13 Días
El estudio fotográfico siempre había sido el santuario de Arlet. Entre el olor a químicos de revelado analógico, las luces de los focos y el clic rítmico del obturador, la princesa vampira solía encontrar un control absoluto que el resto del mundo no podía ofrecerle.
Pero esa mañana, el control se había esfumado.
Arlet miraba la pantalla de su computadora, frustrada. Había estado intentando editar una sesión de moda urbana durante las últimas dos horas, pero su mente se negaba a cooperar. Cada vez que cerraba los ojos, el fantasma de unos labios cálidos presionando los suyos y la vibración de un ronroneo salvaje que le había erizado la piel en aquel penthouse volvían a asaltarla. Peor aún: todavía sentía el eco de ese roce involuntario en su cuello, la advertencia biológica de que había estado a milímetros de ser reclamada por una bestia que apenas conocía.
Después de salir de su departamento, huyendo porque debía reconocer que eso habia hecho, le pidio que le diera espacio dos semanas, que necesitaba pensar lo que sucedía con ella, para su sorpresa el hibrido habia aceptado, suspiró al recordar ese momento.
—Si sigues suspirando así, vas a terminar apagando los focos de un soplo,
principessa —la voz de Oriana la sacó de sus pensamientos.
Su amiga estaba sentada en el sofá del estudio, ojeando una revista de moda, pero la mirada astuta de la otra vampira delataba que llevaba rato analizándola y ella ni siquiera se había dado cuenta de que su mejor amiga estaba ahí.
—No estoy suspirando —replicó Arlet con voz fría, forzándose a enderezar la espalda—. Estoy concentrada.
—Claro. Y por eso llevas diez minutos mirando fijamente una fotografía de una modelo que tiene la cabeza cortada por el encuadre. Arlet, tienes la cabeza en otra parte. O, mejor dicho, en alguien más.
—Solo estoy cansada —soltó un bufido indignado, cruzándose de brazos—. Ayer pasaron cosas... inesperadas. El cachorro es un imprudente. Casi perdemos el control de nuestros instintos por una estupidez. No debí ir a su edificio.
Oriana dejó la revista a un lado, mostrando un interés genuino. Su sonrisa burlona desapareció, reemplazada por la curiosidad de quien conoce los secretos de la realeza.
—¿Fuiste a su departamento? ¿Por qué? Pero lo más importante, ¿fueron tan lejos? Arlet, es un Alfa Real y además un híbrido, los cuales no tienen el concepto de "esperar" muy arraigado en los genes. Su lado de lobo quiere una compañera y su lado de león quiere marcar su territorio. Si tu cuello estuvo en peligro, es porque tú se lo permitiste.
—¡Yo no le permití nada! —exclamó Arlet, aunque el ligero tinte carmesí que cruzó sus ojos delató su agitación. Se levantó y caminó hacia el gran ventanal del estudio, mirando hacia la calle—. Lo detuve a tiempo. Le dejé claro que esto es imposible. Una mujer de mi posición no se va a mezclar con un cachorro que apenas está empezando la universidad. Es ridículo.
—Si es tan ridículo, ¿por qué no dejas de mirar hacia la acera? —preguntó Oriana con suavidad, acercándose a ella.
Arlet apartó la mirada del vidrio de inmediato, sintiéndose atrapada. Era verdad. Inconscientemente, sus ojos habían estado buscando la figura alta, fuerte y de cabello rapado que solía esperarla abajo con un vaso de café.
Abajo no había nadie. La acera estaba llena de humanos grises y apresurados bajo la lluvia fina de Londres. No había rastro de Aslan.
Por primera vez en semanas, él realmente le estaba dando el espacio que ella tanto había exigido. Y, para su absoluto horror, el vacío en su pecho era ensordecedor. El vínculo, ese hilo invisible que ahora vibraba con una tensión sorda, parecía protestar por la distancia.
—Él no va a venir hoy —murmuró Arlet, odiando la debilidad en su propia voz.
—¿Y no es eso lo que querías? —Oriana la tomó del hombro, obligándola a mirarla—. Le dijiste que no en el ascensor. Tu orgullo ganó. Deberías estar celebrando, no pareciendo un alma en pena.
Arlet no respondió. Se liberó del toque de su amiga y regresó a su escritorio, decidida a ahogar sus pensamientos en el trabajo. Sin embargo, algo quedó en su mente dando vueltas.
—Dijiste que es un Alfa Real... ¿Cómo lo sabes? —cuestionó, girándose a verla.
—Investigué —dijo Oriana con tono listillo, cruzando las piernas con elegancia—. Llamé a un par de contactos en el continente. Aslan no es solo un universitario con exceso de confianza. Su padre es un miembro de la familia real de los hombres lobos, un Alfa Real, y su madre pertenece a una de las dinastías de felinos reales más antiguas de África. Es, literalmente, realeza pura de dos especies distintas. Un espécimen único. Por eso es un Alfa Real, Arlet. Está diseñado para liderar, no para pedir permiso. Y te aseguro que la madurez de un Alfa Real no se mide en años humanos, sino en instinto. Necesitabas a alguien que no te tuviera miedo.
Arlet guardó silencio, asimilando la magnitud de las palabras de su amiga, cuando de pronto el destino pareció tener un sentido del humor bastante retorcido.
El sonido de una notificación rompió el silencio del estudio. Arlet estiró la mano hacia su teléfono con una rapidez que delató su ansiedad. Al encender la pantalla, vio un mensaje de un número desconocido, pero la foto de perfil un primer plano borroso de una garra extraña no dejaba dudas de quién se trataba.
>>>Aslan:
Sé que dijiste que "nunca" aceptarías el vínculo (por cierto, te ves preciosa cuando te enojas y te sonrojas al mismo tiempo), pero mi lado lobo es muy obediente y dice que debo respetar tus dos semanas de tregua.Postdata: Dejé algo en la recepción de tu edificio de apartamentos. No es un soborno, es solo para que no te olvides de tu cachorro insoportable.Arlet apretó el teléfono contra su pecho, sintiendo un vuelco en el corazón que intentó camuflar con una mueca de fastidio.
—¿Buenas noticias? —preguntó Oriana desde el sofá, con una ceja alzada y una sonrisa de suficiencia.
—Un mensaje irrelevante —mintió Arlet, guardando el teléfono en el bolsillo de su chaqueta mientras tomaba su bolso—. Tengo que irme. Recordé que debo revisar un asunto pendiente en mi edificio.
—Vaya, qué prisa de repente —se burló Oriana, despidiéndose con la mano—. Dale mis saludos al "asunto pendiente". ¡Y recuerda que, si te muerde, me debes una botella del vino del viñedo de la familia!
—Oriana. —dijo mirándola con los ojos centellando en carmesí.
Su amiga se rio sin levantarse de sofá y Arlet salió del estudio a paso rápido, ignorando las burlas de su amiga. Mientras caminaba por las calles de Londres, el viento frío de la tarde le dio en la cara, pero no logró enfriar el calor que sentía en el pecho. Se repetía a sí misma que solo iba a recoger lo que fuera que él hubiera dejado para tirarlo a la basura, que no le importaba, que una princesa vampira no cedía ante los juegos de un híbrido.
Al llegar al vestíbulo de su elegante edificio residencial, el conserje la saludó con una reverencia respetuosa.
—Señorita Carter, el joven de siempre dejó esto para usted hace un par de horas —dijo el hombre, extendiendo una caja de madera pulida y un ramo de flores silvestres, no de floristería cara, sino de las que crecían libres en los campos de las afueras de la ciudad.
—Gracias, Thomas —respondió ella, manteniendo la compostura aristocrática.
Subió al ascensor y esperó a estar en la seguridad de su apartamento para abrir la caja. Al levantar la tapa, una fragancia dulce inundó el lugar. Dentro, perfectamente ordenadas, había uvas negras, las más maduras y dulces que existían, cubiertas por una fina capa de chocolate oscuro. Junto a ellas, una pequeña nota manuscrita con una caligrafía desordenada y enérgica:
"Para la vampiresa más orgullosa de Londres. Sé que tienes treinta años y que eres 'mucho mayor que yo', pero tu madurez no te quita lo golosa. Cómetelas todas. Nos vemos en trece días... si es que aguantas tanto tiempo sin mí."Arlet soltó una risa ahogada, una mezcla de indignación y una ternura que ya no podía contener. Se llevó una de las uvas a la boca; el sabor dulce y el toque amargo del chocolate eran perfectos.
Miró el calendario en la pared de su cocina. Trece días. Se sentó en el sofá, abrazando sus piernas, mientras el aroma de las flores silvestres llenaba el apartamento. Por primera vez en su existencia, el silencio de su hogar no le pareció un refugio de paz, sino una fortaleza solitaria. Miró el teléfono sobre la mesa. Su orgullo le exigía dejarlo allí, pero sus dedos, guiados por un instinto mucho más antiguo que las leyes de su linaje, comenzaron a escribir una respuesta.
>>>Arlet:
Son pasables. Y cuenta bien los días, cachorro. Serán catorce, porque el día de hoy no cuenta.Apagó la pantalla, con el corazón latiendo a un ritmo humano que la asustaba, dándose cuenta de que la cuenta regresiva no era para que él se alejara... sino para el momento en que volviera a romper todas sus malditas reglas.
Permaneció varios minutos sentada en el sofá, con la caja de uvas sobre las piernas y el ramo de flores silvestres descansando sobre la mesa de centro. El apartamento estaba sumido en un silencio demasiado grande, un vacío denso que empezaba a parecerse peligrosamente a la soledad. Suspiró con cansancio y dejó caer la cabeza sobre el respaldo, frotándose las sienes.
—Solo son trece días... —murmuró para convencerse a sí misma, aunque la cifra ahora le parecía una eternidad.
De pronto, el teléfono vibró entre los cojines. Al sacarlo, la pantalla mostró un nombre que consiguió arrancarle la primera sonrisa genuina de la tarde:
Mamá . Contestó de inmediato.
—Hola, mamá.
—¡Carioño! —la voz cálida de Joey inundó la línea con la misma facilidad con la que siempre lograba calmar sus tormentas—. Espero no interrumpirte en tu trabajo.
—Nunca, mamá. Para ti jamás.
—¿Cómo estás?
Arlet tardó un segundo de más en responder, un titubeo casi imperceptible para un humano, pero evidente para su madre.
—Bien.
Hubo un pequeño bache de silencio al otro lado de la línea. Joey la conocía demasiado bien como para dejarse engañar por monosílabos.
—¿Qué ocurrió, Arlet?
La joven sonrió para sí, resignada. Su madre siempre había tenido aquella extraña e infalible capacidad para descifrar sus estados de ánimo, incluso a miles de kilómetros de distancia.
—Nada importante, de verdad.
—Eso, en tu idioma, significa que sí ocurrió algo.
—Mamá... —advirtió con un tono que mezclaba súplica y cansancio.
Joey soltó una risa suave, llena de indulgencia.
—Está bien, no insistiré... por ahora. Te daré una tregua.
Arlet agradeció el gesto en silencio y se apresuró a cambiar de tema antes de que su madre empezara a hacer preguntas más agudas.
—¿Y tú? ¿Cómo está papá?
—Tu padre está en la oficina trabajando como hace mil años, ya sabes tradición de la familia Carter.
—¿Otra vez? —Arlet no pudo evitar reír, imaginándose la escena.
—Otra vez —suspiró Joey, divertida, antes de recuperar un tono más formal—. En realidad, te llamaba porque tengo noticias, cariño. Dentro de unos días iremos a Nueva York.
—¿De vacaciones? —preguntó arqueando una ceja, enderezándose en el sofá.
—No exactamente. Tenemos una reunión importante con el consejo, tus abuelos y después queremos quedarnos unos días con tu hermano. Hace demasiado tiempo que no reunimos a toda la familia.
La princesa permaneció pensativa. Nueva York. Al otro lado del océano Atlántico. Un continente de distancia. Muy lejos de Londres, y, sobre todo, muy lejos de un híbrido insoportablemente guapo, de cabello rapado y sonrisa descarada que estaba amenazando con derribar todas sus murallas.
Antes de que su orgullo o su mente lógica pudieran detenerla, las palabras salieron de su boca:
—¿Puedo ir con ustedes?
El silencio que siguió al otro lado de la línea fue absoluto, un vacío tan pesado que Arlet llegó a pensar que la llamada se había cortado. Joey tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Arlet...? ¿Acabas de decir que quieres venir con nosotros? ¿Por voluntad propia?
—Sí, mamá —dejó escapar una pequeña risa nerviosa.
—Vaya... La sorpresa es mayúscula. Pensé que tendría que suplicarte e insistirte durante semanas para que aceptaras dejar el estudio fotográfico, aunque fuera por un par de días.
—Yo también lo pensé —admitió Arlet, bajando la mirada hacia la alfombra.
—¿Qué cambió, cariño?
Arlet miró distraídamente el ramo de flores silvestres sobre la mesa. Su fragancia a bosque parecía burlarse de sus intentos de huida. Guardó un silencio prolongado, buscando las palabras correctas.
—Arlet...
—Solo creo que... cambiar un poco la lluvia de Londres por el ritmo de Manhattan me vendría bien. Necesito un respiro.
Joey permaneció callada. Era una respuesta demasiado vaga, demasiado poco propia de su metódica hija. Sin embargo, detectó la nota de vulnerabilidad oculta tras la fachada de la princesa.
—Cariño... ¿estás segura de que todo está bien?
—Sí. —declaró cerrando los ojos, apoyándose contra el respaldo del sofá.
No era una mentira absoluta, solo una verdad incompleta. Necesitaba poner distancia física para recuperar la perspectiva. Necesitaba recordar quién era antes de que ese cachorro descarado apareciera para poner su mundo de cabeza. Necesitaba respirar sin el aroma de Aslan flotando en el ambiente. Y ningún lugar estaba más lejos emocionalmente de él que Nueva York; un océano entero los separaría. Quizá así el vínculo se calmaría. Quizá ella también.
Joey suspiró con dulzura. No estaba convencida en lo absoluto, pero respetaba demasiado el espacio de su hija como para presionarla.
—Entonces ven con nosotros, mi amor —la voz de su madre volvió a sonar como un manto cálido y protector—. Prepararé todo para pasar por ti.
—Gracias, mamá.
—Hace mucho que no pasamos tiempo juntas —añadió Joey con ternura—. Y prometo solemnemente no preguntarte nada... al menos durante las primeras dos horas de vuelo.
Arlet soltó una carcajada limpia.
—Eso ya es un récord histórico para ti.
—Soy una mujer de palabra. Te amo, cariño. Nos vemos en un par de días.
Cuando la llamada terminó, el apartamento volvió a quedar bajo el dominio de ese silencio sepulcral. Arlet dejó el teléfono sobre la mesa de centro, al lado de las flores, y caminó lentamente hasta el enorme ventanal que daba a la calle. Londres seguía diluyéndose bajo aquella fina y eterna lluvia gris.
Apoyó la frente y una de sus manos contra el cristal frío, dejando que el contraste térmico la anclara a la realidad.
—Nueva York... —susurró contra el vidrio empañado.
Miles de kilómetros. Un océano de por medio. Era exactamente el escudo que necesitaba. Porque era matemáticamente imposible enamorarse de alguien cuando el mar entero se interponía entre ambos... ¿verdad?
De pronto, como una respuesta inmediata a su provocación, el vínculo latió con fuerza en su pecho. Fue un golpe sordo, un tirón cálido y posesivo que le recorrió las venas. Fue como si, desde algún rincón de la ciudad, la parte salvaje de Aslan acabara de percibir que su Luna estaba planeando marcharse.
Arlet contuvo el aliento, apartándose del ventanal con una incómoda opresión en el corazón. Por primera vez desde que lo había conocido, tuvo la abrumadora certeza de que ni siquiera un océano entero sería suficiente para escapar de su compañero…