Mercado
Aslan despertó antes de que sonara la alarma. Abrió lentamente los ojos y contempló durante unos segundos el techo de su apartamento, dejando que una sonrisa apareciera casi de inmediato en su rostro. En su interior, su lobo bostezó satisfecho, mientras que el león, mucho menos discreto, prácticamente rugía de buen humor.
—Buenos días para ustedes también... —murmuró, incorporándose sobre la cama.
Lo primero que hizo fue cerrar los ojos y respirar hondo. El vínculo seguía allí: suave, constante, como un hilo invisible que unía su corazón con el de una mujer que probablemente, en ese mismo instante, todavía dormía. Aquello bastó para ensanchar su sonrisa.
—Está bien... —se estiró perezosamente—. Hoy no vamos a molestarla.
Su lobo protestó de inmediato. El león no tardó en unírsele.
—No —insistió Aslan ante una nueva oleada de descontento mental—. Necesita descansar de mí. Lo sé, a mí también me gustaría verla, pero si sigo apareciendo en cada lugar al que va, terminará pidiéndole a alguien que me arranque la cabeza o lo peor será ella misma quien lo hará.
Las dos bestias guardaron un silencioso y resignado pacto.
—Exacto. Un poco de distancia también es buena —añadió, aunque admitirse aquello a sí mismo le costó más de lo que quería reconocer.
Después de una ducha rápida, se vistió con unos jeans oscuros, una camiseta gris antes de salir al exterior. Londres amanecía con un sol inesperadamente generoso y un aire fresco pero agradable. Era uno de esos sábados en los que la capital parecía moverse a un ritmo mucho más relajado. Aslan caminó con las manos en los bolsillos, disfrutando del simple placer de recorrer las calles. No tenía prisa ni planes; solo quería conocer un poco más la ciudad que ahora llamaba hogar, un refugio donde, por primera vez en mucho tiempo, podía ser un joven universitario y no el peso viviente de un linaje.
Media hora después, el murmullo de la gente lo guio hasta un mercado al aire libre instalado en una plaza. Decenas de pequeños puestos daban vida al lugar: pirámides de frutas coloridas, verduras con olor a tierra húmeda, flores frescas y especias que flotaban en el ambiente. El aroma a pan artesanal recalentado competía con el de los quesos y la miel, mientras un violinista interpretaba una melodía suave cerca de una fuente.
Aslan sonrió, contagiado por la vitalidad del lugar. En su mente, el lobo movió la cola en señal de aprobación, pero el león se mostró mucho más interesado en el humo denso que escapaba de un puesto de carne a la plancha.
—Sí... ya los escuché —susurró, dirigiéndose directamente hacia allí.
El cocinero, un hombre robusto de barba blanca y delantal manchado, levantó la vista al verlo llegar.
—¿Qué va a ser, muchacho?
—¿Cuál es la especialidad de la casa?
—Hamburguesa doble con queso y tocino. No falla.
—Suena perfecta.
Cinco minutos después, Aslan sostenía una enorme hamburguesa envuelta en papel encerado. La carne goteaba jugo y despedía un aroma espectacular. Le dio un mordisco generoso y sus ojos se cerraron en un acto de pura devoción.
—Madre mía... —suspiró de lo deliciosa, el cocinero soltó una carcajada ronca.
—Eso suele pasar.
—Creo que acabo de encontrar el mejor desayuno de Londres —aseguró Aslan, levantando el pulgar mientras seguía masticando.
Continuó caminando despacio entre la multitud mientras devoraba su botín. Se detuvo un momento a observar a un anciano que limpiaba relojes antiguos y a una pareja que acomodaba velas aromáticas. Le fascinaba aquella normalidad tan perfecta.
Entonces, su cuerpo se tensó por completo. Se detuvo en seco. No fue el vínculo lo que lo alertó; sus instintos se adelantaron. Su nariz, hipersensible por naturaleza, captó un aroma imposible de confundir entre la amalgama del mercado: violetas, nieve recién caída y ese toque sutil y elegante que era la firma personal de su luna. Sus ojos se abrieron de golpe. En su pecho, el lobo irguió las orejas y el león soltó un rugido de pura euforia.
—No... —Aslan giró lentamente sobre sus talones—. No puede ser.
Había decidido darle espacio. Había prometido no buscarla. Y, aun así, el destino parecía estarse burlando de sus buenas intenciones. Justo en ese instante, el vínculo vibró en su pecho, cálido y expansivo, confirmando lo que su olfato ya sabía. Una enorme sonrisa, mitad resignada y mitad radiante, iluminó su rostro.
—Definitivamente el destino está haciendo trampa, pero a mi favor.
Sus dos bestias se mostraron completamente de acuerdo. Aslan dio un último mordisco a la hamburguesa y apresuró el paso, dejándose guiar por el delicado perfume. No quería abrumarla ni romper su promesa de inmediato; solo necesitaba verla, aunque fuera de lejos.
Dobló por uno de los pasillos flanqueados de ropa tejida. Nada. Siguió caminando, guiado por la fragancia que se volvía cada vez más intensa, hasta que giró en la última esquina del pasillo de los floristas.
Y entonces la vio.
Estaba de espaldas a él, observando con atención un puesto repleto de flores frescas mientras el vendedor le sonreía. Llevaba unos pantalones de mezclilla claros, un blusa ligera color crema. Su cabello oscuro caía libre y sedoso sobre su espalda.
Aslan se quedó completamente inmóvil, olvidándose por un segundo de cómo respirar. No llevaba nada llamativo; solo su silueta, una pequeña cesta de mimbre colgada del brazo y esa luz natural que parecía emanar de ella. Sin embargo, seguía siéndole la mujer más hermosa del planeta.
—Qué problema tan serio tengo... —murmuró para sí mismo.
Su lobo soltó un gruñido de absoluta aprobación y el león ronroneó, apaciguado.
Aslan tiró la servilleta en un contenedor cercano, se sacudió las manos y respiró hondo, enderezando los hombros antes de dar el primer paso hacia ella. Iba con el corazón acelerado, sin saber que, apenas unos segundos antes, Arlet había sentido ese mismo lazo estremecerse en su pecho, sin embargo decidió ignorarla y continuar con su día, estaba observado con atención los ramos que el anciano florista le iba mostrando. No buscaba nada en especial; simplemente le gustaba comenzar algunos fines de semana caminando entre los mercados locales. Había algo profundamente relajante en aquel ambiente tan humano, tan sencillo y alejado de lo sobrenatural.
—¿Y estas? —preguntó el anciano, extendiéndole un ramo de anemonas blancas—. Llegaron esta madrugada.
—Son preciosas. —Arlet sonrió con amabilidad.
Tomó una de las flores entre los dedos con la delicadeza de quien manipula una obra de arte y cerró los ojos un instante para aspirar su aroma. Fue entonces cuando ocurrió. El vínculo vibró en su pecho. No fue un ligero cosquilleo como otras veces; esta vez fue un tirón claro, cálido y magnético, diciéndole que estaba mucho más cerca de lo que creía, abrió los ojos lentamente, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.
—No... —murmuró, mirando discretamente hacia un lado y luego hacia el otro—. No puede ser...
Había salido temprano precisamente porque estaba convencida de que él seguiría durmiendo después de la fiesta de la noche anterior. Era sábado, era un universitario, que no tenía trabajo, en su mente no existía ninguna razón lógica para que él estuviera allí. Pero el vínculo volvió a latir, todavía más fuerte, deteniéndole la respiración por un instante. Sin darse cuenta, sus ojos empezaron a barrer la multitud con urgencia.
—¿Perdió a alguien, señorita? —le preguntó el florista sonrieno divertido, notando el cambio inmediato en su postura.
Arlet parpadeó, saliendo abruptamente de su ensimismamiento.
—¿Qué?
—Está buscando a alguien —afirmó el hombre con esa sabiduría que solo dan los años.
—No, para nada.
—Ah... —el anciano soltó una pequeña risa—. Entonces ese alguien la está buscando a usted. Tiene esa misma expresión que tenía mi esposa cuando yo aparecía de sorpresa.
Las mejillas de Arlet adquirieron un tenue color rosado y se apresuró a carraspear con evidente incomodidad.
—No sé de qué habla... Creo que me llevaré estas anemonas y estás rosas blancas.
—Excelente elección.
Mientras el hombre preparaba el ramo, ella volvió a sentir aquella presencia, cada vez más cerca, cada vez más intensa. No necesitaba verlo para saber exactamente dónde estaba, pero la tentación de comprobarlo fue más fuerte. Giró la cabeza despacio.
Del otro lado del pasillo, justo entre un puesto de quesos artesanales y otro de frutas, apareció una figura alta que avanzaba con absoluta tranquilidad: jeans oscuros, camiseta gris de manga corta, botas negras y, sobre todo, aquellos inconfundibles ojos azules.
Aslan.
Él también se detuvo en seco apenas sus miradas se cruzaron. Durante unos segundos, el bullicio del mercado pareció desvanecerse por completo; no existían los vendedores, ni los clientes, ni el violín de fondo. Solo ellos.
Aslan sonrió primero. No era una sonrisa de suficiencia, sino una expresión luminosa, casi infantil, como si encontrarla allí hubiera convertido automáticamente aquel sábado en el mejor día del año. Al ver esa mirada, Arlet sintió que el calor regresaba a sus mejillas con fuerza.
—Maldita sea... —susurró para sí misma. Se había prometido no sonreírle tan fácilmente, se había jurado mantener la distancia, pero resultaba ridículamente difícil cuando él la miraba de esa manera.
Aslan comenzó a caminar hacia ella, despacio, sin prisas y con las manos hundidas en los bolsillos. Cuando estuvo a solo unos pasos, levantó una mano a modo de saludo.
—Buenos días,
Inyanga . (luna)
—Buenos días... cachorro. —respondió el saludo y luego respiró profundamente para estabilizar su pulso.
La sonrisa del híbrido se ensanchó todavía más, haciendo brillar sus ojos.
—Me gusta cuando me llamas así.
—Eso explica muchas cosas —replicó, intentando sonar severa sin mucho éxito.
—¿Cómo estás?
Arlet tardó un segundo en responder. Aquella pregunta era tan cotidiana, tan normal, que precisamente por eso la desarmaba.
—Bien.
—Me alegro —contestó el Alfa Real de forma genuina.
Se produjo un pequeño silencio impregnado de una timidez extraña entre los dos. Aslan desvió la mirada hacia el ramo que el florista terminaba de arreglar.
—Son bonitas —comentó.
—Sí, lo son. —asintió la vampira bajando la vista hacia las flores.
—Aunque creo que alguien les está haciendo una competencia muy injusta hoy.
—No. —dijo de inmediato, entornando los ojos.
—¿Qué? Sí.
—No empieces, Aslan.
—¿Qué hice ahora? —preguntó él, fingiendo inocencia.
—Ya empezaste a coquetear.
—Solo dije la verdad: eres más bonita que las flores. ¿Eso cuenta como coqueteo?
—En tu caso, definitivamente sí.
—Entonces creo que estoy completamente condenado. —declaró el hibrido ladeando la cabeza, adoptando un aire pensativo.
Una pequeña y espontánea sonrisa escapó de la comisura de los labios de Arlet antes de que pudiera evitarlo. El híbrido la capturó al vuelo, sintiendo que su mañana acababa de alcanzar la perfección.
—Sonreíste —la delató, victorioso. Arlet recuperó la compostura de inmediato.
—No.
—Acabas de hacerlo, lo vi.
—Lo imaginaste.
—Tengo vista de depredador, Arlet. No me falla.
—Pues hoy sí.
—Que no.
—Que sí.
—¿Siempre tienes que aparecer justo donde yo estoy? —suspiró, resignada, pero con los ojos chispeantes.
—Hoy precisamente intenté no buscarte. Salí de casa decidido a darte un poco de paz. —le contó soltando una risa suave, dando un paso más hacia ella.
—Eso suena sorprendentemente maduro de tu parte.
—¿Verdad? —coincidió él— Pero entonces mi olfato captó violetas y nieve recién caída... y todo mi hermoso plan se vino abajo.
Un sutil estremecimiento recorrió la columna de la vampira al escucharlo. Negó lentamente con la cabeza, aunque la calidez en su pecho era innegable.
—Creo que el universo tiene un extraño y retorcido sentido del humor.
—Yo diría que nos está dando un empujón.
—Y yo diría que se está burlando de mí.
—Bueno, también puede ser —admitió el Alfa Real, y ambos rieron por lo bajo.
El florista, que había observado toda la escena mientras cortaba el exceso de los tallos y envolvía el papel de estraza, sonrió para sus adentros. Había visto suficientes historias en su vida para reconocer una que apenas comenzaba a florecer. Aquellos dos jóvenes, que parecían discutir por absolutamente todo mientras se devoraban con la mirada, le recordaban demasiado a él y a su difunta esposa en sus mejores años. Entregó el ramo con parsimonia y, sin levantar la voz, murmuró con suavidad:
—Hay encuentros que no ocurren por casualidad, muchachos...
Sin embargo, ninguno de los dos pareció registrar sus palabras, demasiado perdidos en el reflejo del otro como para escuchar al resto del mundo…