Dulce Tentación
El beso concluyó con una lentitud casi agónica.
No porque alguno de los dos deseara romper la cercanía, sino porque el mundo exterior, siempre inoportuno, reclamaba su derecho a existir.
Aslan descansó la frente contra la de ella sin aflojar el agarre en su cintura. La respiración de ambos era acompasada pero profunda, como dos náufragos que acaban de salir de una marejada. A su alrededor, el estruendo del club regresó en oleadas: los bajos retumbando en el suelo, el parpadeo violeta de las luces y el mar de cuerpos en movimiento.
Arlet fue la primera en recobrar la lucidez. Al abrir los ojos, el peso de la realidad cayó sobre sus hombros estaban en el centro exacto de la pista de baile.
Un matiz tibio y traicionero amenazó con subir por el cuello glacial de la vampiresa al darse cuenta de la exposición.
—Suéltame —murmuró dándole un pequeño empujón con las palmas contra el pecho del híbrido..
El Alfa Real obedeció, dejando que sus manos resbalaran por la cintura de Arlet con una lentitud exasperante, solo porque sabía que ella ya no intentaría huir.
—¿Ahora sí vas a admitirlo? —preguntó con esa sonrisa iluminándole el rostro.
—No sonrías así —reprochó, recomponiendo su postura aristocrática y ajustándose el vestido—. Tú me provocaste.
—Y tú caíste en la trampa —sentenció, ladeando la cabeza con triunfante diversión—. Acabas de reclamarme frente a medio Londres, Inyanga.
Arlet abrió la boca para rebatirlo con algún veneno verbal, pero la mirada de Aslan cargada de una devoción tan pura que quemaba más que el sol le robó la réplica. Resopló, cruzándose de brazos para erigir la última línea de defensa de su orgullo.
—Eres insoportable.
—Y tú la única capaz de desarmarme con tres palabras —sonrió, dando un paso atrás para darle aire, respetando sus tiempos—. Ve con tu amiga. Hablaré contigo pronto. —le regaló un guiño antes de dar media vuelta.
Arlet no respondió, pero sus ojos acompañaron la silueta del híbrido mientras este regresaba con su grupo al otro extremo del lugar.
Buscando escapar de la tormenta sensorial del antro y del calor abrasador que Aslan había dejado en su piel, Arlet caminó hacia donde Oriana la esperaba con una copa en la mano y una sonrisa de oreja a oreja que amenazaba con partirle el rostro.
—Ni una sola palabra, Oriana —advirtió Arlet antes de que la vampira pudiera abrir la boca.
—Yo no he dicho nada, su majestad —respondió Oriana llevándose las manos al pecho con falsa inocencia—. Aunque tus mejillas dicen bastante.
Arlet tomó una copa y bebió lento aun sintiendo el cuerpo arder, maldiciéndose por haber reclamado al cachorro hibrido, definitivamente necesitaba poner mar de por medio.
Dos horas después, estaba más que lista para marcharse.
—Está bien, está bien. —dijo Oriana debido a su insistencia para dar por terminada la noche— Vámonos, me adelantó al auto, el aire aquí adentro apesta a sudor humano. Te espero afuera en cinco minutos.
Arlet asintió, agradeciendo internamente la tregua. Se tomó unos minutos para recomponerse en el sanitario, lavándose las manos y mirando su reflejo en el espejo. Su rostro helado e inmutable de siempre había recuperado la serenidad, pero en el fondo de sus ojos azules aún bailaba un destello rojo carmesí, vestigio del vínculo agitado.
Cuando finalmente cruzó las puertas pesadas del club y salió a la calle húmeda de Londres, el aire frío de la madrugada le recibió el rostro como un alivio.
Buscó con la mirada el vehículo negro de Oriana estacionado en la acera. Nada. En su lugar, su teléfono vibró en la mano. Desbloqueó la pantalla para encontrarse con un mensaje de texto de su mejor amiga:
Oriana: Lo siento, baby. Un humano ridículamente guapo y con aroma a whisky caro se atravesó en mi camino hacia el coche. No me esperes. PD: No te preocupes por el transporte, ya te conseguí quién te lleve a casa de forma bastante... interesante. De nada. 😉
—Traidora... —murmuró para sí misma soltando un resoplido de pura incredulidad.
—Ese no es un vocabulario muy aristocrático, Princesa.
La voz grave y rasposa resonó a su espalda, acompañada inmediatamente por esa ráfaga inconfundible de bosque húmedo, lluvia y sol africano.
Arlet se giró despacio. A un par de metros, apoyado con chulesca elegancia sobre una imponente motocicleta negra de cilindrada pesada, estaba Aslan. Llevaba una chaqueta de cuero oscuro sobre la ropa que traía en el club y sostenía un casco negro bajo el brazo. La luz de las farolas trazaba los ángulos marcados de su rostro, y esa sonrisa desafiante volvía a adornar sus labios.
—¿Tu amiga te dejó tirada? —preguntó, aunque el destello en sus ojos delataba que conocía perfectamente la jugada de Oriana.
—Oriana tiene un concepto bastante cuestionable de la lealtad —respondió Arlet, alzando la mentón y cruzándose de brazos contra el viento nocturno—. Y tú pareces disfrutar demasiado de sus conspiraciones.
—Solo aprovecho las oportunidades que me da el destino —Aslan se erigió cuan largo era, despegándose de la moto con la gracia fluida de un gran felino. Le tendió el casco—. Súbete. Te llevo a tu departamento.
Arlet contempló el casco con evidente desconfianza, arqueando una ceja perfecta.
—Ni lo sueñes, cachorro, eso no volverá a pasar. Puedo pedir un automóvil en tres segundos. O simplemente correr a velocidad vampírica.
—Podrías —admitió, dando un paso hacia ella, recortando la distancia hasta que el calor de su cuerpo volvió a envolverla—. Pero no lo harás.
—¿Y según tú, por qué no?
—Porque estás muriéndote de ganas de probar de nuevo que se siente andar en esta bestia —Aslan inclinó la cabeza, acercando el casco a sus manos—. Y porque sabes que no te voy a dejar andar sola a estas horas. Elige, Inyanga: o te subes por tu cuenta, o te subo yo.
Arlet miró la motocicleta, luego la chaqueta de cuero del híbrido, y finalmente sus ojos que centellaban entre rojo y dorado, donde la provocación luchaba con una ternura implacable.
Sabiendo que había perdido la batalla antes de empezar, dejó escapar un suspiro de rendición y tomó el casco.
—Si rozas un solo tope, me beberé hasta tu última gota de sangre híbrida.
Aslan soltó una carcajada limpia que resonó en la acera solitaria, poniéndose su propio casco antes de montarse en la moto.
—Trato hecho, mi inyanga. Súbete y agárrate fuerte.
El rugido del motor de la motocicleta se apagó, dejando tras de sí solo el chasquido del metal enfriándose y el murmullo distante de la noche londinense.
Unos minutos después Aslan detuvo la máquina justo frente al imponente edificio residencial donde Arlet tenía su hogar. La vampiresa se quitó el casco con parsimonia, dejando que su cabello azabache cayera en cascada sobre sus hombros. Al bajarse, sus tacones resonaron con elegancia sobre el suelo de piedra.
Le entregó el casco al híbrido, recuperando su porte distante.
—Llegamos a salvo. Gracias por el viaje, cachorro. Ahora puedes volver con tus amigos.
Aslan no se movió de la moto de inmediato. Se quitó su propio casco, pasándose una mano por la cabeza rapada, y la miró desde abajo con una sonrisa de lado, cargada de una intención que a Arlet le aceleró el pulso de forma traicionera.
—¿No vas a invitarme a subir? —preguntó con una desenvoltura encantadora.
—Eres un atrevido. —respondió la vampira arqueando una ceja, cruzándose de brazos.
—Solo soy un caballero asegurándome de que su compañera llegue con bien hasta su puerta —repuso, desmontando de la moto con una gracia felina y acortando la distancia entre ambos.
—Soy una vampira, Aslan. Puedo cuidarme sola —declaró, dándole la espalda para caminar hacia la entrada del edificio.
—Eso lo sé perfectamente —murmuró, siguiéndola a escasos centímetros de distancia, respirando el aroma a violetas y nieve que emanaba de su piel.
Las puertas de cristal se abrieron automáticamente para dejarlos pasar al desierto y elegante vestíbulo de mármol. Arlet presionó el botón del ascensor sin volverse a mirarlo, consciente de que los pasos firmes del Alfa Real resonaban justo detrás de ella.
Cuando las puertas metálicas del elevador se abrieron, ella entró y se giró para encararlo, intentando poner una barrera física.
—Te dije que no.
Aslan no hizo el menor caso. Dio un paso al frente, adentrándose en el cubo metálico mientras las puertas se cerraban automáticamente tras de sí. Marcó el botón del penthouse con un movimiento rápido y, antes de que Arlet pudiera dar un paso atrás, el híbrido la acorraló suavemente contra la pared del espejo del ascensor.
Apoyó los brazos a cada lado de la cabeza de la vampira, encerrándola en su espacio vital. El calor abrasador que emanaba de su cuerpo chocó de lleno contra el frío de ella.
—Tu boca dice que no, Arlet... —murmuró Aslan, inclinándose hasta que sus labios rozaron la comisura de la mandíbula de ella, haciendo que la vampiresa contuviera el aliento—. Pero tu cuerpo me está invitando.
El vínculo entre sus almas chispeó entre ambos con la violencia de una tormenta eléctrica. Arlet abrió la boca para protestar, para aferrarse al último hilo de su orgullo, pero el híbrido no le dio tregua.
Inclinó el rostro y la besó.
No fue un beso pacífico. Fue hambriento, demandante, la respuesta acumulada a días de distancia obligada. Arlet soltó un ligero ahogo de rendición antes de que sus manos, traicionando a su mente, se enredaran en el cuello de Aslan, atrayéndolo aún más hacia ella. Él respondió sujetándola con firmeza por la cintura, pegándola a su pecho mientras el ascensor ascendía silencioso hacia la última planta.
El suave «ding» del elevador anunció la llegada al piso superior, pero ninguno de los dos rompió el contacto.
Las puertas se abrieron directamente al recibidor del penthouse. A tientas, envueltos en la penumbra del apartamento y guiados únicamente por la necesidad táctil y el pulso desenfrenado del vínculo, atravesaron el umbral sin dejar de besarse, cerrando la puerta tras de ellos con un golpe seco que resonó en el silencio de la noche.
En medio de la penumbra del recibidor del penthouse, el choque de sensaciones amenazaba con nublarle los sentidos por completo. Pero cuando la espalda de Arlet tocó la fría pared del pasillo, un destello de su centenaria compostura logró abrirse paso entre la niebla del deseo.
Con un esfuerzo sobrehumano, apoyó las manos firmemente contra los hombros de Aslan y lo empujó hacia atrás.
El híbrido rompió el beso, aunque no retrocedió más que un par de centímetros. La miró con la respiración agitada, la boca entreabierta y los ojos rojos brillando en la oscuridad como los de un verdadero depredador nocturno.
—Espera... —murmuró Arlet, intentando regular su pulso desordenado mientras recomponía la barbilla con su habitual porte aristocrático—. Esto es ridículo.
—Ah, ¿sí? —Aslan inclinó la cabeza, dedicándole esa sonrisa lenta y ladina que ella tanto odiaba... y que tanto le encendía la sangre.
—Sí —declaró la vampiresa, señalándolo con un dedo acusador mientras recuperaba el aire—. Eres demasiado joven. No llegas ni a los veintie años, Aslan. Prácticamente eres un cachorro.
El híbrido no pareció en absoluto ofendido. Al contrario, dejó escapar una risa baja, rasposa y sumamente provocativa que retumbó directo en el pecho de Arlet.
Sin pedir permiso, dio un paso al frente, atrapando nuevamente la cintura de la vampiresa con un brazo fuerte y pegándola de golpe contra su cuerpo. La diferencia de temperatura, el hielo de ella contra el fuego de él, hizo que Arlet soltara un suspiro involuntario.
Aslan se inclinó despacio, deslizando los labios por el borde de su mandíbula hasta llegar justo debajo de su oreja, donde el pulso de la vampiresa latía con fuerza.
—Tal vez sea un cachorro, mi luna... —murmuró con una voz grave, seductora y cargada de una promesa peligrosa que le erizó la piel—. Pero ten por seguro que este cachorro sabe exactamente cómo morder... y no pienso soltarte en toda la noche.
Arlet abrió la boca para llamarlo insolente, pero la boca de Aslan volvió a reclamar la suya, acallando cualquier protesta con un beso aún más profundo que los dejó a ambos sin aliento…