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Colmillos

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Colmillos

Arlet sintió que el tiempo se detenía.

¿Celosa?

La palabra quedó suspendida entre ambos, vibrando con la misma intensidad que el vínculo que tiraba de su pecho.

No. Claro que no. Ella era una Carter, princesa de los vampíricos del mundo. Había rechazado a nobles, príncipes, empresarios y guerreros de todas las especies sin que jamás le importara un bledo con quién terminaran después.

Los celos eran una emoción demasiado... humana. Demasiado mundana para alguien como ella y, sin embargo, allí estaba. En el apartamento de un híbrido, perdiendo los papeles por una humana.

Aslan no dijo una sola palabra más. No hacía falta. Simplemente la observaba con aquella expresión cálida, una fijeza azulada que la desarmaba mucho más que cualquiera de sus bromas habituales.

Arlet tragó saliva, sintiendo la garganta extrañamente seca.

—No... —su voz sonó débil. Demasiado débil para una Carter. Frunció el ceño, intentando invocar la frialdad de su herencia—. No estoy... —hizo otra pausa. Maldita sea. ¿Por qué hablar de pronto requería tanto esfuerzo?

—Puedes decirme la verdad, Arlet. —dijo Aslan inclinando apenas la cabeza. No había burla en sus facciones, solo una paciencia infinita, la de un depredador que sabe que el juego ya ha terminado.

—No... —volvió a intentarlo, frustrada—. Yo solo... —suspiró, rindiéndose a medias—. No entendía por qué me molestó tanto.

—¿Y ya lo entendiste? —preguntó el Alfa Real mientras sus ojos brillaban con una chispa de comprensión.

Arlet cerró los ojos y respiró hondo, aunque sus pulmones no lo necesitaran. Por primera vez en muchísimo tiempo, decidió dejar de pelear contra el peso de su propia naturaleza.

—Creo... —su voz apenas fue un murmullo—. Creo que sí.

El corazón de Aslan dio un vuelco tan violento que ella pudo escucharlo desde donde estaba. En su interior, su lobo prácticamente aulló de felicidad y su león soltó un rugido orgulloso. Pero él obligó a ambas bestias a permanecer quietas. Aquel momento no era para celebrar; era para cuidarla. Arlet estaba haciendo algo mucho más difícil que admitir unos simples celos: estaba bajando una muralla que llevaba décadas construyendo, para cuando él apareciera.

Cuando ella volvió a mirarlo, el desconcierto y una pizca de vergüenza empañaban sus ojos de depredadora.

—Nunca me había pasado —confesó, casi inaudible—. Jamás. Vi cómo esa mujer te tocaba... —negó lentamente, y por un milisegundo, la punta de sus colmillos rozó su labio inferior—. Y quise apartarla. Quise arrancarle la cabeza. —dijo y Aslan no pudo evitar que una sonrisa pequeñita apareciera en sus labios. No era una mueca burlona; era pura ternura pura y dura— ¡No sonrías! —siseó¿, recuperando un poco de su frialdad habitual.

—Lo siento.

—¡No te disculpes sonriendo!

—Es que eres adorable.

—¡No soy adorable, Aslan!

—Muchísimo.

Ella soltó un gruñido completamente indignado, un sonido que habría aterrorizado a cualquiera, pero que a él solo le dio ganas de abrazarla.

—¡Estoy confesándote que casi asesino a una desconocida!

—Lo sé.

—¡Eso no tiene nada de adorable! —exclamó intentando recuperar la calma.

—No, eso no —coincidió él, dando un paso hacia ella. Solo uno, recortando las distancias con esa parsimonia felina suya—. Lo adorable es que vinieras hasta aquí solo para reclamarme quién era.

Un calor impropio para una princesa como ella le subió a las mejillas.

—Fue un impulso.

—El mejor impulso de mi vida.

—No exageres, cachorro. —le advirtió.

—Nunca exagero cuando se trata de ti. —Aslan suavizó el tono—. Además... Emily tiene novio. Desde hace tres años.

—¿Qué? ¿Novio? —inquirió girando la cabeza de golpe, parpadeando.

—Sí. Nos estábamos poniendo de acuerdo para un trabajo que nos tocó hacer en equipo. —le explicó.

Un silencio espeso cayó sobre la sala. Arlet rebobinó la escena en su mente: las risas, la cercanía, la mano de la chica acomodándole la chaqueta... Había interpretado todo de la peor manera posible. El orgullo Carter rodó por el suelo del apartamento.

—Soy una idiota... —dijo llevándose una mano a la frente, deseando que la tierra se la tragara.

—No.

—Sí, lo soy. Aslan, acabo de venir hasta tu casa a hacer un escándalo por...

—Por celos —completó con infinita ternura, acercándose un poco más—. Yo sí puedo creerlo.

—¿Por qué?

—Porque significa que empiezas a aceptarme como tu compañero y que te importo tanto como tú a mí. —declaró, provocando que la vampira levantara la vista lentamente. Él no mostraba arrogancia ni la mirada de quien ha ganado una batalla; solo una felicidad limpia y honesta— ¿Sabes cuál es la diferencia entre nosotros? —preguntó el Alfa Real a un suspiro de distancia.

—¿Cuál?

—Que yo llevo desde que te conocí diciéndote que me gustas. Y tú acabas de recorrer media ciudad para demostrármelo.

—¡Eso no fue una declaración! —protestó, aunque sus defensas ya eran cenizas.

—No hizo falta.

—¡Sí hacía falta!

—No, Inyanga. No para mí.

Arlet intentó encontrar una respuesta demoledora, una frase digna de su linaje que le devolviera el control de la situación. No encontró nada. Porque, por mucho que le aterrara admitirlo, él tenía toda la razón. No le había molestado la presencia de la chica; le había aterrorizado la idea de perder a su compañero.

Aslan levantó una mano lentamente. No la tocó; mantuvo los dedos a un milímetro de su rostro, dándole el control, esperándola con la paciencia eterna que lo caracterizaba.

Después de unos segundos de debate interno, Arlet cedió. Dio el último paso que faltaba y, con una timidez impropia de una vampiresa, apoyó la frente contra su pecho, buscando el calor de su cuerpo para esconder su sonrojo.

Aslan cerró los ojos, asimilando el peso de su confianza. No dijo nada. No hizo falta romper el hechizo con palabras. Simplemente la rodeó con sus brazos, permitiéndole refugiarse de sus propios miedos.

Y allí, envuelta en el aroma a bosque y tormenta del cachorro que tantas veces había amenazado con estrangular, Arlet descubrió que el lugar más seguro del mundo estaba, precisamente, en el centro de su debilidad. Arlet ya no quería pensar. Ni analizar. Ni seguir buscando una explicación lógica para algo que, evidentemente, había dejado de obedecer a la razón hacía mucho tiempo.

Levantó lentamente la mirada. Los ojos azules de Aslan seguían fijos en ella con aquella infinita paciencia que tanto la desconcertaba y, a la vez, la atraía como un imán.

—¿Por qué me miras así...? —preguntó en un susurro apenas audible.

—Porque eres preciosa. —respondió sonriendo apenas, una curva suave llena de devoción. Arlet negó con la cabeza, aunque una pequeña chispa de calidez le recorrió el pecho.

—Siempre tienes una respuesta...

—Solo cuando se trata de ti.

La vampira soltó un suspiro derrotado. Estaba cansada. Cansada de luchar contra lo inevitable, de fingir que no sentía el tirón constante del vínculo, de negar que cada vez que él sonreía, algo helado dentro de ella se derretía un poco. Y, sobre todo, estaba cansada de extrañarlo en cuanto cruzaba la puerta.

Sin decir una sola palabra, se puso en punta, mientras Aslan permaneció completamente inmóvil, conteniendo el aliento. No quería asustarla; no quería precipitar la frágil tregua que ella le estaba ofreciendo.

La vampira durante un largo instante, simplemente lo contempló, recorriendo con la mirada cada línea de su rostro, memorizando las facciones del Alfa Real como si aún intentara convencerse de que aquello no era una maravillosa locura.

Entonces, levantó una mano. Sus dedos, pálidos y fríos, rozaron con infinita delicadeza la línea de su mandíbula. Aslan cerró los ojos un segundo, inclinándose apenas hacia el contacto, disfrutando del simple roce de su piel.

Cuando los abrió, ella seguía ahí. Y fue Arlet quien rompió la distancia.

Lo besó.

Fue un roce tímido al principio, el tanteo de quien teme quemarse con el fuego ajeno, una última oportunidad de arrepentirse. Pero Aslan tardó apenas una fracción de segundo en corresponderle. Lo hizo con la misma dulzura, con un cuidado meticuloso, pero bastó ese instante de entrega para que el vínculo entre ambos estallara.

En la mente del híbrido, el lobo aulló con una fuerza salvaje y el león lanzó un rugido orgulloso que hizo vibrar su propia alma.

«Mia, mi Luna».

La alegría de sus bestias era tan inmensa, tan torrencial, que Arlet sintió la oleada atravesar la conexión directa en su pecho. Era un calor protector, abrumador. Sus manos buscaron apoyo en el firme pecho de Aslan mientras el beso se profundizaba, volviéndose más sincero, cargado de todas las verdades que ninguno de los dos había sabido poner en palabras.

Con lentitud, Aslan deslizó una mano hacia la cintura de ella. Esperó el rechazó, pero al ver que ella no se tensaba, la atrajo hacia sí, eliminando cualquier rastro de aire entre los dos.

Se fundieron en un abrazo completo. Arlet pegó su cuerpo al suyo, percibiendo el potente y constante latido del corazón del Alfa. Era rápido, fuerte, extrañamente tranquilizador para alguien acostumbrada al silencio. Él acarició su espalda con una delicadeza que contrastaba con su enorme fuerza física, como si todavía temiera que ella fuera un espejismo. La vampira respondió aferrándose a la tela de su camiseta, hundiéndose en el momento.

En ese instante, todo lo demás se desvaneció. Londres, la lluvia que comenzaba a caer tras los cristales, las diferencias ancestrales de sus especies, los títulos y las responsabilidades de la corona Carter. Solo existían ellos, el sabor del otro y la fuerza indomable que los unía.

Entonces ocurrió.

Fue un movimiento puramente instintivo. Guiado por la embriaguez del vínculo, Aslan bajó los labios unos centímetros, siguiendo la línea de su mejilla hasta perderse en la curva de su cuello. Su respiración cálida golpeó la piel helada de Arlet y, durante un milisegundo, las puntas de sus colmillos de Alfa rozaron la yugular de la vampiresa.

No hubo mordida. No hubo una intención real de marcarla o herirla. Pero el peligro implícito despertó el instinto de ambos al mismo tiempo.

Los ojos de Arlet se abrieron de golpe. El mundo pareció congelarse en una fracción de segundo. Años de entrenamiento con su padre, con la abuela Fátima y la supervivencia reaccionaron mucho antes que su corazón.

El aire del salón explotó con un violento ¡crack! sónico. Aslan procesó el vacío justo cuando sus brazos se cerraron sobre la nada. Perdiendo el equilibrio por la inercia, el híbrido terminó cayendo sentado de golpe en el sofá. Parpadeó, aturdido, y levantó la vista.

Arlet se encontraba al otro extremo del enorme penthouse, pegada a la pared. Su respiración era un jadeo agitado y sus ojos habían abandonado su color natural para encenderse en un carmesí intenso y depredador. Sus propios colmillos sobresalían de sus labios, relucientes. Tenía una mano presionada contra su cuello, justo en el lugar exacto donde había sentido el roce de los dientes de Aslan.

Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación.

Al verla, la expresión de absoluta felicidad de Aslan se derrumbó, reemplazada por una dolorosa mezcla de culpa y alarma.

—Arlet... —comenzó a levantarse.

Ella levantó la mano libre, frenándolo en el acto con una mirada que destilaba pura tensión.

—No. —su voz salió rota, entrecortada.

No era miedo a él. Aslan lo supo al ver el temblor en sus dedos. Era miedo a sí misma. Porque durante ese brevísimo instante en el que los colmillos del Alfa habían rozado su piel... una parte de su naturaleza inmortal no había querido apartarse. Y esa rendición absoluta la aterraba mucho más que cualquier enemigo que hubiese enfrentado en su larga vida…