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Motocicleta

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Motocicleta

El ambiente frente al bar era muy distinto al bullicio del interior. La música llegaba amortiguada a través de las paredes, mezclándose con el rumor lejano del tráfico londinense. La noche era fresca y una ligera brisa recorría la calle.

Los primeros en salir fueron varios de los universitarios que acompañaban a Aslan.

—¡La próxima semana repetimos! —gritó uno de ellos mientras levantaba el brazo.

—¡Pero esta vez sin exámenes al día siguiente! —protestó otro entre risas.

Aslan se despidió de todos con un choque de puños y varias palmadas en la espalda. En apenas unos días, aquellos desconocidos comenzaban a convertirse en amigos, algo que agradecía profundamente. Londres empezaba a sentirse un poco más como un hogar.

—¡No faltes la próxima! —le dijo Oliver.

—Depende.

—¿Depende de qué? —preguntó Zoe y Aslan sonrió de medio lado.

—De si cierta gruñona decide ocupar toda mi noche.

Todos soltaron carcajadas.

—¡Otra vez la chica misteriosa!

—¡Estás perdido, hermano!

—Muchísimo —admitió sin la menor vergüenza.

Cuando el grupo terminó de despedirse, cada uno tomó un rumbo distinto. Aslan caminó hasta donde había estacionado su motocicleta negra. Pasó una mano por el depósito de combustible mientras buscaba las llaves en el bolsillo de su chaqueta.

Entonces, el vínculo vibró. Con fuerza. Levantó lentamente la cabeza. Ella estaba allí, a unos treinta metros, saliendo del bar junto a su grupo de amigos.

Arlet respiró profundamente al abandonar el local. Había conseguido sobrevivir toda la noche sin acercarse a él. O, al menos, eso quería creer. Porque, aunque no habían hablado mucho, sintió su presencia vibrando bajo su piel durante horas. Y eso había sido muchísimo peor.

Edward seguía riendo por algún comentario de otro compañero mientras caminaban hacia la acera.

—Fue una gran noche.

—Sí.

—¿Estás bien, Arlet?

—Perfectamente.

Mentía. El vínculo latía con tanta intensidad en su pecho que resultaba imposible ignorarlo.

Oriana la observó de reojo; conocía demasiado bien esa expresión tensa.

—Lo sientes, ¿verdad?

Arlet no respondió. No hacía falta. En ese mismo instante levantó la vista y volvió a encontrar aquellos ojos azules. Esta vez no había mesas ni personas caminando entre ellos. Solo una calle iluminada por los faroles. Y un profundo silencio.

Aslan sonrió. No era esa mueca descarada con la que solía provocarla, sino una sonrisa tranquila, sincera. Como la de alguien que simplemente se alegraba de volver a verla.

—Maldito cachorro... —susurró Arlet sintiendo un pequeño y traicionero vuelco en el pecho.

—Sí. Estás perdida. —dijo Oriana sonriedo.

—No lo estoy.

—Claro.

Aslan cruzó la calle con las manos dentro de los bolsillos. Sin prisa. Sin invadir su espacio. Cuando llegó frente al grupo, saludó con cortesía:

—Buenas noches.

—El famoso cachorro. —dijo Edward arqueando una ceja.

—Supongo. —dijo con una sonrisa de lado, mientras se encogían de hombros.

—Así que tú eres el responsable de que Arlet haya estado tan...

—Edward —lo interrumpió la princesa de los vampiros con voz peligrosamente calmada.

—No dije nada. —dijo el vampiro levantando ambas manos en señal de paz.

—Sí lo ibas a decir. —Oriana soltó una risa.

—Tal vez.

Aslan desvió toda su atención hacia Arlet, pensando que era la criatura más hermosa que había visto jamás.

—Hola, Inyanga (Luna)

—¿No puedes llamarme por mi nombre como las personas normales? —inquirió suspirando, cruzándose de brazos.

—Podría.

—¿Y?

—Me gusta más llamarte así.

—Eres imposible. —negó lentamente con la cabeza, aunque una chispa brilló en sus ojos.

—Lo sé.

Hubo unos segundos de silencio absoluto antes de que Aslan hablara con total naturalidad:

—¿Quieres que te lleve a casa?

—¿Qué? —Arlet pestañeó, sorprendida.

—Vas para la misma calle que yo. —dijo él señaló con un gesto de la barbilla hacia la motocicleta estacionada unos metros más atrás.

—Tengo cómo volver.

—Lo sé.

—Entonces...

—Solo pensé que podríamos regresar juntos.

Arlet abrió la boca para negarse, pero Oriana fue más rápida.

—En realidad... —intervino su amiga. Las miradas de todos se dirigieron hacia ella—. Acabo de recordar que tengo que pasar por otro lado antes de volver a casa.

—¿Qué? —Arlet la miró incrédula.

—Sí.

—No tenías ningún otro compromiso.

—Ahora sí.

—Oriana...

—Es importantísimo.

Edward empezó a sonreír, entendiendo a la perfección hacia dónde iba aquello.

—Yo puedo llevarte —ofreció otro de los vampiros del grupo.

—No hace falta —respondió Oriana de inmediato.

—Me estás tendiendo una trampa. —gruño por lo bajo la vampira, con los ojos entrecerrados hacia su amiga.

—¿Yo?

—Sí.

—Jamás.

Aslan observaba la escena intentando contener la risa.

Oriana se acercó disimuladamente a Arlet y le susurró al oído, con un tono tan bajo que solo su oído vampírico pudiera captarlo.

—Lleva toda la noche sin molestarte.

—Lo sé.

—Eso significa que hizo un esfuerzo enorme.

—No es mi problema.

—Y te lo está pidiendo con educación... Además... —Oriana sonrió con picardía—. Tengo muchísima curiosidad por saber cómo termina ese paseo en motocicleta.

—No va a terminar de ninguna manera. —le aclaró la princesa sintiendo cómo un sutil calor subía por sus mejillas.

—Claro.

—Solo me llevará a casa.

—Ajá.

—Y ya.

—Por supuesto.

—Eres la peor amiga del mundo. —la fulminó con la mirada.

—No —Oriana sonrió con satisfacción—. Soy la mejor. Porque estoy convencida de que algún día vas a agradecerme esto.

—Lo dudo muchísimo. —resopló, desviando la mirada.

—Una pregunta. —dijo Edward acercándose a Aslan.

—Dime.

—¿Conduces bien?

—Muy bien. —respondió el Alfa Real, con una pequeña risa.

—Porque si ella se cae...

—No se caerá —la seguridad con la que lo dijo hizo que Edward asintiera, conforme.

—Bien.

Aslan volvió a mirar a Arlet. No insistió, no la presionó; simplemente esperó, como siempre lo hacía. La vampira contempló aquella paciencia durante unos segundos. Era desesperante, porque él nunca la obligaba; siempre le otorgaba el poder de elegir, y eso hacía que resultara muchísimo más difícil decirle que no.

—Solo... —finalmente, exhaló un suspiro resignado. Aslan esperó en silencio— Solo porque vivimos en la misma calle.

La sonrisa del Alfa Real apareció de inmediato, luminosa y genuina.

—Claro.

—No significa nada más.

—Por supuesto.

—Y esto no es una cita.

—Ya aprendí la diferencia.

—¿La aprendiste?

—Sí.

—¿Cuál es? —preguntó y él fingió reflexionar unos segundos.

—Las citas terminan con un beso.

Arlet abrió los ojos de par en par. Edward empezó a toser forzadamente para ocultar una carcajada, mientras que Oriana directamente se dobló de la risa.

—¡Aslan!

—¿Qué?

—¡No ayudes!

—Perdón. —el híbrido levantó ambas manos, divertido.

—De verdad que eres un desastre. —dijo Arlet llevando una mano a la frente, abochornada.

—Pero aceptaste.

—No arruines el milagro. —lo señaló con un dedo acusador.

—No pienso hacerlo.

Aslan sonrió con infinita satisfacción. Le dio tiempo para que se despidiera de sus amigos y luego caminaron hasta donde estaba la motocicleta, desenganchó el casco que llevaba sujeto en la parte trasera y luego abrió uno de los compartimentos laterales. Para sorpresa de Arlet, extrajo un segundo casco completamente nuevo.

—¿Tienes dos? —inquirió arqueando una ceja.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque tenía la esperanza de necesitarlo algún día. —respondió mirandola con esa honestidad desarmante que ella empezaba a conocer demasiado bien.

El corazón de Arlet volvió a dar aquel traicionero vuelco. Y Oriana, al escuchar la respuesta, sonrió para sus adentros, mientras subía a su automóvil, “Pobre amiga”, pensó. Porque si aquel cachorro seguía diciendo esa clase de cosas con tanta naturalidad, estaba completamente segura de que la princesa de los vampiros no tardaría mucho más en enamorarse de él hasta las orejas.

Arlet observó el casco que Aslan sostenía frente a ella como si se tratara de un objeto peligroso.

—No. —dijo finalmente, el híbrido bajó la vista hacia el accesorio y luego volvió a mirarla.

—¿No qué? —preguntó.

—No pienso subir a esa cosa.

—¿A cuál de las dos? —preguntó Aslan girando lentamente la cabeza hacia su motocicleta— Porque técnicamente la cosa es la motocicleta. Esto es un casco.

—No me gustan las motocicletas. —admitió Arlet antes de suspirar.

—¿Alguna mala experiencia? —le preguntó y la vampira permaneció unos segundos en silencio antes de admitir.

—Nunca he subido a una.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿En doscientos...?

Arlet lo fulminó con la mirada. Él levantó ambas manos de inmediato.

—Olvida que iba a terminar esa frase.

—Te salvaste por poco —comentó—. Además, apenas tengo treinta años...

—Muy bien llevados esos treinta años —bromeó Aslan, sonriendo.

Arlet lo fulminó con la mirada, haciendo que sus ojos azules y transparentes pasaran por un breve segundo a un intenso color escarlata.

—Estoy aprendiendo —se apresuró a añadir el híbrido, divertido por la reacción. Volvió a ofrecerle el casco—. Entonces, será tu primera vez.

—Precisamente por eso: no.

—¿Confías en mí?

La pregunta llegó con tanta tranquilidad que Arlet dejó de buscar excusas. Lo miró directamente a los ojos; aquellos zafiros azules no tenían rastro de burla, solo esperaban con una paciencia infinita.

Ella tragó saliva con dificultad.

—Ese es el problema.

—¿Cuál? —Aslan inclinó ligeramente la cabeza, intrigado.

—Que... empiezo a hacerlo.

El silencio que siguió fue absoluto. Durante un largo instante, el híbrido simplemente la observó, asimilando sus palabras. Había algo inmensamente valioso en aquella pequeña confesión. No era una declaración de amor, ni siquiera una admisión completa de lo que sentía, pero tratándose de Arlet... era un paso gigantesco.

La sonrisa de Aslan se volvió mucho más suave, cargada de una ternura genuina.

—Gracias.

—No te emociones. —dijo desviando la vista de inmediato, sintiendo el calor subir a su rostro.

—Es demasiado tarde para eso. —dijo sonriendo antes de dar un paso hacia la motocicleta, rompiendo la tensión con delicadeza— No voy a correr —prometió—. No voy a hacer maniobras extrañas y, si en algún momento quieres bajar, nos detendremos inmediatamente.

Arlet levantó la vista, buscando cualquier rastro de duda en su semblante.

—¿Lo prometes?

—Te doy mi palabra.

Ella conocía muy poco sobre las leyes de los hombres lobos, pero sabía algo fundamental: su palabra era equivalente a un juramento sagrado. Volvió a mirar la motocicleta y luego a Oriana. Su mejor amiga la contemplaba con una sonrisa de absoluta inocencia de pie frente a su automovil.

—No me mires así —le advirtió la princesa.

—¿Así cómo?

—Como si ya hubieras planeado todo esto.

—Yo jamás haría algo semejante.

—Está mintiendo. —Edward carraspeó con exageración, caminando hacia su automóvil después de despedirse de todos sus invitados.

—¡Edward!

—¿Qué? Es la verdad.

—Los odio a todos. —declaró con una pequeña sonrisa en los labios.

—Nosotros también te queremos —respondió Oriana, lanzándole un beso al aire.

—Son insufribles. —la princesa negó lentamente con la cabeza.

Aslan aprovechó aquel momento de distensión para acercarse despacio. Con movimientos deliberadamente lentos y tranquilos, colocó el casco entre las manos de ella. No la tocó; simplemente esperó a que tomara el control de la situación.

Arlet observó el objeto negro durante unos segundos y, para sorpresa de los presentes, terminó por colocárselo. Al verla, Aslan sintió cómo su lobo interior prácticamente daba saltos de felicidad, y su león tampoco se quedaba atrás.

—Gracias —repitió él en un susurro.

—No empieces.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Precisamente. Esa cara tuya ya me preocupa.

—¿Me permites? —inquirió con una sonrisa llena de picardía.

—¿Qué? —inquirió mirandolo sin comprender.

—Abrochar el casco.

Ella dudó apenas un instante, sopesando la cercanía, pero terminó por asentir.

—Solo el casco.

—Solo el casco —prometió él.

Aslan levantó lentamente las manos. Sus dedos rozaron apenas la piel expuesta de su cuello mientras buscaba las correas para ajustarlas. El contacto físico fue breve, de apenas unos segundos, pero bastó para que el vínculo entre ambos se estremeciera con fuerza. Arlet cerró los ojos involuntariamente, abrumada por la sensación. Qué cálidas eran las manos de aquel hombre; qué diferente era todo cuando estaba cerca de él. Cuando terminó de ajustar el broche con un suave clic, Aslan dio un paso atrás de inmediato.

—Listo.

—Gracias. —dijo abriendo los ojos, intentando recuperar la compostura.

—De nada.

La diferencia de temperatura entre ambos seguía pareciéndole fascinante a la princesa vampira. Él era como un pequeño sol andante, mientras que ella pertenecía a la fría noche; y aun así, cuando estaban cerca, encajaban a la perfección.

Aslan montó primero en la motocicleta y arrancó el motor. El rugido grave y potente llenó la calle solitaria. Después, volvió la cabeza por encima del hombro.

—Puedes sujetarte de donde quieras.

Arlet observó el vehículo, luego miró sus propias manos y, finalmente, la imponente espalda del híbrido.

—No pienso abrazarte.

—No hace falta.

—Solo me sujetaré del asiento.

—Como prefieras.

Detrás de ellos, Edward le dio un sutil codazo a Oriana.

—Cinco libras a que en menos de diez minutos termina abrazándolo.

—Diez minutos son demasiados —susurró Oriana de vuelta—. Cinco minutos.

—Acepto la apuesta.

Arlet escuchó perfectamente el intercambio gracias a su aguzado oído vampírico. Giró lentamente la cabeza hacia ellos, fulminándolos con la mirada.

—Los he escuchado.

Ninguno de los dos perdió la sonrisa divertida.

—Lo sabemos.

—Son horribles.

—Muchísimo.

Resignada, la princesa tomó aire y subió con cierta torpeza a la parte trasera del vehículo. Era la primera vez que se subía a una motocicleta y el asiento resultaba bastante más alto de lo que había imaginado. Intentó mantener el equilibrio sujetándose únicamente del pequeño soporte de metal trasero.

Aslan sintió de inmediato cómo se tambaleaba levemente.

—Arlet.

—¿Qué?

—Vas a ir muy incómoda así.

—Estoy bien.

—No, no lo estás.

—Que sí.

—Que no.

—No empieces. —resopló, frustrada por su persistencia.

—No me molesta que te sujetes de mí —añadió él, con tono suave y sin girarse.

—A mí sí.

—Lo imaginé.

Se hizo el silencio durante unos segundos mientras Aslan ponía la motocicleta en marcha lentamente. Al salir a la avenida principal, una repentina ráfaga de viento helado recorrió la calzada y la moto se inclinó ligeramente al tomar la primera curva. Arlet perdió el equilibrio por un instante. Por puro instinto de supervivencia, apoyó una mano sobre el costado de Aslan.

El híbrido sonrió para sus adentros, pero no dijo absolutamente nada para no avergonzarla ni romper el encanto. Ella permaneció inmóvil, procesando la calidez que emanaba de su cuerpo a través de la chaqueta de cuero. Después, muy despacio, terminó por rodearle la cintura con ambos brazos, aferrándose lo suficiente para sentirse segura. Nada más. O eso quería creer ella.

Aslan cerró los ojos un breve instante bajo el casco. Su lobo estaba eufórico y su león rugía de satisfacción, pero él se limitó a disfrutar en silencio de aquel pequeño milagro.

—¿Lista?

Arlet apoyó apenas la frente entre sus omóplatos, rindiéndose a la comodidad de su gran espalda.

—Sí...

Su voz sonó tan baja que casi se perdió en el rugido del motor. Aslan arrancó con una suavidad sorprendente, sin aceleraciones bruscas ni giros osados, simplemente deslizándose por las calles doradas e iluminadas de la noche londinense.

Detrás de ellos, Oriana contempló cómo la luz roja de la motocicleta se alejaba por la avenida.

Edward se cruzó de brazos, observando a su compañera.

—¿Entonces?

Ella sonrió sin apartar la vista de la calle ahora vacía.

—Acabamos de presenciar el principio de una gran historia de amor.

—¿Tan segura estás? —Edward arqueó una ceja, escéptico. Oriana dejó escapar una risa suave y melancólica.

—No he visto a Arlet abrazar a nadie... nuca —reveló, mirando por última vez la esquina por la que habían desaparecido—. Y ese cachorro acaba de conseguirlo sin siquiera esforzarse, además es su compañero.

—¡¿Qué?! —exclamó el antiguo vampiro.

—Asi como lo oyes, es su compañero.

—Hemos perdido a la princesa. —suspiró.

—Defectivamente.

Mientras tanto a unas cuantas calles de allí, el viento nocturno acariciaba el rostro de ambos bajo las vísceras de los cascos, Arlet continuaba aferrada a la cintura de Aslan. Al principio lo había hecho por equilibrio; luego, por pura comodidad física y unos minutos después simplemente porque no quería soltarlo.

La motocicleta se deslizó con suavidad por las tranquilas calles londinenses hasta detenerse frente al elegante edificio donde vivía Arlet. El rugido del motor se apagó lentamente, dejando que el silencio de la noche volviera a envolverlos.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Arlet seguía abrazándolo; ni siquiera se había dado cuenta de que sus manos continuaban aferradas a su cintura hasta que el propio vínculo pareció avisarle con una sutil pulsación. Sintió la calidez del cuerpo de Aslan bajo sus brazos y abrió los ojos de golpe, asimilando la cercanía.

—Ay. —dijo apartándose tan rápido que casi perdió el equilibrio al bajar del vehículo.

Aslan, reaccionando con la presteza de sus reflejos híbridos, alcanzó a sujetarla por el codo antes de que tropezara.

—Con cuidado.

—Estoy bien. —dijo recuperando la estabilidad de inmediato y se zafó con delicadeza.

—Lo sé.

—No necesitaba ayuda.

—Lo sé.

—Entonces no me sujetes.

—Demasiado tarde.

Arlet resopló mientras se quitaba el casco. Al retirarlo, su cabello oscuro se deslizó sobre sus hombros en una cascada brillante. Aslan sintió que se olvidaba de respirar durante un instante.

—¿Qué? —preguntó al notar la fijeza de su mirada.

—Nada.

—Te conozco lo suficiente para saber que ese nada, nunca significa nada.

—Solo estaba pensando. —dijo sonriendo, apoyando los brazos sobre el manubrio de la moto.

—Eso también me preocupa.

—Es que eres muy bonita cuando te despeinas.

—Cinco segundos...

—¿Qué?

—Cinco segundos fue lo que tardaste en empezar otra vez.

—Había batido mi récord —bromeó el Alfa Real.

—No.

—Sí.

—Gracias por traerme. —habló, esbozando una pequeña mueca resignada mientras le entregaba el casco.

Aslan no tomó el objeto de inmediato; la observó con una chispa de diversión en la mirada.

—¿Así nada más?

—¿Perdón? —Arlet arqueó una ceja.

—Esperaba una recompensa.

—¿Una... recompensa? —preguntó, verdaderamente desconcertada.

—Claro.

—¿Por qué?

—Te traje sana y salva.

—Era lo mínimo.

—Conduje despacio.

—Sí.

—Fui un caballero.

—Más o menos.

—No hice ninguna maniobra peligrosa.

—Eso es cierto.

—Así que creo que me gané un premio.

—¿Andas buscando un premio? ¿Y qué premio quieres? —cuestionó cruzando los brazos, divertida ante su descaro.

—Un beso. —declaró despues de fingir reflexionar profundamente, ladeando la cabeza.

El silencio que siguió fue absoluto. La vampira lo observó durante tres largos segundos, asimilando la audacia de su petición, antes de soltar una pequeña risa incrédula.

—¿Perdón?

—Un beso —repitió el Alfa Real.

—¿Así de simple?

—Sí.

—¿Porque me trajiste a mi casa?

—Exacto.

—Eres increíble. —dijo negando despacio con la cabeza, aunque sus labios amenazaban con curvarse en una sonrisa.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo tomé como uno.

—Toma el casco. —dijo volviendo a extender el casco hacia él.

—Primero mi beso.

—Aslan...

—¿Sí?

—No.

—¿No?

—No.

—¿Ni uno pequeño?

—No.

—¿En la mejilla?

—No.

—¿En la frente?

—No.

—¿En la nariz?

Ella soltó una carcajada antes de poder evitarlo; la ocurrencia la había desarmado por completo.

—¿En la nariz?

—Hay gente que besa narices.

—Tú estás completamente loco.

—Un poquito.

—Muchísimo. —dijo riendo y Aslan sonrió, inmensamente satisfecho por haber provocado su risa.

—Te hice reír. —señal y Arlet dejó escapar un suspiro, intentando recuperar su postura seria.

—No cambies de tema.

—No lo hago.

—Sí lo haces.

—Solo estoy negociando.

—Pues eres muy mal negociador.

—No lo soy.

—Lo eres.

—Estás rompiendo el corazón de un pobre estudiante universitario. —dijo llevando una mano al pecho, fingiendo una herida mortal con puro dramatismo.

—Sobrevivirás.

—No estoy tan seguro.

—Qué exagerado.

—Estoy agonizando.

—No.

—Sí.

—No pienso besarte.

—Qué tragedia... —Aslan bajó la cabeza con una expresión teatralmente triste.

—No dramatices.

—Acabas de rechazar a un hombre muy atractivo.

—Eso no te convierte en víctima.

—¿Estás admitiendo que soy atractivo? —sonrió con descaro.

Arlet abrió la boca para replicar, la cerró de inmediato y volvió a abrirla, dándose cuenta de la trampa dialéctica en la que había caído.

—Eso no fue lo que dije.

—Pero tampoco lo negaste. —le regaló un guiño.

Ella apretó los labios para no sonreír, fulminándolo con una mirada que no tenía nada de fría.

—Qué manipulador eres.

—Gracias.

—Tampoco era un cumplido.

—Hoy estoy aceptando todos.

—No hay manera de ganar contigo. —la princesa soltó una risa resignada, rindiéndose ante su insistencia.

—Claro que sí.

—¿Cómo?

Él dio un pequeño paso hacia ella, desmontando de la moto. No fue un movimiento invasivo; solo lo suficiente para quedar cerca. Muy cerca.

—Bésame.

Arlet sintió cómo el vínculo vibraba con fuerza en su pecho. Maldición, ¿por qué siempre ocurría eso cuando él recortaba la distancia? Con un suspiro contenido, le dio un suave golpecito con el dedo índice en el centro del pecho para marcar distancia.

—No.

—¿Segura?

—Completamente.

—¿Ni uno?

—Ni medio.

—Bueno... —suspiró con exageración, retrocediendo un paso.

—¿Bueno?

—Supongo que tendré que esperar.

—Exactamente.

—Soy paciente.

—Más te vale.

—Además... —sonrió de medio lado, con una mirada cargada de picardía. Ella arqueó una ceja, sospechando de su tono— Ya me besaste una vez.

Arlet sintió que las mejillas comenzaban a arderle bajo la fría luz de la calle.

—Tú me besaste.

—Al final los dos participamos.

—¡Aslan!

—¿Qué?

—¡No fue así!

—Estoy bastante seguro de que sí.

—No vuelvas a sacar ese tema —le advirtió ella, aunque su tono carecía de verdadera molestia.

—Es un recuerdo muy bonito.

—Para ti.

—¿Y para ti?

La princesa permaneció inmóvil. Durante un instante no encontró respuesta alguna, pues sabía perfectamente que mentir era inútil; la audición de un hombre lobo percibirían de inmediato el ritmo acelerado de su corazón. Aslan sonrió con infinita ternura al notar su silencio.

—Eso pensé.

—No te aproveches de eso. —lo señaló de inmediato con el dedo índice, a modo de advertencia.

—Jamás.

—Lo haces todo el tiempo.

—Solo un poquito.

—Ahora sí... —negó con la cabeza, incapaz de seguir enojada. Después, extendió nuevamente el casco hacia él— Tómalo.

—Bien, gracias. —lo recibió finalmente, rozando sus dedos con delicadeza en el proceso.

—Buenas noches, cachorro.

—Buenas noches, Inyanga.

Arlet dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la entrada del edificio. Había avanzado apenas unos pasos cuando la voz de Aslan volvió a detenerla.

—¡Arlet!

—¿Qué? —preguntó girando sobre sus talones.

—No olvides pensar en mí antes de dormir. —dijo dedicándole su sonrisa más luminosa.

La vampira soltó una risa incrédula, sacudiendo la cabeza.

—No eres tan importante.

—Ya veremos.

—Buenas noches.

—Dulces sueños.

Ella volvió a negar con la cabeza y entró finalmente al edificio, perdiéndose en el vestíbulo iluminado. Aslan esperó pacientemente hasta verla desaparecer por completo tras las segundas puertas de cristal. Solo entonces se permitió soltar un largo suspiro, apoyado de nuevo en su motocicleta.

—Qué mujer...

Su lobo interior emitió un gemido de absoluta satisfacción y el león en su pecho ronroneó orgulloso.

—Sí, ya lo sé —les susurró a sus propias bestias.

Se colocó el casco lentamente, ajustando el broche con una sonrisa que no cabía en su rostro.

—No me dio un beso.

Ambas bestias protestaron al mismo tiempo dentro de su mente, inconformes. Aslan rió por lo bajo mientras encendía el motor.

—Pero tampoco dijo que nunca me lo dará.

Y, para alguien tan obstinado y optimista como el Alfa Real, aquello era más que suficiente para seguir sonriendo durante todo el camino de regreso a casa…