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Mío

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Mío

Era viernes. Y, según Oriana, aquello era motivo suficiente para abandonar el estudio, ponerse un vestido bonito y recordar que seguían teniendo treinta años.

—No pienso ir. —declaró Arlet sin mirarla.

—Sí vas. —contradijo su mejor amiga.

—No.

—Sí.

—Somos demasiado viejas para un antro, Oriana. —dijo levantando apenas la vista de la cámara que desmontaba sobre la mesa.

Oriana soltó una carcajada tan limpia que hizo que dos asistentes en la otra esquina del estudio voltearan a verla.

—¿Viejas?

—Tenemos treinta.

—Tenemos treinta y somos inmortales, baby. —dijo con un sonrisa traviesa.

—Ese no es el punto. —volvió a mirar las piezas de la cámara.

—Además... —la vampira se puso de pie, la señaló con un dedo y sonrió con picardía—. Bendita sea nuestra naturaleza, porque seguimos pareciendo de veintidós. —dijo con confianza y Arlet arqueó una ceja.

—Eso no cambia el hecho de que odio los lugares llenos de humanos sudando.

—Pero sí cambia el hecho de que seguimos estando escandalosamente sexys.

La seriedad de Arlet resistió exactamente tres segundos antes de ceder. Dejó escapar una risa auténtica, breve, pero suficiente para que Oriana alzara los brazos en señal de victoria.

—¡Ahí está! ¡Todavía sabes sonreír!

—No te acostumbres.

—Jamás, su majestad.

Dos horas más tarde, un automóvil negro se detuvo frente al club nocturno de moda en el corazón de Londres.

La fila para entrar rodeaba la esquina. Un bajo retumbante escapaba del interior haciendo vibrar la cristalera de la fachada, la cual proyectaba enormes columnas de luz azul y violeta sobre la acera húmeda. Arlet contempló el lugar con evidente desaprobación antes de bajar.

—Lo sostengo —murmuró.

—¿Qué cosa?

—Somos demasiado viejas para esto.

—Arlet, por favor.

—Míralos —señaló discretamente a un grupo que reía a carcajadas en la entrada—. Parecen recién salidos de la preparatoria.

—Y nosotras parecemos recién salidas de la universidad. Es una mejora sustancial.

—Si tú lo dice.

—Yo lo digo, vamos. —dijo tomando su mano.

Por supuesto con su belleza sobrenatural y otros trucos, entraron sin problema, sin hacer fila, adentro sus amigos ya las esperaban, en el instante en que las puertas se cerraron tras ellas, la música no solo sonó: impactó. Para cualquier humano era simplemente un volumen ensordecedor; para los sentidos hiperdesarrollados de una vampira, era una tormenta sensorial.

Miles de corazones batiendo a ritmos desiguales. Perfumes sintéticos colisionando en el aire. Vapor de alcohol, adrenalina, sudor, sangre agitada... El aroma empalagoso de las frutas en los cócteles y el olor metálico de una diminuta cortada en el pulgar de un camarero al fondo de la barra.

Arlet dio un paso para adentrarse en la multitud y, de pronto... se congeló.

El ruido del club pareció ahogarse bajo el agua. Las luces parpadearon hasta volverse irrelevantes.

Solo quedó un aroma. Bosque húmedo. Lluvia reciente. Y esa nota salvaje, del sol africano, cálido e imponente.

Aslan.

El vínculo entre sus almas dio una sacudida tan violenta que le robó el aliento por completo. Su corazón, que normalmente latía con la lentitud fría y calculada de un predador, dio un golpe seco y doloroso contra sus costillas.

No. No podía ser.

Giró la cabeza milímetro a milímetro. Sus ojos azul trasparentes cambiaron a carmesí, luego trazaron el mapa del lugar de forma instintiva antes de que su mente pudiera detener el impulso. Las mesas VIP, la pista saturada, el segundo piso, la barra principal...

—¿Arlet? —Oriana se detuvo a su lado, extrañada por su rigidez.

Arlet necesitó un segundo entero para recordar cómo articular una palabra.

—Él...

—¿Qué pasa con él?

—Está aquí.

—¿Estás segura? —preguntó Oriana a su lado— Bueno, es normal es un universitario.

Arlet cerró los ojos apenas un segundo e inhaló hondo. El aroma era inconfundible; lo había llevado grabado a fuego desde que lo conoció y ahora más porque no lo había visto y lo extrañaba, maldita sea, sí que lo extrañaba.

—Sí.

Al otro extremo del club, en una zona de penumbra cerca de la barra alta, Aslan dejó de escuchar a Oliver a mitad de una frase. Su cabeza se giró con la precisión de una brújula. En su interior, la bestia híbrida reaccionó al instante: el lobo irguió las orejas y el león abrió los ojos de golpe. Ambos rugieron al unísono en los confines de su mente.

«Está aquí.»

Una sonrisa lenta y casi invisible se dibujó en los labios de Aslan antes de que pudiera divisarla.

—¿Qué es esa cara? —preguntó Zoe, cruzándose de brazos al reconocer al instante el cambio de postura del Alfa Real.

Aslan no contestó. Solo inspiró profundo, como un hombre que llevara una semana ahogándose y de pronto encontrara una ráfaga de aire puro.

—Huele a violetas y nieve... —murmuró.

—No me digas que... —Oliver soltó un suspiro resignado.

—Está aquí.

—¿Casualidad?

—Posiblemente. —dijo con una sonrisa juguetona.

Los ojos del Alfa Real empezaron a escudriñar la multitud. Había prometido mantener la tregua. Había prometido no buscarla durante esos diez días, y pensaba cumplirlo. Pero si el destino había decidido empujarla exactamente al mismo metro cuadrado de Londres... eso no rompería su promesa. Eso era un regalo.

Al otro lado, Arlet continuaba paralizada. El vínculo vibraba en su pecho con un calor abrasador, transmitiéndole sin filtro el orgullo y la satisfacción contenida de las bestias de Aslan.

Y entonces ocurrió.

Por encima del mar de gente, a través del humo artificial y los destellos de luz intermitente... sus miradas colisionaron.

Ninguno sonrió. Ninguno dio un paso hacia el otro.

Simplemente se sostuvieron la mirada desde los extremos opuestos del lugar. El resto del club, las luces, la gente bailando, la música estruendosa se redujo a simple ruido de fondo.

En ese silencio compartido, la semana de distancia que debió darles calma se sintió, de pronto, como una eternidad insostenible. Arlet fue la primera en moverse.

Ni siquiera fue una decisión consciente; fue una fuerza gravitacional pura. Comenzó a caminar. Se abrió paso entre los cuerpos que bailaban bajo las luces estroboscópicas con esa elegancia felina y distante que hacía que los humanos se apartaran a su paso por mero instinto de supervivencia.

Al otro extremo del club, la comisura de la boca de Aslan se elevó.

—Ahora vuelvo. —les dijo a sus amigos sin quitarle los ojos de encima— O tal vez no. —sin esperar después el híbrido emprendió el mismo camino.

El vínculo invisible tiraba de ambos con la fuerza de un cable de acero tensionado, acortando los metros hasta que terminaron encontrándose exactamente en el centro de la pista, envueltos por el humo sintético y los destellos morados.

Durante un segundo largo, solo permanecieron frente a frente. Sin hablar. Sin parpadear. midiendo el impacto de una semana de ausencia.

Aslan rompió el hielo con esa soltura exasperante que lo caracterizaba.

—Buenas noches, Inyanga . —su sonrisa despreocupada iluminó sus facciones—. Te ves hermosa.

—Hola. —saludó intentando no sonreír, mostrando su frialdad glacial.

—Vaya... qué recibimiento tan cálido.

—Estoy siendo educada.

—Pensé que después de una semana me extrañarías un poquito más.

—No te emociones. —se cruzó de brazos, erigiendo su muro habitual.

—Demasiado tarde. Ya lo hice. —sonrió divertido. Pero Arlet no estaba sonriendo, porque entonces, entre el cóctel de aromas del club, el aire le trajo una nota discordante. Aquel perfume femenino. La misma esencia floral, dulce y ordinaria.

Emily.

Estaba impregnado en el tejido de la chamarra de Aslan. Para un humano habría sido imperceptible, pero para el olfato hiperdesarrollado de una vampiresa resultaba una afrenta directa. Sus ojos se entornaron, volviéndose dos rendijas peligrosas.

—Volviste a verla.

—¿A Emily? —preguntó Aslan parpadeando, sorprendido por la velocidad del ataque.

—Así que sí.

—Claro. —dijo con franqueza.

—Qué rápido le sacas provecho a la tregua. — musitó sintiendo una punzada caliente y desagradable hundiéndose justo bajo el esternón.

El híbrido dejó escapar una risa corta, incrédula al notar de nuevo los celos en su compañera.

—Arlet...

—¿Qué?

—Es mi compañera de universidad.

—Ajá.

—Estamos cerrando un proyecto.

—Ajá.

—Y hoy salimos en grupo. Todo el equipo.

—Ajá.

Cada respuesta caía como una navaja de hielo. Aslan terminó inclinando la cabeza, dedicándole una sonrisa de lado, con los ojos brillando de picardía.

—¿Otra vez?

—¿Otra vez qué? —arqueó una ceja.

—Celos.

—No estoy celosa.

—Claro que no.

—No lo estoy, Aslan.

—La última vez usaste exactamente el mismo tono.

Arlet dio un paso al frente, acortando la distancia física hasta que el calor que emanaba del cuerpo del híbrido chocó contra su piel fría.

—No compares esta situación con aquella. —murmuró entre dientes, no necesitaba alzar la voz, a pesar de la música, el hombre frente a ella era un hibrido de dos especies con súper oído.

—¿Por qué no?

—Porque no.

—Emily sigue teniendo novio.

—Me da absolutamente igual.

—Y sigue sin interesarme en lo más mínimo.

—Perfecto.

—Pero parece seguir interesándote demasiado a ti.

Arlet apretó la mandíbula hasta que las venas de su cuello se marcaron ligeramente.

Aslan respiró despacio. Podría haber cerrado la discusión ahí. Podría haberla tranquilizado con la verdad. Pero la parte salvaje y dominante de su naturaleza esa risueña provocación del lobo decidió empujar la barrera un milímetro más para probar qué tan hondo había calado su ausencia.

—Aunque debo admitir que hoy se veía bastante bien. —sonrió con una calma exasperante.

Silencio.

Desde la barra, Ethan otro de sus compañeros un hombre lobo, cerró los ojos y se cubrió el rostro con una mano.

—Ay, idiota... —murmuró para sí mismo.

Arlet no se movió. Su postura se volvió rígida, estática como una estatua de mármol.

—¿Cómo dices?

—El vestido azul le favorecía mucho —continuó Aslan con una tranquilidad derechamente suicida

Además, creo que nunca te había contado que—

—Aslan.

Su nombre no fue dicho en voz alta, pero sonó con el peso de una sentencia de muerte.

—¿Sí? —dijo ladeando la cabeza, desafiante.

—Deja de hablar de esa humana.

—¿Y si no quiero?

—Porque eres mío. —declaró la vampira, la respuesta no pasó por el filtro del orgullo, ni de la mente, ni de la tregua. Salió pura, visceral y definitiva.

El tiempo pareció detenerse. El impacto de las tres palabras sofocó el retumbo de los bajos y el griterío de la pista.

Los ojos de Arlet se abrieron de golpe cuando la realidad de lo que acababa de verbalizar se estrelló contra ella.

En la mesa con el resto de sus amigos, Oriana escupió el trago que acababa de tomar y soltó una tos ahogada que se convirtió en una carcajada atónita.

—¡Lo dijo! —susurró para sí, fascinado—. ¡Por todos los dioses, lo dijo en voz alta!

Aslan se congeló. La sonrisa burlona desapareció por completo de su rostro. No hubo rastro de arrogancia en su mirada; solo una devoción absoluta, una dicha tan profunda y salvaje que sus bestias internas soltaron un rugido de triunfo que hizo temblar su pecho. Su compañera lo había reclamado.

—Yo... —Arlet dio un paso atrás, con el aire atrapado en la garganta y la compostura destrozada.

Pero la magia estaba hecha. La marca invisible había sido puesta y ni todo su orgullo de vampiresa inmortal podía borrar lo que ambos acababan de escuchar.

Aslan la contempló como si ella acabara de entregarle las llaves del universo. La felicidad que destelló en sus ojos dorados fue tan abrumadora que el vínculo entre ambos vibró con una intensidad física, casi dolorosa en su belleza.

Una sonrisa lenta y triunfal se extendió por sus labios.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó el Alfa Real provocando que la vampira tragara saliva, intentando desesperadamente reconstruir su armadura.

—Nada.

—Ah, no... —negó despacio, acortando la distancia entre los dos con la pausada elegancia de un depredador—. Dijiste algo sumamente importante, Inyanga .

—No dije nada. —Arlet volvió a dar un paso atrás.

—¿Quieres que le pida una confirmación a tu amiga? —le preguntó arqueando una ceja.

—¡Escuché perfectamente cada sílaba desde aquí! —exclamó desde la mesa la vampira levantando la mano en el aire sin dudar un segundo.

Arlet le fulminó con una mirada cargada de hielo, tan letal que habría congelado un volcán en erupción. Oriana, sin perder la sonrisa, bajó la mano y dio un paso atrás.

—Me desmaterializo. Yo no existo.

Aslan dejó escapar una risa baja y rasposa antes de volcar toda su atención, su mente y sus sentidos de nuevo en ella.

—Lo dijiste fuerte y claro.

—Fue un error. —declaró la vampiresa desviando la mirada, con el orgullo luchando encarnizadamente contra la evidencia.

—¿Un error?

—Sí.

—Qué curioso.

—¿Qué tiene de curioso?

—Que los errores del corazón suelen decir la verdad mucho antes que el orgullo.

—No empieces. —le pidió frunciendo el ceño, sintiendo el cerco cerrarse.

—¿Con qué?

—Con esa sonrisa.

—¿Cuál de todas?

—Esa. La de engreído.

—Es la sonrisa del hombre al que su compañera acaba de reclamar como suyo ante todo el mundo.

—Yo no te reclamé. —contradijo sintiendo una oleada de calor subiéndole de golpe por el cuello hasta la punta de las orejas.

—¿No?

—No.

—Entonces me imaginé cuando dijiste, cito textualmente: "eres mío" .

Ella abrió la boca para rebatirlo. La volvió a cerrar. Porque con él parecía estar siempre completamente desarmada.

Aslan aprovechó el silencio. Dio un paso firme. Y otro. Hasta que el aire entre ambos se volvió sofocante. Con una lentitud casi reverencial, deslizó la mano alrededor de su cintura. No la apresó con fuerza; solo ejerció la presión exacta para borrar los escasos centímetros que aún los separaban.

El frío de la vampiresa y el calor abrasador del híbrido colisionaron.

—Aslan... —murmuró, respirando con agitación.

—No.

—¿No qué?

—No puedes dar un paso atrás ahora.

—Claro que puedo.

—No te lo voy a permitir.

—¿Quién lo decide? —inquirió y el hibrido sonrió con esa devoción desarmante que tanto la descolocaba.

—Tú.

—Yo jamás...

—Acabas de decir que soy tuyo.

—Fue un impulso.

—El mejor impulso de toda mi vida.

—Eres insoportable. — apoyó la mano firme sobre su pecho, entre el tejido de la chaqueta, intentando apartarlo. Sin embargo, no ejerció verdadera fuerza. O quizás... simplemente no quería alejarse.

—Lo sé.

—Cachorro presumido.

—También.

—Engreído.

—Un poco.

—Mucho.

—Solo cuando estoy contigo.

—Voy a arrepentirme amargamente de haberte besado aquella vez. —resopló, derrotada.

—No lo harás.

—Sí lo haré.

—No.

—¿Por qué estás tan absurdamente seguro?

Aslan inclinó la cabeza milímetro a milímetro hasta que sus frentes casi se tocaron. El aroma a cedro, lluvia y bosque la envolvió por completo.

—Porque incluso cuando estás furiosa conmigo... sigues buscando mi contacto.

—Eso no significa nada. —murmuró sintiendo la calidez de su respiración contra los labios. Su corazón, por lo general estático, dio un martillazo desordenado dentro del pecho.

—Significa todo.

—No.

—Entonces aléjate, Arlet. Hazlo ahora.

Arlet permaneció inmóvil. Paralizada por la cercanía, por la verdad y por el pulso abrasador del vínculo.

—¿Ves? —sonrió con una ternura infinita.

La princesa apretó la mandíbula, intentando aferrarse a la última línea de defensa.

—No tientes a tu suerte, cachorro.

—¿Qué vas a hacer?

—Empujarte al otro extremo del salón.

—Hazlo.

No lo hizo y Aslan la contempló durante un instante eterno, saboreando esa batalla silenciosa que solo existía entre ellos.

—¿Sabes qué descubrí esta semana? —murmuró, con la voz volviéndose más grave.

—No.

—Que obedecerte y mantener la distancia duele muchísimo.

—¿Y aun así lo hiciste?

—Porque me lo pediste tú.

Esa sencilla confesión, dicha sin reproche y con total entrega, atravesó las defensas de Arlet con más eficacia que cualquier provocación. Su expresión dura se suavizó solo un segundo. Un pequeño resquicio.

—Te extrañé como un demonio. —rozó su mejilla con el dorso de los dedos, delineando la línea de su pómulo.

—Solo ha pasado una semana. —murmuró cerrando los ojos ante el contacto.

—Para mí fue una eternidad.

Cuando Arlet volvió a abrir los ojos, encontró los de él esperándola con esa paciencia inquebrantable de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Intentó formular una respuesta ingeniosa, una última muralla, pero él se adelantó.

—No digas que no me extrañaste.

—Yo...

—Porque el vínculo ya me dio la respuesta.

Antes de que ella pudiera encontrar otra excusa, Aslan cortó la distancia de la única forma que sabía que ella terminaría aceptando. Inclinó el rostro y la besó.

Fue un beso lento, profundo, sin la urgencia salvaje de sus bestias, sino con la pausada devoción de quien reclama su hogar. Quería recordarle, en cada roce, que estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta.

Al principio, Arlet permaneció rígida. Fueron solo un par de segundos. Luego, con un suspiro casi imperceptible que se ahogó entre sus labios, sus manos dejaron de empujarlo y se aferraron con fuerza a la chaqueta de Aslan, correspondiendo al beso con una intensidad contenida que amenazaba con consumirlos a ambos.

Al otro extremo del salón, Oriana observó la escena, dio un trago a su vaso, sonrió con satisfacción y negó lentamente con la cabeza.

—Dos semanas de tregua... —murmuró para sí con ironía—. Esas dos semanas no van a durar ni dos días más…