Uvas
Arlet pagó el pequeño frasco de mermelada de uva y lo guardó con cuidado dentro de la canasta de mimbre que llevaba colgada en el brazo. Aslan observó el gesto con una sonrisa tranquila mientras caminaban esquivando a la multitud que abarrotaba el mercado londinense.
—Entonces las uvas... —comenzó le Alfa Real, metiendo las manos en los bolsillos.
—¿Qué pasa con ellas? —preguntó Arlet, sin detenerse.
—No me lo habría imaginado. Esperaba que dijeras fresas. O cerezas.
Ella negó con la cabeza, deteniéndose un segundo ante un puesto de frutas antes de continuar.
—Las uvas siempre fueron mis favoritas.
—¿Desde cuándo?
La respuesta salió de su boca antes de que su filtro cerebral pudiera detenerla:
—Desde pequeña.
Ambos dieron dos pasos más antes de que Arlet se congelara por un instante.
Había hablado de su infancia. Con él. Giró despacio la cabeza, esperando ver la típica sonrisa burlona del híbrido, pero Aslan solo la observaba con una expresión cálida que la desconcertó por completo.
—Me alegra saber algo de ti —dijo el hibrido, con una suavidad inusual.
—No te emociones. —le pidió la vampira sintiendo el impulso de golpearse la frente contra el puesto más cercano.
—Ya lo estoy haciendo.
—Eres imposible, de verdad —suspiró, acelerando el paso.
—Lo sé. Y para mí, eso es algo bueno.
Siguieron avanzando entre el bullicio. El mercado estaba impregnado de olores: queso curado, tierra húmeda de las flores y la fragancia dulce de la miel artesanal que un anciano ofrecía a gritos. A unos metros, un músico callejero arrancaba una melodía alegre a un viejo violín. Aslan lo miraba todo con una curiosidad casi magnética, como si el mundo humano fuera un parque de atracciones.
—Me gusta este lugar —admitió el Alfa Real—. Londres tiene muchos mercados, pero este tiene algo especial.
—¿Qué? —preguntó.
—Tú estás aquí. —respondió mirándola de reojo, reduciendo la distancia entre ambos.
—¿No puedes decir algo normal de vez en cuando? —le preguntó sintiendo un calor repentino y traicionero subirle por el cuello.
—Eso fue completamente normal —se defendió, divertido—. Al menos para alguien enamorado.
Ella se quedó callada, fingiendo un repentino interés en unas manzanas rojas. Todavía le costaba procesar esa palabra en la boca de Aslan. Él jamás parecía avergonzarse de lo que sentía, lo suelta con una naturalidad que resultaba... peligrosa. Muy peligrosa para sus propias barreras.
El aroma a masa horneada cambió el rumbo de sus pensamientos. Llegaron frente a un puesto de pan artesanal y Aslan aspiró profundamente, como si estuviera rastreando una presa.
—Ahora sí... tengo hambre otra vez.
—¿Otra vez? —Arlet lo miró incrédula, cruzándose de brazos— Pero si acabo de verte comer una hamburguesa del tamaño de mi cabeza hace diez minutos.
—Eso era un aperitivo, Inyanga. Alimentaría a tres humanos normales, pero yo no entro en esa categoría. Ventajas de ser un híbrido; mi metabolismo quema energía a una velocidad ridícula.
—¿Nunca te llenas?
—Depende... —fingió pensarlo, ladeando la cabeza con una sonrisa descarada— De qué sea lo que quiero comer.
—No me gusta esa sonrisa. —lo señaló con una mano entrecerrando los ojos— Esa que pones cuando estás a punto de decir una tontería.
—Hay cosas de las que nunca me cansaría —continuó, ignorando su advertencia y dándole un sutil toque con el hombro—. Como comer, dormir... o molestarte.
—Lo sabía.
—Pero hay otra cosa de la que tampoco me cansaría jamás: mirarte.
—Ahí está. La tontería. —la vampira soltó un suspiro resignado, aunque su corazón dio un vuelco rebelde.
—No lo es.
—Sí lo es.
—Que no.
—Que sí.
Al ver el ceño fruncido de Aslan imitando el de ella, Arlet terminó soltando una risa por lo bajo. Fue apenas un segundo, un sonido ahogado, pero suficiente para que los ojos azules del híbrido se iluminaran como si acabara de ganar la lotería.
—¡Te reíste!
—No —negó de inmediato, recuperando la compostura y aclarándose la garganta—. Fue un espasmo en la garganta.
—Fue una risa. Mi oído es infinitamente mejor que el tuyo, no intentes mentirme.
—Qué conveniente para ti.
—Muchísimo —Aslan sonrió, haciendo una pequeña reverencia exagerada cuando ella le dedicó una mirada fulminante— ¿Me concedes el honor de invitarte a desayunar en ese café de la esquina? Prometo que devoraré el menú en silencio.
Arlet miró el establecimiento al otro lado de la calle. Tenía una terraza llena de flores, mesas de madera y un aroma a café recién molido que resultaba tentador. No tenía nada importante que hacer esa mañana. Y, por alguna razón que la asustaba, la idea de alargar el tiempo con él ya no le parecía una tortura.
—Está bien —cedió al fin, soltando un largo suspiro de rendición—. Un desayuno. Y después cada quien sigue con su vida.
—Por supuesto —asintió Aslan con una seriedad sospechosa, antes de rematar— Hasta que vuelva a encontrarte esta tarde por pura coincidencia.
—Definitivamente... eres un cachorro insufrible. —gruño Arlet cerrando los ojos y masajeándose las sienes.
—Pero tu cachorro insufrible —corrigió regalándole un guiño.
Cruzaron la calle y Aslan se adelantó para abrir la puerta de cristal del café, manteniéndola firme mientras le guiñaba un ojo, e indicándole el camino con elegancia.
—No te emociones tanto —murmuró al pasar por su lado, sintiendo el calor de su cuerpo demasiado cerca.
Él sonrió de lado, observando cómo sus defensas se desmoronaban un milímetro más.
—Demasiado tarde, Inyanga... hace mucho que perdí esa batalla.
Entraron al pequeño café, que era tan acogedor como prometía desde el exterior. Las paredes estaban revestidas de ladrillo visto, el aire estaba saturado de una mezcla reconfortante de café recién molido, mantequilla y pan caliente, mientras los enormes ventanales dejaban entrar la tibia luz de aquella mañana londinense.
Una camarera los condujo hasta una mesa apartada en la terraza, en cuanto tomaron asiento, Aslan tomó la carta, la ojeó apenas unos segundos con sus ojos azules y dictó el veredicto con total naturalidad:
—El desayuno inglés completo... dos veces, por favor.
—¿Dos veces? —inquirió Arlet levantando lentamente la vista de su propio menú, arqueando una ceja.
—Tengo un agujero negro por estómago, ya te lo dije —sonrió, antes de dirigirse de nuevo a la camarera—. Y para la señorita, solo café negro, tostadas con mantequilla y un plato de fruta. Especialmente uvas. También un jugo de naranja.
Arlet parpadeó, guardando silencio hasta que la empleada se retiró. Él lo había recordado. Había sido una confesión al pasar, una frase suelta en medio del bullicio del mercado hacía apenas unos minutos antes de contarle sobre las uvas, y aun así, el híbrido la había guardado en su memoria.
—No tenías que pedir por mí —murmuró la vampira, ocultando el ligero vuelco de su corazón tras una fachada de fastidio—. Puedo cuidarme sola.
—Jamás lo dudé, Inyanga —respondió Aslan, apoyando los codos en la madera de la mesa—. Solo estoy intentando consentirte un poco.
Su respuesta fue tan extrañamente cálida que Arlet no encontró ningún argumento para rebatirla. Prefirió desviar el tema antes de que el silencio se volviera demasiado íntimo.
—¿Qué pasa? Me estás mirando demasiado.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó él, inclinándose un poco hacia adelante.
—La vas a hacer, aunque te diga que no.
—Probablemente —admitió con una sonrisa descarada—. ¿Cuántos años tienes realmente?
—Treinta. —respondió recargándose en su silla, evaluándolo.
—¿Treinta? —Aslan pestañeó, exagerado— ¿De verdad? Eso significa que eres una vampiresa sumamente joven. Vaya... por la forma en que te portas, pensé que tendrías unos cuatrocientos años.
—¡¿Cuatrocientos?! —Arlet abrió mucho los ojos, indignada— ¡Acabas de agregarme tres siglos y medio de golpe! ¿Eso significa que parezco una anciana decrepita?
—¡No, no! —Aslan levantó las manos en señal de paz, riendo ante su indignación—. Jamás diría eso. Es solo que... impones muchísimo. Tienes un aura muy importante. Pareces una reina, Arlet.
La vampiresa bajó la mirada hacia la mesa para ocultar la pequeña e involuntaria sonrisa que amenazaba con traicionarla.
—Eso estuvo un poco mejor. Intenta mantenerte en esa línea, además ya te había dicho que tenía treinta.
—¿Ves? Aprendo rápido —celebró él, justo cuando la camarera regresaba para dejar las bebidas. Arlet tomó la taza de café negro, agradeciendo el calor que desprendía—. Entonces, si eres tan joven, es una excelente noticia.
—¿Y eso por qué? —preguntó, dándole un sorbo al líquido amargo.
—Porque significa que tengo muchísimos siglos por delante para seguir molestándote.
Arlet se atragantó. Tosió un par de veces, con las mejillas encendidas, mientras Aslan le acercaba de inmediato un vaso de agua con semblante preocupado.
—¿Estás bien? Lo siento, no quería...
—La próxima vez —logró decir, recuperando el aliento y fulminándolo con la mirada—, avisa antes de decir semejante tontería.
—No es una tontería —replicó Aslan. Su tono ya no era burlón; sus ojos fijos en ella brillaban con una sinceridad absoluta que la desarmó—. Hablo completamente en serio.
Arlet sintió que el calor se extendía ahora por su cuello. Era imposible defenderse de él. Todo en el híbrido era transparente, no sabía fingir ni ocultar lo que dictaba su corazón, y esa honestidad salvaje resultaba peligrosamente encantadora para alguien que vivía rodeada de secretos.
—¿No te preocupa? —preguntó ella en un susurro, rompiendo la tensión—. La diferencia de especies, mi familia, la política entre los clanes... las posibles guerras. Hablas como si todo fuera muy sencillo.
—No dije que fuera sencillo —corrigió suavemente, acortando la distancia entre ambos—. Solo sé que vale la pena.
Aquellas palabras se quedaron suspendidas en el aire, densas y significativas. Arlet no supo qué responder, atrapada en la intensidad de su mirada. Por suerte para sus nervios, la camarera regresó cargada con los platos principales: dos descomunales porciones de huevos, tocino crujiente, salchichas, champiñones y frijoles para él, y el reluciente plato de frutas para ella.
Durante los siguientes minutos, Arlet observó completamente fascinada y un poco horrorizada cómo desaparecía el contenido del primer plato a una velocidad sobrenatural, aunque ya lo habia visto comer, parecía que el desayuno era la comida más importante para el hibrido.
—Eres un caso de estudio —comentó la vampira, viendo cómo él atacaba el segundo plato con el mismo entusiasmo—. Mi oído vampírico puede escuchar cómo trabaja tu metabolismo. Es aterrador.
Aslan soltó una carcajada, masticando un trozo de pan.
—Mi madre dice lo mismo. Mi padre, en cambio, cree que debería comer más para el entrenamiento.
—¿Tu padre está loco?
—Un poco. Viene de familia, como verás.
—Eso explica muchas cosas sobre ti —se burló ella.
Mientras él continuaba con su desayuno, Arlet tomó una uva madura del plato. Al morderla, la dulzura inundó su paladar y una chispa de nostalgia la asaltó.
—Cuando era niña... —empezó a decir, con la mirada perdida en la fruta—, en mi casa había un invernadero, las uvas crecían allí incluso en invierno, bueno aun lo hacen.
La frase escapó con tanta naturalidad que solo cuando guardó silencio se dio cuenta de lo que había hecho. Le había vuelto a regalar un pedazo de su pasado. A él.
Aslan dejó lentamente el tenedor sobre el plato. No hizo ninguna broma. Solo la observó con una sonrisa tan tierna y cargada de afecto que el pecho de Arlet se apretó.
—¿Qué? —preguntó ella, de repente incómoda bajo su escrutinio.
—Gracias. Por dejarme conocerte un poquito más cada día.
—No te emociones. —dijo Arlet apartando la mirada de inmediato, carraspeando.
—Demasiado tarde. Estoy muy emocionado.
Ella negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír para sus adentros. Era desesperante, sí, pero también extrañamente agradable tener a alguien que atesoraba cada pequeña palabra suya como si fuera oro.
Aslan terminó por fin el segundo plato y se recostó en la silla con un suspiro de profunda satisfacción.
—Ahora sí. El vacío ha sido llenado.
—No te creo. Seguro que tienes espacio para algo más.
—Bueno... —él se inclinó ligeramente sobre la mesa, fijando sus ojos azules directamente en los labios de la vampiresa antes de volver a sostenerle la mirada con un brillo descarado—. Creo que todavía me falta el postre. Pero no estaba pensando en un pastel.
—Ah, ¿no? ¿Y en qué pensabas? —inquirió señalándolo con el dedo, con los ojos entrecerrados.
—En un beso.
Arlet se quedó completamente inmóvil durante un segundo. Luego, sin cambiar la expresión de su rostro, tomó una uva del plato y se la lanzó con perfecta puntería directo a la frente.
La fruta rebotó con un suave
plop y cayó sobre la mesa. Aslan parpadeó, sorprendido por el ataque, antes de romper a reír con tantas ganas que varias personas en el café se giraron a mirarlos. Arlet intentó mantener su máscara de seriedad e indiferencia vampírica. Aguantó un segundo. Dos. Tres.
Al cuarto, terminó riéndose a carcajadas junto a él, dejando que las murallas que tanto la protegían se derrumbaran un poquito más ante su joven compañero….