una pequeña risa.
—No soy un idiota. —le aclaró y las dos bestias discreparon de inmediato en su mente— Es una estrategia —insistió. El silencio de su mente fue la única respuesta—. Necesita respirar. —el lobo volvió a protestar—. Si aparezco otra vez afuera de su estudio, terminará huyendo a otro continente.
El león parecía considerar seriamente que eso tampoco sería un problema.
—No —sentenció Aslan, dando un largo trago de agua mientras caminaba hacia su habitación—. Arlet ya está demasiado confundida.
Aquello sí era verdad. Él había visto sus ojos después del beso; había visto el miedo. No un miedo hacia él, sino hacia lo que estaba empezando a sentir, y Aslan comprendía perfectamente esa clase de temor porque él también lo había sentido. Nunca imaginó enamorarse tan rápido, ni pensó que conocería a alguien capaz de desordenarle el mundo en apenas unos días. Pero allí estaba: sonriendo como un imbécil cada vez que recordaba el rubor de sus mejillas. En su mente, el lobo prácticamente suspiró.
—Sí... yo también la extraño. —dijo y el león emitió un sonido mucho más grave, como si exigiera salir de inmediato a buscarla— No —repitió mientras salía de la cocina e iba a su habitación.
Se desnudo entrando al baño, tomó un ducha rápida, cuando terminó, abrió el armario y comenzó a cambiarse de ropa. Escogió unos pantalones oscuros, una camiseta negra ajustada y una chamarra de cuero ligera; nada demasiado elegante, solo algo cómodo para salir con sus compañeros de la universidad. Mientras terminaba de acomodarse el cabello frente al espejo, volvió a sentir el vínculo: una vibración tenue y suave, como una cuerda invisible tensándose entre ambos. Se quedó completamente inmóvil.
—¿Estás pensando en mí?
No esperaba respuesta, obviamente no podía escucharla, pero el vínculo pareció estremecerse otra vez. Su sonrisa apareció de inmediato.
—Yo también.
Durante varios segundos permaneció allí, observando su propio reflejo mientras la imaginaba en algún lugar de Londres: probablemente terminando de trabajar, quizá saliendo con su mejor amiga o, tal vez, todavía preguntándose por qué él no había aparecido. La idea hizo que su sonrisa se ensanchara.
—Ahora sí vas a extrañarme un poquito, Inyanga (luna)...
El lobo movió la cola con entusiasmo en su interior, aunque el león seguía pensando que era una estrategia terrible. Aslan terminó de colocarse el reloj.
—Solo esta noche —se prometió—. Mañana volveré a verla.
No pensaba desaparecer, solo quería darle unas horas para que respirara. Para que pudiera descubrir, ella sola, que el día se sentía un poco diferente cuando él no aparecía para sacarla de quicio.
Su teléfono sonó, interrumpiendo sus pensamientos. En la pantalla apareció un mensaje del grupo de chat que habían creado sus compañeros.
Liam: ¿Todos listos? Nos vemos en cuarenta minutos.Zoe: No lleguen tarde. Reservé la mesa.Ethan: Y nadie puede escaparse antes de tiempo.Aslan sonrió y escribió una respuesta corta:
«Voy saliendo» , y guardó el teléfono en el bolsillo.
Antes de salir, miró de manera automática hacia el edificio que se alzaba a la distancia a través del ventanal. No alcanzaba a distinguir el penthouse de Arlet desde allí, pero sabía que estaba cerca, muy cerca.
—Buenas noches, Inyanga... —murmuró con una sonrisa suave.
El vínculo volvió a palpitar; un latido tan leve que cualquiera habría pensado que se trataba de mera imaginación, pero para él no lo era. Era suficiente. Tomó las llaves y salió finalmente del apartamento.
Mientras descendía en el ascensor, su lobo seguía inquieto, y el león tampoco dejaba de recordarle que su compañera estaba a tan solo unos edificios de distancia.
—Compórtense —les ordenó. Ninguno de los dos obedeció. Aslan soltó una carcajada limpia— Mañana iremos a verla.
Solo entonces las dos bestias parecieron calmarse un poco. Solo un poco. Porque sospechaba que, a unas pocas calles de allí, una orgullosa princesa vampira estaba descubriendo que el silencio podía resultar mucho más inquietante que un cachorro híbrido empeñado en hacerla sonrojar.
(…)La noche londinense vibraba con vida. Las calles estaban iluminadas por los característicos faroles antiguos que teñían de dorado el pavimento húmedo. A pesar de que no había llovido en todo el día, el aire conservaba ese aroma fresco tan propio de Londres.
Arlet descendió del automóvil junto a Oriana, quien había pasado por ella, para que no se arrepintiera al último momento.
—Por fin logré sacarte de tu estudio —celebró su amiga mientras cerraba la puerta del coche.
—Edward cumple años. Era una obligación moral venir —respondió Arlet con un tono que pretendía ser desinteresado.
—Claro... totalmente por Edward —se burló Oriana, arqueando las cejas.
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Arlet mirándola de soslayo.
—Que llevas toda el caminó aquí distraída.
—No es verdad.
—Has revisado el teléfono siete veces.
—Trabajo —justificó secamente.
—Ajá.
—Y tres veces miraste por la ventana.
—También trabajo.
—¿Desde cuándo el trabajo vive dos edificios más abajo?
Arlet lanzó un sonoro suspiro, sintiéndose acorralada por la aguda intuición de su amiga.
—Voy a cambiar de mejor amiga. —dijo finalmente.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque soy irremplazable —sentenció Oriana con una sonrisa triunfal.
La vampira negó con la cabeza mientras ambas caminaban hacia la entrada del bar, uno de los locales más populares y exclusivos de la zona. Al cruzar el umbral, las envolvieron la música en vivo, las luces cálidas y el bullicio de la clientela. El bar contaba con un enorme segundo piso provisto de balcones interiores desde los cuales se podía observar toda la planta baja. Edward había reservado una sección completa en ese nivel para celebrar su cumpleaños junto a varios amigos, en su mayoría seres sobrenaturales. En cuanto entraron, varios vampiros comenzaron a saludarlas entusiasmados.
—¡Arlet!
—¡Por fin llegaste!
—Pensábamos que ibas a trabajar hasta mañana.
Edward apareció de inmediato entre la multitud, luciendo fabuloso y una gran sonrisa.
—¡La fotógrafa más ocupada de Londres! —exclamó con una risa franca antes de estrecharla en un abrazo—. Gracias por venir.
—No podía faltar —respondió ella, correspondiendo el gesto con sinceridad—. Feliz cumpleaños.
Edward saludó también a Oriana y enseguida comenzó a presentarlas a algunos invitados que ellas todavía no conocían. Arlet intentó concentrarse con todas sus fuerzas en las conversaciones, en la música y en las risas a su alrededor, buscando desesperadamente cualquier distracción.
Sin embargo, apenas habían transcurrido unos minutos cuando sintió una sutil perturbación en su pecho. Su corazón dio un vuelco repentino.
El vínculo. Otra vez. Frunció ligeramente el ceño y respiró hondo, tratando de calmarse. Obligándose a prestar atención, se concentró en la historia absurda que Edward estaba contando sobre un vampiro que había perdido una apuesta jugando al billar.
Pero entonces volvió a sentirlo, esta vez con una intensidad arrolladora. Era como una corriente cálida que le recorría el pecho, acelerando sus latidos uno tras otro, de forma descontrolada.
Oriana, que la conocía demasiado bien y notaba el menor de sus cambios, dejó de sonreír y la miró con preocupación.
—¿Qué pasa?
—Nada —mintió Arlet.
El vínculo acababa de estremecerse con una fuerza completamente distinta a la de todo el día. No era una vibración lejana; era una llamada vibrante y nítida. Como si él estuviera muy cerca. Demasiado cerca.
No puede ser , pensó, luchando contra el impulso de su propio cuerpo, que parecía querer buscar una dirección específica en el espacio.
Mientras tanto, en el segundo piso del mismo bar, Aslan se reía de buena gana junto a sus nuevos compañeros de la universidad. Liam acababa de perder estrepitosamente una partida de dardos, Oliver reclamaba acaloradamente a Ethan que fungía como árbitro del juego, y Zoe se limitaba a burlarse del dramatismo de ambos, .
—Te juro que hice trampa sin querer —se defendía Liam entre risas.
—Eso no existe, genio —le espetó Oliver.
—¡Claro que sí!
—No.
—¡Que sí!
Aslan soltó una carcajada limpia. Se sentía a gusto. Aquella atmósfera era ligera, normal y refrescante; exactamente lo que había estado buscando para despejar su mente esa noche.
Hasta que, de pronto, todo cambió. Su lobo levantó la cabeza de golpe en su interior, alerta. El león hizo exactamente lo mismo un instante después. Ambas bestias rugieron al unísono dentro de su mente, inundándolo con una sola certeza:
«Mi luna» .
Aslan dejó de reír de inmediato. Su sonrisa se desvaneció y sus ojos se entornaron mientras inspiraba profundamente, expandiendo sus sentidos. Y entonces, la percibió.
Su aroma. Esa fragancia tan delicada, elegante e inconfundible que combinaba notas de violetas, nieve recién caída, aquella esencia helada y aristocrática que solo le pertenecía a Arlet.
El Alfa Real cerró lentamente los ojos, disfrutando del aroma de su luna, pero no esperaba que una sola bocanada de aire bastara para que cada fibra de su ser reaccionara con tal violencia. El lobo prácticamente daba vueltas de felicidad en su interior, mientras el león rugía con un orgullo posesivo:
«Nuestra Luna» .
Aslan abrió los ojos. No la veía todavía, pero sabía con absoluta certeza que estaba allí, a escasos metros de distancia.
—¿Aslan? —preguntó Liam, notando su repentina desconexión—. ¿Todo bien?
—Muchísimo mejor que hace cinco segundos. —respondió sonriendo, sin dejar de escudriñar los alrededores.
—¿Qué pasó?
—Nada...
Volvió a inhalar. El rastro era aún más intenso y cálido. Guiado por su instinto, giró lentamente hacia la barandilla de madera del balcón interior y miró hacia la planta baja.
Y entonces la vio.
Abajo, recortada contra la marea de gente, se encontraba ella. Llevaba un elegante vestido negro que se ceñía a su silueta con una sofisticación exquisita, y su cabello oscuro caía sobre sus hombros en suaves ondas satinadas. Aparentaba escuchar con atención a un vampiro, pero el hibrido notó de inmediato la rigidez en sus hombros. Ella también había sentido el vínculo; lo sabía por cómo su respiración se había vuelto contenida.
Aslan no pudo evitar que una sonrisa tranquila y llena de un profundo afecto acudiera a sus labios. No hizo ningún ademán exagerado, ni la llamó, ni intentó captar su atención a la fuerza. Se limitó a contemplarla, descubriendo que el simple hecho de verla colmaba todo el vacío de su día.
Abajo, Arlet dejó escapar un suspiro tembloroso. Ya no podía seguir engañándose; el vínculo vibraba con una fuerza tan imponente que resultaba doloroso ignorarlo. Giró lentamente la cabeza, recorriendo con la mirada la barra, las mesas y la pista de baile. Nada. Sin embargo, su instinto la empujó a elevar la vista hacia la planta alta, hacia los balcones de madera que rodeaban el salón y en ese instante, el mundo entero se detuvo.
Allí estaba él.
Apoyado cómodamente sobre la barandilla de madera, contemplándola con esa mirada azul y esa sonrisa cálida capaz de desarmar cualquier defensa. Los ruidos del bar se apagaron de golpe; la música, las conversaciones ajenas y las risas de los invitados de Edward se convirtieron en un murmullo lejano y sin importancia. Solo existían ellos dos.
Los ojos azules del híbrido se clavaron en los ojos color azul trasparente de la vampira, sosteniendo una conexión que ninguno de los dos fue capaz de romper. El vínculo rugió entre ambos, liberando una marea de calor que se extendió por el pecho de Arlet, mientras el corazón de Aslan golpeaba con fuerza desbocada contra sus costillas.
El lobo de Aslan exigía bajar las escaleras corriendo; el león, por su parte, ordenaba reclamarla en ese mismo instante. Pero Aslan respiró hondo y contuvo a sus bestias. Se había prometido darle espacio, y pretendía respetar su palabra, aunque tenerla allí abajo hiciera que cada uno de sus instintos le suplicara acortar la distancia.
Arlet tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba. No comprendía cómo era posible que le hubiera dolido tanto pasar unas solas horas alejada de él, ni por qué, en el preciso momento en que sus miradas se cruzaron, sintió que el caos en su interior se ordenaba mágicamente. Era como si una parte de ella que ni siquiera sabía que había perdido, finalmente hubiera regresado a casa.
Desde la barandilla, Aslan no intentó ninguna de sus habituales provocaciones. No le guiñó el ojo, ni le mandó un beso, ni sonrió con descaro. En su lugar, levantó con extrema lentitud su copa en dirección a ella. Fue un saludo silencioso, solemne y cargado de un respeto infinito.
«Te vi» , parecía decirle el gesto.
«Me alegra saber que estás bien» .
Arlet permaneció inmóvil durante unos segundos que parecieron eternos. Luego, casi por puro instinto y sin ser del todo consciente de sus acciones, tomó la copa que Edward le había entregado hacía un momento. La elevó apenas unos centímetros en el aire.
Una respuesta mínima, un brindis casi imperceptible que nadie más en el ruidoso bar llegó a notar. Nadie, excepto Aslan. Al recibir el gesto, la sonrisa del Alfa Real se transformó por completo. Perdió todo rastro de diversión o picardía para convertirse en una expresión de felicidad tan pura y sincera que oprimió con dulzura el pecho de la vampira.
En ese momento, la Princesa Vampira comprendió algo que jamás había experimentado en su existencia: no necesitaban hablar, ni tocarse, ni siquiera estar en la misma mesa. Les bastaba con encontrarse en medio de una multitud de extraños para que el resto del universo, simplemente, dejara de existir…
¡Hola! Feliz inicio de semana.Solo quería aclarar algunas dudas que he leído en los comentarios. Sí los leo, aunque no siempre responda porque, sinceramente, no me alcanza la vida. Aun así, sigan comentando, porque me ayuda mucho saber qué opinan y conocer sus dudas. Primero: la comunicación de Aslan con sus partes animales. Como ya sabemos, él es un híbrido, así que la forma en la que se comunica con ellas es diferente. Más adelante lo explicaré con mayor profundidad. Segundo: la historia de los padres de Arlet se llama El Príncipe de los Vampiros . Fue la segunda historia que escribí desde que decidí dedicarme a esto, así que tiene muchos errores; prácticamente es un borrador. En este momento la estoy editando y, en cuanto termine, volverá a estar disponible para su compra. También es una historia que fue plagiada en numerosas ocasiones y, por esa razón, pasó a estar en venta. Fue una de las primeras historias que vendí, así que quienes la compraron en ese momento ya la tienen en su biblioteca y, cuando publiqué la edición, la actualización les aparecerá automáticamente.Creo que esas son las dudas más recientes que he visto. Como ya les había comentado, intentaré actualizar tres capítulos por semana y, si me es posible, cuatro. Espero que la historia les esté gustando. Cualquier duda pueden escribirme por mensaje privado en mi Instagram. Les responderé en cuanto me sea posible. Me encuentran como @lunaminage.Los quiero mucho. Cuídense.