LNCrawler

Celos

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Celos

Las semanas posteriores a aquel desayuno transcurrieron exactamente como cualquiera que conociera a la vampira habría esperado y exactamente como cualquiera que conociera a Aslan habría imaginado. Se convirtieron en un interminable estira y afloje.

Cada mañana, el Alfa Real encontraba una excusa diferente para cruzarse en su camino: un café "casualmente" comprado de más, una flor que "por accidente" había terminado en sus manos, o la fotografía de un perro enorme que, según él, se parecía sospechosamente a Connor cuando se enfadaba, aunque ella no conocía a su mejor amigo. Otras veces era una caja de uvas, un pequeño llavero con forma de luna y, sobre todo... una sonrisa. Siempre aquella condenada sonrisa.

Arlet seguía negándose a admitir cualquier avance. Lo llamaba cachorro, lo amenazaba, le ordenaba que dejara de seguirla y le recordaba que tenía un trabajo y que él era soberanamente insoportable. Sin embargo, Aslan respondiendo con la misma paciencia devota todos los días:

—Buenos días, Inyanga.

—No me llames así.

—Buenos días, preciosa. —corrigió con una sonrisa coqueta.

—Tampoco.

—Qué bonita te ves hoy. —dijo con descaro.

—Estoy empezando a arrepentirme de no haberte arrancado la cabeza el primer día.

—Todavía estás a tiempo, soy todo tuyo. —le regaló un guiño.

—No me tientes.

—Nunca.

Y, aun así, ella seguía caminando a su lado. Porque, aunque Arlet jamás lo admitiera, había dejado de pedirle que se marchara con la misma convicción. Ahora simplemente resoplaba, rodaba los ojos y continuaba su camino. Aslan consideraba aquello un enorme progreso.

Aquella tarde, sin embargo, era distinta. Arlet acababa de salir de una larga comida de negocios en uno de los hoteles más exclusivos de Mayfair, tras pasar casi tres horas reunida con representantes de una importante firma italiana. Estaba agotada. Se despidió con una sonrisa impecablemente profesional, estrechó las últimas manos y abandonó el restaurante.

En cuanto cruzó la puerta principal, el aire fresco de Londres resultó un alivio inmediato. Ajustó la correa de su bolso sobre el hombro y comenzó a caminar por la acera, pero algo la detuvo. El vínculo estaba tranquilo. Extrañamente tranquilo.

Aquello era raro. Muy raro. Durante las últimas semanas, siempre había sentido la presencia cálida de Aslan revoloteando cerca de ella, como un pequeño sol imposible de ignorar. Aquella tarde, en cambio, no había nada.

—Qué extraño... —murmuró frunciendo ligeramente el ceño.

Dio unos pasos más y entonces lo vio al otro lado de la avenida. La sonrisa apareció en los labios de Arlet de manera completamente involuntaria, pero duró apenas un suspiro. Enseguida descubrió que él no estaba solo.

Caminaba acompañado por una chica humana, de aproximadamente su misma edad, con el cabello castaño y largo. Llevaba una mochila universitaria colgada de un hombro y no dejaba de reír mientras hablaba con él. Aslan respondió con otra carcajada, y cuando la muchacha le dio un pequeño golpe amistoso en el brazo, él volvió a reír, inclinándose ligeramente hacia ella.

Algo desconocido y punzante se retorció dentro del pecho de Arlet. Su sonrisa se evaporó y sus pasos se congelaron en el asfalto. Se quedó inmóvil, observándolos. La joven volvió a acercarse, ridículamente cerca. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué sonreía tanto? ¿Por qué lo tocaba y por qué demonios él no se apartaba?

El vínculo vibró. Una vez. Después otra, y otra más, hasta que Arlet sintió un calor abrasador recorrerle el pecho. No, aquello no era calor; era rabia. Una rabia completamente irracional. ¿Quién era esa humana? ¿Y por qué se atrevía a mirar así a... su...

Su respiración se detuvo. La palabra apareció en su mente antes de que pudiera impedirla: Su cachorro.

Los ojos de Arlet se abrieron ligeramente. ¿Desde cuándo pensaba de esa manera? Al otro lado de la calle, la chica levantó una mano y le acomodó distraídamente el cuello de la chaqueta que el viento le había desordenado.

Eso bastó.

Los colmillos de Arlet descendieron apenas unos milímetros y sus ojos cambiaron lentamente del azul trasparente habitual a un intenso carmesí. La temperatura a su alrededor descendió varios grados de golpe, provocando que los transeúntes se estremecieran sin comprender el motivo.

La vampira no apartaba la vista de la humana. ¿Cómo se atrevía a tocarlo? ¿A caminar tan cerca? Sintió un impulso primitivo, visceral y brutal: cruzar la calle, apartarla de un solo golpe y dejarle muy claro que aquel Alfa... era suyo.

La idea golpeó con tanta fuerza que dio un paso al frente. Solo uno, pero el suficiente para comprender el peligro. Su respiración se aceleró. No, no. ¿Qué estaba pensando? Ella jamás había sentido aquello en sus treinta años de existencia. Jamás había sentido celos. Había recibido propuestas de cortejo desde la adolescencia y había visto a otras mujeres acercarse a hombres con los que salía ocasionalmente sin que le importara lo más mínimo. ¿Entonces por qué ahora sentía unas ganas casi incontrolables de arrancarle la cabeza a una desconocida?

Entonces recordó que era una vampira, el monstruo que habitaba bajo su piel perfecta, respondió como parte de su razón: Porque está cerca de tu compañero. Porque sonríe con él. Porque lo mira demasiado. Porque... podría quitártelo.

El pensamiento cayó sobre ella como un balde de agua helada. ¿Desde cuándo temía perder algo que ni siquiera aceptaba tener? El vínculo volvió a vibrar, más fuerte, más profundo. Arlet cerró los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. Respira. Respira. No eres una bestia. No aquí. No delante de los humanos.

Miró a su alrededor. La avenida seguía llena de gente, automóviles y turistas. Una anciana pasó junto a ella y la observó con evidente extrañeza antes de apresurar el paso. Arlet sintió un escalofrío al recordar que sus ojos seguían teñidos de rojo.

—Contrólate. —se ordenó cerrando los ojos e inspiró lentamente, recurriendo al antiguo entrenamiento que su abuela Fatima le habia dado. Visualizó la oscuridad, el hielo y el silencio. Poco a poco, el carmesí desapareció de sus iris y sus colmillos volvieron a ocultarse.

Cuando abrió los ojos, su respiración casi había vuelto a la normalidad. Volvió a mirar hacia la otra acera: Aslan ya no estaba allí, habían dado vuelta en una esquina, así que Arlet tragó saliva.

Por primera vez en su vida inmortal, comprendió una emoción que siempre había considerado absurda y descubrió, con un estremecimiento, que los celos de una vampiresa eran mucho más salvajes de lo que jamás habría imaginado.

Porque una parte muy oculta de ella ya no veía al Alfa Real como un simple híbrido insoportablemente atractivo. Lo veía como algo infinitamente más peligroso. Lo veía como suyo… y se reprendió por eso, volvió al estudio, porque tenía algunos pendientes, trabajo el resto de la tarde y cuando terminó, fue directo a su penthouse, donde intentó apagar la rabia que aun sentia.

La rabia no desapareció. Ni durante el trayecto de regreso, ni mientras el ascensor privado la llevaba hasta el último piso del edificio, ni mucho menos cuando la puerta de su penthouse se cerró tras ella con un suave clic.

Arlet dejó el bolso sobre la isla de la cocina y comenzó a caminar de un lado a otro del enorme salón, incapaz de contener la energía errática que la dominaba.

—Ridículo... —se pasó una mano por el cabello, frustrada—. Absolutamente ridículo.

El vínculo seguía latiendo, pero ya no con furia, sino con una inquietud insoportable. En su mente se repetía en bucle la imagen de aquella muchacha riéndose junto a él, la soltura con la que había apoyado una mano sobre su brazo y la familiaridad con la que caminaban juntos. Y, sobre todo, la sonrisa de Aslan. Esa sonrisa que ella creía exclusiva.

Se detuvo frente al ventanal que dominaba gran parte de la silueta iluminada de Londres. ¿Por qué le importaba tanto? No obtuvo respuesta, solo el silencio de la ciudad. Apretó los labios con determinación. No pensaba quedarse con la duda; necesitaba entender qué demonios estaba sintiendo, necesitaba respuestas, y solo había una persona capaz de dárselas.

Diez minutos después, salía nuevamente de su apartamento. El edificio donde vivía Aslan era moderno, elegante y discreto, muy parecido al suyo, aunque el de ella tenía un corte más clásico. Arlet atravesó las puertas de cristal con paso decidido, provocando que el guardia de recepción levantara inmediatamente la vista.

—Buenas noches, señorita.

—Buenas noches —se acercó al mostrador—. Busco a Aslan.

El recepcionista sonrió con impecable educación profesional y colocó los dedos sobre el teclado.

—¿Apellido?

Arlet parpadeó. El silencio se prolongó un segundo de más. No tenía la menor idea. Jamás se lo había preguntado y si se lo había dicho no puso atención.

—Es... Aslan.

El hombre aguardó, esperando el resto de la información, pero al ver que ella no añadía nada más, continuó:

—¿Número de apartamento?

Ella volvió a quedarse callada. Tampoco lo sabía. El empleado consultó la pantalla frente a él con una mueca de disculpa.

—Lo siento, señorita. Sin el apellido o la autorización del residente no puedo permitirle subir.

—Solo necesito hablar con él. Es importante.

—Lo entiendo, pero son las normas de seguridad del edificio. Lo siento mucho.

Arlet respiró profundamente, obligándose a mantener la compostura. Podría usar su poder sobrenatural, obligarlo a hablar, entrar sin dificultad e incluso borrar aquel encuentro de la memoria del humano. Pero no lo haría. No era una criminal y, además, recurrir a sus poderes para esto solo haría que se sintiera todavía más ridícula.

Resignada, caminó hasta uno de los sofás de cuero del vestíbulo y tomó asiento. Cruzó las piernas, fijó la vista en la puerta principal y esperó.

Pasaron cinco minutos, luego diez, luego doce. Justo cuando empezaba a convencerse de que quizá él había salido a pasar la noche fuera, las puertas automáticas se abrieron.

Aslan entró al edificio con una bolsa de supermercado en una mano y una botella de agua en la otra. Parecía venir del gimnasio; vestía unos pantalones deportivos negros, una sudadera gris remangada hasta los antebrazos que dejaba a la vista sus tatuajes, y el cabello rapado aún estaba ligeramente húmedo. Al híbrido le bastó un solo segundo para que sus sentidos sobrenaturales percibieran el aire del vestíbulo.

Aquel inconfundible aroma: violetas, nieve recién caída y una elegancia innata. Sus ojos recorrieron el lugar a toda velocidad hasta encontrarla. Se quedó completamente inmóvil en mitad de la entrada. Después, sonrió. Decir que sonrió era poco; su rostro literalmente se iluminó con una alegría desbordante.

—¡Inyanga! —exclamó y prácticamente cruzó el vestíbulo en dos zancadas.

Arlet permaneció sentada, con la espalda recta, muy seria y completamente inmóvil, fingiendo no estar impresionada por aquella reacción.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el Alfa Real, deteniendose frete a ella.

—Necesito hablar contigo. —declaró y la sonrisa del híbrido no desapareció. Al contrario, se volvió todavía más amplia.

—Eso parece serio.

—Lo es.

—¿Todo está bien? —preguntó y su expresión cambió apenas un poco. No estaba preocupado, pero su instinto de protección se encendió de inmediato.

—No.

Aslan la observó un instante, leyendo la tensión en su postura, y asintió.

—Ven. Subamos a mi apartamento. —la invitó.

Arlet dudó apenas un instante antes de ponerse de pie y seguirlo. El recepcionista observó la escena completamente confundido; cinco minutos antes, aquella mujer parecía lista para una guerra fría, y ahora el residente más nuevo del edificio la guiaba al ascensor como si fuera el tesoro más preciado del mundo.

El elevador comenzó a ascender en un silencio sepulcral. Aslan la observaba de reojo con una curiosidad brillante, mientras Arlet mantenía los brazos cruzados, la mirada fija al frente y la mandíbula tensa. El vínculo vibraba entre ambos, cargado de una intensidad eléctrica e inusual.

Cuando las puertas se abrieron, Aslan la condujo al interior de su hogar. Era un penthouse amplio, de estilo moderno y lleno de luz, decorado con muebles sencillos, muchas plantas, estanterías repletas de libros y fotografías familiares. Todo el lugar desprendía exactamente la misma esencia que él: una calidez reconfortante.

—¿Quieres beber algo? —ofreció, dejando las llaves en la entrada—. ¿Café? ¿Té?

—No.

—¿Segura?

—Aslan.

—¿Sí?

—Siéntate. —ordenó.

El Alfa Real obedeció inmediatamente. Se dejó caer sobre el sofá, apoyó un brazo sobre el respaldo y la miró con absoluta tranquilidad, completamente fascinado por su presencia.

—Te escucho.

Arlet permaneció de pie frente a él, como un juez a punto de dictar sentencia. Respiró hondo una, dos, tres veces, buscando las palabras correctas que no delataran el caos de su pecho.

—¿Quién era ella?

—¿Ella? —preguntó parpadeando, genuinamente desconcertado.

—La humana —especificó la vampira, entornando los ojos—. La que estaba contigo esta tarde.

El híbrido guardó silencio unos segundos, repasando mentalmente su día, hasta que finalmente las piezas encajaron en su cabeza.

—¿Emily? —inquirió y Arlet apretó más los brazos contra su pecho.

—Así que tiene nombre. —musitó entre dientes.

—Es una compañera de la universidad, Arlet. Estábamos repasando un trabajo.

Ella desvió la mirada hacia el ventanal, ocultando el leve rubor de sus mejillas. Aslan no añadió nada más; se limitó a observarla en silencio mientras una lenta y peligrosa sonrisa comenzaba a dibujarse en sus labios.

—¿Qué? —preguntó la vampira, girándose al notar la intensidad de su mirada—. ¿Qué te hace tanta gracia?

—Nada... —respondió, pero su sonrisa siguió creciendo, llenando sus ojos de un brillo dorado.

—No te rías. No sonrías.

—Lo intento, de verdad.

—No lo estás intentando en absoluto.

—Es que... —se mordió el labio inferior, divertido—, no puedo evitarlo.

—Te estoy hablando en serio, cachorro. —le advirtió dando un paso hacia él, impuesta por su orgullo vampírico.

—Yo también.

—Entonces deja de mirarme así.

—No puedo —confesó él con una ternura casi insoportable— No puedo porque acabas de venir hasta mi casa... —se puso lentamente de pie. Su imponente estatura redujo la distancia entre ambos hasta que apenas un paso los separó. El calor que desprendía su cuerpo chocó contra la temperatura fría de la vampira— ...solo para preguntarme por otra mujer.

Arlet abrió la boca para replicar, pero las palabras se le atascaron en la garganta. No encontró ninguna respuesta lógica. Aslan bajó un poco la cabeza, buscando su mirada azul trasparente, con una expresión completamente luminosa y rendida.

—Arlet...

—¿Qué? —susurró ella, obligándose a sostenerle la mirada.

—¿Estás celosa?

La pregunta cayó entre ambos como un relámpago en una noche despejada. La princesa de los vampiros se quedó completamente inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza en los oídos. Porque, por primera vez desde que había conocido al Alfa Real, no tenía la menor idea de cómo negar una verdad que el vínculo, sus ojos y su propia presencia allí ya habían confesado por ella…