Mía
El gemido contenido de Arlet se perdió contra los labios de Aslan. Intentó resistirse, aferrándose al vestigio de ser una vampiresa de la familia real, siempre calculadora y en control de cada milímetro de su existencia, pero el calor que emanaba de la piel del híbrido era un veneno dulce contra su naturaleza helada. Sus dedos, que un segundo atrás buscaban distancia, terminaron apretando los hombros cubiertos de cuero de Aslan, clavando sus uñas perfectas con un toque de posesividad que ni ella misma pudo frenar.
Aslan gruñó contra su boca. El sonido, grave y felino, retumbó directo en los huesos de Arlet. Con un movimiento fluido y desprovisto de duda, el Alfa Real la tomó por los muslos y la elevó del suelo.
Arlet, instintivamente, enredó sus piernas alrededor de su cintura. La aceleración repentina del pulso de ambos convirtió el apartamento en una cámara de resonancia para el vínculo; la magia ancestral que los unía chispeaba en el aire como estática, erizándoles el vello de los brazos y encendiendo sus ojos en la penumbra.
Sin romper el beso, tropiezo a tropiezo y con un dominio ciego del espacio, Aslan avanzó por el pasillo guiado únicamente por el aroma de ella. La chaqueta de cuero cayó al suelo con un golpe sordo y, cuando la espalda de la vampiresa tocó la suavidad de las sábanas de su propia cama, la realidad pareció pausarse un segundo. El halo de luz de la luna atravesaba los ventanales del penthouse, bañando la escena en tonos azulados.
Aslan se posicionó sobre ella, apoyando sus codos a cada lado de la cabeza de Arlet, mirándola desde arriba con esa mezcla letal de devoción y ferocidad que solo un Alfa Real poseía.
—Aún estás a tiempo de echarme, Inyanga —susurró con la respiración entrecortada y una sonrisa cargada de desafío, aunque sus ojos rojos en ese momento suplicaban exactamente lo contrario.
Arlet alzó una mano helada, acariciándole el cuello hasta enredar los dedos en la nuca rapada del híbrido. Deslizó los colmillos sutilmente sobre su labio inferior, dejando que el tono carmesí en su mirada brillara con total intensidad.
—Si no te callas y terminas lo que empezaste, cachorro... seré yo quien te muerda a ti.
Aslan no necesitó otra provocación. La distancia entre ambos se volvió una quimera mientras la noche londinense, testigo mudo desde el ventanal, se fundía con el fuego de una alianza impenetrable.
Se envolvieron en besos llenos de pasión. Las grandes manos del Alfa Real recorrieron el cuerpo de la vampiresa mientras se desnudaban mutuamente, sin prisa, disfrutando de cada centímetro descubierto en medio de la penumbra de la habitación. Cuando quedaron completamente desnudos, el tiempo pareció detenerse.
—¿Todo bien? —preguntó Aslan al notar que la mirada de Arlet se deslizaba por su imponente anatomía hasta detenerse en su evidente erección.
—Eres grande en todos los sentidos, cachorro —respondió ella, mirando fijamente su dureza.
Aslan sonrió, pegándose a ella para besarla con lentitud.
—Tú eres tal como te imaginé, mi luna —murmuró entre el beso.
Su gran cuerpo cubrió el de la vampira. Sus manos la recorrieron entera mientras sus labios devoraban los de ella, quien sentía una onda de calor desconocido recorrerle las venas. Parecía que el frío inmortal que siempre la acompañaba la había abandonado por completo. Cuando Arlet abrió los ojos, vio cómo la mirada de Aslan se iluminaba de forma intermitente entre el dorado y el rojo, al tiempo que un tenue halo de energía azul los envolvía a ambos.
—Aslan... ¿estás bien? —preguntó, separándose un segundo de sus labios.
—Estoy bien, muy bien. ¿Y tú, mi Inyanga? —cuestionó él con genuina preocupación.
—Perfectamente —respondió volviéndolo a besar.
Sentía, por primera vez en toda su existencia, el cuerpo completamente cálido. La energía que desprendía el híbrido y la fuerza del lazo la envolvían en una espiral de placer absoluto.
Aslan podía sentir a su lobo y a su león internos complacidos por tenerla finalmente así. Una de sus manos descendió por el costado de la vampira, acariciándole el muslo con delicadeza para indicarle que abriera las piernas. Acomodándose entre ellas, dejó sus labios para trazar una ruta de besos húmedos por su mejilla, delineando la mandíbula y bajando por el cuello hasta el nacimiento de su pecho.
—Hueles delicioso —gruñó antes de tomar uno de sus pezones con la boca.
—¿Sí...? —gimió Arlet.
Su espalda dibujó un arco cuando los dientes del híbrido apresaron delicadamente su pezón antes de pasar al otro. Una de las manos de Aslan descendió hacia su vientre, perdiéndose entre sus pliegues húmedos para acariciarla con paciencia.
—Aslan... —lo llamó entre gemidos.
—¿Quieres que me detenga? ¿Te has arrepentido? —preguntó sin interrumpir el movimiento firme de sus dedos sobre el centro de su placer.
—¡No! ¡Oh, Dios, no! —respondió Arlet.
El Alfa Real sonrió y volvió a sus labios para besarla de forma salvaje. La vampiresa enredó las manos en su amplia espalda, dejando escapar un gemido entrecortado cuando sintió a uno de sus dedos adentrarse lentamente en ella.
—¿Te gusta? —murmuró contra su piel.
—Sí... —alcanzó a decir antes de que Aslan capturara de nuevo su boca en un beso necesitado.
Buscando aire, el híbrido descendió por su abdomen, dibujando una línea húmeda hacia el sur. Arlet se estremeció al sentir la lengua caliente de Aslan recorriendo su intimidad.
—Aslan... demonios... —gimió, completamente perdida por el deseo. Jamás en sus años de vida había experimentado una devoción tan primaria.
El híbrido hundió su lengua en ella con firmeza, succionando su clítoris con una presión precisa mientras sus manos, rozando el límite de convertirse en garras, acariciaban sus tetas.
—Aslan... Dios... yo... —el gemido de Arlet se transformó en un grito sordo cuando una ola de calor se acumuló en su vientre y se liberó de golpe.
Su cuerpo se sacudió en las garras de un orgasmo aplastante. Su espalda se despegó del colchón y sus uñas, que habían crecido por el frenesí del momento, se clavaron involuntariamente en los hombros de su cachorro.
Aslan continuó saboreándola con ternura mientras el temblor cedía. Subió por su cuerpo, besó sus pezones y luego tomó sus labios con calma, acomodándose mejor entre sus piernas. Al percatarse de las marcas en su piel, miró sus propios hombros.
—¡Oh, Dios! Te lastimé —exclamó Arlet al ver las marcas de sus uñas.
—Estoy bien. ¿Tú cómo estás? —preguntó, sonriendo con su habitual coquetería.
—Mis uñas crecieron... no me di cuenta, te hice daño.
—Puedes hacerlo cuando quieras,
Inyanga . Tengo poder de curación —dijo regalándole un guiño despreocupado antes de volver a besarla—. ¿Segura que estás lista?
—Muy segura —murmuró ella.
Sin esperar un segundo más, Arlet lo empujó por lo hombros, para deslizarse sobre la cama y se acomodó entre las fuertes piernas del Alfa Real. Sus manos, urgentes, tomaron la verga rígidamente erguida del híbrido. Sintió el calor latente de su piel y levantó la vista para conectar con sus ojos antes de pasar la lengua por la punta. Tomó su miembro con una lentitud reverente, dejando que la lengua recorriera cada vena que palpitaba bajo su tacto.
Lo devoró combinando una entrega absoluta con una sensualidad dominante, marcando un ritmo constante que arrancó un gruñido profundo del pecho de Aslan. El híbrido sepultó los dedos en el cabello azabache de ella, guiando el movimiento mientras Arlet lo devoraba con pasión, queriendo llenarse de él.
Cuando sintió que el cuerpo de Aslan se tensaba al límite, Arlet lo liberó con una sonrisa maliciosa. Con agilidad felina, se colocó sobre él a horcajadas. Tomó su miembro con mano firme y se dejó caer despacio hasta que estuvo completamente llena de él en un solo movimiento, arrancando un rugido gutural de la garganta del Alfa.
Comenzó a moverse sobre él con un ritmo cadencioso y desvergonzado. Echó la cabeza hacia atrás, dejando sus pechos libres y erguidos ante la mirada oscurecida del híbrido. Aslan alzó las manos para atraparlos, apretándolos con firmeza antes de incorporarse para devorarlos con mordiscos suaves y succiones potentes.
—Aslan... —gimió, enredando las manos en su cuello.
—Ese es mi nombre y tú eres mía, mi luna —gruñó contra su piel. Sus manos descendieron hacia sus caderas para sujetarla con fuerza, guiando sus embestidas hacia abajo para clavarla profundamente—. Dime... ¿eres mía? ¿Solo mía?
—Sí... oh, Dios, sí... —logró articular entre gemidos.
Aslan llevó una de sus manos directamente hacia el punto más sensible de su anatomía. La presión precisa y constante de sus dedos sobre su clítoris mientras ella cabalgaba fue un contraste devastador. Comenzó a estimularla al compás de sus movimientos, llevándola rápidamente al límite. Los gemidos de Arlet se convirtieron en suplicas ahogadas hasta que un orgasmo explosivo la hizo colapsar sobre el pecho de él.
Exhausta, Arlet se dejó caer sobre las sábanas. Aslan se posicionó sobre ella nuevamente, mirando la intensidad roja de sus ojos enmarcados por la penumbra.
—¿Estas bien? — inquirió sobre sus labios, reiniciado las embestidas con calma.
—Estoy bien... —respondió ella en un suspiro, aun sintiendo las oleadas de placer, del reciente orgasmo.
El Alfa Real la besó y comenzó a moverse de forma lenta. Levantó sus piernas para que las enredara en su cadera, dándole estocadas profundas y constantes que aumentaron de ritmo progresivamente. Las manos de la vampira abandonaron su cuello para acariciar la musculosa espalda del híbrido.
—Dios... Aslan... —gimió Arlet, dejando sus labios y echando la cabeza hacia atrás, sintiendo de nuevo esa onda de calor acumularse en su vientre.
Los labios de Aslan bajaron a su cuello, besando justo la zona donde iría su marca, enviando chispas de calor por la columna de la vampira. Bajó a sus pechos para saborearlos mientras continuaba embistiéndola. Escuchó sus gemidos, esta vez suaves y delicados, un contraste hermoso con la fuerza que habia demostrado hacía unos segundos.
El Alfa Real aumentó la velocidad de sus estocadas. Sentía cómo las paredes internas de su alma gemela lo apresaban en un abrazo cálido y estrecho. Sus movimientos se volvieron rápidos y profundos mientras los dedos de Arlet se clavaban en su espalda.
—Aslan... —gimió la vampira al borde del colapso.
—Aquí estoy —respondió, jadeando contra su cuello.
—¡Aslan! —gritó la vampira al alcanzar un clímax definitivo, provocando que la fuerza de su apretón llevara también al híbrido al límite y ambos se liberaran juntos.
Aslan disminuyó las estocadas conforme la ola del orgasmo se desvanecía, dejándolos a ambos exhaustos y plenos sobre la cama. Después de una serie de besos lentos y profundos, se retiró de ella con extremo cuidado para no lastimarla.
—¿Estás bien? —preguntó, envolviéndola entre sus brazos y pegándola a su pecho.
—Muy bien... ¿Y tú? —respondió Arlet, respirando hondo mientras percibía cómo sus esencias se habían fundido en una sola.
—También, mi Inyanga... perfectamente bien…