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El problema de Arlet

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

El problema de Arlet

Arlet fue la primera en romper el contacto visual. No porque quisiera, sino porque, si continuaba mirándolo un segundo más, estaba completamente segura de que terminaría cruzando todo el bar sin importarle quién la viera. Bajó lentamente la copa e intentó volver a escuchar la conversación que Edward mantenía con los demás, pero las palabras llegaban a sus oídos sin sentido alguno. Todo su cuerpo seguía siendo consciente de una única presencia: su compañero, apenas unos metros más arriba.

—¿Arlet?

—¿Qué? —inquirió parpadeando, mirando a su amigo.

—Te pregunté si querías otra bebida. Edward la observaba con curiosidad.

—Ah... sí... bueno... cualquiera está bien.

—¿Seguro que estás aquí? —inquirió Edward arqueando una ceja.

—Su cuerpo sí. —Oriana carraspeó con exageración.

—¿Qué significa eso? —inquirió Arlet girando lentamente hacia ella.

—Nada.

—Oriana...

—Solo digo que llevas cinco minutos mirando exactamente hacia el mismo balcón.

—No estaba mirando. —contradijo sintiendo cómo el calor le subía hasta las orejas.

—No, claro.

—Había... mucha gente.

—Precisamente hay una persona.

—Hay cientos.

—La que tú buscas mide casi dos metros y parece modelo de revista.

—¡Yo no estoy buscando a nadie! —exclamó Arlet abriendo mucho los ojos.

—Ajá.

—En serio.

—Te creo.

—No me creíste nada.

—Ni una palabra.

—Siento que me perdí algo importante. —comentó Edward comenzando a mirar alternativamente a una y otra.

—Muchísimo. —Oriana sonrió maliciosamente.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Precisamente eso me preocupa.

—Soy una mujer de paz. —dijo su mejor amiga levantando inocentemente ambas manos.

—Eres un problema con piernas.

—También. —le regaló un giño y Edward terminó riéndose.

—¿Van a explicarme? —preguntó el vampiro.

—No.

—Sí.

Las dos respondieron al mismo tiempo. Arlet cerró los ojos, resignada.

—Traidora.

—Siempre.

Mientras tanto, en el piso superior, Liam apoyó ambos antebrazos sobre la barandilla.

—¿Conoces a alguien abajo?

—Sí. —respondió Aslan observando discretamente hacia la planta inferior.

—¿Tu novia?

—Todavía no. —dijo el Alfa Real sonriendo.

Los cuatro amigos intercambiaron miradas de complicidad.

—¿Todavía? —preguntó Zoe, divertida.

—Estoy trabajando en ello. —declaró con descaro.

—¿Y quién es? —quiso saber Oliver.

Aslan tardó unos segundos en responder. No apartaba los ojos de Arlet; le resultaba sencillamente imposible. Cada pequeño gesto suyo parecía atraerlo como un imán: la forma en que acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja, la elegancia natural con la que sostenía la copa, e incluso la manera en que fruncía apenas el ceño cuando su amiga le decía algo que claramente la avergonzaba. Era hermosa, terriblemente hermosa.

—Es ella —señaló discretamente hacia abajo.

Los cuatro siguieron la dirección de su mirada. Liam fue el primero en verla.

—Vaya...

—Con razón. —Oliver soltó un silbido.

—¿Con razón qué? —preguntó Aslan.

—Ahora entiendo por qué llevas sonriendo tres días.

—Es guapísima. —dijo Zoe observando unos segundos más antes de asentir.

—Lo sé.

—Muchísimo.

—También lo sé.

—Espera... —Liam volvió a mirar a Aslan y frunció el ceño al notar un detalle— Ella también te está mirando.

—Lo sé. —Aslan sonrió sin ocultarlo.

—¿Entonces por qué no bajas?

El híbrido permaneció unos segundos en silencio antes de negar despacio con la cabeza.

—Porque me prometí darle espacio.

Los cuatro guardaron un silencio respetuoso que Oliver terminó rompiendo.

—Eso... es sorprendentemente maduro.

—Lo intento.

—Yo ya habría bajado hace rato.

—Lo sé.

—Pero ella no deja de buscarte con la mirada. —dijo Liam dandole un pequeño codazo a Aslan para llamar su atención.

El Alfa Real volvió a mirar hacia abajo y comprobó que era verdad. Aunque Arlet fingía prestar atención a sus amigos, cada pocos segundos sus ojos regresaban inconscientemente hacia el segundo piso, buscándolo. Cada vez que no lo encontraba de inmediato, el vínculo parecía agitarse dentro de ambos. Su lobo prácticamente ronroneaba de felicidad.

¿Lo ves? Nos busca , apuntó su lado animal. El león parecía todavía más orgulloso: Nuestra Luna .

—Cinco minutos más. —murmuró el Alfa Real sonriendo.

—¿Qué?

—Esperaré cinco minutos.

—¿Para qué?

—Si dentro de cinco minutos sigue buscándome… —su sonrisa se volvió traviesa— Entonces bajaré a saludarla.

—Eso ya no sonó tan maduro. —Liam soltó una carcajada.

—Nunca dije que lo fuera.

Abajo, Arlet volvió a levantar la vista y el corazón le dio un vuelco. Él seguía allí. Y, como si hubiera sentido exactamente el momento en que ella volvió a buscarlo, Aslan sonrió otra vez. No era una sonrisa arrogante; era un gesto lleno de una ternura tan auténtica que hizo que la vampiresa olvidara respirar durante un instante.

—Ay, no... —murmuró Oriana.

—¿Qué?

—Ya puso esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de hombre enamorado hasta los huesos.

—No sé de qué hablas. —murmuró Arlet volviendo a bajar la mirada, sintiendo las mejillas calientes.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—Oriana...

—Arlet...

—¿Alguien va a contarme qué demonios está pasando? —preugntó de nuevo Edward observando toda la escena completamente confundido.

Oriana sonrió ampliamente, divertida por la situación, antes de explicarle.

—En resumen... —miró primero a Arlet, luego al enorme híbrido del segundo piso y finalmente volvió hacia Edward—. Nuestra querida princesa está perdidamente metida en problemas.

Arlet estuvo a punto de protestar, pero en ese preciso instante sintió el vínculo estremecerse una vez más, más fuerte que nunca. Levantó la cabeza casi por instinto y vio a Aslan separarse de la barandilla, sonreír a sus amigos y dirigirse tranquilamente hacia las escaleras que conectaban ambos niveles del bar. Su corazón perdió un latido.

—Oh, por todos los ancestros... —susurró Oriana con una sonrisa pícara al seguir la dirección de su mirada—. Parece que el cachorro viene hacia acá.

Aslan descendió los escalones con una tranquilidad que contrastaba por completo con el caos que reinaba dentro de él. Su lobo prácticamente daba saltos de felicidad en su mente, mientras que el león caminaba con esa calma orgullosa propia de un rey que finalmente había encontrado aquello que llevaba toda la vida buscando: ella. A cada peldaño que bajaba, su aroma se volvía más nítido e intenso; una embriagadora mezcla de violetas, nieve recién caída y ese inconfundible perfume frío que solo pertenecía a Arlet.

Del otro lado del bar, la princesa vampira sintió cómo el vínculo latía en su pecho con una intensidad casi dolorosa. No... , se dijo, tratando de calmar el repentino vuelco de su estómago. No podía venir hacia ella. Había demasiada gente en el local, demasiados conocidos y, sobre todo, demasiados vampiros atentos a cualquier movimiento.

—¿Arlet? —Edward la observó con evidente preocupación—. ¿Te sientes bien?

Ella tardó unos segundos en responder, incapaz de apartar los ojos de la imponente figura que se abría paso entre la gente.

—Sí...

Mentía, y todos los presentes podían notarlo. Sus ojos estaban fijos por completo en Aslan, quien caminaba despacio, sin prisa alguna. La música de fondo seguía retumbando en las paredes y las conversaciones ajenas flotaban por el aire, pero para ellos dos todo parecía ocurrir dentro de una burbuja de absoluto silencio.

—Madre mía... —susurró Oriana con una sonrisa enorme—. Ni siquiera intenta disimular un poco.

Edward siguió la dirección de su mirada hacia el imponente híbrido.

—¿Quién es ese?

—El problema de Arlet.

—¿Perdón?

—Luego te explico.

Aslan se detuvo frente al grupo con una sonrisa cálida y serena. Primero miró a Edward, luego saludó con la mirada al resto de los presentes y dejó a Arlet para el final, como si quisiera demostrarle que respetaría su espacio incluso en medio de la multitud.

—Buenas noches. —su voz profunda y grave hizo que varias personas en las mesas cercanas se giraran de inmediato.

—Buenas noches. —dijo Edward que fue el primero en reaccionar.

—Aslan. —se presentó y extendió la mano con cortesía.

—Edward —respondió el cumpleañero, estrechándola con firmeza.

—Feliz cumpleaños. Espero no estar interrumpiendo nada.

—No, para nada —Edward sonrió, aunque miró alternativamente de Arlet al enorme híbrido—. Aunque tengo la sutil impresión de que ustedes dos ya se conocen.

Antes de que Arlet pudiera inventar alguna excusa o abrir la boca, Aslan se adelantó con naturalidad.

—Sí.

Una sola palabra. Directa, sin exageraciones, sin presumir y sin incomodarla lo más mínimo. Simplemente... sí.

Arlet lo observó en silencio durante unos instantes. Había esperado algún comentario descarado de su parte, alguna broma coqueta o algo que la hiciera querer esconderse bajo la mesa, pero se encontró con todo lo contrario. Él estaba siendo sorprendentemente respetuoso, y ese detalle hizo que algo dentro de ella se relajara de inmediato.

—Vivimos... cerca —explicó ella finalmente, intentando sonar casual.

—Somos vecinos —añadió Aslan con una sonrisa tranquila.

Oriana tuvo que llevarse rápidamente la copa a los labios para disimular una carcajada. Edward, por su parte, seguía completamente perdido.

—Vaya, qué casualidad.

—Bastante —respondió Aslan—. De hecho, vivimos en la misma calle.

—No hacía falta especificar tanto. —dijo Arlet cerrando los ojos un segundo, exasperada.

—¿No? —preguntó él con fingida inocencia.

—No.

—Vaya. Pensé que era información útil.

—Eres imposible. —negó despacio con la cabeza, aunque una levísima sonrisa amenazaba con dibujarse en su rostro.

—Solo un poquito.

—Confirmo. —Oriana carraspeó para llamar la atención.

—Buenas noches, Oriana. —Aslan sonrió de inmediato al reconocerla.

—Hola, cachorro.

—¿Cachorro? —inquirió Edward arqueando una ceja, intrigado.

—Es una larga historia —respondieron Oriana y Aslan al mismo tiempo.

Ambos compartieron una mirada de complicidad y comenzaron a reír.

—Esto es una pesadilla. —Arlet soltó un largo suspiro dramático.

—No lo creo. —Aslan volvió a centrar toda su atención en ella—. Para mí está siendo una noche excelente.

Ella intentó sostenerle la mirada en un desafío silencioso, pero el duelo duró exactamente tres segundos antes de que tuviera que bajar los ojos de nuevo. Era absurdo el efecto tan abrumador que ese cachorro tenía sobre ella.

—Bueno... —Edward intervino para romper el silencio que se había formado—. Ya que conoces a Arlet... ¿por qué no te quedas un rato con nosotros?

—Edward... —dijo la vampiresa levantó la cabeza de golpe, alarmada. Sin embargo, Aslan negó educadamente con un gesto de la cabeza.

—Agradezco mucho la invitación, de verdad. Pero he venido con mis compañeros de la universidad. —señaló discretamente hacia el segundo piso, donde sus amigos saludaron con las manos en alto; Liam incluso hizo un ademán tan exagerado que provocó varias risas en la mesa—. Solo he bajado un momento para saludar.

Arlet lo observó con una mezcla de sorpresa y desconcierto. Había esperado exactamente lo contrario: que intentara quedarse a toda costa, que buscara cualquier pretexto para acompañarla. Pero él estaba haciendo justamente lo que había prometido; le estaba dando su espacio, aunque no lo supiera. Lo que si sabía era que sentir que se marchaba le dolió un poquito en el pecho.

Aslan percibió el sutil cambio en sus latidos de inmediato. En su interior, su lobo alzó las orejas con curiosidad: ¿Está... decepcionada? El león, por su parte, emitió un ronroneo mental cargado de orgullo: Nos quiere cerca . El Alfa Real se esforzó por ocultar la sonrisa triunfante que amenazaba con escapársele.

—Que disfruten de la noche —se despidió, mirando a Edward—. Feliz cumpleaños de nuevo.

—Gracias.

Finalmente, volvió a fijar sus ojos azules en Arlet. Solo en ella.

—Buenas noches, Inyanga (Luna).

Un escalofrío helado y electrizante recorrió la columna de la vampiresa al escuchar el apelativo. Tardó unos segundos en encontrar su propia voz y, casi sin darse cuenta, añadió con una suavidad involuntaria:

—Buenas noches... Aslan.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre de esa manera. Sin enfados, sin ironía, sin muros defensivos.

El corazón del híbrido dio un vuelco salvaje. En su interior, su lobo comenzó a mover la cola dando vueltas de pura felicidad y el león rugió con júbilo: Nos ha llamado por nuestro nombre .

Aslan tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para contener el impulso de estrecharla entre sus brazos allí mismo. Se limitó a dedicarle una sonrisa pequeña, sincera y cargada de emoción.

—Nos vemos.

Y, cumpliendo su palabra, dio media vuelta. Sin insistencias, sin intentar forzar un coqueteo o un beso de despedida. Simplemente regresó hacia donde estaban sus amigos. Arlet lo siguió con la mirada mientras su imponente figura se abría paso entre la multitud hasta desaparecer. Solo entonces bajó lentamente la vista hacia su copa.

Un denso silencio de cinco segundos cayó sobre la mesa, hasta que Oriana se encargó de romperlo.

—Bueno...

—Tengo muchísimas preguntas. —intervino Edward quien seguía con la vista fija en la dirección por la que se había marchado el híbrido.

—Lo imaginé —comentó Oriana con sorna.

—La primera de ellas... —Edward se giró despacio para mirar directamente a Arlet—. ¿Por qué ese hombre te mira como si fueras la única criatura que existe en todo este lugar?

Arlet abrió la boca para defenderse, pero la volvió a cerrar de inmediato al darse cuenta de que no tenía ninguna respuesta. Que no fuera es mi compañero y lo que era peor... la respuesta ya no la asustaba tanto como unos días atrás…