Detalles
Una semana transcurrió con una lentitud desesperante. Al menos para Arlet.
Cada mañana, sin excepción, la voz atenta de su recepcionista sonaba al entrar a su oficina, para anunciarle que un mensajero había traído un arreglo de flores para ella. Y cada tarde, al cruzar las puertas de su edificio, el conserje repetía la misma frase con una sonrisa cómplice:
—La esperaba otro paquete del joven de siempre, señorita Carter.
Parecía que Aslan había contratado a todos los servicios de mensajería de Londres. Al principio, Arlet asumió que se trataría de un impulso pasajero. Se equivocó rotundamente.
El lunes fue un ramo de lavanda fresca cuyo aroma invadió su mesa de trabajo, acompañado de una caligrafía firme:
«Dicen que sirve para calmar los nervios. Lo dudo, porque tú te ves hermosa cuando te enfadas. —Tu cachorro.»El martes, una bandeja helada con uvas negras de piel crujiente:
«La nutrición es importante. No quiero que mi vampiresa favorita se desmaye de hambre mientras me extraña.»El miércoles llegaron lirios blancos recién cortados; el jueves, chocolates artesanales de cacao amargo; el viernes y el sábado, una avalancha incesante de flores de estación.
Para el lunes, su estudio fotográfico no se quedaba atras se había transformado en un auténtico invernadero del centro de Londres. Había jarrones de cristal sobre cada repisa, ramos custodiando las ventanas y pequeños arreglos adornando la recepción. El aire olía más a jardín botánico que a un estudio profesional de fotografía.
—Voy a empezar a cobrar entrada por este recorrido floral... —murmuró uno de los asistentes mientras ajustaba una sombrilla de luz.
Arlet fingió ignorarlo. Sin embargo, era inútil negar que cada vez que la puerta se abría con una nueva entrega, su corazón daba un leve e incontrolable vuelco. Jamás respondía a las tarjetas. Jamás. Bueno... salvo aquella nota con las uvas. Pero eso había sido una excepción técnica. ¿Verdad?
El problema era que el estudio no era el único territorio conquistado; su penthouse sufría el mismo asedio.
Una tarde descubrió una cajita de madera tallada con uvas bañadas en chocolate oscuro:
«Para la única vampiresa capaz de hacerme obedecer.»A la mañana siguiente, un frasco de miel dorada de brezo:
«No sé si los vampiros consumen miel... pero quería endulzarte el día de todas formas.»Días después, un pesado volumen de fotografía de fauna salvaje con una cinta marcando las primeras páginas:
«Necesitarás practicar antes de fotografiar al hibrido más guapo del continente.»Arlet rodó los ojos al leerlo. Idiota insolente. Pensó y el viernes apareció una bufanda de lana azul marino, tan suave que parecía una caricia:
«Londres insiste en bajar la temperatura. Yo no puedo abrazarte durante la tregua... así que la bufanda tendrá que hacer mi trabajo.»Inevitablemente, al cruzar el vestíbulo del edificio por la tarde, sus ojos buscaban por instinto el mostrador del conserje antes de dirigirse a los ascensores. Nunca estaba Aslan en persona. Pero siempre había una parte de él esperándola. Y esa constancia, para desgracia de su orgullo, se había vuelto la parte más esperada de su día.
Estaba concentrada retocando el contraste de una fotografía cuando la puerta principal se abrió de golpe.
—¡Buenos días! —canturreó Oriana con un vaso de café en la mano.
Se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par. Parpadeó, dio una vuelta lenta sobre sus talones y contempló el escenario: la profusión de pétalos, las cajas de regalo, las notas dobladas. Miró a Arlet, luego a las flores, y finalmente extendió las manos hacia el aire.
—¿Qué demonios ocurrió aquí?
—Nada. —respondió Arlet manteniendo la vista clavada en el monitor.
—¿Nada? —Oriana se acercó a un jarrón victoriano—. Arlet, aquí hay flora suficiente para un salón de bodas real.
—Exageras.
—Para nada. —Oriana tomó una de las tarjetas y leyó con dramatismo—:
«Hoy no pude llevarte un café, así que envío algo que dure más de cinco minutos. Aunque sigo pensando que eres mucho más bonita que cualquier rosa.» —Oriana alzó una ceja—. ¿En serio?
—Es un melodramático. —dijo la vampira acomodándose el cuello de su blusa, aclarando la garganta.
La otra vampira se paseó entre los arreglos como si evaluara obras de arte.
—Tulipanes, peonías, hortensias... ¿camelias raras? Este híbrido está cortejándote con la billetera abierta y cero vergüenza.
—Solo está siendo terco.
—No —dijo Oriana, tomando otra nota del mostrador—. Está enamorado hasta la médula. Escucha esto:
«Ya solo faltan siete días. Mi lobo los está contando. Mi león también. Yo también.» —rió por lo bajo—. Qué hombre tan dedicado...
—Es insoportable, además es un cachorro no un hombre. —refunfuñó Arlet, aunque sin verdadera agresividad.
—Es adorable.
—No.
—Sí.
—Que no, Oriana.
—Arlet, lee esto —le tendió otra nota—:
«Espero que las flores te hagan compañía mientras obedezco. Créeme, obedecer también duele.» —Oriana se llevó la mano libre al corazón— Me voy a desmayar de la emoción.
—No seas ridícula.
—¡Es que esto parece sacado de una novela!
Arlet dejó ir un suspiro pesado, rindiéndose un poco.
—Solo está respetando el espacio que le pedí.
—Exacto —Oriana se aproximó al escritorio, apoyando las manos en la madera—. ¿Te das cuenta de lo que significa? Podría estar plantado en tu puerta todos los días. Podría seguirte por Londres o exigirte respuestas. Pero se mantiene al margen. Respetó tu palabra.
Aquellas palabras resonaron con fuerza en la mente de la princesa. Era verdad. Aslan le había prometido dos semanas y no había roto la tregua ni una sola vez. Ninguna emboscada, ninguna llamada insistente. Solo pequeños destellos de su presencia enviados a distancia, recordándole que no se había ido.
Cada detalle estaba cuidadosamente pensado para ella: las uvas porque eran sus favoritas; el libro por su pasión artística; la bufanda porque temía que pasara frío. No buscaba deslumbrarla con ostentación, sino demostrarle que la escuchaba. Y eso era infinitamente más peligroso para su corazón.
—Nunca había conocido a alguien como él... —musitó Arlet, bajando la guardia por un instante.
—Lo sé.
—Ni siquiera intenta convencerme con discursos.
—Claro que lo hace —sonrió Oriana—. Solo que lo hace cada mañana, recordándote suavemente que sigue aquí.
Arlet contempló el arreglo más cercano. Entre las rosas blancas destacaban pequeñas violetas silvestres. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en la comisura de sus labios. Oriana, atenta a cada gesto, soltó una pequeña risa triunfal.
—Ahí está.
—¿Qué? —reaccionó Arlet, parpadeando.
—Esa sonrisa.
—¿Cuál sonrisa?
—La que pones cada vez que miras algo que él te mandó.
—No estaba sonriendo. —declaró la princesa borrando el gesto al instante, adoptando su postura neutra de siempre.
—Por supuesto que sí.
—Oriana, no.
—Arlet... —la voz de su amiga se volvió suave y serena—. Ya no estás intentando olvidarlo.
El silencio se adueñó del estudio. Ninguna de las dos dijo nada más, porque las dos conocían la verdad: la princesa vampira ya no luchaba contra el recuerdo del híbrido. Ahora, en el fondo de su alma, solo esperaba la llegada del próximo paquete. Y eso era más definitivo que cualquier promesa.
(…)La biblioteca central permanecía sumida en su habitual sinfonía de hojas pasando, tecleos apresurados y murmullos de estudiantes al borde del colapso académico.
Aslan, sin embargo, llevaba quince minutos fijos en la misma página, no había procesado ni una sola palabra.
—¿Piensas terminar el capítulo o vas a seguir sonriendo como idiota el resto de la tarde? —interrumpió Emily, cerrando su computadora de golpe.
—¿Estoy sonriendo? —inquirió parpadeando, saliendo de su trance.
—Sí —respondieron los tres integrantes de su equipo al unísono.
—No me había dado cuenta. —Aslan bajó la mirada al texto, soltando una risa baja.
—Eso es preocupante —intervino Oliver mientras ordenaba un montón de apuntes—. Llevas flotando en una nube toda la semana.
—¿Toda la semana?
—Toda —reafirmó Oliver.
—¿Ya volvió a hablarte la chica del otro día? —preguntó Zoe apoyando los codos en la mesa, inclinándose con curiosidad.
—No. —respondió y su sonrisa se suavizó, volviéndose cálida, casi devota.
—¿Y entonces por qué esa cara de haberte ganado la lotería?
—Porque sé que lo hará. —dijo cerrando el grueso tomo con parsimonia.
Los tres se cruzaron miradas entre divertidas y escépticas.
—Eso ha sonado peligrosamente romántico —notó Oliver.
—Lo es.
—¿Y de dónde sacas tanta seguridad? —insistió Emily.
—Me pidió tiempo. —les contó apoyando la barbilla sobre la palma de su mano.
Se hizo un breve silencio en la mesa.
—¿Y eso se supone que es una buena noticia?
—La mejor —sonrió el híbrido—. Si no sintiera nada por mí, no necesitaría poner distancia para poner en orden sus pensamientos. Simplemente se iría. —su lógica era tan implacable que ninguno supo qué rebatir— Además... —añadió, girando el rostro hacia los ventanales—, después de la escena de celos que montó en mi apartamento, estoy bastante seguro de que terminará aceptando el vínculo.
—En mi vida había visto a un tipo tan extremadamente optimista. —dijo Emily negando con la cabeza, soltando una risita.
—No es optimismo —corrigió el hibrido, llevándose una mano al centro del pecho—. Es ella.
—¿Qué con ella?
—La siento.
—¿En este preciso momento? —preguntó Zoe, alzando una ceja.
—Siempre. —asintió.
—Okey, eso suena un poquito acosador. —señaló Oliver arrugando la nariz.
—A mí me da la paz más absoluta.
El ambiente distendido se interrumpió por el zumbido del teléfono de Aslan contra la madera. La pantalla se iluminó con una notificación destacada:
BLACK REIGN anuncia gira mundial. Próxima parada: Nueva York. Un destello felino cruzó los ojos azules de Aslan antes de volver a su tono normal.
—¡No puede ser!
—¿Qué pasa? —preguntó Emily.
—¡Black Reign! Mi banda favorita desde los doce años. —le contó girando la pantalla para mostrar el anuncio.
Sin darles tiempo a reaccionar, marcó un número registrado en marcación rápida. Bastaron dos tonos para que respondieran.
—¿Qué rompiste ahora? —saludó Connor al otro lado.
—Todavía nada. Pero escucha esto. —Aslan leyó la notificación de un tirón. El silencio al otro lado duró exactamente dos segundos.
—¡¿Black Reign en nueva york?! —exclamó del otro lado de la línea el Gamma.
—¡Sí!
—¡Dime que ya estamos comprando las entradas!
—Estaba a punto de hacerlo —rio Aslan.
—Llevan siglos sin pisar un escenario —se oyó a Connor caminar apresurado al otro lado de la línea—. Voy de cabeza. Y de paso... nos hospedamos con Isabella.
Aslan soltó una carcajada que atrajo miradas de desaprobación de las mesas vecinas.
—Pobre Isabella. Llevamos meses sin perturbar su existencia.
—Ya debe de extrañarnos. O cambió la clave del edificio, lo cual sería muy sabio de su parte.
En la mesa, Emily se inclinó hacia Oliver.
—¿Quién es Isabella? —susurró.
—Ni la menor idea —respondió él en el mismo tono.
—Queda pactado —concluyó Connor—. Nueva York.
—Yo aseguro los boletos del concierto y tú buscas los vuelos. Va a ser un fin de semana legendario.
—Hacía falta un descanso. —Connor hizo una pausa. Su voz bajó de tono—: ¿Cómo vas con... tu chica?
La postura relajada de Aslan se transformó. Su expresión se volvió serena, casi solemne.
—No la he visto.
—¿Manteniendo la promesa de las dos semanas?
—Paso a paso.
—¿Cuesta mucho?
—Una locura. —Aslan liberó un suspiro denso.
En el fondo de su conciencia, el lobo gruñó en señal de protesta, arañando la contención, mientras el león rugía en silencio, exigiendo salir a reclamar lo que era suyo. Llevaban días incitándolo a rastrear la esencia de su compañera. Pero Aslan resistía; respetaba la voluntad de ella.
—Pero valdrá cada segundo de espera —afirmó.
—¿Tan seguro estás de que no se arrepentirá?
Aslan contempló las gotas de lluvia resbalando por los enormes cristales de la biblioteca. En su mente se dibujó la imagen nítida de Arlet: su sonrisa contenida, el sonrojo cruzándole las mejillas y esa mirada desafiante.
—Nunca he estado tan seguro de nada en mi vida.
Lo que no sospechaba era que, a unas cuantas calles en su moderna estudio de fotografía, la princesa vampira estaba empezando a acomodar su agenda y proyectos, totalmente convencida de que cruzar el océano sería suficiente para borrar el rastro de su híbrido.