Huida
La mañana se filtró lentamente en Londres. Una luz gris y plomiza cruzó los ventanales del penthouse, dibujando franjas plateadas sobre el desorden de las sábanas. Afuera, la ciudad despertaba bajo una lluvia fina y helada, pero dentro de la habitación reinaba una calma casi irreal.
Arlet abrió los ojos.
Durante largos segundos permaneció inmóvil, escuchando el golpeteo del agua contra el cristal. No recordaba la última vez que había dormido tan profundamente. Tampoco recordaba haber permitido jamás que su guardia bajara por completo.
Entonces, el calor la envolvió. Un brazo pesado y firme apresaba su cintura, manteniéndola pegada a un torso ardiente. Y allí estaba su aroma: bosque húmedo y verano africano, esa nota salvaje e inconfundible que solo pertenecía al Alfa Real. Pero había algo más. La esencia de violetas y nieve de Arlet no peleaba contra la de él; ambas se habían fusionado en una fragancia nueva, íntima y profunda.
En su pecho, el vínculo vibraba con un murmullo apacible. Satisfecho.
Por primera vez, no había resistencia ni miedo. Solo la aterradora certidumbre de haber llegado, al fin, al destino que sus pasos buscaban a ciegas y sin saberlo, eso la aterrorizó. Era demasiado perfecto para ser real.
Con extrema delicadeza, Arlet deslizó el brazo de Aslan fuera de su cuerpo. El híbrido soltó un gruñido bajo, instintivo, pero no despertó. La vampira se incorporó de la cama, recogió la bata de seda que descansaba sobre una silla y se la ciñó a la cintura con un nudo firme, recuperando su armadura de tela antes de girarse hacia él.
Aslan dormía profundamente. Sin la sonrisa arrogante, sin la mirada azul impregnada de desafío y sin ese descaro refinado que solía sacarla de quicio, parecía casi vulnerable. Solo un hombre joven descansando con una expresión de paz absoluta.
Arlet lo observó en silencio durante un momento. Luego, apretó los labios y frunció el ceño.
—No —murmuró para sí misma. Aslan ni se inmutó—. No te acostumbres, cachorro.
Caminó hasta el borde del colchón y se cruzó de brazos, alzando la mentón.
—Aslan. —lo llamó y el híbrido emitió un sonido incomprensible y hundió el rostro aún más en la almohada. Arlet arqueó una ceja— Aslan. Levántate.
—Cinco minutos... —protestó el Alfa Real. La voz, ronca y pesada por el sueño, envió un chispazo involuntario de calor directo al vientre de la vampiresa.
—No tienes cinco minutos.
—Diez, entonces.
—Tampoco.
El hibrido entreabrió un ojo, dejando ver un destello rojo que se curvó junto a una sonrisa perezosa.
—Buenos días, mi luna.
Arlet sintió que su corazón traicionero daba un vuelco violento. Mantuvo la postura rígida para ocultarlo.
—Levántate.
—Qué manera tan poco romántica de dar los buenos días —murmuró, volviendo a cerrar el ojo.
—¿Aslan?
—¿Sí, mi preciosa vampiresa?
—Tienes que irte.
Aquello rompió el hechizo del sueño. Aslan abrió ambos ojos, clavando su mirada en ella con atención dividida. Se incorporó con parsimonia, dejando al descubierto la musculatura de su torso y apoyando la espalda contra el cabecero de la cama.
—¿Me estás echando? —preguntó mientras sus ojos pasaban de rojo al azul habitual.
—Sí.
—¿Después de lo de anoche?
—Precisamente por lo de anoche.
Aslan la contempló en silencio. La mirada del híbrido descendió un segundo hacia los labios de ella antes de sostenerle la mirada.
—¿Te arrepientes? —preguntó. La gravedad de su tono desnudó cualquier rastro de burla.
Arlet soltó una exhalación pausada, sintiendo la frialdad de su naturaleza luchar contra el calor latente que él le había dejado en la piel.
—No. —respondió, provocando que la sonrisa de Aslan regresó, lenta y victoriosa.
—Entonces no veo el problema.
—El problema es que esto no te otorga un pase de residencia en mi apartamento —replicó con frialdad calculada.
—No pretendía mudarme. Aunque... podría considerarlo.
—Aslan.
—Bromeo —dijo, alzando una mano con diversión— Es el cansancio hablando.
—No lo parece y además no te cansas, eres un hombre lobo o león, lo que sea que seas.
—¿De verdad quieres que me vaya, Arlet? —preguntó él, ignorando su comentario y mirándola fijamente.
—Sí. —respondió sin pestañear.
Aslan asintió en silencio. Sin discutir ni buscar una excusa para quedarse, apartó las sábanas con calma y se puso en pie. La agilidad implacable de su anatomía quedó expuesta a la luz gris del penthouse mientras empezaba a recoger su ropa del suelo.
Arlet experimentó una extraña e ilógica punzada de decepción al verlo ceder tan rápido.
—Eso fue... extrañamente sencillo.
Aslan se detuvo con la camiseta en la mano y se giró hacia ella.
—Me lo pediste tú. Y respetaré tus límites —respondió con voz serena. Dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que el aroma a bosque húmedo volvió a envolverla—. Pero antes de cruzar esa puerta, Inyanga, necesito saber algo.
—¿Qué?
—¿Vamos a seguir jugando al teatro de que necesitas dos semanas para decidir qué hacer conmigo?
Arlet entrecerró los ojos, sintiendo la espalda tocar la madera del mueble tras ella.
—Necesito procesarlo. Y no sonrías así.
—No puedo evitarlo.
—Pues esfuerzo te falta.
Él dio un último paso, deteniéndose a milímetros de rozarla. Su postura corporal emanaba una fuerza imponente, pero sus ojos desbordaban una devoción desarmante.
—Ayer dijiste que era tuyo.
Arlet tragó saliva, sintiendo que la garganta se le secaba ante la cercanía.
—Estaba celosa. Las emociones nublan el juicio.
—Lo admites al fin. —dijo con una gran sonrisa satisfecha.
—No significa que hayas ganado la partida.
—No estoy jugando a ganar nada, Arlet —dijo, y la falta de arrogancia en sus palabras terminó por desmantelar sus defensas—. Solo quiero que me elijas libremente. Porque quieres, no porque un lazo de sangre nos arrastre a la fuerza.
La vampiresa guardó silencio, incapaz de articular réplica ante semejante entrega.
—Si necesitas espacio, te lo daré —añadió el híbrido, rozándole la mejilla con el reverso de los nudillos—. Pero no voy a fingir que lo que pasó en esta cama no lo cambió todo.
Arlet bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de ese oro fundido.
—Lo cambió —admitió en un suspiro casi imperceptible.
—Entonces estamos en la misma página —Aslan depositó un beso tierno en su frente y se alejó para terminar de vestirse—. Ahora sí, orden cumplida. Me voy.
—Apenas tardas —murmuró ella, dándole la espalda y caminando hacia el ventanal para contemplar la lluvia de Londres.
No quería que él viera la leve sonrisa que se le escapaba en los labios, ni el rubor desconocido que le quemaba las mejillas. Porque esa mañana Arlet había comprendido una verdad mucho más peligrosa que la magia del vínculo: no quería que Aslan volviera a marcharse jamás, pero desear a alguien con esa fuerza era el principio del verdadero peligro.
Unos minutos después Aslan terminó de acomodarse la chaqueta de cuero, dejando que la prenda recuperara su lugar con ese porte natural e imponente que tanto lo caracterizaba. Arlet lo observó en silencio desde el pasillo mientras caminaban juntos hacia la entrada principal del penthouse. La elegancia veloz de la vampiresa contrastaba con el andar firme y despreocupado del hibrido, pero la tensión entre ambos ya no era de conflicto, sino de una atracción contenida que amenazaba con hacerlos tropezar de nuevo.
Al llegar a la puerta, Arlet se apoyó contra el marco y cruzó los brazos sobre el pecho, tratando de proyectar la frialdad de su rango real.
—Llegamos —anunció con tono neutral.
Aslan se giró hacia ella con una mano sobre el pomo. En lugar de abrir, la miró con una chispa divertida en sus ojos dorados.
—Antes de que me eches formalmente a la calle... ¿qué te parece si vamos a desayunar? Conozco un lugar cerca del Támesis donde preparan algo que seguro le devolvería el color a tu piel de reina.
Arlet rodó los ojos y bufó con una mezcla de exasperación y diversión contenida.
—Vete, Aslan.
—¿De verdad no tienes hambre? —insistió, dando un paso diminuto hacia ella y bajando la voz a un tono sugerente—. Porque anoche gastamos bastante energía, Inyanga.
Un ligero rubor recorrió las mejillas heladas de la vampiresa, pero mantuvo la mirada firme.
—Vete. Ahora.
Aslan alzó las manos en señal de rendición, decidiendo no tentar más a la suerte. La sonrisa no desapareció de su rostro, pero su postura se volvió un poco más seria, dejando traslucir la calidez del cachorro que aun era.
—Está bien, no insisto —dijo, dando un paso hacia el umbral—. Ya sabes dónde vivo. Si necesitas algo, lo que sea, o si simplemente te das cuenta de que me extrañas demasiado, solo tienes que llamarme o aparecerte en mi puerta. Vendré sin pensarlo.
Arlet apretó los labios para no sonreír, dio un paso adelante y puso ambas manos sobre el pecho duro de Aslan, empujándolo suavemente hacia el pasillo exterior.
—Adiós, Aslan.
Él no se resistió al empujón, dejándose llevar hacia afuera mientras la miraba desde el pasillo con una sonrisa amplia, radiante y descarada que iluminó sus rasgos de híbrido.
—Adiós, mi luna.
Arlet cerró la puerta de golpe antes de que el Alfa Real pudiera decir algo más.
El sonido seco de la cerradura al encajar resonó en el amplio vestíbulo del apartamento. La vampiresa dejó caer los hombros, soltó una larga exhalación y se apoyó de espaldas contra la madera de la puerta, dejando que la cabeza descansara hacia atrás.
El penthouse se sentía repentinamente demasiado grande. Demasiado silencioso. Y, sobre todo, demasiado impregnado de él. El aroma a bosque lluvoso aún flotaba en el ambiente, y el calor del lazo seguía latiendo suavemente en su pecho, como un recordatorio constante de que Aslan existía y de que nada volvería a ser como antes.
Cerró los ojos, apretando los puños a los costados.
«Esto es peligroso», pensó. La presencia de Aslan no solo amenazaba con derribar el control estricto sobre sus emociones que le había tomado mucho tiempo construir, sino de lo que realmente era, una vampira, una vampira con un cachorro hibrido de compañero, vaya su suerte. Estar cerca de él la volvía vulnerable. Lo deseaba, sí, pero la cercanía del Alfa Real era un fuego que amenazaba con consumirla por completo antes de que pudiera procesar qué significaba realmente aquel lazo en su pecho.
Definitivamente, ahora con más razón, necesitaba poner agua de por medio. Distancia. Tiempo para pensar sin que la mirada dorada del híbrido nublara su juicio.
Arlet abrió los ojos, con el tono carmesí brillando con una determinación renovada.
Se despegó de la puerta y caminó con paso firme hacia su escritorio. Tomó su teléfono y marco el número directo del asistente de su padre.
—Arlet —respondió la voz al otro lado de la línea tras el primer tono—. ¿Alguna novedad en Londres?
—Todo bien —respondió la vampiresa con voz fría y libre de cualquier rastro de la debilidad de la noche anterior— Prepara el jet privado. Adelantare mi viaje a Nueva York para esta misma tarde…