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Mayor

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Mayor

Aslan permaneció completamente inmóvil. Ni un paso. Ni un gesto brusco. Solo levantó despacio ambas manos, mostrándole las palmas en una tregua silenciosa. Su imponente figura de híbrido, que usualmente llenaba el espacio con una presencia dominante, se obligó a encogerse para no abrumarla.

—Está bien... no voy a acercarme.

El silencio volvió a adueñarse del penthouse. Afuera, la lluvia golpeaba con un repiqueteo sordo los enormes ventanales, mientras Arlet seguía respirando con dificultad. Su pecho subía y bajaba demasiado deprisa para una vampiresa acostumbrada a congelar su cuerpo y controlar hasta el último latido de su corazón inerte.

Aslan sintió un nudo opresivo en el estómago. No era el pinchazo del rechazo de su compañera; era algo peor. Acababa de comprender, a través del lazo, el verdadero alcance del miedo de ella.

—Lo siento —murmuró el Alfa Real, con la voz grave, teñida por la culpa de sus instintos.

—No... —musito Arlet cerrando los ojos con fuerza, apretando los puños.

—Sí. —contradijo con sus ojos azules fijos en ella.

—No hiciste nada malo —insistió la vampira, aunque su voz temblaba ligeramente.

Él arqueó apenas una ceja, desprendiendo una chispa de esa honestidad brutal que lo caracterizaba.

—Casi te muerdo, Arlet.

—No —la respuesta de la vampiresa fue inmediata, casi defensiva—. No lo hiciste.

Aslan guardó silencio, dándole el espacio que tanto necesitaba. Ella retiró despacio la mano de su propio cuello. La piel allí, usualmente fría como el mármol, todavía conservaba el eco del calor de la respiración de él. Un contraste abrasador.

—Fue un reflejo... de ambos —susurró, tratando de racionalizarlo.

El

—Mis bestias quisieron marcarte. —declaró el Alfa con los ojos brillando con una intensidad salvaje. Arlet tragó saliva, sintiendo la garganta extrañamente seca.

—Y yo…

No terminó la frase. Ni siquiera fue capaz de darle forma en el aire, porque la verdad que albergaba en su mente era demasiado aterradora para una criatura de su estirpe.

No había querido apartarse. Durante una milésima de segundo, bajo el influjo de su aroma a bosque y sol africano, había querido inclinar la cabeza. Había querido ofrecerle el cuello. Un gesto de sumisión y entrega absoluta reservado únicamente para alguien a quien le otorgabas el poder de destruirte. Aquello jamás debía ocurrir tan pronto. Jamás.

Aslan leyó la respuesta en la tormenta de sus ojos carmesí sin necesidad de escuchar una sola palabra. Y, sorprendentemente, no sonrió. No se burló, ni usó su habitual arrogancia descarada. Solo la miró con una ternura tan inmensa, tan ajena a la violencia de sus dos bestias internas, que a Arlet le dolió el pecho.

—No volveré a hacerlo —prometió él.

—¿Qué? —inquirió levantando la vista, descolocada por la seriedad de su tono.

—Acercarme a tu cuello, no volveré a hacerlo.

—Aslan...

—Esperaré —interrumpió el híbrido, con una calma absoluta y demoledora—. Todo el tiempo que necesites.

Bajo la calidez de su promesa, los ojos carmesí de Arlet comenzaron, poco a poco, a enfriarse, recuperando su magnético color azul cristalino.

—No quiero que tengas miedo cuando estés conmigo.

Aquellas palabras calaron hondo, haciendo más daño que cualquier rechazo físico. Porque Arlet confirmo, con una punzada de angustia, de que no le tenía miedo a él. Se tenía miedo a sí misma y a lo rápido que sus barreras se desmoronaban a su alrededor.

—Yo... —suspiró, desviando la mirada hacia el ventanal—. No sé qué me pasa.

—Sí lo sabes. —contradijo con una mínima sonrisa, ella volvió a mirarlo, frunciendo el ceño de inmediato.

—No.

—Sí.

—¿Tienes que contradecirme incluso ahora? —Arlet resopló, cruzándose de brazos.

—Un poquito —admitió el Alfa Real ladeando la cabeza y una pequeña e impertinente sonrisa curvó sus labios— Es mi naturaleza.

—No es el momento, Aslan.

—Lo sé.

—Entonces deja de hacerlo.

—Lo intento, de verdad.

—Mientes fatal.

—Solo contigo —admitió, dando medio paso al frente, con los ojos brillando de diversión.

La pesada tensión del ambiente comenzó a disiparse muy despacio, como una tormenta que empezaba a alejarse tras los cristales. Arlet terminó soltando una pequeña risa ahogada por la nariz. Apenas un resoplido de resignación, pero para el sensible oído del híbrido, fue el sonido más hermoso de la noche.

—Ahí está... —dijo Aslan sintiendo que le volvió el alma al cuerpo.

—No te emociones. —le advirtió y recuperó su expresión seria de inmediato, aunque el brillo en sus ojos azules la delataba.

—Ya lo hice. Mi lobo y león están dando vueltas.

—Aslan...

—¿Sí?

—No hagas eso.

—¿Qué hice ahora? —preguntó, fingiendo inocencia.

—Mirarme como si hubiera salvado al mundo.

—Para mí, casi lo hiciste.

—Eres imposible. —señaló rodando los ojos, ocultando el vuelco que dio su corazón muerto.

—Pero guapo.

—Presumido.

—También. Viene con el paquete de Alfa.

Por primera vez desde que ella había cruzado la puerta del penthouse, el aire se sintió ligero, limpio. Arlet respiró profundamente y luego miró el reloj en su muñeca. Era tarde. Demasiado tarde para una mujer con ella que debía mantener las apariencias.

—Debo irme.

El Alfa Real asintió. Esta vez, demostrando un autocontrol asombroso, no intentó retenerla ni convencerla de que se quedara, tal vez a pasar la noche entre sus sábanas, podía oler el deseó en ella, pero no iba a señalarlo, era su compañera tarde o temprano estaría entre sus brazos por voluntad propia.

—Te acompaño.

—No hace falta. Puedo cuidarme sola.

—Hace falta para mí —replicó el hibrido, con un tono suave pero firme que no admitía discusión.

—Claro... cómo no. —la vampiresa negó con la cabeza, resignada ante la terquedad del Alfa Real.

Caminaron juntos en un silencio cómodo hasta la puerta principal del penthouse. Aslan se adelantó para abrirla y Arlet salió al pasillo de alfombra gruesa. Cuando llegó frente al ascensor, presionó el botón de llamada. El indicador luminoso comenzó a marcar el ascenso.

El silencio volvió a instalarse entre ellos durante unos segundos, cargado de todo lo que no se habían dicho. Hasta que él rompió la tregua.

—¿De verdad crees que puedes seguir negando esto?

Ella permaneció de espaldas, con la vista fija en las puertas metálicas del ascensor.

—Sí. —respondió finalmente.

—¿Después de lo que pasó esta noche?

—Sí.

—¿Después de besarme dos veces?

—Eso... —Arlet carraspeó, sintiendo una repentina calidez en sus mejillas de porcelana— Fue un error de cálculo.

—Cuenta como beso. Y dos veces.

—No saques conclusiones apresuradas, cachorro.

—Muy tarde —dijo con descaro, acortando la distancia.

Arlet se giró finalmente para encararlo, obligándose a adoptar su postura más imponente.

—Voy a seguir ignorando el vínculo, Aslan.

—No podrás.

—Claro que sí. Soy muy buena controlándome.

—No podrás.

—Sí.

—No.

—¡Sí! —exclamó casi como una niña haciendo berrinche provocando que Aslan sonriera de lado, esa sonrisa pícara que siempre lograba desarmarla.

—Eres sumamente terca.

—Soy una Carter… Soy una… Olvídalo—declaró, con orgullo dinástico.

—Y yo soy un Alfa Real —replicó el hibrido, dando un paso más, quedando a escasos centímetros de ella—. Mi león es muy paciente para cazar, pero nunca pierde su presa.

Arlet tragó saliva, sintiendo el magnetismo de su cercanía. Cruzó los brazos sobre el pecho para protegerse.

—Eso no cambia nada.

—Lo cambia todo, preciosa.

Ella desvió la mirada, buscando cualquier argumento para recuperar el control de la situación.

—Además... —hizo una pausa dramática, mirándolo desde su altura—. Soy mucho mayor que tú. Bastante mayor.

Aslan pestañeó, procesando las palabras. Después, para indignación de la vampiresa, soltó una carcajada limpia, sincera e imposible de contener. El sonido resonó en el pasillo vacío.

—¿Qué tiene tanta gracia? —preguntó Arlet frunciendo el ceño, ofendida.

Él tardó unos segundos en recuperar el aliento, con los ojos dorados chispeantes de diversión.

—¿Eso era lo que te preocupaba? ¿Tu edad?

—Es una diferencia perfectamente válida. Soy una mujer con historia; tú apenas estás descubriendo tu poder.

—Para los humanos, quizá —dijo, dando un paso que casi eliminó la distancia entre ambos—. Pero en las uniones sobrenaturales, la edad es lo de menos cuando las almas se reconocen.

Arlet abrió la boca para rebatir, pero la volvió a cerrar al no encontrar argumentos.

—Mi abuela es mayor que mi abuelo por casi un siglo —añadió Aslan con naturalidad—. Y créeme, siguen comportándose como adolescentes empalagosos que no pueden mantener las manos quietas.

—¿Qué...? —Arlet parpadeó, completamente descolocada.

Él aprovechó su estupefacción. Dio un paso más, acorralándola sutilmente contra la pared contigua al ascensor. La recorrió con la mirada de arriba abajo, lenta, descarada y deliberadamente, haciendo que la temperatura de la vampiresa se elevara.

—Además... —susurró, inclinándose hacia su oído con una voz que era puro terciopelo y vibración felina—, estoy bastante seguro de que soy mil veces mejor que cualquier hombre con el que hayas salido en tus largas décadas de vida, incluso soy mejor que cualquier vampiro.

El silencio que siguió fue absoluto. El aire pareció esfumarse del pasillo. Las pálidas mejillas de Arlet comenzaron a teñirse de un delicado y delator tono rosado. El contraste con su piel clara era bellísimo.

—¿Qué... qué acabas de decir? —tartamudeó, perdiendo por completo la compostura.

—Lo que oíste, Inyanga (luna).

—¡Qué arrogancia tan insoportable!

—No es arrogancia —sonrió, mostrando apenas el filo de sus colmillos—. Es confianza. Sé lo que valgo.

Ella terminó de ponerse completamente colorada, indignada y extrañamente afectada por la cercanía de su cuerpo cálido.

—¡Eres insufrible! —exclamó, dándole un fuerte empujón en el pecho. Aslan, firme como una roca, apenas retrocedió medio paso, disfrutando de la adorable reacción de su compañera— ¡Deja de decir ese tipo de cosas en público! —le pidió, aunque sonó más como una orden.

—¿Por qué? ¿Te pongo nerviosa?

—¡Porque sí!

—¿Acaso no es verdad? —la retó, divertido.

Arlet abrió la boca, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Su falta de respuesta la enfadó todavía más. En ese preciso instante, las puertas del ascensor se abrieron con un tintineo salvador.

Entró rápidamente, dándose la vuelta para encararlo. Antes de que las puertas de metal comenzaran a cerrarse, levantó la barbilla, tratando de recuperar cada gramo de la dignidad aristocrática de los Carter.

—Jamás aceptaré un vínculo con un híbrido presumido.

Las puertas comenzaron a deslizarse para sellar el espacio. Aslan apoyó una mano firme en el marco metálico; no para detener el mecanismo, sino para inclinarse un poco más hacia ella, invadiendo su espacio por última vez. Su sonrisa era una mezcla perfecta de picardía felina, ternura lobuna y una seguridad absolutamente irritante.

—Nos vemos mañana, mi hermosa Inyanga.

Arlet resopló, tratando de sostenerle la mirada.

—No te atrevas a buscarme.

—Claro, lo que digas.

—Lo digo muy en serio, Aslan.

—Yo también.

Las puertas terminaron de cerrarse por completo, cortando la conexión visual. Mientras el ascensor iniciaba su descenso, Arlet dejó escapar un largo y tembloroso suspiro. Apoyó la espalda contra la fría pared de metal y se deslizó ligeramente. Todavía podía sentir el fantasma de los labios de él sobre los suyos, y el aroma a bosque que parecía haberse impregnado en su ropa.

Y, para su absoluta desgracia, la última frase del híbrido no dejaba de repetirse en su cabeza como un eco hipnótico.

"Estoy bastante seguro de que soy mejor que cualquier hombre con el que hayas salido."

—Cachorro presumido... —murmuró para sí misma, llevándose ambas manos a las mejillas que seguían ardiendo con un calor que no recordaba haber sentido jamás.

Muy arriba, en el silencioso pasillo del penthouse, Aslan seguía de pie frente a las puertas cerradas del ascensor, incapaz de borrar la enorme sonrisa de su rostro.

En su interior, su lobo dio una vuelta completa, aullando de pura felicidad al sentir el rastro del aroma de ella. En su mente, el león bostezó con una parsimonia majestuosa, lamiéndose las garras en señal de victoria.

—Sí... ya lo sé —les respondió Aslan a sus dos mitades. Se pasó una mano por la cabeza, sintiéndose más vivo que nunca —Mi Luna acaba de ponerse celosa... me besó... y ahora también se sonroja por mi culpa —susurró para sí mismo—. Sí, definitivamente esto va mucho mejor de lo que esperaba.

Las dos bestias rugieron en perfecta armonía dentro de su pecho, sellando la promesa de que, tarde o temprano, ella sería suya…